BAUTIZADOS EN UN CUERPO Luis Losardo


Hace varios años que los pastores con obras translocales nos encontramos para tener comunión, evaluar y proyectar la obra en unidad. En una oportunidad al finalizar uno de esos encuentros, cuando estábamos retirándonos del lugar, ingresaba un grupo cristiano. Uno de los integrantes se acercó para preguntarme quiénes éramos y cuál era el motivo por el cual estábamos reunidos.
Respondiendo a su pregunta pude testificarle la revelación dada por el Señor de lo que significa ser cuerpo de Cristo y, al mencionarle que hacía cuarenta años que estos varones y muchos otros más en diferentes lugares caminábamos juntos y en unidad, su sorpresa fue tan grande que comenzó a llamar al resto del grupo a viva voz para que les compartiera la experiencia vivida en todos estos años.
Este acontecimiento me trajo a la memoria el pasaje de Isaías 8:18:
“He aquí, yo y los hijos que el Señor me ha dado estamos por señales y prodigios en Israel, de parte del Señor de los ejércitos que mora en el monte Sion.”
Vivimos tiempos donde las personas buscan emociones, sensaciones o conmoverse con algún suceso prodigioso, hasta pueden asombrarse por un milagro pero pronto se olvidan y vuelven a su status quo.
Al recordar este acontecimiento se hace fuerte lo declarado por el profeta que “estamos por señales”. Fue lo que aconteció en aquella tarde cuando con admiración y asombro se llamaban unos a otros para compartir ésta vivencia, que por la revelación y la gracia de Dios se hace realidad en nuestras vidas.
Cuando una verdad como ésta es encarnada en el corazón, se transforma en una señal que no puede ser ignorada ni por la iglesia ni por la sociedad; cuando un grupo de hombres funciona como parte del reino de Dios, demostrando armonía y reproduciendo la vida de Cristo en su forma más elevada es una evidencia innegable el impacto en los que están próximos no puede evitarse. Se pueden racionalizar los milagros y las predicaciones pero no se puede ignorar una comunidad que vive el reino, sujeta a Jesucristo.
Jesús oro al Padre por esta unidad y la respuesta se encuentra en Hechos 2 cuando el Espíritu Santo es derramado. Mientras que los judíos devotos respondieron a lo que habían visto diciendo que esas personas estaban ebrias, otros se quedaron oyendo la predicación de Pedro. El versículo 14 dice, “Entonces Pedro poniéndose de pie con los once” inició su predicación. Lo más contundente fue que los discípulos de Jesús que por esos tiempos eran los que lideraban, se encontraban junto a Pedro. Esa unidad es un impacto sobrenatural que trasciende cualquier elocuente mensaje e impacta poderosamente las vidas.
La predicación de Pedro llega al punto más alto en Hechos 2:36-37 “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos?”
Y Pedro bajo la unción del Espíritu Santo declara la palabra de poder exhortando “Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:38).
Las dimensiones del bautismo en el cuerpo
Existe un solo bautismo que contiene 3 aspectos únicos que adquieren una potencia significativa al actuar en conjunto.
El primero es el bautismo en agua donde nos vemos totalmente rodeados de agua. Sepultados en agua para perdón de nuestros pecados.
El segundo es el bautismo en el Espíritu Santo y es éste el que nos envuelve, llena y rodea totalmente. Nos desborda de vida nueva y gozo.
Pero la Biblia dice que en este acto también somos bautizados en el cuerpo “Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu. 1ra Corintios 12:13
En el bautismo del cuerpo nos vemos totalmente rodeados de hermanos. Este es un aspecto muy importante porque es con quienes compartiremos la vida resolviendo situaciones en lo cotidiano, sirviendo y teniendo comunión.

Se ha hecho del bautismo del cuerpo, o de la unidad, algo sumamente místico; sin embargo es algo muy práctico cuando salimos del agua y el Espíritu Santo llena las vidas se puede exclamar: ¡nací de nuevo y los que me rodean son mi familia!
Esto es lo que significa pertenecer a la familia de Dios, ser su pueblo, es donde nos disponemos a conocer a otros y nos damos a conocer. No es algo místico o invisible: es real y terrenal.
Jesús oró para que el mundo pudiera ver lo que es hecho en el cielo aquí en la tierra. Esto es lo que mostraron al mundo los discípulos y lo vemos relatado en el libro de los Hechos:
“Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. Sobrevino temor a toda persona; y muchos prodigios y señales eran hechos por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común”. Hechos 2:42-44.
El paso inmediato de todo varón que nace de nuevo es conocer la familia de Dios. Lo que sigue es descubrir que no está formada por “ángeles” sino por hermanos que están siendo transformados por el Señor.
En este descubrimiento desafiante de conocer el cuerpo de Cristo nos encontraremos con algunos que, a nuestro parecer, serán un poco ásperos, cortantes o incisivos, indiferentes, duros o intensos pero a través de ellos Dios transformará nuestro carácter a la imagen de su hijo, que es “manso y humilde de corazón”.
Pero el amor de Dios es tan perfecto y compasivo que también nos rodeará de aquellos que saben dar ánimo, que tienen sabiduría para consolar, que ayudan o tienen el don de ministrar de parte del Señor y nos sostienen para que no perdamos la estabilidad espiritual dándonos la posibilidad de permanecer firmes cuando las dificultades sean grande o complicadas de sobrellevar.

En estos tiempos de tanta volatilidad y de búsqueda constante de experiencias nuevas que desaten emociones, donde las relaciones se tornan más livianas y menos reales, como hombre de Dios se vuelve ineludible la responsabilidad de nacer de nuevo en la dinámica sobrenatural del reino de Dios, lo cual también incluye: El Bautismo en el Cuerpo de Cristo.

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