8 COSAS QUE DEBEMOS EVITAR A LA HORA DE DISCIPULAR A OTROS Jorge Himitian


                                      Jorge y Silvia Himitian
 Dios nos ha delegado autoridad para edificar a nuestros hermanos. Si no ejercemos autoridad no podemos edificar la casa de Dios. Sin embargo, debemos velar mucho sobre esta área porque el ejercicio de autoridad entraña riesgos y peligros que debemos evitar. Aquí mencionamos ocho cosas sobre las que tenemos que tener cuidado:
1) La ambición de poder: Este es una de los males más arraigados en la naturaleza humana. Cuando notamos que los mandos responden (a alguien le decimos “ven” y viene; a otro le decimos “ve” y va; a un tercero le decimos “haz tal cosa” y la hace) es posible que sintamos una satisfacción carnal. Ello puede llegar a pervertir nuestro corazón, haciendo uso de la autoridad para alimentar nuestro ego. Si ejercemos autoridad debe ser únicamente para servir a los hermanos (Mateo 20.25-28).
2) La autoridad despótica: ¡Cuánto daño hace ejercer autoridad sin amor, gracia ni cariño! Ejercer autoridad no significa actuar y hablar en un tono dictatorial y enérgico, sino mostrar al discípulo la voluntad del Señor con amor y firmeza. Si bien en algunas ocasiones es necesaria una reprensión, no puede ser ese el tono permanente en nuestra relación con los discípulos (1 Tesalonicenses 2.7-8).
3) La falta de autoridad: Otro peligro es mantener una autoridad aparente, sin ejercerla realmente. Ser demasiado blando y condescendiente lleva a que la vida del discípulo no se desarrolle ni crezca. En ese caso, la relación no es más que una buena amistad. No hay instrucciones, mandatos claros, control ni dirección (2 Timoteo 4.2; Tito 2.15).
4) Pretender ser autoridad en todos los temas: No somos autoridad en todas las materias. Debemos limitarnos a las áreas que nos competen. Debemos saber decir “no sé”. En ciertas situaciones debemos derivarlo a otra persona, y muchas otras veces consultar y asesorarnos en vez de dar una respuesta apresurada.
5) Manejar vidas en vez de formarlas: El peón y el aprendiz están bajo autoridad, sin embargo, luego de varios años el peón sigue siendo peón y el aprendiz, oficial. Un discípulo es un aprendiz; debemos sobre todo enseñarle y formarlo. Es fácil manejar una vida; la cuestión es formarla. No le digas lo que él puede descubrir por sí mismo, no hagas lo que él puede hacer, delégale responsabilidades y dale campo para que pueda experimentar.
6) Perpetuar una autoridad vertical innecesariamente: Nuestro objetivo es que los discípulos crezcan y lleguen a la madurez. En la medida en que eso ocurra la verticalidad debe ir declinando para dar lugar a la mutualidad: “Someteos unos a otros…” (Ef. 5.21; 1 P. 5.5). No debemos ser un tapón para nuestros discípulos, por el contrario debemos animarlos a crecer aún más que nosotros mismos.
7) Ser “intocable”: Debemos recordar que sobre todo somos hermanos. Cualquier discípulo debe tener libertad para amonestarnos cuando vea algo mal en nuestra vida. Existen aquellos que nos cuestionan porque tienen rebeldía en su corazón, pero también están los que alguna vez nos cuestionan porque tienen más vida propia e inquietudes legítimas en su interior. No debemos resistir sistemáticamente todo cuestionamiento, sino considerar objetivamente el aporte de los hermanos que piensan diferente de nosotros.

8) Tratar a todos de la misma manera: No podemos tratar a todos por igual. No podemos discipular del mismo modo al joven que al anciano. El trato debe ser acorde a cada persona. En 1 Timoteo 5.1-2 Pablo le pide a Timoteo que su trato sea acorde a cada persona. Sería perjudicial tener un método único y dar a todos el mismo tratamiento. Aunque los principios y enseñanzas son los mismos para todos, sin embargo, el trato debe ser acorde a la persona, teniendo en cuenta su edad, sexo, personalidad, capacidad y otras cuestiones.

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