COMO PLUMA DE ESCRIBIENTE Oscar Gómez




  Dios le dijo al apóstol Juan que escriba las cosas que iban a acontecer y por su obediencia tenemos el Apocalipsis. De igual forma todo aquel a quién Dios le imparte una visión le corresponde la noble tarea de llevarla al papel. La visión celestial es un  cuerpo concreto de principios, conceptos e indicaciones del Espíritu Santo que necesitan ser escritas a fin de no olvidar ningún detalle.

El hombre de visión deja el corazón en lo que escribe, este es el motivo por el que despierta tantas adhesiones y también infinidad de críticas. Nadie se puede mantener neutral frente al arte de su pluma, pero se trata de un arte que no se aprende en las academias de literatura más reconocidas.

El mismo se encarga de encender las hornallas en las que prepara esa escritura que retumbará como trompeta aún fuera del ámbito de la iglesia. Sabe muy bien que la página impresa es una herramienta valiosísima para comunicar sus sueños.

El visionario tiene pluma dorada, su prosa enronquece al gritar verdades que proceden de lo alto. Con gracia y alto estilo vuelca su profecía; mediante ella anima a la hermandad a caminar, correr o volar conforme a su fe.
Con unas pocas gotas de tinta fija páginas decisivas para su generación y las venideras. Cada línea lleva una chispa que incendia corazones, promueve valores, desorbita rutinas y desmonta creencias erróneas ensalzadas por siglos.

Sus frases, en las que derrama su alma, son el fruto de constantes vibraciones espirituales. La letra del hombre de visión vive, palpita, agrede, suaviza, conmueve, derrumba, construye, aplasta, levanta, condena y a la vez convierte en santo al pecador más endurecido.



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