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WILLIAM MORRIS APÓSTOL DE LA NIÑEZ Darío López Belot



Dedicado especialmente a los maestros de niños.


Una de los recuerdos más hermosos que tengo de mis primeros años en el Camino era el momento de la Escuela Dominical. ¡Qué bien me hacía aquel tiempo de compartir el estudio de la Palabra! Y otra cosa que me conmovía era la ternura de quienes eran mis compañeros de clase hacía sus maestros de la infancia. 

Uno de esos casos es el de la muy querida hermana Minina Celayes, recientemente fallecida, quien fuera maestra de muchos hombres y mujeres que hoy siguen y sirven al Señor. ¡Cuánta emoción me daba ver el amor con que sus “ex alumnos” de escuela dominical la trataban!

Recuerdo también lo linda que eran las aulitas de los niños, tan arregladitas, limpias, coloridas. ¡La congregación había entendido aquellas palabras de Jesús “Dejad a los niños venid a mi y no se lo impidáis, porque de los tales es el Reino de los Dios 1.”! 

Estos recuerdos me sirven para introducirme en la entrega de este mes, dedicada a honrar a aquellos que se ocupan de instruir a los niños en nuestras comunidades, en las “horitas felices” o cada domingo mientras se desarrolla el “culto para los adultos”. Mientras escribo esto me pregunto si no tendríamos que dar mayor lugar a los niños en nuestras reuniones, ¡Ellos son parte de la familia también! 

Hemos escogido la figura de un hombre a quien se conoció como “el apóstol de la Niñez”: William Morris. En su recuerdo, nuestro cariño y reconocimiento a todos las maestras/os de niños. 

Instruye al niño es su camino y aún cuando fuere grande no se apartará de el.” (Prov. 22,6) 

William C. Morris nació el 16 de febrero de 1864 en Cambridge. Huérfano de madre a los 4 años, su familia viajó a América del Sur en 1871, instalándose primero en Paraguay y luego en la ciudad de Rosario. Años más tarde se instala en la ciudad de Buenos Aires donde comienza su tarea con los niños en una improvisada aula en el humilde barrio de La Boca. Era el año 1892. 

En 1898 Morris alquila una casa en Palermo (que no era lo que hoy conocemos...) acondicionándola como escuela. Una vez terminada, salió en busca del material más preciado, los niños. La anécdota cuenta que una mañana de esa en las que Morris salió a buscar alumnos, un grupo de muchachos nada amigables comenzó a gritarle loco y a burlarse de él. Pero el buen hombre no se achicó y encaró hacia ellos y separando a uno del grupo lo interesó para que lo acompañara a lo que accedió, siguiéndole luego el resto del grupo. Al llegar al lugar, asistido por un matrimonio que había contratado para ayudarle, los lavó, los calzó y comenzó su labor educativa. La matrícula inicial de su establecimiento fue de 18 muchachos. Al año siguiente eran 200.

En un local contiguo abrió una escuela para señoritas, comenzando con 18 alumnas también. Al poco tiempo eran casi 200. Casi inmediatamente abrió otro establecimiento, cerca de la Arroyo Maldonado, con más de 90 alumnos. En total, en sus tres primeras escuelas tenía más de 550 alumnos!

Pero para llevar adelante su tarea, Morris necesitaba recursos. Y así como salió a buscar a sus niños, salió a buscar los recursos. Contactó a Ernesto Tornquist, un banquero que nos sólo lo apoyó económicamente sino que le abrió las puertas para llegar al entonces presidente de la Nación, Julio A. Roca. 

Sus escuelas fueron subvencionadas, pero la obra crecía y con ella las necesidades y los recursos se hacían escasos. Morris se presentó entonces ante la Cámara de Diputados pidiendo a algunos de sus miembros que visitarán sus establecimientos. Luego de hacerlo todos coincidieron en lo visto y se decidió dar una partida “para las escuelas del Señor Morris” dentro del presupuesto asignado al Departamento de Instrucción 2.

En 1913 los beneficios de la obra llegaban a más de 5.000 niños. No le faltó oposición por su carácter de cristiano protestante. Pero tuvo también sus mecenas, incluso en las esferas oficiales: algunos presidentes argentinos (los generales Bartolomé Mitre, Julio Argentino Roca, y Marcelo T. de Alvear); a Antonio Sagarna, Ministro de Instrucción Pública y luego Juez de la Suprema Corte; a Ramón J. Cárcano, presidente del Consejo de Educación 3. 


Mientras todo esto sucedía, Morris seguía soñando y accionando a favor de los niños. Pensaba en crear una “casa del niño”. Antes de poder concretarla había establecido otros sistemas, como la entrega de niños huérfanos o desamparados a familias bien establecidas, algunas veces pagando una suma de dinero y otras alentando a las familias a que los adoptasen de acuerdo con la ley. 

Finalmente, el 29 de mayo de 1925 funda el "Hogar El Alba" para niños huérfanos y desamparados. El que fue posible gracias a la donación de un amigo de su obra, José Solari un italiano quien como nuestro buen amigo, era huérfano. En su inauguración Morris expresó: 

“La Obra pide, pero la Obra da, y da mucho; es positiva, es hermosa, “es vuestra”; amadla, de todo corazón, ayudadla, aunque el hacerlo costara algún sacrificio, y Dios que la ha bendecido hasta el día de hoy, la seguirá bendiciendo y bendecirá todo sacrificio a favor de Obra tan noble y sagrada.” 

Los años posteriores fueron de grandes dificultades económicas, sobre todo durante los primeros años de la llamada “década infame”. Sin embargo, la obra de Morris aún perdura en los miles de niños que fueron alcanzados por su amor, porque Morris no hizo otra cosa que la obra de Dios y como nuestro buen Padre se acercó a los más vulnerables, a los más tiernos, a los más débiles. 

Un mes antes de morir, cuando ya no le quedaban fuerzas ni para tomar la pluma y escribir, le pedía a su amigo Antonio Sagarna que intercediera ante el presidente Justo por los subvenciones atrasadas y para que no descuidara las escuelitas, los talleres donde se enseñaban oficios, el Hogar El Alba, los más de 7000 niños, los maestros… 

William Morris partió con el Señor el 15 de septiembre de 1932, en Sohan, Inglaterra. Junto a él estaba Cecilia, su compañera y colaboradora por más de 30 años. 

Para terminar este brevísimo recorrido por la obra de William Morris les compartimos su frase lema. ¡Que podamos hacerla nuestra también! 


"Pasaré por este mundo una sola vez; 
Si hay alguna palabra bondadosa que yo
pueda pronunciar, alguna noble acción
que yo pueda efectuar, diga yo esa palabra,
haga yo esa acción ahora
pues no pasaré más por aquí. 



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