UNA COMUNIDAD EN DESPLAZAMIENTO Henri Nouwen




Seguir al Señor desplazado

El desplazamiento voluntario, como estilo de vida, lejos de ser algo excepcional, es el rasgo característico del discipulado. El Señor, cuya compasión queremos manifestar en el tiempo y en el espacio, es realmente el Señor desplazado. Pablo describe a Jesús como Aquel que se desplazó voluntariamente a sí mismo: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávida-mente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres" (Fil. 2, 6-7). Sería inimaginable un desplazamiento mayor. El misterio de la encarnación radica en que Dios no permaneció en el lugar que resultaba apropiado para Él, sino que se corrió al del ser humano sufriente. Dios abandonó su lugar celestial y tomó un lugar humilde en medio de los hombres y mujeres mortales. Dios se desplazó a sí mismo de tal modo, que nada humano le resultó ajeno y pudo experimentar de lleno el quebrantamiento de nuestra condición humana.


Dejar el lugar ordinario y apropiado

La palabra comunidad expresa generalmente un cierto estilo de vivir y trabajar juntos, sosteniéndose y alentándose. Cuando alguien dice: “Echo de menos aquí un sentido de comunidad; habría que hacer algo para edificar una mejor comunidad", ella o él está probablemente sufriendo de alienación, soledad o falta de mutuo apoyo y colaboración. El deseo de comunidad es, lo más a menudo, un deseo de sentir la unidad, la sensación de ser aceptado y una experiencia de sentirse en casa. No es, pues, de extrañar que para algunos de los observadores críticos de la escena contemporánea la palabra comunidad vaya asociada con sentimentalismo, romanticismo e incluso melancolía.

Si queremos reflexionar sobre la comunidad en el contexto de la compasión, es preciso que superemos estas asociaciones espontáneas. La comunidad no podrá ser nunca el lugar en el que la servidumbre obediente de Dios se autorrevela, si por comunidad entendemos principalmente algo cálido, blando, hogareño, confortable o protector. Cuando integramos la comunidad ante todo para curar nuestras heridas personales, la comunidad no puede llegar a ser el lugar en el que nosotros entremos efectivamente en solidaridad con los dolores de la gente.

La paradoja de la comunidad cristiana radica en que sus componentes están reunidos en común en voluntario desplaza-miento. La unión de quienes integran esta comunidad cristiana consiste en un estar-juntos-en-desplazamiento. Desplazarse significa trasladarse de un lugar a otro, dejar el lugar ordinario y apropiado. Esta definición resulta muy elocuente cuando nos percatamos de lo mucho que nos preocupamos por adaptarnos a las normas y valores vigentes en nuestro medio. Queremos ser personas ordinarias y apropiadas que viven vidas ordinarias y apropiadas. Gravita sobre nosotros una enorme presión para que hagamos lo que resulta ordinario y apropiado – hasta el intento de sobresalir es ordinario y apropiado – y de ese modo experimentar la satisfacción de la aceptación general. Esto resulta bastante comprensible, pues el comportamiento ordinario y apropiado que conforma una vida ordinaria y apropiada nos proporciona la confortable ilusión de que las cosas están bajo control y de que todo lo extraordinario e inapropiado puede ser mantenido más allá de las murallas de la fortaleza que nosotros mismos nos hemos creado.

El llamado a la comunidad, tal como lo escuchamos de nuestro Señor, es un llamado a alejarnos de los lugares ordinarios y apropiados. Deja a tu padre y a tu madre. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Pon tu mano en el arado y no mires atrás. Vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y sigue-me (cf. Lc 14, 26; 9, 60. 62; 18, 22). Los Evangelios nos enfrentan con esta voz persistente que nos invita a alejarnos de don-de resulta confortable estar, de donde queremos estar, de don-de nos sentimos en casa.

¿Por qué es esto tan central? Lo es porque en desplazamiento voluntario desechamos la ilusión de la "plenitud en unidad” y comenzamos más bien a experimentar nuestra verdadera condición, a saber, que nosotros, como todos los demás, somos peregrinos en camino, pecadores necesitados de gracia. Por medio del desplazamiento voluntario contrarrestamos la tendencia a quedarnos estancados en una falsa comodidad y a olvidar la condición fundamentalmente inestable que compartimos con todos. El desplazamiento voluntario nos lleva a reconocer existencialmente nuestro quebrantamiento interior y nos proporciona una más profunda solidaridad con el quebrantamiento de nuestros semejantes. La comunidad, como lugar de compasión, requiere siempre, pues, desplazamiento. La palabra griega que significa iglesia, ekklesía – de ek, "fuera" y kaleo, "llamar" – indica que, como comunidad cristiana, somos personas que hemos sido llamadas todas juntas fuera de nuestros lugares familiares hacia territorios desconocidos, fuera de nuestros lugares ordinarios y apropiados hacia otros lugares en los que la gente sufre y en los que podamos experimentar con ellas nuestra común fragilidad humana y nuestra necesidad de curación, compartida con ellas.

La comunidad se forma, se profundiza y se robustece en el desplazamiento voluntario. En el desplazamiento voluntario nos descubrimos unos a otros como miembros de una misma familia humana, con la que podemos compartir nuestros gozos y nuestros pesares. Cada vez que queremos regresar a lo que nos resulta ordinario y apropiado, cada vez que anhelamos establecernos y sentirnos en casa, erigimos muros entre nosotros y los demás, socavamos la comunidad y reducimos la compasión a ser el lado blando de una vida esencialmente competitiva.

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