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¿TIEMPO DE LA IGLESIA? Oscar Gómez

                         

“Nunca digas: ¿Cuál es la causa que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría” (Eclesiastés 7:10)

“Hoy es tiempo”, “Vienen tiempos” son declaraciones muy comunes cuando se habla de evangelización. Muchas de estas expresiones con tinte profético dan a entender que es el tiempo quien le marca el paso a la iglesia. En la actualidad se organizan innumerables  congresos con pancartas que declaran: “Tiempo de Cosecha”, “Tiempo de anunciar el evangelio” “De cara a la gente”, etc.

   Responsabilidad ineludible y permanente

Al observar las sagradas escrituras encontramos que el anuncio del evangelio fue constante, intenso y ofensivo desde que Jesús comenzó su ministerio (Mateo 4: 17) hasta el final del Libro de los Hechos (28: 30 y 31) Durante ese periodo los discípulos no esperaban que alguien les dijera “Ahora es tiempo” “Vienen tiempos” o algo parecido. Estas afirmaciones no se hallan en el Nuevo Testamento.  
Para que la fuerza evangelizadora del joven Timoteo no se detenga por ninguna circunstancia Pablo le dirigió estas palabras:
Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra, que instes a tiempo y fuera de tiempo, redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” ( 2° Timoteo 4: 1 y 2)  Más adelante le dice: “Haz obra de evangelista” (4:5)

Nuestros primeros hermanos creían con toda seguridad que el tiempo de cumplir la misión comenzó con Jesús y de ahí en adelante se convertía en una responsabilidad ineludible y permanente hasta el final de sus días.

Abrazaron la gran comisión y no la soltaron más. Sabían qué tenían que hacer, como el operario que trabaja sin otra dirección que su propia conciencia. Predicaron en medio de oposición o ambiente favorable, teniendo todo o no poseyendo nada, con persecución o paz, con buen clima o tempestades, con el apoyo o el enojo de las autoridades. Hablaron constantemente de Jesús a sus contemporáneos, nada les importaba ni los detenía. Si los elogiaban o les esperaba una cruz era lo mismo. Eran felices sembrando la preciosa semilla y sus enemigos lo eran torturándolos, de todos modos ambos estaban contentos.

   ¿Qué estamos esperando?

El diablo nos engaña al hacernos creer que todavía no es tiempo o que vendrán momentos mejores para anunciar el evangelio. A los que edifican les dice “Cuando termines tu casa empezá”, a los que no tienen automóvil: “Cuando compres uno entonces salí”. A los que inician una obra les susurra: “Primero construí el templo”, a los que congregan algunas personas: “No desatiendan a la gente”, a los obreros: “Capacitate mejor”, a los líderes “Organicen congresos y campamentos, gasten mucha plata, involucren toda su gente”. Detrás de esto que suena bien al oído, se encuentra la gran mentira diabólica que nos paraliza. Si la iglesia deja de evangelizar será cuestión de tiempo hasta que se fosilice.
¡Cuidado! Satanás procura recargar nuestra agenda con tal que no hablemos de Jesucristo a las personas
   
¿Cómo llevamos adelante la Gran Comisión? 

Utilicemos las situaciones cotidianas para dar testimonio del Señor, sin esperar que se “programe” una salida o algún predicador haga sonar la trompeta.
La evangelización es consecuencia de una vida llena del Espíritu Santo que arde de pasión por los perdidos, que sabe que hay un cielo o un infierno y se estremece ante aquellos que todavía no fueron alcanzados por la gracia de la redención No esperemos tiempos mejores o que alguien nos “aguijonee” para llevar adelante la misión ¡Somos embajadores en nombre de Cristo, se nos ha entregado el ministerio de la reconciliación para que los hombres puedan conocer a Dios!

“Y será predicado este evangelio del reino para testimonio a todas las naciones, entonces vendrá el fin”


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