FORJADOR DE UNA VISIÓN Oscar Gómez

                      

 No hay dos lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres, todo lo que vive es incesantemente distinto. En ciertas etapas de la iglesia, cuando se forma una nueva comunidad, se crea un estilo y se formula una doctrina. Algún hombre excepcional anticipa su visión a la de todos, la concreta y la experimenta de tal manera que perdura en los siglos venideros.
A este hombre, forjador de una visión, la humanidad lo escucha, le cree, sigue e imita. El llena una era, señala una ruta, siembra el germen fecundo de la verdad poniendo su firma en destinos de razas, creando armonías y preparando obreros.
El portador de una visión surge como una chispa luminosa en el punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre y la necesidad espiritual de aplicarlas al desempeño de su misión trascendental.

CLIMA PROPICIO

El hombre de visión solamente se manifiesta si encuentra el clima propicio, la mejor semilla necesita de la tierra más fecunda, así como el cuerpo para que funcione reclama al órgano. Este hombre hace actual lo que en su tiempo es potencial.
Ningún portador de una visión alcanza su realización mientras en su medio se sienta extraño o inoportuno, necesita condiciones favorables de tiempo y lugar para que su aptitud se convierta en función y marque una época en el derrotero de la iglesia. El ambiente constituye su “clima” y la oportunidad marca su “hora”. Sin ellos, no podrá cristalizar su visión.
Se forjan muchos  hombres excelentes en cada siglo. Uno entre cien encuentra tal clima y tal hora que le abren la puerta para que su visión sea haga realidad, es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y en vísperas de lluvia. Ese es el secreto de su victoria, coincidir con la oportunidad que necesita. Se entreabre y crece, sintetizando su visión del porvenir inminente y remoto, presintiéndolo, ejecutándolo.
La obra de un hombre de visión no es fruto exclusivo de la inspiración individual, ni puede mirarse como un feliz accidente que tuerce el curso de la historia, convergen a ello las aptitudes personales y circunstancias infinitas. Cuando una generación prepara su advenimiento o pasan por una renovación fundamental, el visionario aparece, personificando nuevas orientaciones para la iglesia y la obra. Las anuncia como profeta, las desentraña como cirujano y las emprende como conquistador.
Sus obras persisten y permiten reconocer su huella a través del tiempo. El hombre de visión es rectilíneo e incontrastable, vuela y vuela, supera todos los obstáculos hasta alcanzar su meta.




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