FORJADOR DE UNA VISIÓN 5ta. Parte Oscar Gómez





     Hombre de la Palabra

Para el hombre de visión la Palabra de Dios es su pensamiento y luz en la penumbra. Lo lleva a pensar con alto estilo, lo inspira y le despierta el deseo de comunicar verdades. Instala en su espíritu una mole incandescente mediante la cual enciende a otros.

La Palabra conduce al visionario a decidir correctamente, aunque habrá yerros en el camino. Le enseña a organizar, a elevar su moral, conducta y espiritualidad. Por ser hombre de la Palabra su influencia en su alrededor será notoria. Toda otra fuente es escasa para saciar su sed, solamente en la Palabra de Dios él encuentra agua fresca para su alma y en su meditación hallará el cauce de su visión.

La Palabra de Dios hace que transite la vida erguido, pero quebrantado en su interior, a enfrentar y superar las luchas, a llevar las cargas propias y de otros. Para él la Palabra es asta y a la vez bandera, marca su ruta avisándole cuando hay algún peligro.
En el forjador de una visión la Palabra se graba a fuego por eso mira alto y lejos. Por medio de ella construye y llena una página de luz en la historia de la Iglesia.

El hombre de visión se revela al amanecer, cuando todavía muchos cristianos duermen, obedece a su llamado irrevocable de anunciar la Palabra en medio de una generación incrédula e ignorante. No cumple su vocación sin la Palabra, al contrario, es su martillo, su espada, su escudo.
La Palabra de Dios hace al hombre de visión lúcido, claro, apasionado, fuerte en su interior aunque tal vez sea débil en lo exterior. Sabe que si se despega de la Palabra su visión se nubla y tuerce su camino. Las corrientes impetuosas del humanismo procuran derribarlo, pero aferrado a la Palabra se mantiene firme.

El forjador de una visión siempre será un hombre de la Palabra.




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