EL PLUS DEL PERDÓN Alberto Prokopchuk



 Hoy quiero referirme al “plus” del perdón de pecados.  No hay cosa que valoremos más que el perdón de nuestros pecados, porque por el arrepentimiento y por haber creído en Cristo fuimos reconciliados con Dios; por el perdón tenemos entrada a su presencia; por el perdón fuimos santificados; por el perdón ya no hay maldición sobre nuestra vida; por Jesucristo mediante el perdón de nuestros pecados tenemos vida eterna.
Cuando estuve en Lima, al término de la reunión me regalaron una remera con el texto “Perdonar nos hace libres”. Aunque sabemos que el perdón nos hace libres de nuestros pecados, faltas y errores y que cuando recibimos el perdón de parte de Dios, somos declarados libres de condenación, debemos saber también que tan importante es al perdón de Dios, como el perdón que nosotros otorgamos. Es importante tanto el perdón que recibimos como el perdón que damos.  Y más aun, se puede afirmar que uno condiciona al otro, como dijo Jesús “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdona a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.” (Marcos 11:25-26)
La promesa del nuevo pacto que Dios habló por medio del profeta Jeremías se afirma con el perdón “porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”. Ese “porque” explica todo lo anterior, explica la operación de Dios, explica ese “plus” que sigue al perdón.

El Perdón permite que Dios escriba en nosotros.
Jeremías 31:33 “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón”

La ley ya fue dada. El mandamiento de amar a Dios fue escrito muchos siglos antes, pero generación tras generación los israelitas volvían a pecar y volvían a desobedecer. Dios les había prohibido hacer imágenes y postrarse ante ellas, pero ellos siguieron adorando a los ídolos. Y así, mandamiento tras mandamiento fue quebrantado.
El conocimiento, por más bueno y excelente que fuere, no es suficiente para cambiar radicalmente una conducta errática. Ni siquiera puede hacerlo el conocimiento de  la palabra de Dios “siete veces acrisolada”, como fue demostrado en la historia de Israel. Desde que comenzó la edad moderna hace cinco siglos se creyó, casi de manera incuestionable, que el conocimiento o la ciencia por sí misma puede modificar sustancialmente la conducta humana. Este mismo camino siguen algunas corrientes de pedagogía contemporánea, pensando que a mayor educación, mejorarán los valores y el comportamiento, pero no es así. 
Este mismo camino siguen muchos padres, quienes con la mejor intensión siguen recriminando permanentemente a sus hijos, gritándoles y diciéndoles “¡Cuantas veces te tengo que repetir: no lo hagas más!” pero a pesar de todos sus esfuerzos sus hijos siguen contrariándolos.
Este mismo camino seguimos nosotros prometiéndonos que no lo volveremos a hacer, pero vez tras vez, caemos en el mismo pozo, volvemos a repetir nuestros errores.  Porque pensamos que por la fuerza de voluntad, por decisión propia podemos hacer lo que queramos.
Dios, viendo que los caminos del hombre son continuamente hacia el mal, encontró la solución definitiva al problema: No un cambio de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera.  Pero no podía hacer ningún cambio adentro mientras la raíz que producía el mal estaba adentro. Esa raíz se llama pecado: el pecado produce amargura, malos pensamientos, rebeldía. El pecado esclaviza, domina, destruye y mata. 
Para poder hacer algo, primeramente debía quitar el pecado.  Al quitar el pecado, el pudo poner sus leyes en la mente, y las escribió en el corazón. 
Por eso todos notan un cambio en aquellos que realmente se convierten a Cristo. Notan un cambio, primeramente en su forma de pensar. En sus valores, en sus prioridades, en sus intereses. También notan un cambio en sus emociones, en su ser interior.
Definitivamente: Dios cumple siempre con su promesa cuando creemos en El y recibimos el perdón de nuestros pecados: “daré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón”. No somos nosotros los que establecemos esas leyes, ni nuestros instructores, padres o tutores. Es solo Dios.

El Perdón permite una genuina relación con Dios.
“Y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo”

¿Acaso Dios no era en ese tiempo el Dios de Israel? Claro que sí. ¿No era Israel el pueblo de Dios como hasta el día de hoy? ¡Por supuesto! Pero lo era exteriormente. Eran judíos porque nacieron en una familia judía, eran de sangre judía y por ende eran judíos. Lo mismo que aquellos que nacen en una familia cristiana, siguen la religión de sus padres, y por eso son cristianos. Pero lo son por fuera, no por dentro. Como dijo el apóstol Pablo “No es judío el que es judío exteriormente, sino el que es judío en su interior”. Lo mismo ocurre con los cristianos.
Uno puede aprender a rezar, a orar como si fuera un verdadero cristiano, pero eso no significa que lo sea.  Me recuerda el testimonio de Juan Wesley cuando viajando a las colonias inglesas del nuevo mundo, para pastorear a las iglesias allí, le sorprendió una tormenta en alta mar. Junto con el viajaban algunas familias de Moravos.  Mientras Juan Wesley entró en pánico ante la proximidad de la muerte, estos moravos cantaban himnos y oraban. El notó que su fe era distinta a la suya. Se dio cuenta que su cristianismo era superficial, mientras el de los moravos era profundo. Se dio cuenta que ellos conocían a Dios interiormente, mientras el solo lo conocía exteriormente.
El problema de muchos jóvenes y de no tan jóvenes cristianos que necesitan ser “contenidos” dentro de las iglesias evangélicas con programas especiales, entretenimientos y otras actividades para que no se “aburran” y se “vayan al mundo”, se debe a que en realidad Dios no es su Dios, ni ellos son su pueblo. Permanecen en ese estado semejante a un limbo, donde presumen que lo saben todo y se suponen cristianos verdaderos, pero como su fe es superficial e inculcada por su tradición, son incapaces de superar una crisis sin abandonar la fe. 
Solamente aquellos cuyo Dios es el Dios verdadero, el Dios de Abraham, de Isaac  y de Jacob, y solamente aquellos que pertenecen al pueblo de Dios, surgen de las crisis más que victoriosos, bien establecidos e inconmovibles.
Cuando somos perdonados, Dios escribe sobre nosotros su voluntad y sus caminos, y hace que guardemos sus mandamientos, y así podemos afirmar de manera inequívoca que Dios es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo.   
            
El Perdón permite un conocimiento de Dios no enseñable por humanos.

“Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová, porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.”

Desde que nacemos estamos aprendiendo. Aprendemos primeramente de nuestra madre con un conocimiento intuitivo. No sabíamos hablar pero respondíamos a sus estados de ánimo. Luego, aprendimos el lenguaje de señas, luego el lenguaje hablado. Aprendimos a relacionarnos con los que nos rodean y fuimos descubriendo el mundo y adaptándonos a él. Algunos han avanzado más que otros en el campo del conocimiento, unos son más memoriosos que otros, unos tienen mayor coeficiente mental que otros, otros tienen más inteligencia emocional.
Sin embargo, aquí Dios hace referencia a la enseñanza es sobrenatural y porque es sobrenatural no depende de la edad porque la envergadura de Dios incluye desde “el más pequeño de ellos hasta el más grande”.  Depende de esa unción de la que habló el apóstol Juan diciendo “no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, porque la unción misma os enseña todas las cosas”.
La expresión “desde el más pequeño” implica que el perdón es también para los niños, contrariamente al pensamiento popular según el cual los niños son “angelitos” sin pecado alguno. Pero nosotros concordamos en la doctrina de la Biblia que  “en Adán todos pecamos” y que desde nuestro nacimiento la raíz de pecado está implantada en nosotros como un gen. Por eso David dijo “en maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5)  Y si esto es así, es urgente evangelizar también a los niños, para que reciban el perdón mediante Cristo, y Dios escriba en ellos sus mandamientos.

Los niños, como los adultos, necesitan del perdón de Dios, de la gracia salvadora. Necesitan que Dios escriba en ellos, necesitan una genuina relación con Dios, no la copia de lo que piensan los mayores y que ellos reproducen tan fácilmente.

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