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EL INDIVIDUALISMO Oscar Gómez

                            
             

    Enemigo letal de la vida en comunidad


El individualismo es una filosofía malvada que infectó la sociedad y también podemos ver sus nocivos efectos dentro de la iglesia. Se define como el “culto al individuo”, la exaltación del yo, sacralización de la vida privada, etc. Isaías lo profetizó miles de años atrás: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, mas Jehová cargo en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6)
El individualismo es un pecado, un virus diabólico que atenta abiertamente contra los principios de la Palabra de Dios procurando pulverizar la vida en comunidad. En la actualidad es difícil encontrar personas que sacrifiquen su interés personal en aras de algún beneficio colectivo.

El proceso de personalización

Pensadores contemporáneos, cristianos y no cristianos, coinciden en que este proceso de personalización está en marcha desde mediado del siglo XX, con algunos brotes anteriores. Sobre el particular quisiera compartir el claro y acertado diagnóstico de Gilles Lipovetsky, filósofo y escritor de nuestro tiempo:

“Hay un problema general: La conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo, un consumo masificado y un modo de individualización inédito que rompe con los siglos XVII y XVIII. Se trata de una mutación histórica, un realce de los valores hedonistas, permisivos y psicologistas que han generado una tendencia en el comportamiento. Una nueva fase de individualismo occidental. Nuestro tiempo solo consiguió la  privatización de la vida, erosionar las identidades colectivas y abandonar las ideologías. Vivimos una segunda revolución individualista. A medida que se desarrollan las sociedades democráticas avanzadas crece agigantadamente el proceso de personalización que, obviamente, remodela la vida social. El proceso de personalización designa la línea directriz, el sentido de lo nuevo, fractura la vida comunitaria-disciplinaria porque crea una sociedad genuflexa, basada en la información y en la estimulación de las necesidades, el sexo, el culto a lo natural, a la cordialidad y al sentido del humor. Así opera el proceso de personalización, que aboga por un mínimo de restricciones y un máximo de elecciones personales, un mínimo de austeridad y una máxima expresión de los deseos, una menor imposición y una mayor comprensión posible (falsa compasión). El proceso de personalización promueve el tiempo libre y el ocio, manifiesta una tendencia a la humanización y respeto por las diferencias, promueve la liberación personal, el relajamiento, el humor, la sinceridad, la exposición libre, la afirmación de autonomía. Este proceso está en su apogeo. Las reglas uniformes y la voluntad general llegaron al ocaso dando lugar al libre despliegue de la íntima personalidad, de la legitimación del placer. En esta nueva tendencia las instituciones, a diferencia de décadas pasadas, son modeladas por las aspiraciones personales, no hay imposición de nada, el individuo tiene el control. La subordinación y las normas colectivas han sido pulverizadas, la realización personal, ser íntegramente uno mismo, disfrutar al máximo la vida y traspasar los límites son algunas de la infinitas consignas de la ideología individualista” (1)

Ante esta apreciación me dí cuenta que yo soy el tipo de hombre que describe Lipovetsky. ¡Dios tiene que tratar profundamente en mi corazón!

El individualismo conduce a la soledad, la depresión, la desazón, al vacío, al ostracismo dañino, a la inutilización para el servicio espiritual porque la vida ni siquiera alcanza para atender “mi” persona y “mis” cosas, a la infructuosidad, al estrés debido a la acumulación de cargas personales, a morir por y para uno mismo.

Ahora bien, ¿Tiene la iglesia antídotos para esta corriente malvada que la intenta permear? ¿Qué debemos y que podemos hacer?

Jesús: Precursor de la vida en comunidad.

El Maestro fue ejemplo de una vida expuesta a los demás, se mostró tal como era, lo vieron en sus luchas, sus triunfos, sus alegrías y también sus tristezas. Se derramó en los suyos y en la humanidad renunciando a toda autonomía. (1° Juan 1: 1-4)
Llamó a sus discípulos para “estar con él” demostrándoles los beneficios de formar parte de su equipo. Dijo: “Edificaré mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Todavía no había nada, solamente un puñado de muchachos iletrados, pero él ya pensaba en el pueblo que se iba levantar.

La pronunciación apostólica: “Somos cuerpo, somos pueblo, somos familia de Dios”

La proclama de Pablo: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”  (Romanos 12: 27)

La afirmación de Pedro: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios” (1° Pedro 2: 9 y 10)

El reto de Santiago (Santiago 2: 1-4)  “Vuestra congregación”

La argumentación de Juan (1° Juan 1:5-7) “Tenemos comunión unos con otros”.

Ellos, en consonancia con Jesús, pregonaron la vida comunitaria mediante el abandono del individualismo.

El testimonio de Dietrich Bonhöeffer.

Siendo pastor y profesor en el seminario Teológico de Nueva York, se enteró que sus hermanos en Berlín eran hostigados por el régimen nazi. Dietrich regresó a su ciudad natal para unirse a ellos y fundar la iglesia clandestina de la Confesión, juntamente con el prestigioso Karl Barth. Primero le prohibieron publicar sus libros y luego difundir su fe. Fue apresado y ejecutado en la horca en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, poco antes del arribo de las fuerzas aliadas. Hasta el día de hoy Dietrich nos enseña como renunciar a la realización personal por amor a los hermanos.

La experiencia de La Lucila del Mar.

A principios de este año concretamos el proyecto de ir de vacaciones unos veinte hermanos. El destino fue la bella localidad de La Lucila del Mar, en la costa atlántica argentina. Antes del viaje, alguien le advirtió a una de las hermanas que venía con nosotros que se iba a decepcionar al compartir sus vacaciones con otras personas. Aunque estábamos ubicados en distintos departamentos la convivencia fue muy enriquecedora pero nada fácil. Presté el oído y el hombro, y a mí también me los tuvieron que prestar. Lloramos, reímos, nos enojamos, alegramos, consolamos, cuidamos, enseñamos y  ayudamos de manera permanente. Así es la vida del cuerpo. No es ni más ni menos que esto. Diría Keith Bentson ¡Iglesia es convivencia!

Frente al auge de esta nefasta ideología individualista arribé a las siguientes conclusiones:

1. El hombre no es el centro ni la víctima del drama humano.

El Cordero ofrecido fue Jesús. Dios su Padre lo exaltó hasta lo más alto, constituyéndolo como centro de todas las cosas.

2. Atender a los necesitados que en verdad lo son.

La asistencia, caridad y misericordia, entre otras, son herramientas poderosas contra esta “nueva revolución individualista”.  Hay que comenzar a detenerse en una persona, no pensar en muchos  al principio.

3. Vivir el cuerpo y en el cuerpo.

Satanás busca que nos aislemos, que nos dispersemos así como los discípulos después de la muerte del Señor. Estando solos somos “pan comido” para el diablo.

En nuestro contexto vivir en el cuerpo significa:

-Congregarnos.                                             

-Ser discipulados y a la vez hacer discípulos.

-Integrarse a un grupo casero.

-Formar parte de un equipo de misión.

Tendremos por delante dos caminos: Destacarnos o fusionarnos. El individualismo procura que el hombre se destaque (aún dentro de la iglesia); por el contrario, la intención del Espíritu es que éste se fusione en el cuerpo, que literalmente “desaparezca” en medio de los hermanos.

Elaborar propuestas y desafíos que estimulen a la fe y a las buenas obras.

El demasiado tiempo libre nos hace caer en sueño profundo, en relajamiento, desgano e incertidumbres. Nos hace lentos. Las diez vírgenes estaban dormidas, sin actividad. Estaban juntas pero sin propósito.
Este año que recién comienza necesitamos programar encuentros, salidas y el establecimiento de nuevas comunidades.


(1) Lipovetsky Gilles, “La era del vacío”, Editorial Anagrama.














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