domingo, 29 de junio de 2014

LA ESCALA DE VALORES DEL REINO DE DIOS Oscar Marcellino

Pocas veces, un autor presenta con tanta claridad los valores cristianos. Una radiografía magistral del mundo enque vivimos y del peligro que significa ser contagiados por esa forma de vida.

 En una ocasión durante un retiro de Comunidad Cristiana, el pastor Jorge Himitian señaló que la espiritualidad promedio en esta renovación no había logrado superar la escala de valores del mundo, y que, por lo tanto, todavía sosteníamos criterios similares en cuanto al éxito, realización personal, conquista, poder y prosperidad. Planteó el desafío de crecer y restaurar los valores del reino para la consecución del proyecto eterno de Dios.
Hoy el mundo no percibe diferencias substanciales con la iglesia porque nuestros valores son los mismos que los del sistema. No le llama la atención que cantemos levantemos las manos, que oremos en voz alta o que digamos aleluya. Eso no nos hace distintos.
Si como ellos, glorificamos el poder, el éxito, el dinero y la vanagloria de la vida, no se produce ningún contraste. Dirán “Son iguales que nosotros. Aunque se visten y hablan un poco diferente, apetecen, buscan, trabajan y se desviven por las mismas cosas que el resto de los hombres”.
Para vivir la cultura del Reino necesitamos volver a examinar nuestra escala de valores a la luz de la Palabra de Dios, y  de la revelación del Espíritu Santo. Sólo a partir de ese examen podremos restaurar los valores cristianos y despojarnos de todo vestigio de humanismo. Este análisis debe abarcar todos los paradigmas y el sistema de creencias que sostiene nuestra cultura.
En el análisis de valores, no realizaré un estudio teológico o sociológico, los que resultarán demasiado extensos. Simplemente me atendré a una sucinta consideración de aquellos valores que han sido más adulterados por el diablo y la contaminación mundana, para llamar a la reflexión y crear conciencia.

Tres premisas


Se deben tener en cuenta tres premisas fundamentales:

1) Satanás está presente en medio de la iglesia a través del sistema de pensamiento humanista.

En la carta a los Efesios, Pablo escribe a este sistema como “La corriente de este mundo” y requiere en el Señor que no andemos como los paganos en la vanidad de la mente y de los pensamientos, haciendo la voluntad de la carne.
Esta corriente de ideas tiene su fundamento y apoyo en los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Apela a la satisfacción de los sentidos; de ahí su tremendo impacto y poder de seducción.
Por esta razón el mundo valora el éxito, las riquezas, el poder, la fama, el placer, la conquista, la fuerza. Desprecia a los pobres, a los fracasados, a los feos, a los discapacitados, a los ignorantes. Se identifica con los que se ríen, con los que disfrutan de este mundo. Margina  a los débiles, a los que sufren, a los que no valen. Aprueba la discriminación. Practica la explotación del hombre por el hombre y establece una jerarquía de dominadores.

2) Es Reino de Cristo no es de este mundo.

Al ser interrogado por Poncio Pilato acerca de su condición de rey, Jesús respondió “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn 18.36).
Él señala claramente la completa separación que existe entre el Reino de Dios y el mundo. Ambos son diferentes y opuestos en origen, naturaleza y sustancia; antagónicos e irreconciliables.
Tal conciencia debe ser recuperada por la iglesia. Los cristianos se han instalado en el mundo, y tienen por mayores riquezas los tesoros de los egipcios que el vituperio de Cristo. Han dejado de considerarse peregrinos en las tierra, y olvidado la patria celestial. Ya no esperan la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (He 11.10).

3) El Sermón del Monte contiene la médula de los valores del Reino de Dios.

En este discurso Jesús establece los paradigmas fundamentales del evangelio. En abierta oposición al mundo, valora a los pobres, a los fracasados, a los que lloran, a los perseguidos, a los que sufren, a los que tienen hambre de pan y de justicia. Proclama bienaventuranza a los mansos, a los misericordiosos, a los pacificadores y condena a los que disfrutan egoístamente de las riquezas, a los que se sacian en medio del hambre de muchos, a los que reciben honores y fama de este mundo, y pronuncia ayes contra ellos (Lc 6.20-26).
Resume la ley: el amor a Dios, al prójimo, al desnudo, al hambriento, al enfermo, y al encarcelado. Jesucristo se identifica con cada ser humano que sufre, y nos llama a socorrerlo.
Al ordenar amar a los enemigos, destierra el odio y la venganza. Establece el rechazo absoluto a la violencia cuando señala que no debemos resistir al malo, sino hacer bien a los que nos aborrecen.
Denuncia la idolatría de las riquezas al afirmar que ninguno puede servir a dos señores. No podemos estar al servicio de Dios y de las riquezas a la vez.
Cuando sus discípulos disputan sobre quién será el mayor en el reino de los cielos, Jesús denuncia la idolatría del poder, da por tierra con la dominación del hombre por el hombre, y establece una línea de autoridad basada en el servicio: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiere hacerce grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo” (Mt. 20.26-28).

Valores que precisan ser adecuados al pensamiento cristiano


El éxito y la felicidad


Dentro del sistema humanista en que vivimos, el hombre se siente llamado a alcanzar el éxito y la felicidad, los que conseguirá a través de las riquezas, la fama, el prestigio social, el poder, la satisfacción de los deseos y apetitos, la conquista, la prosperidad, el logro de los primeros lugares, y la supresión del sufrimiento.
Estos conceptos de éxito y felicidad se hallan fuertemente arraigados en la sociedad actual y en nosotros los cristianos también. La razón es que a la carne le resulta sumamente atractivo. Cuando utilizamos la misma escala de valores que el mundo, la búsqueda de felicidad, realización personal y éxito nos arrastra a la ambición y a la competencia por los primeros lugares.
Y ese espíritu de competencia aún se extiende al ámbito de la iglesia. ¿Qué sentimos cuando Dios utiliza a otro como instrumento de su gracia y su poder? ¿Sufrimos cuando alguien resulta más efectivo que nosotros en la obra de evangelización y discipulado? ¿y qué de la pugna por llegar a tener una de las iglesias con más miembros de la ciudad? Si no somos capaces de distinguir los valores humanistas que impregnan muchas de nuestras conductas, caeremos indefectiblemente en  el mismo estilo de vida que la sociedad que nos rodea. Cuando triunfar constituye el valor supremo, entramos en la competencia y en la lucha por alcanzar y tener, por aparecer y ser, en lugar de preocuparnos por la salud y crecimiento genuinos de la iglesia y por la salvación de los pecadores. Este pecado de celos y competencia tiene sus raíces en la propuesta de nuestra cultura neopagana, porque la orientación psicológica del humanismo señala que necesitamos autoestima y espacio para proyectarnos y realizarnos, ya que el éxito está dentro de nosotros mismos. Esto nos pone en la loca carrera por el triunfo y la conquista en el intento de superar a los demás.
Hasta hay quienes predican por televisión un evangelio de éxito y prosperidad, tal como lo hacen el humanismo y la Nueva Era. Pero difícilmente alcanzan el éxito porque adentro está la podredumbre del pecado. Sin la virtud purificadora de la sangre de Cristo y el poder del Espíritu Santo, estamos en realidad perdidos y condenados al fracaso, aunque ganemos todo el mundo.

Triunfar no constituye el valor supremo


No podemos medir la vida por el éxito alcanzado, o a través de números, posesiones, prestigio, o poder.
Necesitamos volver a los valores evangélicos de la cruz, la negación de nosotros mismos y la renuncia a todo lo que poseemos.
“Dios no me ha llamado a tener éxito, sino a servirlo”, expresó cierta vez la Madre Teresa de Calcuta.

Jesús y Pablo: dos “fracasados”


Si juzgáramos la vida de nuestro Señor Jesucristo por los parámetros humanistas, deberíamos considerarlo un fracasado. Nació en la pobreza; vino a su pueblo, y su pueblo no lo recibió; fue despreciado, desposeído, traicionado, perseguido y finalmente crucificado.
Jesús no salió del territorio de Israel; todo su ministerio se desarrolló en un radio de pocos kilómetros. Nunca viajó a París o Miami. No conoció Roma. Vivió treinta años en un pueblucho (Nazaret), trabajando como carpintero. El creador del universo, aquel por quien nos movemos y somos y por el cual son todas las cosas, habitó durante treinta años en una miserable aldea fabricando muebles, sujeto a un sencillo padre humano. No es precisamente la imagen de un triunfador.
Mirado desde el punto de vista humano, deberíamos pensar como el filósofo alemán F. W. Nietzche: “Es una locura glorificar a un perdedor, a alguien que no se resistió sino que permitió ser colgado de una cruz. Esto ha impedido el desarrollo de la humanidad, porque la humanidad sólo puede crecer con voluntad de poder, de dominio. Es necesario dejar atrás la compasión, la misericordia. Para eso tiene que dejar atrás a Cristo”.
Según la lógica, Nietzche interpretó bien la situación, pero no pudo percibir la “locura de la cruz”, capaz de transformar el sufrimiento en la mayor victoria de todos los tiempos. Porque esto corresponde a la escala de valores del Reino de Dios. Para el humanismo, para toda razón lógica, el evangelio seguirá siendo locura, pero para el que cree, poder de Dios para salvación, para santificación, para salud, para liberación y para vida.

Pablo, otra “escoria”


Así como Cristo simboliza un “antivalor” para el mundo paganizado, también podemos decir lo mismo de Pablo que escribió en 1ª Corintios 4.9-13: “Porque según pienso, Dios ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres... padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somo abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen y bendecimos; padecemos persecusión, y la soportamos. Nos difaman y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos”.

En 2ª Corintios 11-12, hace una descripción más detallada de estos sufrimientos. Medido con la escala de valores de mundo, Pablo también fue un fracasado. Sin embargo, por comprender el evangelio del Reino, podía afirmar:
“Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo que es la iglesia” (Col. 1.24).

Para el mundo, Pablo era un loco, un enajenado, un masoquista. Dentro de la cultura humanista no hay sitio para el sacrificio, la pobreza, el sufrimiento; rehuye todo eso.

Aunque viajó por muchos lugares, Pablo no hizo turismo. Se alojó más en cárceles que en hoteles (Filipos, Roma) y acabaron por cortarle la cabeza. Tuvo el santo privilegio, el gran honor, de derramar su sangre por la causa de Cristo, lo que constituye la mayor riqueza, el mayor bien, y la más alta meta para todo aquel que ama a Cristo. Pero, ¡me estoy expresando como un loco! ¿Quién desea la muerte? El verdadero cristiano desea dar su vida por Cristo, está dispuesto a lo que sea con tal de que el Reino de Dios avance. San Francisco de Asís le dijo a Cristo: “Señor, te di todo; te di mi fama, te di mi honor, te di mi familia, te di mi sexo, te di mis riquezas; te imité en todo, anduve literalmente haciendo lo que tu hacías, pero me falta una cosa; quiero morir por ti”.
El Señor no lo permitió, pero él estaba dispuesto.
No es locura desear identificarse con Cristo aún hasta en su muerte. Porque es una muerte con sentido, una entrega por amor en beneficio de otros, en pro del avance del evangelio. Pablo lo expresó así: “Para mi el vivir es Cristo y el morir es ganancia”.
¡Una escala de valores totalmente ajena a la de un mundo que busca evitar la muerte por todos los medios! Porque al impío la muerte lo conduce al infierno y, aunque niegue su existencia, en su interior se anida un terror escondido. A nosotros ella nos acerca a Cristo Jesús, nuestro Señor. Al avanzar en la vida cristiana, uno ahela el momento en  que no haya más límites en la comunión con Dios. ¡Y cómo limita el cuerpo!
Si no entendemos la felicidad en los términos del Reino de Dios, nunca la alcanzaremos.

El amor al primado


En el presente sistema, el ejercicio del poder se basa en la dominación de unos sobre otros. Los que lo detentan son depositarios del honor, en tanto que el resto debe servirlos y obedecerlos. Siempre es igual, cualquiera sea el tipo de organización social de una nación.
Nada satisface más el deseo humanista de convertirse en Dios que el obtener poder. Le permite alcanzar honra, prestigio, riquezas, disfrutar de goces terrenales y acceder a la posibilidad de ser servido y librarse de la mayoría de los trabajos humillantes. La ambición humana nunca sacia de poder.
A causa de él, se cometen los mayores pecados y se cae en las peores corrupciones. Constituye la última área que el enemigo y el mundo entregarán porque en él establecerá su refugio final. El poder temporal es la herramienta que el Anticristo usará en su persecución contra el pueblo de Dios.
La responsabilidad de los cristianos con respecto a esa área debe abordarse en primer lugar desde el plano sacerdotal, tal como lo indica la Palabra de Dios.
Pablo nos exhorta a que “se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad (1ªTi. 2.1-2).
En segundo lugar, tenemos que actuar proféticamente, denunciando el pecado, la corrupción y toda injusticia. La participación directa debe ser encarada solamente bajo la guía del Espíritu Santo. La historia demuestra que cada vez que la iglesia ejerció el poder temporal o hizo alianza con él, no pudo impedir que éste la contaminara, o la hiciera co-responsables de sus errores y pecados. Por eso debemos tener mucho cuidado de dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
En Lucas 22.25-27, Jesús establece las relaciones de jerarquía dentro del Reino de Dios; sería un orden de servidores en vez de un orden de dominadores:
“Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige como el que sirve... Yo estoy entre vosotros como el que sirve”.

Los discípulos acaban de disputar entre sí sobre quién sería el mayor. Cada uno pensaba en sus capacidades y en sus méritos, y procuraba lograr primacía. Jesús les señala entonces la regla por la que se deben medir:
... “el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mt. 20.27).
Si establecemos un orden de jerarquías y honores dentro del Reino de Dios, estamos aplicando un sistema de valores del mundo a la iglesia, lo que constituye un gran mal. Los siervos de Dios siempre deben tener el lebrillo yla toalla en sus manos, para lavar los pies de los hermanos. Fuimos llamados a servir y no a ser servidos.
Algunos utilizan la iglesia para lograr realización personal. Buscan en ese ámbito el prestigio que no han alcanzado secularmente. Pretenden resarcirse por los fracasos de  su vida y entonces procuran abrirse paso y subir. Su estilo de vida no corresponde al del Reino de Dios. Su escala de valores es otra.
El hombre espiritual huye de la fama, los honores, los privilegios; no apetece los primeros asientos sino que como el Maestro, escapa para que no lo hagan rey. Una actitud de esta naturaleza termina con la lucha por el poder y con la competencia. El camino señalado por Cristo es mantenerse humilde públicamente, reconociendo la propia carnalidad y confesándola. También ceder a otros el primer lugar y los honores, concediéndoles espacio y los privilegios.
Si Dios nos quiere enaltecer, que lo haga él y no nosotros mismos. Cuando permitimos al Espíritu Santo obrar, muchas veces nos envía al último lugar, hasta que comprendemos que no valemos nada, que no tenemos qué dar a los hermanos. Entonces sopla sobre nosotros y nos reviste de dones y poder. Transforma lo que no es, lo que no vale, en un instrumento útil para Dios. Sabe que ya no procuraremos robar su gloria, y que todo lo que hagamos redundará en honra para el Señor Jesús.
El apóstol Santiago hace en este sentido una seria advertencia contra la parcialidad y la discriminación (Stg. 2.1-9). Ellas son las propias de un esquema que privilegia el poder y la riqueza y considera indigno al pobre, al que sirve. Si Jesús se presentase hoy en algunas comunidades cristianas, no sería admitido por su condición humilde, su identificación con los pobres y su falta de status social.
Seguramente que en el Reino de los cielos se van a sentar a la diestra de Jesús los marginados sociales, los esclavos, los indígenas, todos aquellos que han sufrido por el pecado y la indiferencia de la iglesia. Porque los postreros serán los primeros.

La práctica de la violencia


“Oístes que fue dicho: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele la otra” (Mt. 5.38-39).

“Oístes que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5.43-44).

El mundo usa la violencia para el logro de sus fines de conquista, dominio, expansión y explotación de los más débiles; o en su defecto, como respuesta a estos males, en lo que algunos entienden como violencia justa o permitida.
La no violencia es otro de los valores cristianos perdidos como consecuencia del sincretismo con el Imperio Romano en la época de Constantino. Desde ese entonces ha reinado la confusión en la iglesia con respecto a este tema. El poder rescatar esta verdad ha costado la sangre de muchos mártires. Pienso especialmente en las vidas ofrendadas por nuestros hermanos anabaptistas, los cuáqueros, Martín Luther King, y otros.
En este punto es necesario que la iglesia haga un “mea culpa”, un reconocimiento de pecado, ya que amplio sectores de sus filas han avalado el uso de la violencia en lugar de condenarla. Esta complicidad con quienes la han ejercido es uno de los males que los incrédulos le señalan y que manchan su testimonio.  Si la iglesia hubiese rechazado el uso de la violencia a través de los tiempos, la historia humana hubiera sido muy diferente. No estaríamos hoy frente a la paradoja de que los hinduístas y el movimiento de la Nueva Era se hayan convertido en los campeones de la paz, mientras la iglesia continúa bendiciendo las armas y justificando las guerras.
Jesús rechazó con su ejemplo la opción violenta. Se hizo muy evidente cuando ordenó a Pedro guardar la espada en ocasión de su arresto. Él se negó a ser defendido con el uso de la fuerza.
En el Sermón del Monte, Jesús instó a amar a los enemigos y a no resistir al malo. La iglesia primitiva y los apóstoles fueron celosos guardianes de esta verdad, a veces a costa de sus propias vidas.
Hoy nosotros precisamos recuperar este valor, al punto de negarnos a ejercer cualquier tipo de violencia. Con actitud viril, profética debemos condenarla ante el mundo, cualquiera sea la forma en que se exprese. Esto incluye al violencia provocada por las injusticias sociales que ocurren dentro de los países como a nivel internacional, y que es ejercida por las naciones desarrolladas sobre las más pobres, condenando a millones de seres humanos al hambre y a la muerte temprana.

El amor al dinero


“Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee!” (Lc. 12.15).

Para una sociedad consumista y hedonista como la nuestra, estas palabras son locura. Pero me temo que también para la iglesia, porque nos hemos contaminado. Hemos llegado a creer que la felicidad del hombre radica en la cantidad de bienes que pueda consumir y disfrutar.
En algunos círculos cristianos se predica hoy un “materialismo carismático”. Se enfatiza que la bendición de Dios se aprecia a través de los bienes materiales que se alcanzan; esto sólo logra estimular al ambición. Parecería que hemos mandado al archivo aquellos párrafos de las Escrituras que condenan la idolatría de las riquezas:

“No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6.24).

“No hagáis tesoros en la tierra” (Mt. 6.19).

“Vended todo lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote” (Lc. 12.33).

Estas palabras nos acusan, nos juzgan. Por eso las ignoramos y les torcemos el significado.
Ya que en este punto encontramos uno de los grados más altos de contaminación dentro de la iglesia (lo que constituye adulterio espiritual por su adoración a Mamón) es importante redescubrir, a través de la guía del Espíritu Santo, los principios económico-sociales del Reino de Dios.
Por no tener estos principios, muchos cristianos han adherido a los sistemas imperantes en el mundo.
Algunos identifican al capitalismo y su expresión filosófica, el liberalismo, con el cristianismo, cuando en realidad ambos se hallan enfrentados en más de un aspecto.
Más allá de un análisis técnico, creo nuestro deber emitir un juicio moral y ético sobre el liberalismo económico que hoy reina sin oponentes en el mundo.
Es condenable por su idolatría a las riquezas y del poder, contra las cuales enseñó Jesús. Inevitablemente conduce al consumismo y al amor al dinero, lo que va en contra de las virtudes evangélicas de austeridad y desprendimiento.
Es condenable por su concepto individualista de la persona humana, la que atenta contra el imperativo cristiano de amar al prójimo, de compartir con él y de vivir una fraternidad entre los hombres.
Es condenable por su injusticia en cuanto a la distribución de las riquezas, la cual relega a la pobreza a vastos sectores sociales. Desconoce el principio divino de la igualdad entre los hombres, ya que unos pocos usufructúan lo que Dios ha provisto para todos, y vulnera las bases de justicia del Reino de Dios.
Es condenable porque exacerba el afán de lucro y subordina el servicio que se presta a lo que se percibe por él, en contraposición con el pensamiento cristiano que establece la supremacía del servicio y la ayuda mutua.
Es condenable debido a su insensibilidad social. Hace oídos sordos al clamor de los necesitados y desoye el mandato de Cristo de socorrer al hambriento y al desnudo.
Hay también quienes han optado por el otro extremo inspirados en la visión marxista de la sociedad y en las teorías socialistas, interpretan las Escrituras a la luz de estas ideologías, enfatizando sólo el aspecto temporal del Reino de Dios. Dentro de los que sustentan esta posición no faltan los que apoyan posturas violentas de lucha de clases, en contraposición con la Palabra de Dios.
El marxismo es igualmente condenable desde la óptica del Reino, pero su fracaso histórico hace innecesario otro tipo de análisis.
Ante el vacío ideológico que se ha producido, ha humanidad espera el advenimiento de alguna otra filosofía salvadora. La Nueva Era, con su cosmovisión humanista-esotérica, apunta a llenarlo. A ese fin, se ha infiltrado en todos los estamentos de la sociedad; busca penetrar a través de la educación, de publicaciones científicas, de propuestas ecológicas y de las ciencias ocultas. Ofrece su suerte de singular sincretismo.
Los sistemas imperantes han demostrado su incapacidad para solucionar los problemas de la humanidad. Para los cristianos resultan también repudiables por su concepción atea, humanista y materialista de la vida.
Es tiempo de que nos despojemos de toda lente ideológica y de prejuicios para poder formular una cosmovisión cristiana que permita orientar a las naciones por los senderos del Reino de Dios.

Volvamos los ojos a los pobres


La iglesia debe volver sus ojos a los pobres y anunciarles las buenas nuevas del Reino de Dios.
“El Señor los ha elegido para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman” (Stg. 2.5).

En el particular contexto del Tercer Mundo que vive América latina, nuestra responsabilidad en este sentido es ineludible e imperiosa.
En su mayor parte, nuestros pueblos viven en condiciones de miseria. Se podría decir que apenas sobreviven. Son sociedades pauperizadas que se caracterizan por el desempleo, el “cuentapropísmo”, y el subempleo. La brecha entre pobres y ricos parece abrirse cada vez más. Todo este proceso, acompañado por el enriquecimiento de ciertos sectores financieros dedicados a la especulación no productiva.
Son una intermediación parasitaria que ejerce su rapiña en todos los sectores de la producción y logra más ganancias que los que efectivamente trabajan.
Esto ocurre en medio de una corrupción generalizada en la que abundan los negociados, las coimas, el tráfico de influencias, etc. A ello se suma el floreciente negocio del narcotráfico, que cada vez penetra más la sociedad. No solo produce su devastación a través del consumo de drogas y las secuelas que ocasiona en los adictos, sino por su influencia sobre la economía de los países y los poderes del Estado.
El incremento de la pobreza muestra un cuadro claro de lo que es la explotación del hombre por el hombre. Se ha generado tal nivel de injusticia que enormes sectores de la población se ven hoy inmersos en la marginalidad, en la violencia, en muchos sufrimientos y en la degradación moral.
La situación económica de América latina evidencia las condiciones inhumanas de vida a que están expuestos sus habitantes: hambre, desnutrición, mortalidad infantil, desprotección de los sectores carenciados (niño, ancianos y enfermos), etc. Basta con recorrer las villas de emergencia, las “favelas”, los “pueblos jóvenes” – todos ellos bolsones donde se hacina la pobreza –  para apreciar este drama.
Es necesario que la iglesia tome conciencia de su responsabilidad y mire a las multitudes sufrientes con la compasión de Jesús. Debemos ampliar nuestra visión y predicar un evangelio integral que incluya tanto el mensaje de salvación como la acción misericordiosa; que le alcance pan al hambriento y ropa al desnudo, que recoja a los niños de la calle y lleve consuelo a los enfermos y encarcelados.

Nueva concepción de la vida


Tienen que hacerse carne en nosotros, como iglesia de Jesucristo, las palabras “La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”. Es preciso que modifiquen no solo nuestra manera de pensar, sino nuestro modo de vivir. De tal manera que no dependamos de la cuenta del banco para nuestro sustento, sino de la provisión de Dios. Cuando buscamos primeramente el Reino de Dios y su justicia, nada nos domina.
Recuerdo los tiempos de la hiperinflación. Llegó un momento en que pensé que no podría pagar las cuentas de gas, luz, teléfono. Comencé a temer y amargarme. Entonces supe cuanto dependía mi seguridad y mi felicidad de las cosas materiales. La experiencia me sirvió. De repente, me di cuenta de que teniendo a Cristo lo tenía todo, y de que si era preciso pasar hambre cuando Jesús lo mandaba, lo haría con gusto y sin llorar mi miseria.
¿Saben que algunos cristianos se murieron de hambre? En Argentina tuvimos uno: Alan Gardiner, misionera inglés que vino a predicar a los indios patagónicos. Dios permitió que él muriera de hambre. Pero ¿cómo? ¿y el salmo que dice “no he visto justo desamparado”? y no vamos a decir que Alan Gardiner fuera ateo o diabólico. Sin embargo el Señor lo dejó dar su vida en estas tierras.
¿A dónde  va a parar nuestra teología de la prosperidad con esto? Creo que el “materialismo carismático”, que apetece y busca las mismas cosas que el mundo, ha colocado a Dios en el lugar de un banquero que nos provee dinero para que seamos felices, que lo derrocha en nosotros. No digo que Dios no pueda bendecir económicamente a su pueblo, pero todo aquel que depende de las cosas materiales, que ama la riqueza y el confort y que se apega a un estilo de vida consumista, todavía no ha entendido el Reino de Dios.
¡Que venga espíritu de frugalidad sobre la iglesia! ¡Que la austeridad y la generosidad nos lleven a compartir con el que padece necesidad, hasta que lleguemos a ser como la iglesia de Jerusalén, en la que no había ningún necesitado!
Nos cuesta, porque es muy grande la avalancha de pensamientos mundanos que nos cae encima declarando que la felicidad consiste en la abundancia de los bienes que uno posee. Resultan tan apetecibles y placenteras las cosas que se nos ofrecen para consumo que nos es difícil despojarnos de toda esa basura y tomar la cruz. Se trata de un ardid del diablo para seducir y cautivar a la iglesia.
El emperador romano Constantino le dijo a la iglesia “Todo esto te daré: honor, fama y riquezas”.
Así que la iglesia comenzó a recibir impuestos del mundo y tuvo muchos bienes. Hoy en día, una de las principales acusaciones contra ella es que acumula riquezas que no reparte y que utiliza en vanidades como adornos de oro y cosas por el estilo. Se habla de comercio con las cosas espirituales. Y no les echamos a los católicos la culpa de todos los problemas de la iglesia. En el sector evangélico, se dan los mismos pecados, el mismo despilfarro, el mismo amor al dinero. Están proliferando los edificios lujosos de butacas tapizadas en terciopelo y decoración costosa.
Es una demostración de prosperidad más diabólica que espiritual. Se crea un contrasentido dentro de la iglesia cuando los servidores de Cristo quieren andar en jets privados y en Rolls Royce mientras que su maestro no tenía almohada, ni calzado, ni morada y más de una vez ni siquiera comida.
Es tiempo de que la iglesia de América latina levante su voz

Tomado de libro “Violentamente cristiano”
           Oscar Marcellino  - Editorial Logos


jueves, 26 de junio de 2014

HAZ DIQUES DE CONTENCIÓN



EL SUEÑO QUE TUVO JORGE HIMITIAN

Mucho están familiarizados con el sueño que tuvo Jorge Himitian en agosto de 1967, y que está relatado en el libro “Tiempos de restauración”:

“Mientras estábamos charlando (Jorge) oyó una voz desde el cielo ordenándole que construya diques. Sorprendido por lo que oía, levantó su vista para encontrarse con una mano gigantesca que se movía trazando la forma de un dique. Y con ese trazo, un gran dique quedaba erigido en medio del parque. Quedó asombrado, preguntándose: “¿Para qué un dique aquí, si estamos a más de tres kilómetros del río?”
La voz habló por segunda vez diciendo: “Haz diques de contención”. Nuevamente, allí estaba la mano gigantesca erigiendo un dique. A esta altura estaba muy perplejo y confundido, discutiendo interiormente con esta voz incorpórea, cuando oyó por tercera vez la misma frase. Y otra vez, la mano construyendo el dique. Sólo que en esta ocasión al mirar en dirección al río quedó atónito al ver que el agua estaba irrumpiendo vertiginosamente en el parque de tal modo que la gente estaba trepando los árboles, subiendo sobre los techos de los automóviles, o escalando los cercos más altos, procurando ponerse a salvo.
Esa tarde, compartiendo una taza de té con un  colega, le contó su sueño. Su amigo José le escuchó atentamente y simplemente sonrió, diciéndole: “¿No entiendes, Jorge? Los diques no son para detener el agua, sino para contenerla y para convertir la presión de la misma en energía efectiva para hacer ciertas cosas específicas..”
Cuando unos días después, Jorge compartió esto con varios pastores, todos sentimos que el Señor estaba llamando nuestra atención a la íntima relación que existe entre su bendición y su propósito. Necesitábamos entender que su gracia, abundantemente derramada sobre nuestras vidas, no venía solamente para proporcionarnos una experiencia agradable, sino a impulsarnos hacia el cumplimiento de sus propósitos eternos.
Vimos también que, a menudo, habíamos gozado de su bendición sin tener plena conciencia de que ella implicaba una mayor responsabilidad. El mandato específico era que debíamos dar algunos pasos iniciales-hacer diques de contención-que aseguraran que esta bendición serviría a los intereses de Dios”




domingo, 22 de junio de 2014

CONSEJOS PARA LA VIDA MATRIMONIAL Oscar Gómez


   
  Las tensiones que se producen en el matrimonio ponen de manifiesto el carácter de los cónyuges. Cuando estamos bajo presión o tenemos que enfrentar conflictos exhibimos lo que realmente somos. El matrimonio es el factor más importante en la formación de las personas, lo prepara para alcanzar su propósito y realización más excelente o lo mutila o inhibe. Más allá de las circunstancias, necesitamos disfrutar nuestra relación matrimonial.

1-Orar juntos.

Se trata de una oración clara, concisa, tal vez corta pero poderosa. El matrimonio que ora unido permanece unido. Vivir sin orar es vivir sin Dios.

2-Practicar el perdón.

El perdón va por delante de los deberes de culto, delante de la oración, “por tanto si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas que tienes alguna cosa contra tu hermano arregla primero”. Al negarles el perdón a los demás en realidad estamos diciendo que no son dignos del perdón de Dios y por consecuencia tampoco nosotros lo somos.

3-Formar el hábito de ir juntos a todo lugar donde se pueda.

No se trata de dos “soledades” que conviven. Sea de compras, al congregarse, yendo de vacaciones, en momentos de esparcimiento, tienen que proponerse ir juntos.

4-Desarrollar el calor de hogar

Puedo tener una casa grande y espaciosa pero no tener un hogar. Papá y mamá deben fomentar la calidez en el hogar. Buenos momentos juntos, distendidos, dejando de lado las peleas y tensiones que debilitan la familia.

5-Cultivar palabras y actitudes que honren a mi esposo y esposa.

“Te quiero”, “te extraño”, “te necesito”, “sos importante para mí”, “muy rica tu comida”, “que linda te queda esa ropa”, etc. Palabras de cariño, sencillos obsequios, etc.

6-Acordar y establecer metas juntos para la familia.

¿Qué queremos lograr? En lo material, -en lo espiritual. Tomar lápiz, papel y escribir los objetivos.

7-Definir las relaciones y amistades.

No toda amistad o relación ayuda o edifica. Determinemos que relaciones nos favorecen y cuales no.

8-Confiar en Dios.

Salmo 46 1 al 5

1 Dios es nuestro amparo y fortaleza,
Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,
Y se traspasen los montes al corazón del mar;
Aunque bramen y se turben sus aguas,
Y tiemblen los montes a causa de su braveza.
Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios,
El santuario de las moradas del Altísimo.
Dios está en medio de ella; no será conmovida.
Dios la ayudará al clarear la mañana.

Esta es la cuota de fe que necesita todo matrimonio.




sábado, 21 de junio de 2014

LOS EDIFICADORES Claudio Lancioni



(Tomado del mensaje "El celo de tu casa" compartido por el autor en la comunidad cristiana de Rosario)

En esta reflexión queremos poner el foco en la actitud de los edificadores.

¿Quiénes son los edificadores?

¿Cuál debe ser la disposición de los edificadores?

Citando nuevamente la expresión de David, el celo de tu casa me consume, esta fue la frase que acudió al pensamiento de los apóstoles cuando el Señor Jesús entro en el templo en Jerusalén.

Juan 2:15-17 “Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; 16 y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. 17 Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El  celo de tu casa me consume”

Tenemos el privilegio de entrar en el pensamiento íntimo del apóstol Pablo

Su apasionamiento y sus altos ideales.

Col 1:24-27 “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, 26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos,27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, 28 a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; 29 para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí”

Su identificación con Cristo era tal que no interpretaba los sufrimientos como propios sino quien sufría era Cristo en él.

Su visión incluía a todo hombre ¿pero todo hombre Pablo? ¿No se te esta yendo la mano?
¿Presentar perfecto? Imposible al menos que sean salvos.
¿Logro Pablo aquellos que buscaba? No, pero sin embargo el no sabía trabajar de otro modo.  Que el ejemplo del apóstol nos libre de toda mentalidad mediocre o de acomodamiento.

Su compromiso y disposición a adaptarse para ser fructífero.

1Co 9:19-23 "Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. 20 Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; 21 a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. 22 Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. 23 Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él”

Su anhelo de participar profunda y activamente en el evangelio.

Que los propósitos de Dios pasen por mi vida, no me quiero quedar afuera. Las distintas realidades que deben convivir en la iglesia. Su capacidad de interpretar las circunstancias presente a la luz de los intereses de Dios.
Filip. 1:12-14 “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, 13 de tal manera que mis prisiones  se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás. 14 Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor”

Su generosidad.

2Co 12:15 “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos”

Su respuesta perseverante al llamado de Dios.

Hechos 20:24 “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera  con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”


1Co 9:26-27 “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”

jueves, 19 de junio de 2014

UNA COMUNIDAD CENTRÍFUGA Oscar Gómez

                


"Mas los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra"                                                                                                                                       Hechos 8:4

    La fuerza centrífuga es aquella que tiende a alejar los objetos del eje de rotaciónDesde los albores del movimiento de renovación nuestra tendencia siempre fue obrar desde el centro hacia afuera, es decir que el punto fuerte no estuvo en centralizar sino en salir, alargar, expandir. Podemos afirmar con claridad que este es nuestro ADN dado por Dios. 
   
   Según el diccionario centrífugo significa que se aleja del centro. Desde esta perspectiva solamente tenemos una sola reunión semanal todos juntos los domingos por la mañana que hasta ahora es suficiente; el resto de las actividades se desarrollan por las casas, en pequeños grupos, discipulado personal y en otras ciudades en pos de la extensión.

   De ahí en más, todo esfuerzo por intentar aglutinar a los hermanos en reuniones extraordinarias, sean cursos especiales, encuentros oración o de corte evangelístico no dio el resultado esperado; el silencio de los hermanos frente al anuncio de la convocatoria, la falta de “cuorum” y la escasa asistencia lo corrobora. Seguir insistiendo sería en vano. ¿Por qué? Porque la comunidad es fiel a su ADN que le ha sido dado por el Espíritu Santo. Querer juntar a todos en ocasiones fuera de las establecidas es ir en contra de la propia naturaleza de la comunidad ¿Con todas las iglesias ocurre esto? No, porque hay congregaciones que desde sus inicios tuvieron fuerza centrípeta, es decir centralizaron sus actividades y eventos, su fortaleza estuvo en masificar. No es nuestro caso.

   En términos generales, los hermanos de nuestra congregación son felices participando en los grupos familiares, abriendo casas nuevas, predicando en los barrios, en las plazas, saliendo a otros pueblos, juntándose de dos o tres, buscando y haciendo nuevos discípulos porque este es su código genético, y a su vez es lo que debemos alentar. Cuando más descentralicemos las cosas mejor, por supuesto en oración y ordenadamente, entonces habrá un amén muy grande en el seno de la comunidad.

   Creo que con el paso del tiempo nuestra tendencia centrífuga se irá acentuando cada vez más y esto no es sinónimo de debilitamiento, al contrario, siempre la comunidad será fiel a su propia naturaleza. Sencillamente se encargará de purgar todo lo que le sea contrario. ¿Tendrá algo que ver que el significado de “iglesia” sea llamados a estar fuera?



domingo, 15 de junio de 2014

ENYESAMIENTO DE LA OBRA Mario Fagundes





(Apuntes de la charla dada por el autor en San Martín Bs. As.)

Quiero mencionar tres peligros a los que nos exponemos en la obra del Señor. Esto el Señor me lo mostró hace mucho tiempo. Son tres cosas casi naturales que van a acontecer si no prevenimos, ni estamos advertidos. Sobrevienen como fruto del tiempo y del crecimiento.

TRES PELIGROS

1) Con el tiempo los criterios se convierten en absolutos.

Con el tiempo viene la experiencia, el mucho conocimiento en la obra. Mucha revelación, conocemos los principios y sabemos cómo funcionan y cómo ponerlos en práctica. Con el tiempo viene la cristalización de la obra, viene el enyesamiento. La obra queda enyesada, cristalizada.
Cuando dejamos de evaluar las prácticas éstas se vuelven absolutas, la obra se cristaliza y comenzamos a actuar por procedimientos y normas, por criterios mucho más que en dependencia del Espíritu Santo. Se van colocando las prácticas en un lugar indebido.
Hay prácticas que vienen por la enseñanza y otras por la catequización personal, con el tiempo queda la forma y la práctica se cristaliza. Por ejemplo el tema de las coyunturas es un principio absoluto, pero las prácticas comienzan a diferir unas de otras tomando una importancia exagerada.
Cuando esto sucede se estanca la obra y si alguien quiere cambiar algo le resulta muy difícil. En realidad, nadie va a cuestionar un principio si está en las escrituras pero podemos corregir algo sobre su práctica que no es aceptado, entonces esta resistencia al cambio hace que la obra se cristalice. Se toman los criterios con tanta normalidad que se convierten en cosa absoluta.
El Señor quiere hablar con nosotros, el conocimiento que adquirimos de las escrituras viene de él. Nos quiere llevar a depender de su Santo Espíritu antes de aconsejar, antes de actuar, antes de enviar, antes de salir, antes de tomar decisiones serias. Orar y depender de la guía del Espíritu Santo es nuestra responsabilidad.

2) Con el crecimiento se pierde la esencia de la verdad

Las nuevas generaciones de cristianos no reciben la verdad de la misma forma, tampoco con la misma profundidad. Si no nos apercibimos pasamos la estructura de la denominación no la esencia de la verdad. Les hablamos a los discípulos de nuestro funcionamiento y no la Palabra.
¡Cuidado! El crecimiento hace perder sutilmente la esencia de la verdad porque la estructura se agranda. Lo que edifica es la verdad revelada por el Espíritu Santo no lo que transmiten los hombres. Tengamos en cuenta lo que dice la Palabra del Señor al aconsejar matrimonios, noviazgo, trabajo, etc. comunicándoles  los pasajes afines registrados en las escrituras.
Muchos le dicen a la gente: “aquí las cosas son así”, pero esto no está bien, es lo que el Señor estableció lo que vale. No debemos valorar más la estructura que la verdad. Hoy en día hay más explicaciones de los líderes que lo que la Palabra de Dios dice.
Cuando la estructura toma una dimensión demasiado grande se tiende a perder la guía del Espíritu Santo.
Uno de los problemas actuales es que en facebok los dichos de Jesús no los comenta nadie, pero las frases populares la comentan todos. Se considera más la argumentación que la sencilla palabra de Cristo. No se transmite la persona de Jesús, se comunican muchas otras cosas.
Nuestra responsabilidad es transmitir la verdad con su esencia, con su profundidad. Son verdades eternas. Quiero mirar a Jesús. No está Pablo en nuestro interior, es Cristo el que está dentro.

3) Distanciamiento debido a las demandas de la obra

Uno viaja para allá, el otro para acá. Entonces cada vez hay menos tiempo para compartir, para orar juntos y ponerse de acuerdo. Allí empiezan las diferencias y se agranda la personalidad de cada uno. Nacen los énfasis. Seguimos creyendo que nuestros discípulos piensan lo mismo pero como consecuencia del distanciamiento y de la falta de relación otras cosas ocupan sus pensamientos.
Esto permite que el diablo se meta entre nosotros, actúe, se mueva y empiecen a aparecer “fantasmas” y también puede haber rupturas en los relacionamientos.
Sin embargo, cuanto más juntos estemos más difícil le será al diablo dividirnos, separarnos. Cuanto más juntos estemos, debatiendo todos temas mejor será.
Puede suceder que yo tenga algo que Dios quiere para la iglesia, pero Marcos todavía no lo ve. Puede ser de Dios, pero el momento de Dios es cuando todos nos ponemos de acuerdo. No caigamos en este peligro.











martes, 10 de junio de 2014

LA ARMADURA DE DIOS 2da Edición Víctor Rodriguez





  En Juan 10:10 denuncia al diablo como un ladrón que viene a hurtar, y matar, y destruir. A veces se toma al diablo en broma o para atemorizar, pero esto no debe ser así entre los que han sido lavados por la Sangre de Jesús. Muchos no tuvieron en cuenta que el diablo vino para hurtar y les ha sido robado lo que Dios hizo en sus vidas, nosotros tenemos que velar para que no suceda esto.

¿Qué es guerra espiritual y como debemos enfrentarlo?

Todo lo que hacemos desde que nos convertimos y bautizamos es a favor de Dios y en contra del diablo. Eso es guerra espiritual, pues Satanás no quiere que leamos la palabra, oremos, demos gracias, alabemos a Dios, prediquemos el evangelio y toda actividad que esté a favor de Dios. Cuando hacemos estas cosas, a favor de Dios, nos enfrentamos a Satanás y es por eso que debemos hacerlas de cara a Dios y de espaldas al diablo, para que no sea sobredimensionado el reino de las tinieblas en nuestras vidas (viendo), sino para que el reino de Dios se manifieste en nosotros por la obra que Él está haciendo a través nuestro. Debemos hacerlo cara a cara con Dios y no cara a cara con el diablo.
En el padre nuestro Jesús pone en primer lugar a Dios como padre, luego que sea hecha su voluntad y que venga su reino, después que nos de el pan de cada día, que nos perdone nuestras deudas, que no permita que caigamos en tentación y por último nos libre del mal (del maligno), el maligno en último lugar.
Debemos comenzar todas las cosas con Dios, pues todas las cosas de Dios empiezan en Él. El diablo quiere tomar siempre el primer lugar, quiere tomar el lugar de Dios y que perdamos de vista al amado.
En el pasaje de Efectos 6: 10-20 el apóstol Pablo habla que tenemos que tomar la armadura, pero no debemos ponerla sobre heridas o lastimaduras. Esta armadura no debe tener agujeros y una de las características es que no cubre la espalda porque nosotros somos los que atacamos y no al revés, no estamos en la huida o retirada, cuando hacemos la obra de Dios estamos siempre a la ofensiva, hacia delante, firmes y adelante.
Desde el momento que nos convertimos somos terribles para el diablo, por eso nos ataca para que no avancemos en el Reino de Dios.

¿Dónde ataca Satanás? ¿Cuál es su blanco?

Satanás ataca donde está puesta la armadura, en los lugares donde está puesta la armadura.
  
Efesios 10: 14 dice: …ceñidos vuestros lomos con la verdad…
El diablo ataca a la verdad, es padre de mentiras y miente desde el principio. Ataca tu verdad para que nunca veas donde estas y va a querer que mientas y cuando lo hagas el habrá dado en el blanco. Cuando ataca la verdad lo hace también a la integridad.
Efesios 10: 14 también dice: …y vestidos de la coraza de justicia.
El diablo ataca la justicia de nuestras vidas manifiesta por el buen testimonio. El quiere que el vecino escuche tus gritos para que no tengas un buen testimonio y echar por tierra las posibilidades de hablarle de Cristo, porque has perdido la confianza para que crean lo que decís.
Debemos dar buen testimonio, que es lo que el diablo quiere arruinar. Jesús nos da palabra para dar buen testimonio: amar a nuestros enemigos, poner la otra mejilla, si quieren quitarte la túnica dales también la capa, bendecir a los que nos maldicen. Nuestro testimonio es valioso.
Efesios 10: 15 dice: y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.
Satanás quiere callarnos para no dar a conocer el evangelio de la paz, él va a tratar de que no hablemos en donde estemos para que el evangelio de la reconciliación no se predique y nadie se reconcilie con Dios, ni siquiera nosotros mismos y que estemos peleados y sin paz. Si estoy peleado con Díos, lo estoy con los demás y ahí el diablo
habrá dado en el blanco.
Efesios 10: 16 dice: …, tomad el escudo de la fe…
Satanás va a atacar tus sentimientos y sensaciones para amargarte y entristecerte. El escudo de la fe es para guardar nuestros sentimientos y sensaciones. Si el diablo los toca. Ahí es cuando nos hiere el orgullo pero no el espíritu. Nos quiere anular por completo. No andemos en los sentimientos, andemos en el espíritu, porque lo sentimientos son inconstantes.
Efesios 10: 17 dice: Y tomad el yelmo de la salvación,…
El yelmo esta en la cabeza y es donde están nuestros pensamientos. El yelmo, también, como en la antigüedad, identifica de qué lado estamos, aparte de guardar la cabeza de los golpes del enemigo. Este yelmo es la identificación como cristianos en todos los lugares donde estamos. Debemos identificarnos y no que adivinen que somos por nuestra manera de comportarnos o como actuamos. El diablo ataca nuestra identidad para que no sepan quienes somos.
Efesios 10: 17 también dice: …, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; Todo las partes de la armadura que vimos hasta acá es para la defensa, pero ahora algo para atacar y eso es la palabra de Dios que es la espada del Espíritu y también dice que es como espada de dos filos. Usemos, como Jesús, la palabra para defendernos de los ataques del diablo a nuestras vidas y verdades.
Efesios 10: 18 dice: orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu…
La oración es el vestuario o vestidor donde nos ponemos la armadura, esto debemos hacerlo todo el día y cada día.
Y Efesios 10: 19 el apóstol Pablo dice: y por mi, es decir, orar por nuestros mayores, porque la iglesia es la obra que han hecho los mayores en cristo, porque los pastores son la cabeza de la iglesia, que Dios a puesto.

El diablo ataca:

- La Verdad.
- El testimonio.
- El evangelio de la reconciliación.
- Los sentimientos.
- Para no usar la espada.
- La identidad.
- La oración.
- Para no interceder por nuestros mayores.



A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...