MILAGROS DEL DÍA DE LA EXPLOSIÓN Mirtha Siccardi



Testimonio asombroso de la intervención del Señor en el estallido de la Fábrica Militar de Río Tercero Córdoba.
                                                      

   

Hoy se cumplen DIECINUEVE (19) años... Explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero alrededor de las 9 de la mañana. Estupor, horror, huida en medio de un humo asfixiante, con bombas cayéndonos adelante, atrás, a los costados... esquirlas como proyectiles mortales al rojo vivo... Multitudes huyendo a pie, el terror y la desesperación pintada en sus caras... INCERTIDUMBRE TOTAL acerca de la suerte corrida por MUCHOS hermanos y amigos que trabajaban en esa fábrica...
La casa estaba ya sin la puerta de entrada (había volado con la primera explosión), y una de las ventanas del frente también...
Cortinas desprendidas, papeles, objetos varios volando por la casa a cada nueva explosión, vidrios, trozos de madera..
Abrazadas con mamá y Silvana, comenzamos a orar, pensando que de un momento a otro nos íbamos con el Señor. ALDO ese día había viajado a Córdoba!!! Estábamos solas...
Antes que se cortaran las líneas telefónicas, alcancé a llamar a Sara y Cacho, que nos recomendaban no salir, por la gran cantidad de proyectiles que volaban. También alcancé a avisar a Buenos Aires, a Eunice y a mis compañeros de El Puente. Todo, tirada en el piso, porque cada onda expansiva nos movía hasta los cimientos.


 En medio del estruendo de las explosiones, el humo, los gritos de desesperación de la gente... llegó José Luis, el joven ayudante de carpintería de Aldo. "¡Hay que salir de aquí! ¡Vamos! Yo les manejo el coche! HAY QUE SALIR YA!!!!", nos instó. Vivimos a unas 6 cuadras de los polvorines de la fábrica. Si el fuego, que ya era incontrolable, llegaba allí, no habría escapatoria para nadie... 
No teníamos opción. Ayudamos a mamá a subir al coche y salimos... Recitando salmos, orando y solo CONFIANDO en que el Señor estaba y que, si vivíamos, era por Su gracia. Y si moríamos... ¡estaríamos con Él! 


Orábamos por la gente. Les decíamos palabras de aliento a los que podían oírnos... Cuando logramos salir de la ciudad y llegar a la ruta, rumbo a Tancacha, el panorama no cambió: doble y triple fila de coches, motos, bicicletas... avanzando todos a paso de hombre. Multitudes huyendo a pie, llorando, gritando, desmayándose... Me hizo pensar realmente en una escena del Juicio Final. Oramos, oramos, oramos todo el camino: por todos los hermanos, por toda la ciudad, por un milagro de protección extra...
En Tancacha y otros pueblos vecinos, parientes y hermanos nos recibieron, ampararon, abrazaron, consolaron... Aún las personas desconocidas se acercaban a ofrecer su ayuda a los refugiados...
POR LA TARDE tuvimos la triste noticia de que una de nuestra jovencitas: Laurita Muñoz, había fallecido, atravesada por una esquirla, mientras huía juntos a sus padres y hermanos... 
Luego, a medida que pasaban las horas, nos íbamos reencontrando y abrazando con todos los que iban apareciendo, cada uno contando un MILAGRO extraordinario de la protección del Señor sobre sus vidas. TODOS se habían salvado milagrosamente. Un día entenderemos por qué Laurita fue la excepción...

ALDO pudo llegar a Tancacha recién al atardecer.
Lloramos al reencontrarnos... Él había vuelto lo más rápido posible al escuchar la noticia por radio... Atravesando la custodia del ejército, había llegado a nuestra casa, para encontrar solo las huellas del desastre... 
No puedo contar aquí las historias extraordinarias de ese día. Solo quiero agregar que, una vez más, los que confiamos en el Señor, encontramos una nueva dimensión del amado texto: "AUNQUE ATRAVIESE VALLES DE SOMBRA DE MUERTE, NO TEMERÉ MAL ALGUNO, PORQUE TÚ ESTARÁS CONMIGO..."
-Un matrimonio creyente, de nuestro barrio: Adrián y Nancy, huyeron a pie con sus niños, hacia el río, junto con muchísimos más. Cruzaron al otro lado y siguieron corriendo, bajo un calor cada vez más sofocante. Por fin se refugiaron en un campo suficientemente alejado. La familia de campesinos, lógicamente, no tenía comida para todos. Sí, podían darles agua. Al promediar la tarde, un pariente, logró ubicarlos y les llevó pan y fiambres, como para la familia: papá-mamá y 5 chicos. Pero Adrián y Nancy se dijeron: "¿Vamos a comer nosotros solos, cuando aquí hay más de 20 niños más y otros tanto de adultos???". "Vamos a orar", dijo Adrián. Oraron... Nancy comenzó a cortar el pan y los fiambres para armar sándwiches...¡Y EL PAN NO SE ACABABA, NI MERMABAN LOS FIAMBRES!! hasta que pudieron compartirlo con todos!
- La familia Izaza: Teresa, Silverio y sus tres hijos, vivían a dos o tres cuadras de la fábrica. En el momento de la primera explosión, solo estaban en la casa Teresa -la mamá-, y Luli, la bebé en su dormitorio de la parte delantera de la casa. Los chicos estaban en el colegio, también a pocas cuadras de la fábrica. 
Hacía un momento, Teresa había llevado a la bebé a un dormitorio más alejado, hacia la parte trasera de la casa. "No sé por qué lo hice", nos contaba, "Sin duda fue el Señor!"... Poco después, estallaba la fábrica. Todo el frente de la casa quedó instantáneamente destruido hasta los cimientos. Teresa, que estaba barriendo la vereda, literalmente VOLÓ hasta el fondo ... ¡se levantó ilesa! Corrió hasta el dormitorio que aún estaba en pie, donde hacía un momento había trasladado "sin saber por qué" a su pequeña. ¡Y ALLÍ ESTABA SU HIJITA, SANA Y SALVA!
- En uno de los colegios secundarios más grandes de Río Tercero, muy cercano a la fábrica, el rector era el profesor Enrique González, un fiel creyente de nuestra congregación. Estaba sentado en su escritorio, cuando de repente, por alguna razón que no recuerda, se levantó y salió de la rectoría. En esos momentos detonó la primera terrible explosión... La confusión y el horror hicieron presa de todos. 

Con calma y firmeza, Enrique y varios profesores y preceptores, lograron ir conteniéndolos y ayudándolos a escapar por el lado que se veía algo más seguro. .

 En total, en los muchos colegios cercanos a la fábrica, solo falleció una niña de 15 años -vecina de nuestro barrio- y un abnegado profesor, en su lucha por salvar a sus alumnos. Los chicos de los colegios, aún los pequeñines de Jardín, corrían por los pasillos entre montañas de vidrios rotos y mampostería que se derrumbaba... ¡y salían ilesos!! Lo mismo ocurría en distintos lugares de la ciudad: gente corriendo sobre vidrios rotos -muchísimos de ellos descalzos pues habían perdido el calzado o recién se levantaban...¡Y no se cortaban! Enormes milagros de la Gracia salvadora de Dios!...
Cuando Enrique, luego del salvataje del alumnado, volvió a su escritorio en busca de algo importante, sobre el lugar donde hacía un momento había estado sentado trabajando, había un trozo enorme de mampostería; una bomba había caído sobre el techo... Sin duda, si hubiera estado allí, no hubiera logrado salvar su vida...
"SUBLIME GRACIA DEL SEÑOR"!!!...







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