LA RESPONSABILIDAD SOCIAL Y ESPIRITUAL DE LA IGLESIA Ángel Negro



                                                    Ángel y Elisa Negro
   
Quisiera compartir esta mañana acerca de LA RESPONSABILIDAD SOCIAL Y ESPIRITUAL DE LA IGLESIA. Todos sabemos que el consumo de drogas nos ha superado con creces, el nivel de violencia y rebeldía en las escuelas, en la familia, en el trabajo nos conmueve y nos deja perplejos. La inseguridad es el pan de cada día, se mata solamente por matar. La ansiedad y la depresión han llevado a muchos al uso abusivo de medicamentos. El quiebre de la familia por la intolerancia, la promiscuidad sexual, el embarazo de las adolescentes y la corrupción en todos los estamentos de nuestra sociedad. El descaro y la desfachatez extrema.
   Ahora bien ¿Por qué llegamos  a esta situación? Se habla y se escribe mucho pero no se arregla nada ¿Cuál es nuestra responsabilidad? ¿Cuál es mi responsabilidad,  de mi familia, de la iglesia del Señor? En primer lugar quisiera mencionarles siete cosas que no debemos hacer, los siete “no”. 
1. No entrar en el juego de los comunicadores sociales. La crítica no arregla nada. 
2. No caer en el pesimismo “Hermano esto no lo arregla nadie, ni Mandrake” “Esto no tiene solución” 
3. No entrar en la indiferencia y la falta de compasión. Por acostumbrarnos, la miseria humana ya no nos conmueve. 
4. No pensar que solo los demás tiene responsabilidad de solucionar los problemas. Que lo haga el gobierno, las instituciones, etc. 
5. No ser como el avestruz que esconde su cabeza. El “ostracismo religioso malsano” no arregla nada. 
6. No pensar que la responsabilidad de la iglesia es solamente espiritual, a esto lo llamo “escapismo religioso”. No es solo espiritual es también social. 
7. No tener un visión apocalíptica de Argentina ¡Jesucristo vino a cambiar la historia! Necesitamos hacer un cambio en nuestra manera de pensar.

Dios quiere su iglesia para cambiar la historia ¡Jesucristo puede cambiar la historia de Argentina, de las familias, de nuestra descendencia y la de los demás!

   En el libro de Jonás capítulo 3: 4 y 5 podemos ver como el profeta literalmente se “tomó el buque” solo a Dios se le puede ocurrir hacer lo que hizo con Jonás.
Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida. Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos”.
   Cuando Dios se propone hacer algo con una persona se las va a arreglar para conseguirlo y cumplir su propósito. Lo mejor es seguir sus planes, no escapar. El profeta no hubiese ido a predicar por su cuenta a Nínive, los asirios eran más crueles que los romanos, malvados con los niños, y a ellos Dios lo enviaba. Sin embargo, unas ciento veinte mil personas se convirtieron con su mensaje. Una ciudad entera se arrepintió. Jonás no hizo ningún milagro, solamente utilizó la palabra, les dijo lo que les iba a pasar si no creían ¡Y se salvó toda una ciudad! En el cielo nos encontraremos con esos ninivitas y con todos los que se arrepintieron de sus pecados. Si Dios lo hizo una vez, lo puede hacer otra vez. Así vemos en el libro de los Hechos como el Señor cambió la historia de Samaria, de Lida y Sharon, de Antioquía, de Asia, de Éfeso.

Tenemos una gran responsabilidad con nuestra nación. No podemos conformarnos con lo que está pasando. Si Dios lo hizo una vez puede hacerlo otra vez ¡Hay esperanza para Argentina!

   La esperanza está en Jesucristo, no en el próximo gobierno. A lo largo de la historia hubo naciones enteras que fueron transformadas, Armenia en el siglo II d.c., Irlanda en el año 600, Gales en el 1900.
   ¿Qué debemos hacer para que se produzca un cambio en Argentina? Necesitamos volver a experimentar el poder sobrenatural de la Palabra de Dios. La Palabra no es sonido hueco, tiene un efecto transformador. Los cristianos tenemos una palabra que es para salvación.

La Palabra del Señor tiene un contenido espiritual, emocional, afectivo y místico, tiene un efecto sanador para el alma y la mente de la persona.

   Una sencilla palabra puede cambiar una vida. Una vez el Señor despertó a Ivan Baker a las tres de la madrugada y le indicó que se dirija al Puente del riachuelo, obedeció y fue con su automóvil. Estuvo allí un rato, al no ver a nadie entonó un himno y regresó a su casa. Al pasar los años, en cierta reunión se le acercó una persona que le recordó lo sucedido, le dijo que esa noche estaba debajo del puente intentando quitarse la vida y al escuchar el canto desistió. Con el tiempo se convirtió al Señor. ¡Aleluya! Ese es el poder la palabra de Dios. No dejes de hablar del Señor. Habla, habla de parte de Dios. La Palabra es reveladora, trae su presencia, El evangelio de Juan no destaca los hechos de Jesús, resalta sus palabras. Una vez que la comunicamos, la Palabra sigue trabajando en las personas, en sus corazones. Los hijos de paz son aquellos que no resisten a la Palabra, no son contenciosos. La palabra pronunciada por un cristiano tiene poder. No dejemos que la corriente de este mundo nos salpique, y seamos hostiles con los demás. Seamos pacificadores. ¡Jesucristo es el Príncipe de Paz!

  






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