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¡LA RENOVACIÓN NO SE DETIENE! 2da. Edición Oscar Gómez

          

                 
   

   Resistencia a los cambios

   Todo nuevo ámbito de renovación conmueve no solamente el mundo espiritual sino también el estructural del cristiano. Y allí es donde se suscita una resistencia que se opone a lo nuevo, a las verdades renovadas, a una nueva comprensión de las cosas que siempre estuvieron y no las veíamos.

   La raíz de esta resistencia se encuentra en que el cristiano practica día a día una realidad no transformante, se limita a hacer las cosas con los elementos ya creados, que les fueron puestos a la mano, y vive adaptado a las rutinas que su estructura eclesiástica le impone, la cual generalmente no mide ni evalúa el grado de avance o crecimiento de su vida personal y ministerial, sino que muchas veces tampoco favorece tal desarrollo. El cristiano actual se mueve bien, con comodidad en ese mundo, sin preguntar por su verdad o falsedad, y está dispuesto a luchar, a lo mejor inconcientemente, contra cualquier cambio que atente esos hábitos adquiridos.

   No toda renovación suscita el mismo grado de resistencia, hay una graduación. Por ejemplo, una concepción renovada de la obra, de la misión, de la forma de reunión o de las relaciones hermanables puede instalar serias polémicas; pero una visión más clara, más ajustada a las escrituras, acerca de la función de los ministerios, sin dudas pondrá en peligro el estatus y tal vez en riesgo los privilegios alcanzados por algunos en la organización. 

   Elaborar una nueva concepción en cualquiera de los esquemas en que se manejan muchos grupos cristianos, que ponga en tela de juicio el pensamiento tradicional, equivale a un sacrilegio.

   Por supuesto, no todo lo que se hace está mal, lo que sí está mal es resistir lo que el Espíritu Santo quiere hacer con aquellas cosas en que nos hemos detenido, que están congeladas, que nunca fueron objeto de un análisis profundo, por falta de oración o evaluación. Si no hacemos un alto no vamos a poder identificarlas. Entre otras cosas, puede abarcar una nueva perspectiva de la realidad, del mundo espiritual, de la iglesia, y también la esfera moral de los cristianos.

La sacralización: el gran obstáculo de la renovación

   La raíz de mayor resistencia hacia el fermento renovador es la sacralización innecesaria, es decir dar carácter sagrado a personas u objetos que Dios no lo hace. Hacer sacro o sagrado lo que no lo es en vez de adelantar los intereses divinos los retrasa. ¿Dé que ha servido sacralizar lugares de culto, consagrar templos, sacralizar un programa de reunión, o declarar sacrosantos determinados hombres finitos y vulnerables? Absolutamente de nada. Sin embargo, muchos no tienen interés en que las cosas cambien dentro de sus estructuras, saben ponerle límites al cambio para que no llegue a inquietarlos. 

   Una comunidad que ha acuñado determinado tipo de valoración de las cosas, las cuales persisten y se arraigaron por décadas o siglos, siempre ofrecerá una dura resistencia al cambio. No siempre es negativo el rechazo a lo nuevo, pero se corre un gran peligro de estancamiento del que no es fácil salir.

   Por otra parte, ¿Hemos pensado si ha servido para algo nuestra rigurosa cautela o nuestro excesivo cuidado en ejecutar proyectos nobles de cristianos sencillos? Sin embargo, como alguien dijo, Dios no nos ha llamado a cuidar el fortín sino a conquistar las cumbres.

   Vuelvo a repetir, uno de los enemigos más feroces que encontró la renovación es la sacralización de lo que Dios no considera sagrado, de esta manera se crea la figura del hombre profano, del irreverente, es decir aquel que atenta contra ello o no lo cumple.

    Entonces, ¿Cuál es el problema de fondo en el proceso de  sacralización? Lo que se sacraliza queda intocable, inamovible, invariable, apartado de todo escrutinio o necesidad de cambio y a su vez bajo el efecto de una solemnidad paralizante. El que no le rinde reverencia o practica el ritual señalado queda bajo castigo. Jesús constantemente enfrentó la exagerada sacralización que únicamente beneficiaba a los religiosos de su época colocando en su justo lugar las cosas que en verdad eran sagradas.

   Rubén Dri, pensador contemporáneo, expresó: “La sacralización es una influencia de otras religiones, principalmente de oriente, pero también está latente, en el mismo seno del cristianismo. Como consecuencia de ello, entre otras, está el concepto de un Jesús inamovible, de mármol, con un mensaje ajeno a las realidades de su época"

El fermento renovador continúa

   La renovación que comenzó entre nosotros a principios de 1960 no se detendrá. El Espíritu Santo fue comisionado por el Trino Dios para mover las aguas que por aquellos tiempos estaban quietas y no va a parar hasta la venida del Señor. En vez de diques hemos construido piletas  para aprisionar este río divino; sin embargo la renovación continúa buscando su verdadero cauce. Y por estos días está tomando más fuerza, inquietando a pastores, obreros, discípulos, jóvenes, matrimonios y a todo corazón dispuesto. Recién nos hemos introducido hasta las rodillas pero deberá llegar el momento en que seamos llevados por esa  bendita corriente.

Y revestíos del nuevo hombre, el cual conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno”

Colosenses 3:10




   La expresión que utiliza el apóstol “se va renovando” describe algo que no se detiene, no se estructura , que no soporta chalecos de fuerza, que es constante y busca incesantemente nuevos canales para avanzar ¡Esto no va parar! Hay una nueva invitación del Espíritu Santo para los que se quedaron en la orilla, varados en la costa, en la comodidad de una fe que no anhela instancias mayores de compromiso.

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