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LA MADRE, BÁSICAMENTE EDUCADORA Silvia Himitian



         

   Cuando pienso en la función de madre, viene inmediatamente a mi mente una palabra clave: educadora. Al mirarme a mi misma y a mis hijos a través de todos estos años, concluyo que educar es, mayormente, lo que he estado haciendo desde que nacieron. Es, además, la labor más trascendente dentro de mi función. Mis cuidados, la comida que les preparo, la limpieza y atención de sus cosas, son elementos básicos para lograr un buen desarrollo, pero mi mayor aporte ha sido, y será, formarlos para la vida aquí y para la vida después de la muerte. Iniciarlos en el conocimiento del mundo que nos rodea, ayudándoles a interpretar los acontecimientos buenos y malos; llevarlos a pensar, a desarrollar un razonamiento claro y prolijo; guiarlos a la comprensión y aceptación de las circunstancias que les toca vivir y de las limitaciones que ella les impone.

          Todo esto hecho desde una perspectiva cristiana que les permita establecer las diferencias que existen entre la iglesia y el mundo y que les lleve a optar por el Reino de Dios con plena convicción. ¿Cómo te visualizas a ti misma? Yo, definitivamente, no puedo verme como la fregona de la casa, encargada de mantener bien alimentada y vestida a la familia. Soy la maestra, soy la educadora, que cada mañana entra en funciones aprovechando al máximo sus capacidades, precisamente con sus hijos, que son su más preciado don en la tierra. Por supuesto, también atiendo con toda diligencia y esmero sus necesidades físicas y naturales. No preciso dar clases de ingles en una escuela para sentirme educadora. Lo hago en mi casa, con mis hijos. ¿Por qué volcar fuera y no dentro de mi propio hogar mis habilidades? No digo que no pueda dar clases. Sólo quiero revalorizar la función de madre y colocarla a su verdadero nivel. ¡Es increíble la cantidad de cosas sobre las que puedo enseñar a mis hijos a lo largo del día! Cuando lo considero así, miro cada circunstancia que se presenta como una oportunidad para ejercer la docencia. Alguno se lastima un dedo, enseño a limpiar la herida y vendarla, le explico sobre la existencia de los gérmenes y la necesidad de cuidar que no penetren a través de las lastimaduras. Rompen un jarrón, les reprendo y le hablo acerca de evitar gastos innecesarios cuidando lo que ya se tiene. Pierden un libro, les enseño que deben ser responsables y hacerse cargo de sus descuidos, si es necesario pagando lo perdido con su mensualidad.

          Tenemos que tomar conciencia que estamos educando, formando, enseñando a vivir y dedicar nuestros mejores esfuerzos en ese sentido.

CUATRO ETAPAS.

          La vida es un cambio constante. Nuestro hijo de hoy no es el mismo de hace dos años, ni será el mismo dentro de tres o cuatro. Y nosotras debemos adaptarnos a esos cambios para poder realizar nuestra labor con mayor efectividad.

          Hay cuatro etapas en la vida de nuestro hijo que quisiera señalar y considerar separadamente, ya que cada una es totalmente distinta a las demás.

A. La primera infancia
B. La niñez
C. La adolescencia
D. La adultez

A. LA PRIMERA INFANCIA

          Se extiende desde el nacimiento hasta el año y medio o dos años. Esta etapa se caracteriza por la total dependencia que tiene el niño de su madre. Ella tiene que proveer absolutamente todo lo que él necesita: comida, higiene, ayuda para conciliar el sueño, etc. Es un ser delicado y desvalido. Su mamá es su mundo. Y durante este tiempo, ella deberá negarse a sí misma y estar a disposición de su bebé cada vez que él lo solicite. Le brindará todo su amor, lo atenderá con dedicación, le tendrá mucha paciencia y le demostrará constantemente su afecto.

          Por momento los bebés se nos ocurren pequeños tiranos, pero nos hace muy bien renunciar a nosotras mismas para brindarnos totalmente a otros. “La mujer se salvará engendrando hijos” dice San Pablo a Timoteo. ¿De qué se salvará? De vivir una existencia egoísta centrada en sí misma, de la vanidad, de la superficialidad. Para algunas, será la primera vez que les toca sufrir. Sufrir por todo aquello a lo que tienen que renunciar. Y sufrir las ansiedades, temores y angustias por los que las hacen pasar los nuños con sus enfermedades, golpes, caídas, etc. Pero el dolor es bueno, nos hace crecer, madurar.

          Recordemos también, que ya es el tiempo de comenzar a enseñar y corregir al niño. Si somos tolerantes o complacientes con él, soportando su mala conducta, será mucho más difícil enderezarlo después. Sugiero consultar el libro del pastor Keith Bentson “La crianza de los hijos”páginas 33 y 34.

          Esta es una etapa muy linda (demasiado breve también) en la cual ese bebito que sólo sabía llorar se va transformando en un ser capaz de comprender y responder. Nos regala sus primeras sonrisas. Luego comienzan las primeras palabras, y empezamos a entendernos mutuamente. Debemos estar con él el mayor tiempo posible, para que se establezca un clima de amor y confianza en el cual él pueda desarrollarse y aprender. La inteligencia, al igual que los músculos, necesita ser ejercitada. Y en los primeros meses de vida, para que maduren las neuronas y no se atrofien, el niño necesita mucho estimulo. Debe ver colores y formas diversas, oír música, escuchar nuestra voz hablándole. Más tarde, necesitará poder moverse, gatear, tocar y gustar las cosas. No lo tengamos en un rincón como un paquete. Proveámosle experiencias que le permitan desarrollarse y madurar. Y por sobre todo, disfrutemos este período con nuestro bebé. Cada etapa pasa para no volver. No nos perdamos tras los pañales y las mamaderas. Tomémonos el tiempo de amarlo, acariciarlo y compartir con él. Un bebé feliz crece más sano y se desarrolla mejor. Además, no olvidemos orar por nuestro niño. Intercedamos por su salud, por su comportamiento, por todas sus necesidades. El precisa nuestra cobertura espiritual.

B. LA NIÑEZ

Comprende dos períodos:
          1. Etapa preescolar (de los 2 a los 5 años)
          2. Etapa escolar (de los 6 a los 10 u 11 años)

          1) ETAPA PREESCOLAR

          El niño comienza a descubrir el mundo. Todo le interesa. Todo le llama la atención. Y allí estamos nosotras para enseñar, para explicar, para fijar normas, para establecer límites. Se empiezan a formar los primeros hábitos: comer sentado en una  sillita frente a la mesa y no paseando por toda la casa, lavarse las manos, recoger sus  juguetes, etc. Comienzan los ¿por qué? Y este deseo de saber tiene que ser  satisfecho. No debemos respuestas demasiado breves o evasivas. Satisfagamos su necesidad. Tampoco es edad para largas disertaciones. Pero aprovechemos su natural disposición para aprender.

          Iniciación a la vida espiritual.

          Desde los 2 años y medio o  3, ya mostrará interés en escuchar acerca de Dios y de  Jesús. Pueden narrársele breves relatos bíblicos (de no  más de 4 o 5 minutos de  duración) pidiéndosele luego que dibuje acerca de lo que ha escuchado. Mirando luego esos garabatos, él recordará toda la historia y aún será capaz de contarla. Es también un tiempo de temores, por lo cual será oportuno hablarle del cuidado y  protección de Dios y llevarle a orar y confiar en Él.

          Apoyo escolar.

          Debe sentir también todo nuestro apoyo y respaldo al comenzar la escuela. Es difícil para el niño desprenderse de su madre (para la madre también), por eso debe sentirse seguro de ella y de su afecto. Es importante que él sepa que siempre puede recurrir a ella con sus preguntas e inquietudes, que será bien recibido y satisfecho en su curiosidad. Procuremos evitar frases como: “ahora no te puedo escuchar”, o “no    tengo tiempo”. Si realmente no podemos hacerlo en ese momento, digámosle: “querido, ¿podríamos hablar dentro de un rato, cuando termine lo que estoy haciendo?” o “a la tarde conversaremos y te explicaré”. El no debe sentir que es una molestia para nosotros el contestarle. Debemos tener tiempo para educar, orientar,    corregir, tranquilizar, ayudar a nuestro hijo.

          2) ETAPA ESCOLAR

          Esta es una etapa que nos exigirá mucho, tanto en tiempo como en dedicación.

          Tareas escolares.

          Comienza el aprendizaje escolar y el niño necesitará ayuda y apoyo. La ayuda debe  ser mesurada y bien orientada para no anularlo. El debe asumir su propia responsabilidad y realizar la tarea por sí mismo. La madre evacuará sus consultas y  le indicará cómo realizar el trabajo, pero él deberá llevarlo a cabo solo. También le  irá enseñando a estudiar y a pensar, para que pueda arribar a conclusiones lógicas por sí mismo. Es importante cuando el niño regrese del colegio, encuentre a su   madre esperándolo en la casa. Se sentirá bienvenido. Es la presencia de la madre lo que da calidez al hogar.

          Generalmente su área de aprendizaje no se limitará a la escuela, sino que    desarrollará algunas otras habilidades como música, dibujo o idioma. Quizás alguno opte por practicar deportes. Es decir, que se mantendrá sumamente ocupado de lunes a viernes. Debemos proveer entonces un esparcimiento adecuado durante el  fin de semana. Alguna actividad al aire libre, o paseo que los despeje y rompa la rutina (de paso, a los padres también nos viene muy bien). Para que la cosa resulte bien, lo mejor será planificar de antemano qué vamos a hacer.

          Compartir habilidades.

          Yo he encontrado particular satisfacción en enseñar a mis hijos ingles, y ayudarles  con sus lecciones de música. Animo a las madres a que compartan sus habilidades con sus hijos. Crea un lindo ambiente de compañerismo y cooperación (aunque a veces cuesta mantener la disciplina por el exceso de confianza). Lo importante es estar con ellos, disponer de tiempo, participar de sus actividades.

          Disciplina.

          En esta edad, especialmente, es necesario ser firmes con la disciplina, el orden y la  obediencia. Si el niño se da cuenta de que tiene alguna manera de evadir nuestras demandas, norma o restricciones, lo hará invariablemente, y habremos perdido autoridad. Debemos exigir el cumplimiento de las órdenes que se le dan, como  asimismo respeto a las normas vigentes en el hogar. Si no lo hace, deberá ser advertido del castigo a que se hará acreedor, y si no cede, finalmente disciplinarlo. Sería interesante tener el libro “Atrévete a disciplinar” como material de consulta.

          Interés sexual.

          También durante este período se produce un despertar del interés sexual. Si hay una buena relación con sus padres, el niño hará preguntas. Si no las hace, debemos constatar que las vías de comunicación estén abiertas, y subsanar cualquier problema que exista. El tiene que saber que mamá y papá están siempre disponibles y que no les molestan sus preguntas. Sé que generalmente a los padres les cuesta enfrentar este tema con sus hijos. Sugiero que lean algo sobre la materia. Me  permito recomendar el libro “El Origen de la Vida”, de Mariela Quartana.

          Puede ser que los chicos de 9 y 10 años lleguen en su curiosidad hasta querer saber  cómo se realiza el acto sexual. Yo he debido enfrentar ese problema con mis hijos. Personalmente, pienso que es algo prematuro a esa edad, pero vivimos dentro de una sociedad que nos condiciona. Ellas habían escuchado prácticamente todo lo que  se puede escuchar sobre el tema en la escuela, de parte de sus compañeros. Por lo tanto, no se podía hacer nada sino tomar el tema y enseñarlo, dándole la pureza y santidad que Dios le ha otorgado dentro del matrimonio y mostrando lo perverso, sucio y destructivo que es fuera de él. No se podía dejar en la mente de los niños la       basura que habían oído ignorando el tema, sino que había que explicar y corregir  todo lo que les hubiera llegado distorsionado. Yo me inclino a dar primeramente una explicación científica del asunto, señalando que así como existe un aparato respiratorio, un aparato digestivo, etc, en el organismo, también hay un aparato reproductivo que consta de tales y cuales órganos y funciona así y asa. Luego  culmino con una explicación  de lo que Dios tenía en su mente cuando hizo las    cosas de esta manera, y el por qué no debemos desvirtuar su uso.

          Cuando hablé con mis niñas, lo tomaron muy bien y quedaron satisfechas con la  explicación. En el aspecto sexual, los chicos de hoy en día maduran intelectualmente (o se los hace madurar a través de la excesiva información que se les proporciona) antes de alcanzar la pubertad (12 a 14 años), y la madurez o el  equilibrio emocional, lo cual hace que debamos manejar con todo cuidado y  delicadeza estos temas, evaluando cuándo sea el tiempo propicio para hablar.

          Televisión.

          Resulta muy nocivo para el chico sentarse durante dos o tres horas al día (a veces más) frente al televisor. Sería recomendable que los padres seleccionaran un  programa de una hora,  y sólo se le permitiera ver eso. Hay muchos programas vacíos o tontos que le llenan la cabeza de pavadas. Otros son violentos, le contagian agresividad y le llevan a ver la violencia como algo común y corriente. Todo esto es   peligroso por el sedimento que va dejando en la mente y el espíritu. No podemos  permitir que Satanás plante su semilla de maldad en nuestro niño sin hacer algo por impedirlo. ¿Cuántas horas por día está oyendo la palabra de Dios? Eso es   precisamente lo que necesita, que se le llene de pensamientos positivos y saludables.

          Enseñanza espiritual.

          La Palabra de Dios tiene que ocupar un lugar importante dentro de la enseñanza en  esta etapa. El niño es capaz de recibirla, comprenderla, memorizarla y atesorarla.  También es necesario llevarle a experimentar todas aquellas cosas de Dios de las  que le hablamos. Un niño de 9 o 10 años puede entender lo que significa el   arrepentimiento, el bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo, y experimentar todo eso. Así que no dejemos para más adelante el comienzo del discipulado.

          Lectura.

          Estimulemos la buena lectura. Al programar y supervisar lo que ve por televisión, quedará más tiempo libre para leer. Animémoslo a leer buenos libros, cristianos y  seculares. Leamos con él si es preciso. Eso le enriquecerá interiormente, ampliará y  corregirá su vocabulario y le dará mayor cultura general. ¡Vale la pena intentarlo!

           La violencia.

          El ser humano no ha sido diseñado para no reaccionar, así que frente a un mal trato, el niño reaccionará bien o mal, pero no quedará impasible. Llevémosle a dejar que Dios reaccione en él, para que su respuesta a un insulto o un golpe sea “agresivamente” buena. Es decir, que él pueda perdonar de todo corazón y hacerle bien a quien lo maltrata. Si ha entregado su vida al Señor y ha recibido el Espíritu Santo, por supuesto, le será posible realizarlo.

          Responsabilidades hogareñas.

          El niño debe asumir sus responsabilidades dentro de la casa. Para ello, es necesario  que los padres las señalen clara y específicamente, a fin de que sepa lo que se espera de él. Esto le ayudará a madurar y sabrá apreciar el trabajo de sus padres.

          Identificación con el padre del mismo sexo.

          Por este tiempo, el varón comienza a sentirse más identificado con el padre y la    nena con la madre. Sería oportuno que el padre saliera a pasear o a practicar algún  deporte con su hijo de vez en cuando. Lo mismo la madre con la niña.

          Deportes y Esparcimiento.

          A partir de los 10 años, más o menos, el niño comienza a interiorizarse por la  práctica de algún deporte. Es bueno compartir con él. Hace un año que hemos comenzado, junto con mi esposo, a ponernos de nuevo los patines, montar la bicicleta o ir a nadar con los chicos. ¡Es increíble como une a la familia! Somos compañeros. Participamos de sus cosas y nos reímos con ellos. Y ellos se sienten muy bien. ¡Todos nos sentimos bien! No queremos perderlos. Está muy bien que el  niño quiera tener amigos y compartir con ellos, pero eso no significa que tenga que  cortarse la relación familiar. No vamos a sentarnos en un sofá, mirando a nuestros hijos alejarse de nosotros, mientras pensamos: ‘qué va a hacer, así es la vida, ahora necesita amigos, a nosotros ya no nos necesita más” ¡No es cierto! Nos necesita y lo  necesitamos. Y somos nosotros quienes deberemos adaptarnos a él. Es lindo. Es como volver a la juventud y retomar todas aquellas actividades que quedaron relegadas por el casamiento y los hijos pequeños. ¡Uno rejuvenece!

          Y hasta aquí llego mi amor, o lo que es igual, mi experiencia. De aquí en más transmitiré lo que una buena amiga mía, Egda Snyder, madre de seis hijos, me ha compartido.

C. LA ADOLESCENCIA

          En su libro “Preparémonos para la adolescencia”  James Dobson dice que ésta “es la época de mayor tensión e inquietud de la vida”. ¿Por qué? Por los cambios físicos que se producen. Por el surgimiento de deseos e impulsos sexuales, con el consiguiente sentimiento de culpabilidad (muchas veces motivado por una mala enseñanza referida al sexo). Porque el adolescente es inseguro y muchas veces tiene complejos de inferioridad. Porque se siente muy herido cuando fracasa. Porque es propenso a hacer el ridículo (con formas extravagantes de vestir o comportarse) y a sentir vergüenza. Porque quiere independizarse de sus padres. Porque teme la burla y el rechazo por parte de algún miembro del sexo opuesto. Porque no es niño ni adulto.

          Durante este período, el adolescente muestra gran capacidad para aprender de memoria, le interesan las aventuras, posee una imaginación muy viva y un fuerte sentido de humor. Tiene tendencia a soñar. Le gusta hacer descubrimientos y razonar.     

          Es idealista, altruista, leal. Pero de ánimo fluctuante y conducta despareja (por momentos actúa como un adulto y por momentos como un niño). Cree que la gente no lo comprende. También hace juicios prematuros y es algo intolerante. Quiere independizarse de los adultos y pertenecer a un grupo o barra. Los padres han dejado de ser sus héroes y los reemplaza por otros, a los que admira. Es importante que los padres actúen con integridad y honestidad frente a él, pues él los ve tal como son. Ya no los idealiza y es capaz de puntualizar cada uno de sus defectos y errores. Ellos no deben pretender ser lo que no son porque no engañaran al adolescente y sí, en cambio, perderán su confianza. Es bueno y necesario saber reconocer las propias fallas y debilidades delante de él y disculparse cuando sea el caso. El puede comprender que sus padres sean falibles, pero que nunca sean hipócritas. El solo hecho de ser padres no nos califica como sabelotodos y dechados de virtudes, y el adolescente lo sabe. Si hemos entrado al Reino de Dios cuando nuestro hijo ya era grande, debemos hablar con él, puntualizar aquellos errores que cometimos en su crianza, y pedirle perdón por lo que hayamos hecho mal. El lo apreciará y  sentirá que puede confiar en nosotros. Es importante ser ejemplo. En esta edad, más que en ninguna otra, el chico hará no lo que le digamos que haga, sino lo que nos vea hacer. Es una época de dudas y titubeos. No sabe bien lo que quiere. Debemos ayudarlo a entenderse a sí mismo y a hacer sus elecciones (lo cual no significa decidir por él). Habrá que tomar tiempo para hablar. Lo necesita. Le preocupa el futuro, el curso que tomará su vida, la carrera por la que se inclinará. Brindémosle apoyo. Ayudémosle a arribar a una decisión (sin presiones). El necesita un guía, no alguien que le diga todo lo que tiene que hacer.

          Nuestra propia experiencia como adolescentes nos servirá para entenderlo. Si la relación con nuestros padres fue difícil y conflictiva, estaremos mal predispuestos para enfrentar la adolescencia de nuestro hijo. Tal vez necesitemos sanidad interior antes de poder ayudarlo.

          Otro punto importante es instarle a relacionarse con la gente, especialmente con lo de su edad, y estimularlo a que se haga de amigos. Si logra establecer buenas relaciones durante esta época, será capaz de hacerlo a lo largo de toda su vida. Pero si en cambio se muestra introvertido y se encierra en sí mismo, le resultará luego mucho más difícil la comunicación. Nosotros tenemos que estar dispuestos a abrir la casa para recibir a sus amigos, aunque signifique más trabajo. Esto nos permitirá conocer en mayor profundidad a sus amistades, lo cual es sumamente necesario. Debemos ser cuidadosos de que no ande en malas compañías.

          Durante esta época se terminará de completar la educación sexual, asegurándonos de que los canales de comunicación sigan abiertos. En tiempos de tanta libertad como éste, es imprescindible dar un claro enfoque cristiano al tema del sexo, creando una moralidad sana en nuestro hijo.

          Es necesario, además que sea entrenado en las tareas del hogar, principalmente la mujer, y que asuma mayor responsabilidad a medida que crece. No es bueno para él recibir todo hecho. Recordemos que estamos preparándolo para la vida.

          No olvidemos ser amigos. Este es el momento en el que nuestra relación con él se fortalecerá o sufrirá un corte, a veces definitivo. Seamos compinches, compartamos. Demostrémosle nuestro afecto. De vez en cuando escribamos una notita diciéndole cuánto le amamos, lo contentas que estamos que sea nuestro hijo, etc. Le hará mucho bien.

          No desatendamos su vida espiritual. Oremos con él y por él. Ministrémosle y continuemos con la obra del discipulado que comenzamos en la etapa escolar.

D. LA ADULTEZ

          En su juventud nuestro hijo será una persona más equilibrada y estable. Algunas incógnitas ya habrán sido develadas (su vocación y la carrera a través de la cual la canalizará, la elección de su pareja, etc.) y estará abocado a lograr sus metas u objetivos. Es tiempo de seguir apoyándolo, cultivando su amistad, y disfrutando de su compañía, puesto que a corto plazo, probablemente, formará su propio hogar y partirá de nuestro lado. Si aún no está de novio (novia), ayudémosle a encontrar su pareja, aconsejándole, animándole, ubicándole frente a los posibles candidatos. Y una vez que haya hecho su elección, apoyémosle y bendigámosle. Recibamos de todo corazón al elegido, sin cuestionamientos ni recelos. No es un intruso ni un rival compitiendo por el afecto de nuestro hijo (a), sino un nuevo hijo (a), otro integrante de la familia.

          Mostremos buena disposición hacia sus familiares y comencemos a relacionarnos con ellos.

          Casamiento de los hijos.

          Visualicémoslo como un objetivo alcanzado y no como el fin de la relación con  nuestro hijo. Al llevarlo frente al  altar, digamos: “Señor, he realizado la tarea que     me encomendaste. Me siento feliz de haber llegado a este día. Te devuelvo al niño  que me pusiste en mis manos, ya apto y capaz de bastarse a sí mismo y aún de tomar  otro a su cargo y levantar una familia propia. No lo pierdo. ¡Lo he ganado! Y en premio recibo la añadidura de un nuevo hijo (hija) y los nietos que vendrán”.

          La relación ahora no será tan cercana, pro no tiene por qué cortarse. Que el afecto perdure y se acreciente, depende en gran parte de la suegra. Ella deberá ser dulce y cariñosa, pero discreta. Servicial pero nunca entrometida. Ubicada y respetuosa frente al nuevo matrimonio. El o ella han dejado de ser su hijo o hija como función y ya no cabe dar indicaciones, directrices y aún consejos ( a menos que seas requeridos). Sólo queda una relación afectiva, un vínculo familiar y una ascendencia espiritual. Hagamos de esto algo hermoso, y nuestros hijos, nueras y yernos  buscarán estar con nosotros, nos pedirán consejo y ayuda en el momento en que los necesiten y sentirán la alegría de formar parte de nuestra familia.

          Maestras del bien.

          Además, una vez que ha casado a sus hijos, la mujer tiene por delante una noble    tarea, que el Señor mismo le ha encomendado: “Las ancianas asimismo sean  reverentes en su porte; … maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea estorbada”.
          Tito 2.3-5

          Toma la boda de tu hijo como si fuera el día de tu graduación. El Señor te da el  diploma de madre y te comisiona para entrar en su servicio, ejerciendo el ministerio de “maestra del bien”. Ahora estás plenamente capacitada y dispones del tiempo para hacerlo. Sería una lamentable pérdida desperdiciar todo el cúmulo de experiencias con la que los años te han dotado. El Señor te está llamando a su obra. Tendrás el inmenso privilegio de ser una de las que colaboren en edificar la iglesia. Usa tus dones. No pierdas la visión. Sigues siendo madre. Sigues siendo educadora,  sólo que ahora tú campo de acción se ha ampliado, tu familia ha crecido.

          Deja que la gracia de Dios opere en ti y te transforme en esa “maestra del bien” que  tú no crees estar capacitada para ser, pero que él, sin lugar a dudas, puede formar en ti.

 Bibliografía sugerida para el tema COMO ESPOSA.

          La Esposa Virtuosa, por Linda Dillow
          La Familia Cristiana, por Larry Christenson
          La felicidad sexual en el matrimonio, por Herbert Miles

 Bibliografía sugerida para el tema COMO MADRE

          El difícil Arte de Ser Madre, por Ana María Zanzuchi
          La crianza de los Hijos, por Keith Bentson

          El origen de la Vida, por Mariela Quartana

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