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LA SENCILLEZ EXTERNA Mario Fumero






  Era una larga jornada para poder visitar unas iglesias de las montañas de Guatemala. Habíamos llegado a Uspantán, de ahí seguimos a lomo de bestia hacia el interior de las selvas de una zona, en donde visitaríamos  congregaciones de la Iglesia de Dios, en el Dpto. del Quiché, invitado por el misionero Oscar Romeo Castillo. En Guatemala existe una gran diversidad de grupos indígenas, con dialectos y ropa muy peculiar. Cada tribu, o grupo étnico, tiene una forma distintiva de vestir, y aunque sus costumbres alimenticias y del diario vivir son idénticas, sus trajes y lenguas varían. Llegamos por fin a la aldea de destino, y el pastor salió a recibirnos, vistiendo su traje típico. Era un humilde indígena de un poblado  donde casi todos habían aceptado al Señor. Se había convertido un domingo cuando bajó al pueblo a vender su cosecha, y en un culto al aire libre aceptó a Jesús. Al volver a su aldea, le contó a todos su experiencia, y con una Biblia que compró, ayudado por su hijo que sabía leer, inició un grupo que se convirtió en una floreciente iglesia. Esa noche celebramos un gran culto, alumbrado por dos lámparas “Coleman”, y en una choza hecha con ramas de árboles,  donde las bancas estaban fijas al piso, y muchos se sentaron en el suelo, eran como unas 90 personas. Pero, cuán grande fue mi asombro al ver al pastor que nos recibió con su ropa típica, vestido con un saco que no le quedaba, y una corbata ancha, ya pasada de moda. Yo me quede sorprendido, pues el resto de los hermano vestían sus trajes típicos de esa región. Al terminar el culto, y mientras comíamos unas tortillas de maíz con frijoles, le pregunté al pastor ¿por qué se había puesto esa ropa, dejando de usar su traje típico? Con una voz impregnada de sencillez me dijo: «Es que en una convención, en Chuhicaca, me enseñaron que el ministro de Dios debe usar saco y corbata cuando va a ministrar, para así tener credibilidad, y el misionero norteamericano nos regaló sacos y corbatas».              

Uno de los graves errores de la gran mayoría de los misioneros es llevar un evangelio impregnado de su propia cultura, imponiendo junto con el mensaje evangélico, sus esquemas de trasculturización. Esto ha formado una serie de ideas dogmáticas relacionadas con la ropa, y hemos perdido la sencillez en la forma de vestir. Es por ello que se manejan conceptos populares, que dominan la sociedad occidental, afirmándose que“uno vale por la ropa que viste”. Es no-torio el caso de Amway, una empresa dedicada a la venta de productos, la cual ha utilizado los principios del discipulado cristiano, junto a las ideas de la excelencia humana y el afán por las riquezas, para promoverse y ganar adeptos, induciéndole a vestir, hablar y pensar de una forma esquematizada, de acuerdo a los conceptos del marketing. Lo mismo hacen muchos misioneros y predicadores, cuando dejando su tierra, llevan justo al mensaje evangelístico, sus esquemas de conducta y cultura, estando éstos desposeídos de la sencillez bíblica. 

Notamos que en la iglesia de nuestro tiempos ha habido una evolución idéntica a la que hubo después del Edicto de Tolerancia, (313 d.c.) cuando los cristianos, después de vivir 300 años en persecución, pasaron a ser parte del sistema romano, y lentamente fueron imitando las costumbres paganas de éstos, por lo que asociaron la autoridad, el poder y la superioridad espiritual, a la forma de vestir y aparentar externamente. Este fenómeno ha tomado dos directrices a través de la historia: Una va en dirección a tratar de diferenciarnos de los demás con hábitos y formas externas de ropa, para revelar con ello que somos religiosos, de ahí viene el refrán popular de que “el hábito no hace al monje”. Lo mismo hacían los fariseos en la época de Jesús. La otra es el vestir de forma ostentosa, y de acuerdo a los esquemas sociales e influencias dominantes (modas), sin pensar en la honestidad y el decoro, usando como argu-mento justificatorio el ser “hijo de un rey y por la tanto debo vestir como tal”, o simplemente argumentar que debemos adaptarnos a los cambios de los tiempos, y aunque estoy de acuerdo de que el tiempo produce cambio, es bueno limitar esto a lo que podemos catalogar como «una forma normal de vestir», de acuerdo a la moral y a nuestra cultura. Este espíritu de vestir ostentosamente, buscando la presunción, para mostrar más «de lo que soy» por medio de la apariencia externa, ha matado la sencillez en la forma de presentarnos delante del mundo, y nos ha llevado a fabricar conceptos que atentan contra éste. Pero para ser fieles a la verdad, debemos ir a la Palabra a la hora de analizar como debe de ser un cristiano en relación a este elemento que llamamos “apariencia externa“. 

Lo primero que debemos considerar es; ¿qué es presunción? El diccionario la describe como derivada de presumir, que indica “vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo”. Tiene que ver con moda, pinturas, adornos atractivos, etc. Este no es un mal de nuestros tiempos, ya que siempre, en la historia de la humanidad, ha habido esta inclinación carnal. Era una característica de los pueblos paganos en la época de los Judíos. Dios luchó arduamente para que su pueblo, Israel, mantuviese su peculiaridad que lo diferenciara de los pueblos vecinos, y mostraran por medio de ellos su gloria. Esta demanda de “ser diferentes a los demás pueblos,” les obligaba a desposeerse de muchas cosas catalogadas como “vanidades y presunciones”. El deseaba un pueblo dominado por su Palabra, y no por las influencias del medio. Un pueblo fiel, santo y sencillo. Fue por ello que Isaías le trasmite a Israel el sentir de Dios en cuanto a la realidad de su entorno, definiendo como debían ser sus hijas, las cuales, olvidando las demandas de su Dios, se habían dado a imitar a los pueblos vecinos, por lo que les exhorta: 

“Asimismo dijo Jehová: “Por cuanto las hijas de Sión son altivas, andan con el cuello erguido, lanzan miradas seductoras, caminan zapateando y hacen resonar los adornos de sus pies, el Señor pelará con tiña la cabeza de las hijas de Sión; Jehová desnudará sus frentes. “En aquel día el Señor quitará los adornos de los tobillos, las diademas, las lunetas, los aretes, los brazaletes, los   velos, los adornos de la cabeza, los adornos de los pies, las cintas, los frasquitos de perfume, los amuletos, los anillos, los joyeles de la nariz, las ropas festivas, los mantos, los pañuelos, los bolsos, los espejos, la ropa íntima, los turbantes y las mantillas. Y sucederá que habrá hediondez en lugar de los perfumes, soga en lugar de cinturón, rapadura en lugar de los arreglos del cabello. En lugar de ropa fina habrá ceñidor de silicio; porque en lugar de belleza habrá vergüenza. (Isaías 3:16-24)

             Veamos las costumbres que Dios rechaza de  sus hijas:



Cuellos erguidos =    Sinónimo de soberbia, orgullo, altivez. Miradas seductoras = Ojos provocativos, exaltados con  maquillaje. En el original se refiere a  “ojos desvergonzados” o pintados. Raerá la cabeza =       Se teñían el pelo y usaban peinados   provocativos, por eso les raerá la   cabeza. Adornos en el cuerpo =  Cintas en los tobillos, brazaletes,   velos, joyas, amuletos, anillos etc. toda una serie de objetos para llamar la  atención de los hombres o vinculado con fetiches idolátricos. Perfumes = Para provocar a los hombres, y excitarlos  sexualmente. Ropa fina = Con doble sentido, que era costosa, y a la vez  transparentaban las carnes. En estos pasajes hay mucho que analizar, pero alguno argu-mentará que pertenece al Antiguo Testamento, a la ley, y ahora estamos en la gracia. !Cuidado! No vaya ser que nos volvamos tan permisivos en la gracia, que caigamos en desgracia. Muchas iglesias, que afirman esto, sí toman del Antiguo Testamento otras cosas para afianzar su estilo de culto. Tenemos el caso de una congregación que tiene un culto de adoración basado en todo lo que es la enseñanza del Antiguo Testamento, y tomadas del “tabernáculo de David”. Allí hay danzas estilo judío, cánticos impregnados de salmos, con melodía hebrea, pero sus mujeres se visten, maquillan y actúan como las que describe Isaías. Quiere decir que, toman una parte del A.T. e ignoran otra, pero, sí una parte no tiene vigencia, ¿Cómo podemos defender la otra?. La conducta física revela la vida moral, y muestra la sencillez. Cuando nos arreglamos físicamente ¿con qué fin lo hacemos? ¿El fin justifica los hechos? El vestir es una necesidad natural, originada como consecuencia del pecado (Génesis 3:7), pues la maldad está envuelta en el desear lo que está prohibido por ley moral. 

Debemos definir dos realidades en la apariencia externa:

PRIMERO: Vestimos para cubrir nuestra vergüenza, y protegernos del frío, calor, polvo y los peligros del medio.  

SEGUNDO: Cuidamos el cuerpo porque es templo del Es-píritu Santo, y debemos cumplir las normas de higiene ordenadas por Dios. Debemos de hacer ambas cosas, sin caer en la ostentosidad, vanidad o vanagloria, porque esto mata la sencillez. ¿Cómo debemos vestir para mantener la sencillez, y evitar caer en la vanidad? Lo primero que debemos asumir es que para Dios lo externo no es importante, por más gua-po, alto o hermoso que sea. Aunque uses muchos adornos, o vestidos costosos, el Señor no te juzga como lo hace la sociedad moderna: 

“Porque Jehová dijo a Samuel:  -No mires su apariencia ni  lo alto de su estatura, pues yo lo he rechazado. Porque Jehová no mira lo que mira el hombre: El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” .(1 Samuel 16:7). 

Hoy día vestimos y nos arreglamos tratando de causar siempre una buena impresión, lo único que esa apariencia muchas veces traiciona la realidad, aparentando más de lo que somos, por lo que caemos en una presentación ostentosa, con la cual tratamos de sobresalir ante los demás, es por ello que Pablo afirma: “No nos recomendamos otra vez ante vosotros, sino que os damos ocasión de gloriaros por nosotros, con el fin de que tengáis respuesta frente a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón.”  (2 Corintios 5:12). El grave error del sistema actual es que juzgamos más  la apariencia que la vida que se vive. Existe un concepto popular, “de que uno vale por lo que tiene,” y por lo que viste. De ahí proviene la vanidad de este siglo, envuelta de artificios, que hacen caer a miles de sinceros cristianos en una vida llena de fantasía y apariencia física presuntuosa. 

Pero ¿Cuál es la posición de los primitivos cristianos al respecto? Si partimos de las evidencia de los Hechos y las epístolas, veremos que ellos  no tenían nada como suyo propio, que se despojaban de sus bienes, y vivían como pobres, siendo ricos. Pero comenzaremos a analizar esta realidad partiendo de las enseñanzas del Señor, que es nuestro modelo perfecto. Cuando nació Jesús no tuvo nada, tan sólo un pesebre prestado, calentado por los animales que le rodeaban, pues no había para ellos lugar en el mesón, y care-cían de recursos para alquilar una casa. Durante su ministerio vivió sencillamente, no cargaba equipaje, ni buscaba los mejores puestos o lugares en su andar por los caminos de Jerusalén. Él enseñó a sus discípulos a no acumular bienes, sino a compartir: 

Respondiendo les decía: –El que tiene dos túnicas dé al que no tiene, y el que tiene comida haga lo mismo. (Lucas 3:11). 

Y cuando dio instrucciones para enviarlos a predicar, les ordenó usar zapatos humildes, y no poseer muchas prendas de vestir:

“Entonces llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos. Les daba autoridad sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevasen nada para el camino: ni pan, ni bolsa, ni dinero en el cinto, sino solamente un bastón; pero que calzasen sandalias y que no vistiesen dos túnicas.” (Marcos 6:7-9).

 En este mandato notamos que su enseñanza era la sencillez, “no vestir dos túnicas“, pero aun en sí mismo, Jesús era sencillo en su forma de ser y de vestir, pues dice la Biblia que su túnica era “sin costura” de una sola pieza: “Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron los vestidos de él e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Además, tomaron la túnica, pero la túnica no tenía costura; era tejida entera de arriba abajo.”  (Juan  19:23). 

Algunos comentaristas, principalmente los predicadores de la prosperidad, afirman que la ropa que Jesús usaba era muy cara, pero en realidad hay dos hechos que revelan su sencillez: 

1º- Era  de una sola pieza, 2º- Y tejida de algodón. Por lo general, las túnicas caras eran de varios elementos, y contenía seda. Para demostrar más la sencillez del Maestro, en las escrituras se describe su entrada a Jerusalén montado en un pollino prestado (Mateo 21:2), ¿Y por qué no usó un caballo brioso? Y para celebrar su última cena tuvo que pedir una casa prestada (Lucas 22:7-13), y al morir, fue enterrado en una tumba prestada, (Lucas 23:50-56) propiedad de José de Arimatea. ¿Queremos más eviden-cia de su sencillez? Los cristianos primitivos no daban mucha impor-tancia a la apariencia física, como punto de referencia para medir la espiritualidad o la posición de autoridad. Todos eran iguales, no había diferencia, y no existía imposiciones dogmáticas en cuanto a la forma de vestir, pero se era muy estricto en cuanto a la modestia y el decoro en la forma de ser. Es por ello que encontramos referencias claras al respecto en 1 Pedro 3:3-4: 

“Vuestro adorno no sea el exterior, con arreglos ostentosos del cabello y adornos de oro, ni en vestir ropa lujosa; sino que sea la persona interior del corazón, en lo incorruptible de un espíritu tierno y tranquilo. Esto es de gran  valor delante de Dios”.   

Y aunque en este pasaje se hace alusión a la mujer, también puede relacionarse con el hombre, pues Pedro confiesa en la puerta de la Hermosa que “No tengo oro ni plata” (Hechos 3:6). Por otro lado Pablo le dice a su hijo Timoteo: 

“Asimismo, que las mujeres se atavíen con vestido decoroso, con modestia y prudencia; no con peinados ostentosos, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos; sino más bien con buenas obras, como conviene a mujeres que profesan reverencia a Dios.”   (1 Timoteo 2:9-10). 

¿Por qué se enfatiza tanto en la forma de vestir de la mujer y no se incluye al hombre? Porque en la época de Cristo las más dadas a la vanidad externa en el vestir y ser eran las mujeres, ya que en ese tiempo la “feminidad masculina” no era costumbre general, aunque sí la practicaban los romanos, principalmente aquellos con tendencia homo-sexual o bisexuales. Hoy la propaganda ha hecho que el cuidado y la presunción física invada también al sexo masculino, sin ser señal de homosexualidad. Los hombres, al igual que las mujeres, han buscado las modas, los estilos de cabellos, los salones de belleza, las manicura y las cremas faciales para embellecer el cutis, incluso, algunos hasta se maquillan. El afeminamiento masculino es una téc-nica del marketing, para extender los cosméticos al mundo de los hombres. Antes íbamos a un barbero, ahora están desapareciendo, y surgen los salones de belleza “Unisex”. Las peluqueras y peluqueros atienden a hombres y mujeres, ofreciendo opciones de estilos, tintes y maquillajes. ¿De dónde proviene este espíritu de apariencia? De la vanidad de la mente. De un mundo desposeído de sencillez, y presa de la moda, imitación y fantasía. ¿Puede afectar todo esto la sencillez de la Iglesia? He visto por canales de televisión programas cristianos con mujeres que tienen una apariencia tan escandalosa, que negaban con su físico, lo que proclamaban con su boca. Peinados ostentosos, pintura hasta más no poder, joyas y escotes provocativos, y proclamando la sencillez de Jesús, ¡Qué ironía! Sus vidas hacen tantos escándalos, que sus palabras llegan vacías al que les escucha, y muchos toman tales ejemplos para seguir llevando adelante un cristianismo fatuo, de falsa apariencia. 

Lo terrible de la apariencia física es que en algunos marcos la forma de vestir se ha convertido en un dogma impositivo, como el de la sotana en la edad media. Recuerdo el aprieto que pasé una vez que fui a predicar a una iglesia pentecostal de New York. Con el apuro se me cayó la corbata en el automóvil, (era de esas que se cuelgan en la camisa con un gancho). Cuando llegó el momento de predicar, el pastor me miró, y dijo: –«En lo que el hermano Mario se prepara, cantemos un corito». Yo estaba listo, y no entendía que pasaba. Después de repetir lo mismo otra vez, le pregunté: — «Hermano, estoy listo» y mirándome, me hizo una seña al cuello. Descubrí que la corbata se me había caído en el camino. Le hice ver que no la tenía. Luego él  dijo a la congregación: –«Hermanos, al predicador se le cayó la corbata, pero se lo vamos a perdonar, ¿están de acuerdo?» Y pasé a predicar, entonces dije: –«Hermanos, lamento no traer la corbata, se me cayó en el camino, pero den gracias a Dios que yo estoy aquí para predicar, lo malo hubiera sido que la corbata hubiera venido, y yo me hubiera quedado». ¿De dónde sacamos la doctrina de la corbata y el traje? ¿De dónde sacó la iglesia católica la sotana y el cuello clerical, heredado después por los luteranos y por los demás evangélicos? ¿Qué tratamos de decir con esto? ¿Qué somos  ministros, religiosos, diferentes al resto del pueblo? En el principio Jesús y los discípulos se fundían con el pueblo, al grado tal que eran uno mas en la multitud.  El peligro de la apariencia radica en la importancia que ésta toma en muchos círculos mundanos, y como estos conceptos se introducen en la Iglesia. El hombre no vale por la ropa que viste, ni por los zapatos que calza, sino por la vida que vive delante de Dios. 

Debemos plantearnos de nuevo una vida en sencillez, en donde el decoro y el ornamento modesto sea una característica de los hijos de Dios, desechando toda opulencia y soberbia que nos lleve a una vanidad física que está contra la vida del Espíritu. Enseñemos la humildad en todo, para que podamos ser bienaventurados y portadores de la verdadera imagen de Jesús. 

Respetemos la forma de vestir de los pueblos, no impongamos costumbres, excepto cuando éstas atenten contra el decoro, la modestia y el pudor del ser.  Cuando comenzamos nuestro trabajo en Honduras con jóvenes provenientes del mundo de las drogas, todos venían con una pinta terrible en su forma de vestir. Pelo largo, pantalones tipo vaqueros, sin camisa y con tirantes, etc. Cuando iba a la iglesia con ellos a predicar, les miraban como  seres extraños, solo porque no vestían elegantemente, como los demás. Ellos se sintieron rechazados en una Iglesia que debería recibirlos tal como son, pues la obra es del Señor. Tiempo después el Señor los cambió y algunos se adaptaron tanto al sistema que con el tiempo vestían saco y corbata, y rechazaban a los que no fuesen como ellos. No debemos imponer costumbres, ni juzgar según la apariencia. Lo que hace a una ropa aceptable delante de los demás y de Dios es su limpieza, decoro y sencillez, lo contrario es “vanidad de vanidades”. Cuando nos vestimos lo hacemos no para sobresalir, sino para vivir de acuerdo al medio en donde estoy. 

Recordemos que vestimos para vivir y no vivimos para vestir. El ser no ésta en tener, sino en vivir conforme a los parámetros de la Palabra del Señor.  

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