EL OBRERO Y SU VISIÓN Ivan Baker




  Debemos ahora hablar del obrero y su visión, como algo indispensable para su preparación espiritual y la eficacia de su función.

Un discípulo sin visión es un discípulo anormal. Por su puesto, esta anormalidad sería menos admisible en un obrero del Señor.

Cuando digo visión, me refiero a un llamado de Dios – un llamamiento celestial, esa comisión divina que nos levanta más allá de la mera experiencia: que me salvé, que oro, que leo la Biblia, que me congrego, que asisto a las reuniones, que formo parte del grupo tal o cual. Mucho más allá y muy sobre esto hay un llamado, una visión celestial.

Es la visión celestial que nos ayuda a no perdernos entre una multitud de conceptos y preceptos cristianos, de acciones y obras espirituales, de reuniones y actividades; es algo que nos levanta para hacernos mirar las cosas de Dios por los ojos de Dios, como si estuviéramos mirando todo sentado a su lado, compartiendo sus pensamientos, su expectativa y su emoción.

Cuando el Espíritu Santo implanta la visión en nuestro ser, esa visión nos domina, nos llena; es como una gloria que nos ilumina, nos excita, nos emociona, hemos conocido la mente del Altísimo, sus pensamientos, sus deseos; vemos y comprendemos su obrar y todo nos resulta excitante y maravilloso. Al impartirnos su conocimiento nos ha dicho:
“¿Quieres colaborar conmigo, quieres ser mi conductor? Tú y yo lo haremos juntos. Yo, solo, no lo puedo hacer, te necesito. Si colaboras conmigo te haré participe de mi gracia, mi presencia y mi poder. Juntos haremos proezas, venceremos al maligno, llenaremos mi gloria con hijos que brillarán como estrellas a eterna perpetuidad. Te será administrada una amplia y gloriosa entrada a mi presencia cuando hayas peleado la buena batalla y acabado con victoria tu carrera. ¡Recibirás de mi mano el premio, te coronaré de gloria para siempre!

Dios imparte la visión individualmente.

No es algo que se recibe colectivamente, o que se comunica del púlpito. Es algo que el Espíritu tiene que imprimir personalmente en cada uno, por medio de su iluminación o conocimiento. Efesios 1.18 “Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos”.

Es algo que viene cuando meditamos, pesando esta revelación en la presencia de nuestro Padre al recibir la iluminación del Espíritu. Es algo que penetra y se hace fuerte en nosotros cuando nos disponemos y nos entregamos para obedecer la visión; cuando nuestra voluntad se rinde para unirnos al deseo de Dios y transformarnos en ejecutores con él.

Es para todos su hijos.

Esta iluminación del Espíritu no es la prerrogativa de algunos sino que es la voluntad de Jesucristo que todos sus discípulos, igualmente, estén saturados de la visión. Por eso Pablo escribe la carta a todos los efesios; por eso él es tan claro en dar énfasis a su llamado, su visión y su meta (Fil. 3) e insta a todos a imitarle. Dios no tiene hijos privilegiados: su revelación es para bendecir y llenar a todos sus hijos. Es más, él necesita que todos estén llenos de su revelación para que con su pueblo pueda bendecir al mundo. El quiere una Iglesia de hijos donde todos conocen a él y son conducidos y sostenidos por la visión de su glorioso llamado.

Es lo normal.

Es importante decir otra vez que aunque parezca extraordinario todo esto que venimos hablando acerca de la visión, no es extraordinario sino que debería ser muy ordinario, muy normal. En realidad es “nuestro racional culto…” (razonable, inteligente) Romanos 12.1. Lo contrario sería anormal: un discípulo de Jesucristo que carece de gloria; que no está excitado en cuanto a su divino llamado, que no tiene visión celestial, que sólo canta, alaba, ora y vive una vida espiritual sólo porque es cristiano y va a ir al cielo. Esto sí es anormal. 

Recordemos que cuando Cristo nos llamó para servirle, nos impuso la condición de “perder nuestra vida por causa de él y del evangelio” Mr. 8.34-35.
El orden de Dios es que “busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas nos serán añadidas” Mt. 6.33

Este marcado desnivel entre el llamado de Dios y las demás cosas de nuestra vida es condición prioritaria si queremos ser obreros eficaces en nuestra obra.

Debemos ser, entonces, mucho más que hombres cristianos, conocedores de doctrinas espirituales, llevando vidas consagradas con buenas intenciones de servir al Señor, TENEMOS QUE SER HOMBRES SATURADOS DE UN SUPREMO LLAMAMIENTO CELESTIAL.


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