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EL OBRERO Y SU RELACIÓN CON DIOS Jorge Himitian



  Para ser obreros de Dios es esencial mantener una relación personal con él. En la Biblia encontramos en reiteradas oportunidades la referencia al “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, al “Dios de Elías”, etc, y Pablo habla de Jesucristo como “mi Señor” y el “Dios de quien soy y a quien sirvo”. Estas expresiones, y de otras muchas nos confirman el hecho de que aquellos hombres piadosos, vivían en una relación muy intensa con Dios.

Nuestro conocimiento de alguien, y por consiguiente nuestra relación con él, puede abarcar una escala muy amplia: desde lo más superficial y accidental hasta lo más íntimo e intenso. Yo puedo decir que conozco al presidente de la Nación porque lo vi y lo escuché por televisión; sería diferente si digo que lo conozco porque es mi vecino, y mucho más si digo que es mi hermano. No es el mismo conocimiento.

Del mismo modo cuando hablamos de nuestro conocimiento de Dios no podemos pretender ser sus obreros eficaces si nuestro conocimiento de él es por referencia, por terceros; es necesario que lo conozcamos de un modo personal.

Nuestra estabilidad, madurez y eficacia en la vida y ministerio cristiano, en el último análisis, dependerá de nuestra relación con Dios. Claro, al decir esto tengo en cuneta el marco comunitario en el cual nos desenvolvemos, donde se enfatiza mucho el sentido de cuerpo, la comunión entre hermanos, las relaciones interpersonales, las coyunturas, el discipulado, la unidad, etc. Todo ello nos brinda el equilibrio necesario para no caer en el individualismo. Lo que sí queremos dejar bien claro es que, aparte de la buena comunión con nuestros hermanos, necesitamos cultivar una relación con Dios de primera mano. Dicha relación es lo único que dará sentido y firmeza a nuestra vida.

Podemos afirmar que alguien realmente se ha tomado de Dios cuando, si llegara el caso de que todo a su alrededor se derrumbara – aún los mismos líderes a quienes él seguía – él permaneciese fiel afirmando: “YO SE EN QUIEN HE CREIDO”.

Tu confianza, tu comunión con Dios, tu convicción y fe, en última instancia, no dependerá de los que te rodean – si es que llegaste a la madurez espiritual y dejaste de ser un “hijito”- sino de tu propia relación personal con Dios.

Muy pobre sería una comunidad si en ella sólo se diera la comunión, la sujeción y el amor en un nivel horizontal solamente; entre los hermanos y nada más. Pero que rica y fuerte sería una comunidad en la cual, además de la dimensión horizontal de comunión, cada uno tuviera una comunión personal e íntima con Dios.

La relación de “coyunturas”entre los miembros del cuerpo de Cristo nunca puede suplantar la comunión individual con Dios. Por eso Pablo dice en Efesios 4.16 “las coyunturas ayudan…” Y esto de que “ayudan” significa que nunca “sustituyen” la relación con Dios.
Si alguien sólo tiene comunión con sus hermanos y no cultiva su comunión con Dios, su vida espiritual se desarrollará muy pobremente.

LA RELACIÓN FILIAL

Para poder tener una relación adecuada con Dios es necesario una imagen concreta de él. Por eso, durante su ministerio terrenal, Jesús nos reveló a Dios como nuestro Padre. “Vosotros, pues oraréis así, decía el. Padre nuestro…”     De modo que ahora podemos relacionarnos como nuestro Padre; Jesús vino para introducirnos a esa relación con Dios.

Jesús hablaba de Dios como su Padre. El, siendo el “unigénito” del Padre (Juan 1.14) llega a ser el “primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8.29) El es nuestro hermano mayor y nuestro ejemplo. Jesús siempre decía que Dios era su Padre. “Mi Padre trabaja y yo trabajo” (Juan 5.15); “honro a mi Padre” (Juan 8.49) También habla de “el Padre”: “El Padre ama al Hijo” (Juan 5.20). Cuando ora, él dice: “Padre…” (Juan 12.28),
“Padre santo…” (Juan 17.11). Podemos decir que entre todas las cosas que Jesús nos enseña esta es la principal: tener una relación filial con Dios, una relación de hijo-padre.

Ahora bien, debemos destacar que nosotros no llegamos a ser sus hijos por cultivar esa relación, sino por haber nacido de nuevo. No es que seremos sus hijos si cultivamos nuestra comunión con él, sino que debemos cultivar nuestra relación con él porque somos sus hijos.

También debemos mencionar que es posible – y lamentablemente es muy frecuente -, ser hijos y no tener comunión con los padres; así como también hay hijos que ni conocen a sus padres. Es cierto, hay hijos que ni intiman con sus padres, no tratan con ellos, no tienen comunión. Para muchos hijos su padre es un desconocido; saben que él es su padre pero no lo conocen profundamente. Generalmente esto sucede cuando el padre no tiene mucho interés en sus hijos; cuando su corazón no está en sus hijos sino en sus negocios, en sus proyectos y ambiciones. Esto, por supuesto, no sucede con nuestro Padre Dios. Para él, lo más grande y lo más valioso del universo son sus hijos: Jesucristo y todos nosotros, sus hermanos.

Por lo que vemos a través de la enseñanza y la vida del Señor Jesucristo, es evidente que no hay gloria mayor a la cual Dios nos puede introducir que a la de ser hecho hijos suyos… El apóstol Juan decía: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3.1)

Cuando leemos el evangelio de Juan observamos a Jesús hablando de su Padre con un entusiasmo especial; como alguien muy real y cercano para él. Hablar del Padre le apasionaba, le desbordaba. Cada día se apartaba para conversar con él y seguía en su comunión todo el día. Qué maravilloso pensar que Jesucristo nos ha introducido a esa relación privilegiada con Dios.

Ser HIJOS DE DIOS es el honor más grande que un ser humano puede recibir. Es más que ser pastor, apóstol o presidente de la nación. No hay privilegio u honra mayor que esta.
El corazón de nuestro Padre está puesto en sus hijos. Nos ama entrañablemente. Eso es lo que le hace decir a Zacarías que el que toca a los suyos le toca a él en la niña de su ojo. Por eso es que él quiere que le conozcamos, que nos relacionemos con él. Es imposible pensar en una ruptura o en un enfriamiento de esas relaciones. ¿Cómo te sentirás tú, como padre, si amando muchísimo a tus hijos, y haciendo lo máximo para ellos, y queriendo relacionarte con ellos y tratarles, ellos te respondieran con indiferencia; si te ignoraran y se alejaran de ti?

¡Oh, Dios se desvive por nosotros, nos ha amado con amor eterno, ha hecho lo indecible por tenernos como sus hijos, y ahora anhela, espera, desea nuestra comunión, nuestra relación de amor con él…! Pablo dice en Romanos 8.14-17, que nosotros somos hijos de Dios por adopción; pero esta no es una adopción hecha en términos humanos. Cuando una familia adopta una criatura lo incorpora a la vida familiar y le da su apellido; ese niño que llega legalmente reconocido como hijo, pero su naturaleza no sufre ninguna modificación. 
En cambio cuando Dios nos adopta como hijos, nos da su Espíritu en nuestro espíritu, modifica nuestra naturaleza; de modo que podemos llamarlo legítimamente, Padre nuestro. Cuando nos dirigimos a Dios, el Espíritu de Jesús que está en nosotros nos hace gritar ¡Papá! (o como dice Pablo: “Abba Padre”) No es una adopción legal y exterior, sino una real e interior.

El término “Abba” usado por San Pablo es una expresión aramea que significa “papá”, forma familiar y aún infantil de dirigirse al padre, que denota las relaciones más íntimas y confidenciales que se generan entre el alma y Dios.

Hay muchos que en nuestras reuniones cuando oran se dirigen a Dios diciéndole papá. Al principio no me acostumbraba a esta expresión, pero ahora, cuando estoy a solas en mi cuarto, la palabra que más utilizo para dirigirme a Dios es ¡papá!... Cuando lo hago siento su proximidad, su cercanía y la profundidad de nuestra relación.

¡Qué insondables implicaciones tiene el hecho de poder orar diciendo: “Padre Nuestro…”!


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