EL CONOCER A DIOS Jorge Himitian




Juan 17.3 

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

En su primera carta, el apóstol Juan habla a los “hijitos” recordándoles que sus pecados han sido perdonados; a los jóvenes les dice que son fuertes y que han vencido al maligno. Pero a los “padres”,  a los más maduros en la vida espiritual, les manifiesta que ellos “han conocido al que es desde el principio”.

Oír su voz

Existe una familiaridad en la relación con y un reconocimiento de su voz que sólo se adquiere con la madurez. Cristo dijo: “Mi ovejas oyen mi voz”. Es interesante que no dijo “mis corderos”, ya que el cordero sigue a la oveja, aún no conoce la voz del pastor. La oveja, en cambio sigue al pastor porque conoce su voz. En la medida que vamos creciendo vamos aprendiendo a distinguir la voz de Dios, pues vamos cultivando nuestra relación con él.

Ser niños

Mateo 11.25-27 “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” ¿Cómo podemos conocer al Padre? Pues, por revelación. Cristo, por el Espíritu nos revela al Padre, claro, la condición básica para que él pueda hacerlo es que tengamos una actitud de niños. El solo se revela a los niños.

Ante la grandeza de nuestro Padre somos muy pequeñitos, y cuanto más pequeños nos sintamos con tanta mayor libertad podrá Dios revelarse a nosotros.

Guardar sus mandamientos por amor

Juan 14.21-23 “El que tiene mis mandamientos y los guarda ese es el que me ama, y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él”. “El que me ama mi palabra guardará y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

La expresión de nuestro amor a él debe ser guardar sus mandamientos. El hijo que verdaderamente ama a su padre, quiere agradarle, quiere guardar sus mandamientos. Además, Jesús es muy claro cuando dice que si expresamos nuestro amor a Dios guardando sus mandamientos él se manifestará, se revelará a nosotros. Por supuesto, debemos destacar que si guardamos sus mandamientos en una actitud legalista y religiosa, no va a suceder lo que Cristo promete.

A veces cuando nos enteramos de hermanos que han caído en pecados serios, temblamos y nos preguntamos: ¿Hay alguna garantía para que yo no caiga? Sí, hay una garantía: ama a Dios, de esa manera guardarás sus mandamientos y no caerás.

Es muy notoria la diferencia entre aquel que cumple los mandamientos por amor al Señor y aquel que lo hace con un espíritu legalista. En el primero se hace manifiesta la presencia del Señor; en el segundo, rigidez, sequedad y dureza. Es la diferencia que hay entre el espíritu y la carne, la revelación y la letra, la vida y la muerte, la gracia y la ley. Mientras que uno obedece por amor, el otro lo hace por obligación.

El que ama dice como Juan: “Sus mandamientos no son gravosos” y los cumple con gozo y deleite. El legalista dice: “Qué difícil es la vida cristiana”.

Conocer a Dios con el corazón, en el Espíritu

A Dios sólo se lo puede conocer experimentalmente. Podemos estudiar la geografía de un país a través de un libro, pero si alguien nos pregunta si conocemos ese país tendremos que admitir que no. Llegará el momento que tendremos que ir personalmente a corroborar todo lo que el libro nos dice. Mientras tanto, nuestro conocimiento seguirá siendo limitado.

Nuestro conocimiento de Dios, si bien se fundamento en un libro – su Palabra escrita- , tiene que ser corroborado por la experiencia, por el trato con él a través del Espíritu.


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