UNA VIDA SENCILLA Mario Fumero





(Tomado del Libro "Cuando la iglesia perdió la sencillez" del mismo autor)  

A  los seres humanos nos gusta complicar las cosas. Nos hemos vuelto muy sofisticados, no solamente en lo tecnológico y laboral, sino también en nuestro ser, en el estilo de vida que vivimos. Hemos hecho de todo un derroche de trámites, vueltas, ceremonias, etiquetas, modas, apariencias,  protocolo, dialécticas etc. En conclusión, hemos perdido la sencillez. 

Pero ¿qué es sencillez? En el diccionario de la lengua castellana se define como “uno que no tiene artificios ni composición, ingenuidad, llaneza, sinceridad, naturalidad, afabilidad”.Ser ingenuo, que es un equivalente a ser sencillo, es no vivir todo el tiempo esclavo de la malicia, desconfianza y suti-leza, cosas que dañan tremendamente la relaciones perso-nales. Dentro del término SENCILLO hay un sin número de elementos que definen cualidades del “ser” en su diario vivir.    

En la “sencillez” se esconden otras virtudes que la complementan, para hacernos conforme al deseo de Dios. Cuando se es sencillo se es humilde, natural, accesible y afable. 

Es por ello que Dios ha prometido guardar a los sencillos:  

Jehová guarda a los sencillos; estaba yo postrado, y él   me salvó.” (Salmos 116:6). 

Debemos alcanzar esta cualidad en nuestro estilo de vida, pues es la credencial con la cual demostramos al mundo de que somos un pueblo diferente: 

“Porque nuestro motivo de gloria es éste: el testimonio de nuestra conciencia de que nos hemos conducido  en el mundo (y especialmente ante vosotros), con sencillez y la sinceridad que proviene de Dios, y no en sabiduría humana, sino en la gracia de Dios. (2 Corintios 1:12). 

Nuestro mensaje no se fundamenta en una falsa apariencia contradictoria, ni en una “sabiduría humana” desprendida de los títulos o teorías, hechas en un laboratorio llamado aula, sino en una actitud sencilla y sincera envuelta de la gracia de Dios. 

La crisis en nuestro cristianismo se debe a la decadencia en la calidad de vida, junto a los escándalos de hombres amadores de los deleites (2 Timoteo 3:4.) más que de Dios, los cuales han llevado al pueblo a una pérdida total de la sencillez, para dar lugar a la ostentosidad, vanagloria y excelencia humana. Esto a producido una teología lucrativa mal llamada “prosperidad” que desencadena junto a la codicia, el espíritu de prepotencia humana.

Cuando hablamos de sencillez nos referimos a todo un estilo de vida. Involucra la forma de vestir, vivir, trabajar, comer, servir, e incluso el adorar y predicar a Jesús. La Iglesia primitiva se caracterizaba por ser sencilla. 

Los discípulos eran sencillos, todos compartían, como un solo cuerpo:

Ellos perseveraban unánimes en el templo  día tras día, y partiendo el pan casa por casa, participaban de la comida  “con alegría y con sencillez de corazón,” (Hechos 2:46).  

Analicemos la expresión “alegría y sencillez de corazón”, ¿Qué significa sencillez de corazón? En la Biblia el corazón representa los sentimientos, es la parte que siente, anhela y expresa la vida emotiva: 

Digo: “No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre.” Pero hay en mi corazón como un fuego ardiente, apresado en mis huesos. Me canso de contenerlo y no puedo.” (Jeremías 20:9). 

En él se muestra la sensibilidad espiritual en las relaciones, tanto hacia adentro (vida espiritual), como hacia afuera (vida natural o afectiva). Cuando el pecado domina, el corazón se endurece, por lo que hay un divorcio entre el espíritu y la mente: 

“Teniendo el entendimiento entenebrecido, alejados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, debido a la dureza de su corazón.” (Efesios 4:18) 

“No endurezcáis vuestros corazones como en la provocación, en el día de la prueba en el desierto,” (Hebreos 3:8, ver 4:7). 

Cuando se pierde la sencillez, se pierde la sensibilidad. Dejamos de ser naturales, como Dios nos hizo. La sencillez,  está vinculada al corazón, porque emana de la sensibilidad que se expresa en la sinceridad de una vida normal, donde no hay fingimiento, ni adornos que oculten la transparencia del ser: 

“acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”  (Hebreos 10:22). 

Cuando en el corazón se concibe la soberbia, entonces aparece el orgullo, y éste carcome, como un cáncer, nuestra sencillez. La loca carrera del “tener” nos desposee de la sencillez del ser, y caemos en el torbellino del afán y la ansiedad, convirtiéndose nuestras vidas en una gran farsa, llena de vanidades y  fantasía. Entonces aparece el espíritu de grandeza, y es ahí cuando el enemigo nos atrapa. 

Cuando aceptamos a Jesús encontramos un cambio de vida, pero no de personalidad. La sencillez (que es naturalidad y humildad) debe permanecer, e incluso, debe de tomar fuerza y presencia. No nos hacemos superiores a los demás, sino que más bien conquistamos un don excelente; la salvación, la cual debemos compartir con otros. Pero la realidad presente en la iglesia nos muestra como muchos, tomando a Jesús como estandarte, han promovido la superioridad, jactancia, excelencia, vanagloria y soberbia humana, forjando una falsa teología de presunción y prosperidad que ha llevado al pueblo de Dios por el camino de la esperanza fatua, que forja una vida débil. Nos convertimos como dijo Jeremías 5:28 “gordos y lustrosos”  Pensamos más en la fama y el bienestar, que en la entrega y el sacrificio. ¿Y cómo puedo hacer tan dura afirmación? Basta ver la majestuosidad de muchos templos, con su música y adoración. Los conciertos, y la forma de vestir y vivir de muchos cristianos, que imitan comple-tamente los esquemas del mundo evidencia estos hechos. Sus conciertos son replicas exactas de los show mundanos, con luces, humo, vestuario estrambótico y un largo etcétera, lo cual nos deja ver con tristeza que hay de todo, menos sencillez. 

La vanagloria y la ostentación son los parámetros con los cuales medimos la “bendición de Dios”. La tendencia humana a buscar, por medio del espectáculo, un impacto espiritual o evangelístico se ha convertido en una de las metodológicas más usada por la iglesia en nuestro tiempos. ¡Se imaginan ustedes el derroche de dinero que se emplea para ejecutar actos evangelísticos donde se in-vierten millones tan solo para atraer a los mismos evan-gélicos  a un estadio, auditorio o salón de conferencia donde a veces se les manipula emocionalmente! Esto produce un mercantilismo en torno a los “dones y talentos” que es escalofriante, pues muchos grandes predicadores y cantantes cristianos se cotizan a altos precios. La situación de degradación religiosa hace que muchos maestros en la Palabra planteen panoramas que hasta cierto punto son alarmantes. 

David Wilkerson  afirma: “Mi corazón sigue sufriendo porque los que de todo co-razón se están volviendo al señor representan sólo un pequeño y despreciado remanente. La mayoría de los cristianos –Incluso los pastores- están prestando oídos sordos al sonido de la trompeta, y están haciendo caso omiso del clamor del vigía. La ceguera espiritual de las masas que asiste a la iglesia crece de un modo intolerable para Dios, ya que ahora vemos cómo Él se esta moviendo con rapidez y delante de todos para juzgar a su pue-blo…apenas estamos viendo el comienzo de sus tremendo juicios contra la falta de honradez, las mentiras, los engaños y las distorsiones malignas de su evangelio”y esto evidencia la crisis de fe que estamos viviendo, cosa que opaca nuestra humildad y sencillez. 

Pero será mejor detallar, paso a paso la realidad de hoy, comparada con la de ayer (la iglesia nuevo testa-mentaria), y lo haremos a través de una analogía contra-dictoria entre ambas épocas,  y que conste, no lo hago con un espíritu crítico, sino en plan de reflexión, porque deseo que la realidad de Jesús no muera en la iglesia del TERCER MILENIO.


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