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ROBIN WILLIAMS, Y UN VACÍO EXISTENCIAL Pablo Hotton




  Nos hizo reír hasta las lágrimas, con la misma facilidad que
logró emocionarnos y tocar las fibras más íntimas de nuestra
alma. Su pasar por la pantalla grande, aquella que todo lo
magnifica, marcó un antes y un después en nuestras vidas.
¿Quién podrá olvidar a aquel doctor que, lejos de hacer caso omiso a las estrictas normas de la medicina, podía curar
valiéndose de la risa?
Ese Robin Williams exitoso, carismático, “confiado”, millonario, era apenas una fachada que ocultaba un alma en
pena, desesperada, plagada de preguntas y sedienta de respuestas, deseosa de encontrar motivos para seguir viviendo. Ni los flashes de Hollywood, ni una vida llena de lujos, fueron remedios suficientes para un espíritu apenado, apocado, triste y sin ganas de vivir.
Poco tiempos antes, quien fuera su compañero de pantalla en aquella inolvidable “Patch Adams”, Philip Seymour Hoffman, dejaba este mundo en la más extrema pobreza espiritual, como resultado de una sobredosis. ¿Quién diría que el “destino” los llevaría hacia el mismo final?
La lista de desenlaces trágicos e inesperados es amplia: el actor canadiense Cory Monteith, estrella de “Glee”, murió también de sobredosis a mediados de 2013, al igual que la fantástica cantante británica Amy Winehouse, que a sus 27 años falleció como consecuencia de exceso de alcohol. Y la lista sigue. Ellos disfrutaron de todo lo que este mundo puede ofrecer; sin embargo, nada de esto al parecer pudo cubrir el vacío inexplicable que terminó devorando sus vidas.

Muchas preguntas

Desenlaces de este tipo no hacen más que despertarnos toda clase de interrogantes; cuestionamientos difíciles de responder a la luz de la lógica de nuestras mentes finitas: ¿qué determina nuestra felicidad?, ¿qué importancia tiene el éxito y las posesiones en nuestras vidas?, ¿quiénes somos cuando estamos en soledad, confrontándonos frente a un espejo con nosotros mismos? Muchas preguntas, pocas respuestas, en un mundo en que cada vez disponemos de mayor cantidad de información, pero en el que cada vez conocemos menos de nosotros mismos.
“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”, afirmó alguna vez el Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda a quien, paradójicamente, Robin Williams citó en una de sus películas. Sus palabras desnudan una realidad inobjetable. Robin Williams se encontró solo, lidiando con las ensordecedoras voces de un vacío que lo llevó a la depresión absoluta, y a acudir a sustancias tóxicas en busca de aquella ayuda que ningún ser humano pudo darle, a juzgar por el inesperado desenlace de esta historia.
Ninguno de los millones de personas que alguna vez vimos sus películas estuvimos a su lado para extenderle una mano en ese momento de sincera confrontación con la realidad; ninguno.
La Biblia afirma que fuimos creados por Dios del mismo polvo de esta tierra (Génesis 2:7).
Nuestra esencia no es más que materia orgánica, milagrosamente ordenada por nuestro Creador y potencialmente degradable cuando éste así lo decida.
Nuestro Creador, sin embargo, sopló aliento de vida en cada uno de nosotros, haciéndonos únicos, irrepetibles y extremadamente valiosos. No solo eso: nos dotó de inteligencia, y de uno de los regalos más valiosos que hemos recibido: el libre albedrío, es decir, la libertad absoluta para decidir. Somos seres que escriben día a día su historia, para bien o para mal; que determinan su destino decisión tras decisión. Nuestras acciones, entonces, determinan nuestro futuro.

Eres lo que decides

Benjamin Franklin fue muy claro al respecto: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”. Cabe preguntarnos nuevamente: ¿De qué depende, entonces, mi felicidad?
Tu felicidad depende de quién eres, no de qué posesiones tienes; al fin y al cabo, “del polvo venimos, y al polvo iremos”. Tu felicidad depende de tu capacidad de despertarte cada día y elegir ser feliz. Tu felicidad depende de encontrar la belleza que te rodea, aquella que fue creada generosamente para tu disfrute. Tu felicidad depende de cuánto tiempo y energía inviertes en amar a otros, a aquellos que siempre estarán para respaldarte en los momentos más difíciles. Tu felicidad depende de cuánto das cada día a tu prójimo, no de cuánto recibes y atesoras mezquinamente. Pero, sobre todo, tu felicidad depende de una relación armónica con el Creador, única fuente de felicidad absoluta; aquel que en su gran amor te diseñó, te amó desde el vientre de tu madre y te puso en esta tierra por una razón.
¿De qué depende la felicidad? De la libertad que te da el saber que eres amado por el creador del universo, que eres único e irrepetible y que hay alguien que, aunque no lo veas, siempre estará a tu lado, hagas lo que hagas, tengas lo que tengas. El perdona todos tus pecados y cubre todas tus falencias. Ya lo hizo, de una vez y para siempre.
Vive cada día de tu vida como si fuera el último; ama a tus seres queridos como si fuera la última vez que estás con ellos, camina por la vida sabiendo que siempre serás importante para alguien; avanza sabiendo que hay alguien que vino a este mundo para pagar el precio de tus pecado, de tu muerte, y que esa persona te está esperando con los brazos abiertos para amarte y darle un nuevo sentido a tu vida.

Sólo así serás feliz. Sólo así vivirás cada instante de tu vida a pleno, hasta que un día tu corazón deje de latir y tu espíritu more por la eternidad en un lugar en el que el dolor no existe, y el amor todo lo cubre.

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