EL MATRIMONIO

Rosario, 2014

“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”. Marcos 10:7-9

El matrimonio fue instituido por Dios.

El matrimonio no fue establecido por una ley humana, ni inventado por alguna civilización. Es una institución divina, establecida en la creación. Antecede a toda cultura, radición, pueblo o nación.
El matrimonio no es una sociedad entre dos partes, en el que cada uno pone sus condiciones. Dios, que lo creó, es quien establece las condiciones, no el hombre o la mujer, ni los dos de común acuerdo, ni las leyes del país. Quien se casa, debe aceptar las condiciones establecidas por Dios en su amor e infinita sabiduría, y no puede alterarlas.

El fundamento del matrimonio es el pacto

En nuestros días, por causa del romanticismo y del erotismo en la literatura, cine y televisión,
existe el concepto generalizado de que el amor sentimental es la base del matrimonio. Es cierto
que este tipo de amor es un ingrediente importante del matrimonio, pero no es su base.
Dios no podría establecer algo tan importante sobre una base tan inestable como los sentimientos. En realidad, mucho de lo que se llama amor es egoísmo disfrazado. El amor sentimental busca la satisfacción propia o el beneficio que puede alcanzar a través del otro.
Diversas razones pueden modificar nuestros sentimientos: problemas de convivencia, malos tratos, fallas de carácter del cónyuge, el surgimiento de alguien más interesante, etc. Después de algún tiempo, muchos matrimonios llegan a esta triste conclusión: “No nos amamos más. Debemos separarnos”.
La base que Dios estableció para sustentar el matrimonio fue una alianza. Un pacto de fidelidad, cuidado, servicio, honra y afecto, hasta la muerte. Dios exige una alianza para que un
hombre y una mujer puedan unirse en matrimonio, y constituir una familia.
Sobre la base de la alianza, se puede construir toda una vida de romanticismo y afecto, capaz de resistir a las mayores tempestades.
No siempre podemos controlar nuestros sentimientos, pero sí nuestra voluntad. Cuando los sentimientos fluctúen, el matrimonio se mantendrá firme por la fidelidad al pacto matrimonial.
Cristo es nuestro Señor, y nuestra voluntad está sujeta a Él. De esa manera, aunque atravesemos momentos difíciles, la unidad matrimonial no estará en peligro. Por lo tanto, podemos decir que es el matrimonio el que sustenta al amor, y no al contrario.

El vínculo matrimonial es sagrado e indisoluble

"y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre." Mc. 10:8-9

"La mujer casada está ligada por la ley mientras su marido vive; pero si su marido muriere, libre es para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor." 1 Cor. 7:39

"(…..) Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud". Mal. 2:14

Los textos anteriores nos muestran que:
a. El vínculo matrimonial es fuerte. Una fusión: son “una sola carne”.

b. El vínculo es realizado por el mismo Dios: “Lo que Dios unió”.

c. Es un vínculo indisoluble mientras los dos cónyuges están vivos: “La mujer está ligada al marido mientras él viva”. Solamente la muerte de uno de los dos puede disolverlo.

d. Dios dice que Él mismo es testigo de esa alianza y que odia la separación y la infidelidad (Pv. 2:16-17; Mal. 2:14-16; Jer. 5:8-9). Toda infidelidad y ruptura es una ofensa al mismo Dios.


e. Ningún hombre o ley humana puede disolver este vínculo. Quien lo haga, estará rebelándose directamente contra Dios. Toda infidelidad conyugal y ruptura matrimonial es una ofensa al mismo Dios.

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