EL LEGADO Claudio Pagura




      

 

Un hombre mira hacia la nada. Quizás un espectador desprevenido supondría que esta sumergido en la cuenta regresiva que una húmeda pared registra, y que marcan los últimos días del encierro de algún reo.
Ni la fría celda que retiene su cuerpo ni las cadenas que lo atan, han podido subyugar su espíritu inquieto. Su mente repasa una y otra vez su vida, sus logros alcanzados. No puede dejar de recordar el profundo dolor de las traiciones, tampoco la convicción de que estaba transitando sus últimos días en esta tierra.
Acababa de pelear la última batalla y en este sentido estaba satisfecho. Hubiese querido tener sus afectos cerca, sus grandes amigos, pero no, su único compañero era ese intenso frío de una celda subterránea en la Mamertina.
Seguía una y otra vez repasando y repasando su vida, cuando de pronto un pensamiento lo atormentó, quien se haría cargo de la tarea inconclusa. El sabía que había recibido un encargo que necesariamente debería quedar en manos de alguien responsable, fiel, que entendiese perfectamente la naturaleza, la importancia y la transcendencia del rol a cumplir.
También querría que sea joven, porque esto daría mas probabilidades de que la causa tuviese un referente por mucho mas tiempo, y que a su vez en la puerta de su muerte y ya maduro pasara nuevamente la posta a otros como él.
Le preocupaba también, que en este traspaso, las grandes verdades  que le habían transformado, y edificado durante toda su vida, a partir del milagro suceso camino a Damasco, no sufrieran alteraciones. No fuesen parcialmente exageradas, para solamente remarcar algunos aspectos tras fines espurios, ni tampoco la cultura diet que vendría a posterior, la aguara de manera que perdiese totalmente efectividad.
De pronto su espíritu vivaz volvió a cobrar ánimo, se dijo a si mismo, ya sé, una carta. Comenzó a escribir. El destinatario, un hombre de su total confianza, alguien que siempre estuvo cerca de su corazón. Lejos había quedaba aquel primer viaje misionero donde al pasar por Listra lo condujo a esta revolucionaria verdad. Sí, este tímido joven de apenas 35 años, llamado Timoteo era la persona indicada.
Le encomendaría varias cosas pero entre ellas, “sigue el ejemplo de la sana doctrina que de mi aprendiste” ..... “cuida la preciosa enseñanza que se te ha confiado “ (NVI). Esta palabra “sana”, quiere decir saludable. Es la misma expresión griega utilizada para describir cuando Jesús sanaba.
Quería que las verdades recibidas se mantuviesen en buena salud, ni atrofiadas ni enfermas. Cualquier tipo de alteración cambiaría el efecto deseado por el autor.
Le aturdía la posibilidad de cómo había sucedido con Himeneo y Fileto, otros las cambien por palabras vanas....
El sentía que en su interior era hora de retirarse, había terminado la carrera con la profunda satisfacción del deber cumplido, ya todo estaba en buenas manos.
Pablo escribió esta carta hace dos mil años, bien podría haber sido escrita hace dos minutos.
La realidad es la misma. El peligro lo es también.
Nuestra progresista cultura postmoderna, nos enseña que el significado de un texto no es aquel que el autor pergeño sino el que el lector interpreta, esto significa lisa y llanamente la muerte del autor.
¡Buenas noticias! Dios no ha muerto, no va a morir, y su palabra permanece para siempre.
No es posible alterar sus verdades porque la sociedad “progresa”. Es incoherente pensar que Dios cambia como reflejo de una sociedad decidida a adoptar el pecado como forma de vida.
Nos sentimos, los editores de Una Comunidad Diferente, comprometidos con el encargo de Pablo.
Somos concientes que como escribe John Stott, la Biblia es un libro sencillo para gente sencilla. Los que mucho la complican, lo hacen en el intento por hacerle decir otra cosa.
Contaremos en todas las ediciones con sólidos escritores, que nos limpiaran la mente de medias verdades, o mentiras totales, que impiden que Dios llegue saludable a nuestras vidas.
No vamos a huir ante temas conflictivos, no vamos a intentar torcerle el brazo a Dios. Queremos ayudar a que la voz de Dios se escuche, entre tantas voces que confunden.
Esta voz de Dios que genera una profunda paz a los que creemos y desazón a los decididos a desoirla.
Sus verdades son mas deseables que oro afinado y dulces mas que la miel para aquellos que nos disponemos a vivirlas, pero terrible condenación para aquellos dispuestos a seguir pecando.
En definitiva, estamos aquí, como dijera Marcos Vidal, con la espada en nuestras manos todavía, la espada de la verdad de Cristo, no una flaca caricatura de la verdad, aguada y anestesiada, como diría la sabiduría popular, igual que el te “Cachamai”, que no te hace ni bien ni mal.
Oren por nosotros, los invitamos a caminar juntos, y pensemos que Pablo mismo soñó con hombres dispuestos a tomar su legado.














































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