LA IGLESIA NO ES UN TREN 2da Edición Oscar Gómez





La infructuosidad se debe al impulso y a la inercia de las acciones, en muchos casos la iglesia en vez de comportarse como el cuerpo de Cristo se parece a un tren.

·       Las iglesias “trenes”

Se componen de dos clases de personas: tripulantes y pasajeros.

Son fáciles de encontrar. Su humo, su ruido y bocina son inconfundibles.

Irán en esa misma dirección por un tiempo bien largo, por más que procuren hacerlas detener no podrán.

Las opciones para cambiar su dirección son, en el mejor de los casos, muy limitadas.

Los trenes no pueden girar, ni virar, tampoco estas iglesias.

Si se dispone de un cambista o un desvío, el tren podría cambiar de dirección; de otra manera, simplemente sigue los carriles hasta su destino.

Todos los que se encuentran a bordo, ponen su confianza en que están en el lugar debido y que van hacia la dirección correcta. Pueden ir durmiendo o entreteniéndose.

·       La iglesia no es un tren

Las iglesias de Cristo no son pieza de ferrocarril, son organismos dúctiles y versátiles.

Son grupos de personas caminan por la senda angosta.

Tienen dirección: Se dirigen hacia el propósito eterno de Dios.

No hay tripulantes y pasajeros, todos son responsables cuidándose unos a otros.

Obviamente se mueven más lento que los trenes pero pueden girar en un momento y sin mayores problemas si fuera necesario.

Están al alcance de los necesitados dado que pueden observar su alrededor sin inconvenientes.

No son para nada vistosas, no anuncian su presencia con luces intermitentes ni bocinazos en cada cruce.

Caminan juntos, sin preocuparse en llamar la atención, son sencillamente unos peregrinos que van estrechamente ligados hacia el cumplimiento de la visión de Dios.


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