LA ESCALA DE VALORES DEL REINO DE DIOS Oscar Marcellino

Pocas veces, un autor presenta con tanta claridad los valores cristianos. Una radiografía magistral del mundo enque vivimos y del peligro que significa ser contagiados por esa forma de vida.

 En una ocasión durante un retiro de Comunidad Cristiana, el pastor Jorge Himitian señaló que la espiritualidad promedio en esta renovación no había logrado superar la escala de valores del mundo, y que, por lo tanto, todavía sosteníamos criterios similares en cuanto al éxito, realización personal, conquista, poder y prosperidad. Planteó el desafío de crecer y restaurar los valores del reino para la consecución del proyecto eterno de Dios.
Hoy el mundo no percibe diferencias substanciales con la iglesia porque nuestros valores son los mismos que los del sistema. No le llama la atención que cantemos levantemos las manos, que oremos en voz alta o que digamos aleluya. Eso no nos hace distintos.
Si como ellos, glorificamos el poder, el éxito, el dinero y la vanagloria de la vida, no se produce ningún contraste. Dirán “Son iguales que nosotros. Aunque se visten y hablan un poco diferente, apetecen, buscan, trabajan y se desviven por las mismas cosas que el resto de los hombres”.
Para vivir la cultura del Reino necesitamos volver a examinar nuestra escala de valores a la luz de la Palabra de Dios, y  de la revelación del Espíritu Santo. Sólo a partir de ese examen podremos restaurar los valores cristianos y despojarnos de todo vestigio de humanismo. Este análisis debe abarcar todos los paradigmas y el sistema de creencias que sostiene nuestra cultura.
En el análisis de valores, no realizaré un estudio teológico o sociológico, los que resultarán demasiado extensos. Simplemente me atendré a una sucinta consideración de aquellos valores que han sido más adulterados por el diablo y la contaminación mundana, para llamar a la reflexión y crear conciencia.

Tres premisas


Se deben tener en cuenta tres premisas fundamentales:

1) Satanás está presente en medio de la iglesia a través del sistema de pensamiento humanista.

En la carta a los Efesios, Pablo escribe a este sistema como “La corriente de este mundo” y requiere en el Señor que no andemos como los paganos en la vanidad de la mente y de los pensamientos, haciendo la voluntad de la carne.
Esta corriente de ideas tiene su fundamento y apoyo en los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Apela a la satisfacción de los sentidos; de ahí su tremendo impacto y poder de seducción.
Por esta razón el mundo valora el éxito, las riquezas, el poder, la fama, el placer, la conquista, la fuerza. Desprecia a los pobres, a los fracasados, a los feos, a los discapacitados, a los ignorantes. Se identifica con los que se ríen, con los que disfrutan de este mundo. Margina  a los débiles, a los que sufren, a los que no valen. Aprueba la discriminación. Practica la explotación del hombre por el hombre y establece una jerarquía de dominadores.

2) Es Reino de Cristo no es de este mundo.

Al ser interrogado por Poncio Pilato acerca de su condición de rey, Jesús respondió “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn 18.36).
Él señala claramente la completa separación que existe entre el Reino de Dios y el mundo. Ambos son diferentes y opuestos en origen, naturaleza y sustancia; antagónicos e irreconciliables.
Tal conciencia debe ser recuperada por la iglesia. Los cristianos se han instalado en el mundo, y tienen por mayores riquezas los tesoros de los egipcios que el vituperio de Cristo. Han dejado de considerarse peregrinos en las tierra, y olvidado la patria celestial. Ya no esperan la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (He 11.10).

3) El Sermón del Monte contiene la médula de los valores del Reino de Dios.

En este discurso Jesús establece los paradigmas fundamentales del evangelio. En abierta oposición al mundo, valora a los pobres, a los fracasados, a los que lloran, a los perseguidos, a los que sufren, a los que tienen hambre de pan y de justicia. Proclama bienaventuranza a los mansos, a los misericordiosos, a los pacificadores y condena a los que disfrutan egoístamente de las riquezas, a los que se sacian en medio del hambre de muchos, a los que reciben honores y fama de este mundo, y pronuncia ayes contra ellos (Lc 6.20-26).
Resume la ley: el amor a Dios, al prójimo, al desnudo, al hambriento, al enfermo, y al encarcelado. Jesucristo se identifica con cada ser humano que sufre, y nos llama a socorrerlo.
Al ordenar amar a los enemigos, destierra el odio y la venganza. Establece el rechazo absoluto a la violencia cuando señala que no debemos resistir al malo, sino hacer bien a los que nos aborrecen.
Denuncia la idolatría de las riquezas al afirmar que ninguno puede servir a dos señores. No podemos estar al servicio de Dios y de las riquezas a la vez.
Cuando sus discípulos disputan sobre quién será el mayor en el reino de los cielos, Jesús denuncia la idolatría del poder, da por tierra con la dominación del hombre por el hombre, y establece una línea de autoridad basada en el servicio: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiere hacerce grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo” (Mt. 20.26-28).

Valores que precisan ser adecuados al pensamiento cristiano


El éxito y la felicidad


Dentro del sistema humanista en que vivimos, el hombre se siente llamado a alcanzar el éxito y la felicidad, los que conseguirá a través de las riquezas, la fama, el prestigio social, el poder, la satisfacción de los deseos y apetitos, la conquista, la prosperidad, el logro de los primeros lugares, y la supresión del sufrimiento.
Estos conceptos de éxito y felicidad se hallan fuertemente arraigados en la sociedad actual y en nosotros los cristianos también. La razón es que a la carne le resulta sumamente atractivo. Cuando utilizamos la misma escala de valores que el mundo, la búsqueda de felicidad, realización personal y éxito nos arrastra a la ambición y a la competencia por los primeros lugares.
Y ese espíritu de competencia aún se extiende al ámbito de la iglesia. ¿Qué sentimos cuando Dios utiliza a otro como instrumento de su gracia y su poder? ¿Sufrimos cuando alguien resulta más efectivo que nosotros en la obra de evangelización y discipulado? ¿y qué de la pugna por llegar a tener una de las iglesias con más miembros de la ciudad? Si no somos capaces de distinguir los valores humanistas que impregnan muchas de nuestras conductas, caeremos indefectiblemente en  el mismo estilo de vida que la sociedad que nos rodea. Cuando triunfar constituye el valor supremo, entramos en la competencia y en la lucha por alcanzar y tener, por aparecer y ser, en lugar de preocuparnos por la salud y crecimiento genuinos de la iglesia y por la salvación de los pecadores. Este pecado de celos y competencia tiene sus raíces en la propuesta de nuestra cultura neopagana, porque la orientación psicológica del humanismo señala que necesitamos autoestima y espacio para proyectarnos y realizarnos, ya que el éxito está dentro de nosotros mismos. Esto nos pone en la loca carrera por el triunfo y la conquista en el intento de superar a los demás.
Hasta hay quienes predican por televisión un evangelio de éxito y prosperidad, tal como lo hacen el humanismo y la Nueva Era. Pero difícilmente alcanzan el éxito porque adentro está la podredumbre del pecado. Sin la virtud purificadora de la sangre de Cristo y el poder del Espíritu Santo, estamos en realidad perdidos y condenados al fracaso, aunque ganemos todo el mundo.

Triunfar no constituye el valor supremo


No podemos medir la vida por el éxito alcanzado, o a través de números, posesiones, prestigio, o poder.
Necesitamos volver a los valores evangélicos de la cruz, la negación de nosotros mismos y la renuncia a todo lo que poseemos.
“Dios no me ha llamado a tener éxito, sino a servirlo”, expresó cierta vez la Madre Teresa de Calcuta.

Jesús y Pablo: dos “fracasados”


Si juzgáramos la vida de nuestro Señor Jesucristo por los parámetros humanistas, deberíamos considerarlo un fracasado. Nació en la pobreza; vino a su pueblo, y su pueblo no lo recibió; fue despreciado, desposeído, traicionado, perseguido y finalmente crucificado.
Jesús no salió del territorio de Israel; todo su ministerio se desarrolló en un radio de pocos kilómetros. Nunca viajó a París o Miami. No conoció Roma. Vivió treinta años en un pueblucho (Nazaret), trabajando como carpintero. El creador del universo, aquel por quien nos movemos y somos y por el cual son todas las cosas, habitó durante treinta años en una miserable aldea fabricando muebles, sujeto a un sencillo padre humano. No es precisamente la imagen de un triunfador.
Mirado desde el punto de vista humano, deberíamos pensar como el filósofo alemán F. W. Nietzche: “Es una locura glorificar a un perdedor, a alguien que no se resistió sino que permitió ser colgado de una cruz. Esto ha impedido el desarrollo de la humanidad, porque la humanidad sólo puede crecer con voluntad de poder, de dominio. Es necesario dejar atrás la compasión, la misericordia. Para eso tiene que dejar atrás a Cristo”.
Según la lógica, Nietzche interpretó bien la situación, pero no pudo percibir la “locura de la cruz”, capaz de transformar el sufrimiento en la mayor victoria de todos los tiempos. Porque esto corresponde a la escala de valores del Reino de Dios. Para el humanismo, para toda razón lógica, el evangelio seguirá siendo locura, pero para el que cree, poder de Dios para salvación, para santificación, para salud, para liberación y para vida.

Pablo, otra “escoria”


Así como Cristo simboliza un “antivalor” para el mundo paganizado, también podemos decir lo mismo de Pablo que escribió en 1ª Corintios 4.9-13: “Porque según pienso, Dios ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres... padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somo abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen y bendecimos; padecemos persecusión, y la soportamos. Nos difaman y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos”.

En 2ª Corintios 11-12, hace una descripción más detallada de estos sufrimientos. Medido con la escala de valores de mundo, Pablo también fue un fracasado. Sin embargo, por comprender el evangelio del Reino, podía afirmar:
“Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo que es la iglesia” (Col. 1.24).

Para el mundo, Pablo era un loco, un enajenado, un masoquista. Dentro de la cultura humanista no hay sitio para el sacrificio, la pobreza, el sufrimiento; rehuye todo eso.

Aunque viajó por muchos lugares, Pablo no hizo turismo. Se alojó más en cárceles que en hoteles (Filipos, Roma) y acabaron por cortarle la cabeza. Tuvo el santo privilegio, el gran honor, de derramar su sangre por la causa de Cristo, lo que constituye la mayor riqueza, el mayor bien, y la más alta meta para todo aquel que ama a Cristo. Pero, ¡me estoy expresando como un loco! ¿Quién desea la muerte? El verdadero cristiano desea dar su vida por Cristo, está dispuesto a lo que sea con tal de que el Reino de Dios avance. San Francisco de Asís le dijo a Cristo: “Señor, te di todo; te di mi fama, te di mi honor, te di mi familia, te di mi sexo, te di mis riquezas; te imité en todo, anduve literalmente haciendo lo que tu hacías, pero me falta una cosa; quiero morir por ti”.
El Señor no lo permitió, pero él estaba dispuesto.
No es locura desear identificarse con Cristo aún hasta en su muerte. Porque es una muerte con sentido, una entrega por amor en beneficio de otros, en pro del avance del evangelio. Pablo lo expresó así: “Para mi el vivir es Cristo y el morir es ganancia”.
¡Una escala de valores totalmente ajena a la de un mundo que busca evitar la muerte por todos los medios! Porque al impío la muerte lo conduce al infierno y, aunque niegue su existencia, en su interior se anida un terror escondido. A nosotros ella nos acerca a Cristo Jesús, nuestro Señor. Al avanzar en la vida cristiana, uno ahela el momento en  que no haya más límites en la comunión con Dios. ¡Y cómo limita el cuerpo!
Si no entendemos la felicidad en los términos del Reino de Dios, nunca la alcanzaremos.

El amor al primado


En el presente sistema, el ejercicio del poder se basa en la dominación de unos sobre otros. Los que lo detentan son depositarios del honor, en tanto que el resto debe servirlos y obedecerlos. Siempre es igual, cualquiera sea el tipo de organización social de una nación.
Nada satisface más el deseo humanista de convertirse en Dios que el obtener poder. Le permite alcanzar honra, prestigio, riquezas, disfrutar de goces terrenales y acceder a la posibilidad de ser servido y librarse de la mayoría de los trabajos humillantes. La ambición humana nunca sacia de poder.
A causa de él, se cometen los mayores pecados y se cae en las peores corrupciones. Constituye la última área que el enemigo y el mundo entregarán porque en él establecerá su refugio final. El poder temporal es la herramienta que el Anticristo usará en su persecución contra el pueblo de Dios.
La responsabilidad de los cristianos con respecto a esa área debe abordarse en primer lugar desde el plano sacerdotal, tal como lo indica la Palabra de Dios.
Pablo nos exhorta a que “se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad (1ªTi. 2.1-2).
En segundo lugar, tenemos que actuar proféticamente, denunciando el pecado, la corrupción y toda injusticia. La participación directa debe ser encarada solamente bajo la guía del Espíritu Santo. La historia demuestra que cada vez que la iglesia ejerció el poder temporal o hizo alianza con él, no pudo impedir que éste la contaminara, o la hiciera co-responsables de sus errores y pecados. Por eso debemos tener mucho cuidado de dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
En Lucas 22.25-27, Jesús establece las relaciones de jerarquía dentro del Reino de Dios; sería un orden de servidores en vez de un orden de dominadores:
“Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige como el que sirve... Yo estoy entre vosotros como el que sirve”.

Los discípulos acaban de disputar entre sí sobre quién sería el mayor. Cada uno pensaba en sus capacidades y en sus méritos, y procuraba lograr primacía. Jesús les señala entonces la regla por la que se deben medir:
... “el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mt. 20.27).
Si establecemos un orden de jerarquías y honores dentro del Reino de Dios, estamos aplicando un sistema de valores del mundo a la iglesia, lo que constituye un gran mal. Los siervos de Dios siempre deben tener el lebrillo yla toalla en sus manos, para lavar los pies de los hermanos. Fuimos llamados a servir y no a ser servidos.
Algunos utilizan la iglesia para lograr realización personal. Buscan en ese ámbito el prestigio que no han alcanzado secularmente. Pretenden resarcirse por los fracasos de  su vida y entonces procuran abrirse paso y subir. Su estilo de vida no corresponde al del Reino de Dios. Su escala de valores es otra.
El hombre espiritual huye de la fama, los honores, los privilegios; no apetece los primeros asientos sino que como el Maestro, escapa para que no lo hagan rey. Una actitud de esta naturaleza termina con la lucha por el poder y con la competencia. El camino señalado por Cristo es mantenerse humilde públicamente, reconociendo la propia carnalidad y confesándola. También ceder a otros el primer lugar y los honores, concediéndoles espacio y los privilegios.
Si Dios nos quiere enaltecer, que lo haga él y no nosotros mismos. Cuando permitimos al Espíritu Santo obrar, muchas veces nos envía al último lugar, hasta que comprendemos que no valemos nada, que no tenemos qué dar a los hermanos. Entonces sopla sobre nosotros y nos reviste de dones y poder. Transforma lo que no es, lo que no vale, en un instrumento útil para Dios. Sabe que ya no procuraremos robar su gloria, y que todo lo que hagamos redundará en honra para el Señor Jesús.
El apóstol Santiago hace en este sentido una seria advertencia contra la parcialidad y la discriminación (Stg. 2.1-9). Ellas son las propias de un esquema que privilegia el poder y la riqueza y considera indigno al pobre, al que sirve. Si Jesús se presentase hoy en algunas comunidades cristianas, no sería admitido por su condición humilde, su identificación con los pobres y su falta de status social.
Seguramente que en el Reino de los cielos se van a sentar a la diestra de Jesús los marginados sociales, los esclavos, los indígenas, todos aquellos que han sufrido por el pecado y la indiferencia de la iglesia. Porque los postreros serán los primeros.

La práctica de la violencia


“Oístes que fue dicho: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele la otra” (Mt. 5.38-39).

“Oístes que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5.43-44).

El mundo usa la violencia para el logro de sus fines de conquista, dominio, expansión y explotación de los más débiles; o en su defecto, como respuesta a estos males, en lo que algunos entienden como violencia justa o permitida.
La no violencia es otro de los valores cristianos perdidos como consecuencia del sincretismo con el Imperio Romano en la época de Constantino. Desde ese entonces ha reinado la confusión en la iglesia con respecto a este tema. El poder rescatar esta verdad ha costado la sangre de muchos mártires. Pienso especialmente en las vidas ofrendadas por nuestros hermanos anabaptistas, los cuáqueros, Martín Luther King, y otros.
En este punto es necesario que la iglesia haga un “mea culpa”, un reconocimiento de pecado, ya que amplio sectores de sus filas han avalado el uso de la violencia en lugar de condenarla. Esta complicidad con quienes la han ejercido es uno de los males que los incrédulos le señalan y que manchan su testimonio.  Si la iglesia hubiese rechazado el uso de la violencia a través de los tiempos, la historia humana hubiera sido muy diferente. No estaríamos hoy frente a la paradoja de que los hinduístas y el movimiento de la Nueva Era se hayan convertido en los campeones de la paz, mientras la iglesia continúa bendiciendo las armas y justificando las guerras.
Jesús rechazó con su ejemplo la opción violenta. Se hizo muy evidente cuando ordenó a Pedro guardar la espada en ocasión de su arresto. Él se negó a ser defendido con el uso de la fuerza.
En el Sermón del Monte, Jesús instó a amar a los enemigos y a no resistir al malo. La iglesia primitiva y los apóstoles fueron celosos guardianes de esta verdad, a veces a costa de sus propias vidas.
Hoy nosotros precisamos recuperar este valor, al punto de negarnos a ejercer cualquier tipo de violencia. Con actitud viril, profética debemos condenarla ante el mundo, cualquiera sea la forma en que se exprese. Esto incluye al violencia provocada por las injusticias sociales que ocurren dentro de los países como a nivel internacional, y que es ejercida por las naciones desarrolladas sobre las más pobres, condenando a millones de seres humanos al hambre y a la muerte temprana.

El amor al dinero


“Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee!” (Lc. 12.15).

Para una sociedad consumista y hedonista como la nuestra, estas palabras son locura. Pero me temo que también para la iglesia, porque nos hemos contaminado. Hemos llegado a creer que la felicidad del hombre radica en la cantidad de bienes que pueda consumir y disfrutar.
En algunos círculos cristianos se predica hoy un “materialismo carismático”. Se enfatiza que la bendición de Dios se aprecia a través de los bienes materiales que se alcanzan; esto sólo logra estimular al ambición. Parecería que hemos mandado al archivo aquellos párrafos de las Escrituras que condenan la idolatría de las riquezas:

“No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6.24).

“No hagáis tesoros en la tierra” (Mt. 6.19).

“Vended todo lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote” (Lc. 12.33).

Estas palabras nos acusan, nos juzgan. Por eso las ignoramos y les torcemos el significado.
Ya que en este punto encontramos uno de los grados más altos de contaminación dentro de la iglesia (lo que constituye adulterio espiritual por su adoración a Mamón) es importante redescubrir, a través de la guía del Espíritu Santo, los principios económico-sociales del Reino de Dios.
Por no tener estos principios, muchos cristianos han adherido a los sistemas imperantes en el mundo.
Algunos identifican al capitalismo y su expresión filosófica, el liberalismo, con el cristianismo, cuando en realidad ambos se hallan enfrentados en más de un aspecto.
Más allá de un análisis técnico, creo nuestro deber emitir un juicio moral y ético sobre el liberalismo económico que hoy reina sin oponentes en el mundo.
Es condenable por su idolatría a las riquezas y del poder, contra las cuales enseñó Jesús. Inevitablemente conduce al consumismo y al amor al dinero, lo que va en contra de las virtudes evangélicas de austeridad y desprendimiento.
Es condenable por su concepto individualista de la persona humana, la que atenta contra el imperativo cristiano de amar al prójimo, de compartir con él y de vivir una fraternidad entre los hombres.
Es condenable por su injusticia en cuanto a la distribución de las riquezas, la cual relega a la pobreza a vastos sectores sociales. Desconoce el principio divino de la igualdad entre los hombres, ya que unos pocos usufructúan lo que Dios ha provisto para todos, y vulnera las bases de justicia del Reino de Dios.
Es condenable porque exacerba el afán de lucro y subordina el servicio que se presta a lo que se percibe por él, en contraposición con el pensamiento cristiano que establece la supremacía del servicio y la ayuda mutua.
Es condenable debido a su insensibilidad social. Hace oídos sordos al clamor de los necesitados y desoye el mandato de Cristo de socorrer al hambriento y al desnudo.
Hay también quienes han optado por el otro extremo inspirados en la visión marxista de la sociedad y en las teorías socialistas, interpretan las Escrituras a la luz de estas ideologías, enfatizando sólo el aspecto temporal del Reino de Dios. Dentro de los que sustentan esta posición no faltan los que apoyan posturas violentas de lucha de clases, en contraposición con la Palabra de Dios.
El marxismo es igualmente condenable desde la óptica del Reino, pero su fracaso histórico hace innecesario otro tipo de análisis.
Ante el vacío ideológico que se ha producido, ha humanidad espera el advenimiento de alguna otra filosofía salvadora. La Nueva Era, con su cosmovisión humanista-esotérica, apunta a llenarlo. A ese fin, se ha infiltrado en todos los estamentos de la sociedad; busca penetrar a través de la educación, de publicaciones científicas, de propuestas ecológicas y de las ciencias ocultas. Ofrece su suerte de singular sincretismo.
Los sistemas imperantes han demostrado su incapacidad para solucionar los problemas de la humanidad. Para los cristianos resultan también repudiables por su concepción atea, humanista y materialista de la vida.
Es tiempo de que nos despojemos de toda lente ideológica y de prejuicios para poder formular una cosmovisión cristiana que permita orientar a las naciones por los senderos del Reino de Dios.

Volvamos los ojos a los pobres


La iglesia debe volver sus ojos a los pobres y anunciarles las buenas nuevas del Reino de Dios.
“El Señor los ha elegido para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman” (Stg. 2.5).

En el particular contexto del Tercer Mundo que vive América latina, nuestra responsabilidad en este sentido es ineludible e imperiosa.
En su mayor parte, nuestros pueblos viven en condiciones de miseria. Se podría decir que apenas sobreviven. Son sociedades pauperizadas que se caracterizan por el desempleo, el “cuentapropísmo”, y el subempleo. La brecha entre pobres y ricos parece abrirse cada vez más. Todo este proceso, acompañado por el enriquecimiento de ciertos sectores financieros dedicados a la especulación no productiva.
Son una intermediación parasitaria que ejerce su rapiña en todos los sectores de la producción y logra más ganancias que los que efectivamente trabajan.
Esto ocurre en medio de una corrupción generalizada en la que abundan los negociados, las coimas, el tráfico de influencias, etc. A ello se suma el floreciente negocio del narcotráfico, que cada vez penetra más la sociedad. No solo produce su devastación a través del consumo de drogas y las secuelas que ocasiona en los adictos, sino por su influencia sobre la economía de los países y los poderes del Estado.
El incremento de la pobreza muestra un cuadro claro de lo que es la explotación del hombre por el hombre. Se ha generado tal nivel de injusticia que enormes sectores de la población se ven hoy inmersos en la marginalidad, en la violencia, en muchos sufrimientos y en la degradación moral.
La situación económica de América latina evidencia las condiciones inhumanas de vida a que están expuestos sus habitantes: hambre, desnutrición, mortalidad infantil, desprotección de los sectores carenciados (niño, ancianos y enfermos), etc. Basta con recorrer las villas de emergencia, las “favelas”, los “pueblos jóvenes” – todos ellos bolsones donde se hacina la pobreza –  para apreciar este drama.
Es necesario que la iglesia tome conciencia de su responsabilidad y mire a las multitudes sufrientes con la compasión de Jesús. Debemos ampliar nuestra visión y predicar un evangelio integral que incluya tanto el mensaje de salvación como la acción misericordiosa; que le alcance pan al hambriento y ropa al desnudo, que recoja a los niños de la calle y lleve consuelo a los enfermos y encarcelados.

Nueva concepción de la vida


Tienen que hacerse carne en nosotros, como iglesia de Jesucristo, las palabras “La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”. Es preciso que modifiquen no solo nuestra manera de pensar, sino nuestro modo de vivir. De tal manera que no dependamos de la cuenta del banco para nuestro sustento, sino de la provisión de Dios. Cuando buscamos primeramente el Reino de Dios y su justicia, nada nos domina.
Recuerdo los tiempos de la hiperinflación. Llegó un momento en que pensé que no podría pagar las cuentas de gas, luz, teléfono. Comencé a temer y amargarme. Entonces supe cuanto dependía mi seguridad y mi felicidad de las cosas materiales. La experiencia me sirvió. De repente, me di cuenta de que teniendo a Cristo lo tenía todo, y de que si era preciso pasar hambre cuando Jesús lo mandaba, lo haría con gusto y sin llorar mi miseria.
¿Saben que algunos cristianos se murieron de hambre? En Argentina tuvimos uno: Alan Gardiner, misionera inglés que vino a predicar a los indios patagónicos. Dios permitió que él muriera de hambre. Pero ¿cómo? ¿y el salmo que dice “no he visto justo desamparado”? y no vamos a decir que Alan Gardiner fuera ateo o diabólico. Sin embargo el Señor lo dejó dar su vida en estas tierras.
¿A dónde  va a parar nuestra teología de la prosperidad con esto? Creo que el “materialismo carismático”, que apetece y busca las mismas cosas que el mundo, ha colocado a Dios en el lugar de un banquero que nos provee dinero para que seamos felices, que lo derrocha en nosotros. No digo que Dios no pueda bendecir económicamente a su pueblo, pero todo aquel que depende de las cosas materiales, que ama la riqueza y el confort y que se apega a un estilo de vida consumista, todavía no ha entendido el Reino de Dios.
¡Que venga espíritu de frugalidad sobre la iglesia! ¡Que la austeridad y la generosidad nos lleven a compartir con el que padece necesidad, hasta que lleguemos a ser como la iglesia de Jerusalén, en la que no había ningún necesitado!
Nos cuesta, porque es muy grande la avalancha de pensamientos mundanos que nos cae encima declarando que la felicidad consiste en la abundancia de los bienes que uno posee. Resultan tan apetecibles y placenteras las cosas que se nos ofrecen para consumo que nos es difícil despojarnos de toda esa basura y tomar la cruz. Se trata de un ardid del diablo para seducir y cautivar a la iglesia.
El emperador romano Constantino le dijo a la iglesia “Todo esto te daré: honor, fama y riquezas”.
Así que la iglesia comenzó a recibir impuestos del mundo y tuvo muchos bienes. Hoy en día, una de las principales acusaciones contra ella es que acumula riquezas que no reparte y que utiliza en vanidades como adornos de oro y cosas por el estilo. Se habla de comercio con las cosas espirituales. Y no les echamos a los católicos la culpa de todos los problemas de la iglesia. En el sector evangélico, se dan los mismos pecados, el mismo despilfarro, el mismo amor al dinero. Están proliferando los edificios lujosos de butacas tapizadas en terciopelo y decoración costosa.
Es una demostración de prosperidad más diabólica que espiritual. Se crea un contrasentido dentro de la iglesia cuando los servidores de Cristo quieren andar en jets privados y en Rolls Royce mientras que su maestro no tenía almohada, ni calzado, ni morada y más de una vez ni siquiera comida.
Es tiempo de que la iglesia de América latina levante su voz

Tomado de libro “Violentamente cristiano”
           Oscar Marcellino  - Editorial Logos