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VAYAN Y HAGAN FAMILIAS SANAS Roberto Vilaseca


En el contexto de una sociedad sin valores esenciales, el desafío para el Pueblo de Dios es cumplir la comisión de Jesús levantando también familias discípulas, sanas y unidas
Un padre divorciado viajaba en tren con su pequeño hijo. El niño, aburrido del viaje, interrogaba a su padre con infinidad de preguntas. Fastidiado, este se preguntaba cómo hacer callar a su hijo, cuando encontró un periódico a un costado. Lo tomó y lo hojeó rápidamente. En sus páginas encontró un gran mapa del mundo, entonces decidió romperlo en pedazos y le dijo a su hijo: “Toma, arma esto. Es un mapa del mundo roto y tendré un buen rato tranquilo”. Pero a los pocos minutos el niño había resuelto el improvisado rompecabezas. El padre asombrado le preguntó cómo lo había resuelto tan rápido, y el niño mirándolo fijo añadió: “Bueno, tú no te diste cuenta que en la parte de atrás de la hoja del diario había una familia. Armé los pedazos de la familia y el mundo se arregló solo”.
Un proverbio chino dice: “Si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación”. Aunque una sociedad esté compuesta por millones de personas se construye a partir de la familia, y aquellas culturas que no la han cuidado como su bien más preciado han sufrido las consecuencias de una generación débil y enferma. Dios no creó solo al hombre, también estableció a la familia; y un hogar sano y estable es el fundamento de una sociedad fuerte.
Todos los que hemos formado un hogar trabajamos, sufrimos y soñamos con una familia que pueda parecerse al modelo que describió el escritor del Salmo 128: “¡Qué feliz es el que teme al Señor, todo el que sigue sus caminos! Gozarás del fruto de tu trabajo; ¡Qué feliz y próspero serás! Tu esposa será como una vid fructífera, floreciente en el hogar. Tus hijos serán como vigorosos retoños de olivo alrededor de tu mesa”. Anhelamos un hogar en el cual su belleza sea la armonía; su seguridad, la lealtad; su riqueza el amor; su espíritu, el servicio; su nobleza, la alegría y que su verdadero constructor sea el mismo Dios que hizo las estrellas y el universo.
Pero aquel ideal contrasta con nuestra realidad, al fin y al cabo la vida familiar pasa mucho más por lo que Dios es capaz de hacer con nosotros a partir de los escombros de nuestras propias humanidades. Es su gracia la que nos permite edificar una familia sana que busque parecerse a aquél modelo original. Es cierto que la familia vive en tiempos difíciles pero cada una puede escoger entre defender el mejor regalo que tiene o destruirlo. Cuando la familia vive en la forma apropiada se convierte en un lugar de descanso, de satisfacción y de alegría. Alguien dijo que una familia saludable no es aquella que no tiene problemas, no se mide por la falta de conflictos, sino por la capacidad de resolverlos a partir del amor, del perdón, el respeto y el compromiso por ella misma.
¿Qué es hoy una familia? “En la actualidad, cuando hablamos de familia hay que hacerlo en un sentido amplio, con una propuesta inclusiva como lo hace Dios con todos, porque hay una gran diversidad familiar ¾explica María Elena Mamarián, psicóloga, escritora y especialista en estos temas¾. Hay familias monoparentales, donde conviven solo una mamá o papá con su hijo, abuelos con nietos, familias ensambladas de otras anteriores, y personas que se han quedado solas por distintas circunstancias que también necesitan encontrar su lugar en la familia de Dios”.
El desafío es entonces cómo aplicar principios bíblicos de sanidad de fe, de compromiso, aún en familias que distan tanto del ideal y asumir que las crisis familiares más que fracasos, son una posibilidad de encontrar la gracia restauradora de Dios. Al recorrer la historia bíblica nos encontramos con muchas familias sumidas en conflictos y situaciones complejas que fueron rescatadas y guiadas por Dios ¡Y Él usó esas vasijas de barro!
Familias saludables
Jorge Maldonado, presidente de Eirene, un movimiento dedicado al fortalecimiento de la familia en América Latina, escribió un interesante libro llamado Aún en las mejores familias que trata este tema. “Una de las formas más directas y eficaces de aprender juntos en cuanto a la dinámica familiar y a las maneras funcionales de relacionarnos en nuestras propias familias, es por medio del estudio de las familias de La Biblia. Podemos reconocernos en las luchas y esperanzas, en los logros y fracasos, en las penas y alegrías de aquellas personas que experimentaron la gracia de Dios en épocas pasadas”.
En un trabajo sobre cómo construir familias saludables Maldonado describe algunas de sus características distintivas que vamos a repasar ahora. Entre las más destacadas el escritor ecuatoriano menciona la vivencia y transmisión de valores espirituales como la fe, la esperanza y el amor; funcionar sobre estructuras consistentes y flexibles, es decir, las que tienen la capacidad de definir reglas claras y roles para el bienestar de todos, pero también que tengan la capacidad de hacer ajustes cuando sean necesarios.
Otra particularidad de las familias saludables es la de mantener una comunicación clara y directa. “La comunicación no es solo un intercambio de información, sino también de significados, de valoración y de maniobras de conexión. Parte de una comunicación saludable es que las emociones no se reprimen sino son permitidas y expresadas. En una familia que se comunica saludablemente, sus miembros se reconocen mutuamente cuando hablan y escuchan”, explica.
Otro rasgo a considerar es la capacidad de resolver problemas en conjunto. Esto requiere tolerancia para disentir abiertamente y habilidades para acordar soluciones. Cuando en la convivencia de la familia hay amor incondicional junto con la disposición a conversar sobre las pequeñas cosas diarias de la vida, la capacidad para resolver problemas se acrecienta. Por el contrario, cuando el amor no se vive ni se expresa y cuando hay dificultades para dialogar, la ira, la frustración y el desánimo pueden bloquear la capacidad de la familia para resolver los problemas diarios y los relacionados con las crisis.
“Aunque la expresión de afecto no puede medirse y pesarse objetivamente, está muy presente en las familias saludables que dan y reciben afecto con libertad y regularidad. El amor suele expresarse tanto en palabras como en hechos, y ambas formas de expresión son necesarias y deben ser coherentes, es decir, no contradecirse sino reforzarse mutuamente. Nunca será demasiado decir a un hijo o a un cónyuge que se le ama y demostrárselo con caricias y detalles”, expresa Maldonado.
En las familias saludables se da afecto en forma incondicional, solo por el hecho de ser parte de la familia. Eso no quiere decir que no se ejerza la disciplina cuando alguien comete una falta, sino que intencionalmente se preserva el ser de las personas y la disciplina se enfoca en las conductas. En las familias donde fluye el afecto en forma regular puede notarse energía, espontaneidad, alegría y optimismo.
Finalmente dice que debe haber un clima propicio para el crecimiento, donde se crea una atmósfera en la que las personas se gustan unas a otras y se divierten juntas. Por el contrario, las familias disfuncionales demuestran menos espontaneidad y menos energía, y un tono deprimido o desesperanzado parece invadir sus interacciones y limitar el desarrollo del carácter.
En resumen, valores como el amor, la fidelidad, el respeto, el compromiso, el servicio, la comunicación, la búsqueda del bien común y la obediencia a los principios de La Palabra de Dios, siguen siendo los pilares de la familia sana, estable y que procura alcanzar ese ideal que estuvo en el corazón de Dios al crearla.
Los desafío de la Iglesia
Es indudable que estos principios solo pueden ser aprendidos en el contexto de la familia de Dios. Es en la Iglesia donde se debería vivir y enseñar a ser familia, a través de la transmisión de los valores que Cristo nos ha dejado.
Como apunta María Elena Mamarián: “Después de la belleza de Génesis uno y dos, vino un Génesis tres donde irrumpe toda la tragedia del individualismo, los desencuentros y los celos que destruyen el plan amoroso de Dios. Pero Jesús vino para restaurar todas las cosas, y eso incluye los vínculos familiares. Por eso es muy saludable pensar juntos y generar herramientas que nos permitan conformar familias más sanas, procurar ser mejores padres, no equivocarnos tanto, qué hacer si nos equivocamos, cómo criar a nuestros hijos y tener relaciones estables, aunque a veces estemos lejos de un modelo planteado como ideal”.
Hay para la Iglesia de hoy una agenda de trabajo de la que no podemos desentendernos. Declara Isaías 58:12: “Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas, los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar”. En la versión popular lo dice de esta manera: “Serán restauradores de casas en ruinas”.
Si hay algo que nos debe distinguir como Cuerpo de Cristo es reconstruir “hogares en ruinas”. El mandato de Jesús de “ir y hacer discípulos” hoy se contextualiza con “ir y hacer familias discípulas”, porque no somos individuos aislados; formamos parte de una familia, y si aprendemos a ser buenos esposos, buenos padres e hijos respetables, seremos buenos ciudadanos.
¿Cómo restaurar hogares tan alejados de lo que Dios quiere? Restaurando el valor de la unidad familiar más allá de cómo este compuesta, sanando las heridas producidas por tantas relaciones enfermas y guiando a la familia al orden establecido por Dios, donde los principios y los roles sean adoptados por quienes cumplen de papá o de mamá. Los desafíos pasan por:
1- Restaurar el altar en cada hogar: Recuperar el tiempo de oración en familia. Hoy ese altar es desplazado por un sinnúmero de compromisos, las actividades y las distracciones que nos roban todo el tiempo. Si no lo ponemos como una prioridad en nuestra familia, en poco tiempo vamos a ver las consecuencias. Debemos orar a Dios pidiéndole que nos enseñe “de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:12). El escritor A. Tozer afirmó: “La vida es un ensayo corto y febril para un concierto al que no podemos asistir”. Nuestro tiempo es limitado, y debemos decidir qué haremos y qué no haremos para educar a nuestros hijos de la mejor manera, “en amorosa disciplina cristiana, mediante sugerencias y consejos piadosos”(Efesios 6:4).
2- Restaurar los valores que identifican a una familia cristiana: El hogar actual determina el mundo del mañana. La influencia del ambiente familiar, lo que en él se cree y se practica modela para bien o para mal a cada uno de sus miembros, y en especial a los hijos. Es necesario fortalecer:
El sacerdocio del hombre: Como cabeza, con Cristo como modelo, el varón debería ser el primero en comprometerse a orar y buscar a Dios. Quien asume la responsabilidad de proteger y velar por su familia, de ser ejemplo en santidad y en servicio. Debería ser quien guíe el hogar en el propósito de Dios. Para alcanzar este desafío debe apelar al poder del Espíritu Santo.
El acompañamiento activo de su esposa: Primero honrando y obedeciendo a su esposo. Luego, siguiendo de cerca la formación espiritual de sus hijos. Como promedio, nuestros hijos pasan el 1% de su tiempo en la iglesia, el 16% en la escuela y el restante 83% en el hogar o cerca de él, y las madres cumple un rol fundamental con ellos. Y por supuesto, poniendo el hombro cuando haga falta para proveer lo necesario a la familia, saliendo al mundo laboral.
Una actitud de discípulo en los hijos: Reconociendo que tienen mucho por aprender, que deben honrar a sus padres, y que tienen que adquirir hábitos de santidad, de esfuerzo y de responsabilidad.
3- Restaurar el servicio de la familia en el reino de Dios: La familia para sentirse realizada y plena debe involucrase en el plan de Dios. Ser parte de su proyecto; porque Dios no llama a individuos, Dios llama a la familia. Los tiempos y las prioridades de todos deberían pasar por servir a Dios, llevando amor, esperanza y referencia a otras familias necesitadas.



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