viernes, 26 de abril de 2013

EL LÍDER CRISTIANO Oscar Gómez




ü La esfera de autoridad del líder.

El líder cristiano ejerce autoridad espiritual siendo ejemplo de los hermanos, en la comunicación de las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles, en la vigilancia de su cumplimiento, y en la toma de decisiones sobre la marcha de la iglesia. La sujeción siempre trae como fruto paz, orden, armonía en el cuerpo de Cristo, edificación, formación de vidas, capacidad de extensión, unidad, salud dentro de la iglesia y protección espiritual.
Todo aquel que ejerce autoridad espiritual lo hace en el nombre de Cristo, es decir que lo hace en el espíritu de Cristo y de parte de Cristo. Por lo tanto, no debe dejarse guiar por sus propias opiniones, sino por la voluntad de Dios.
Atribuir a Dios nuestro propio parecer es una ofensa grave y causa mucho daño a otras personas.

ü Jesús, el líder modelo

Cristo, es un ejemplo de líder para la iglesia. El ejerció autoridad sobre ellos sin ser coercitivo. A través de sus enseñanzas intentó formarlos para que pudieran desarrollar buen criterio y dominio propio. Una parte importante en la tarea de hacer discípulos es ayudar a los hermanos a desarrollar buen criterio, a fin de que se capaciten para evaluar, juzgar las circunstancias y situaciones específicas adoptando una decisión o conducta adecuada.


             Jesús les exigió obediencia a sus discípulos.

Jesús, como líder espiritual, no les pidió que fueran inteligentes, pero tenían que ser fieles y leales. Esto se convirtió en la característica que los distinguía.

Nadie sigue a una persona en la que no confía, ni da con sinceridad el paso de fe a no ser que esté dispuesto a obedecer lo que el líder dice.

Seguir a Jesús pareció fácil al principio porque no lo habían seguido muy lejos, al cabo de un tiempo se dieron cuenta que ser discípulo de Cristo implicaba más que una aceptación gozosa y una experiencia emocional, nadie podía seguir a Jesús a menos que se separara definitivamente del mundo. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:33).
Obedecer es aprender. La obediencia a Cristo fue el vehículo por el cual los que lo acompañaban fueron aprendiendo cada vez más. Jesús no urgió a sus discípulos a que se comprometieran con una doctrina, sino a una persona que era doctrina, él mismo. La obediencia fue la prueba del amor de ellos hacia su líder.

ü Reconocimiento de autoridad

Este es el quid de la cuestión que estamos tratando. Nos vemos en la necesidad de decir que todo trabajo que hagamos en beneficio de la obra de Cristo, que sea genuino y duradero, será realizado por aquel líder cuyos discípulos estén dentro su esfera de autoridad y la reconozcan.
Son los hijos espirituales que demostraron interés y compromiso con los objetivos del líder los que serán útiles para la gran tarea de extensión, esto hay que tenerlo bien en claro. Pensemos por un momento quienes son los que guardan estas condiciones y aboquémonos a ellos. Sin reconocimiento de autoridad espiritual no hay verdadero desarrollo ni extensión del reino de Dios.

ü El líder y la militancia

El líder cristiano debe ser un militante y promover la militancia, motor de toda transformación, se le exige lo que no se le exige a cualquiera. Debe asumir la causa de Cristo, persistir por ella y en ella participando en la construcción de relaciones en la comunidad y empujando día a día hacia el mañana que Dios anhela de cara al cumplimiento del propósito eterno.
Si bien el tiempo siempre es presente, la materia del líder debe ser el futuro, siempre hacia adelante. La única manera de predecir el futuro es crearlo. Para crear el futuro, no basta con enunciarlo, articularlo verbalmente, para luego marchar plácidamente a casa, el futuro solo podrá cristalizarse a condición de servir al Señor, de conocer el tiempo, de reconocer y atravesar el fango por el que se transita hasta llegar a la meta.

Para el líder la preparación se torna obligación, y por eso, en su recorrido, fiel a su vocación, debe transformarse en alguien que asume en su acción todo el peso de su tiempo, en alguien que lee la realidad y actúa en consecuencia, para marchar siempre en el rumbo marcado por Dios.

La militancia es más que necesaria, es una urgencia en el líder porque lo ayuda a considerar el sentido profundo de la misión ya que constituye el corazón y la esencia misma de la acción. Debe prepararse lo mejor posible, dado que en su actuar se condensan relaciones, y de su comprensión y consecuente acción dependerá el avance o el retroceso de la obra. Se prepara para el momento en que confluyen la preparación y la oportunidad convirtiendo en realidad los sueños y las esperanzas.

ü El líder como factor de unidad

El líder  encarna el compromiso de transformar la realidad, tiene que construir, contrarrestar la tendencia a la fragmentación y disgregación de los discípulos, que es un freno al pleno despliegue de la iglesia. Construir es recomponer aquello que el enemigo tiende a disolver: los lazos y las relaciones en el cuerpo de Cristo.

Cuando discípulos o familias que permanecían dispersas logran identificarse con un liderazgo, una misma esfera de autoridad y articular en torno a él un conjunto común de prácticas, ideas y objetivos entonces hay liderazgo genuino.

El hecho de que un conjunto de personas comparta un mismo camino, no significa que todos sean idénticos. No solo cada uno posee distintas particularidades, sino que dentro de un plan espiritual cada uno desempeña un rol distinto.
El líder es aquel que representa el plan trazado y posibilita así su articulación y realización, produce unidad en un contexto de dispersión. Aquí su autoridad deviene del reconocimiento de sus acciones y palabras.
En su carácter de líder, nunca en lo que dice o hace se refiere a él como individuo, sino al grupo que representa en su conjunto. Su liderazgo no tiene que ver con  individuos aislados, sino con un grupo y un plan en común.
Antes del líder no hay unidad, es él quién la produce  generando nuevas relaciones por la obra del Espíritu de Santo. Aquí hacemos referencia a un líder solo, pero es posible —y existen numerosos ejemplos— de grupos liderados por un conjunto de obreros (pluralidad). En este punto lo decisivo no es tanto el número, sino que sean, trabajen y sean vistos como una unidad, de otro modo será contraproducente, es decir si hay disensión y división el plan se aborta y el reino se detiene ya que los discípulos no saben hacia donde deben ir ni a quién hacerle caso.
El líder recompone los lazos hermanables y traza objetivos de crecimiento y extensión.
(Nota: En todos los casos nos referimos “plan” en singular, dado que debemos tener un solo plan y avanzar hacia él, tener muchos planes y cambiarlos periódicamente no nos conduce a nada, al cabo de unos años veremos la falta de frutos y de dirección)
El liderazgo presenta dos aspectos fundamentales e interrelacionados: la hegemonía y la legitimidad.
La hegemonía es autoridad reconocida, esfera o ámbito de autoridad. Esta definición no tiene nada que ver con autoritarismo, coerción o imposición. Es una relación basada en el amor de Cristo, en el reconocimiento y en servicio de unos a otros, siendo el líder el principal servidor, No se obedece al líder por temor, sino porque se reconoce su autoridad para conducir a los hermanos.
La legitimidad significa que el líder está autorizado, legitimado para dirigir porque también está bajo autoridad, no es una persona que se auto-nombró o auto-designó. La legitimidad es la base en la que se apoya su autoridad espiritual.

No hay líder sin seguidores, pero tampoco hay unidad sin un punto de referencia hegemónico, es decir sin liderazgo.

Sintetizando, un líder cristiano no refiere como usualmente se interpreta a aquel que piensa por nosotros y viene a resolver todos nuestros problemas. El liderazgo (que puede ser un obrero, un grupo o una organización), es ante todo un proceso de construcción “colectiva” del reino de Dios que permite articular a un conjunto de personas que por sí solos se encontraban aislados en el marco del propósito eterno de Dios
¿Qué entendemos por esto último? El líder espiritual debe lograr plasmar una causa común en función de la cual luchar, impulsa la tendencia hacia ese objetivo y lo hace posible.
Liderar en tiempos de fragmentación es todo un reto, su tarea debe ser generar unidad; así como la carnalidad y el diablo desunen, el liderazgo une; los enemigos restan y desarticulan, el líder suma e integra siendo su objetivo central encauzar a los hermanos en la misión.

El liderazgo no es producto de la unidad, sino que es liderazgo justamente porque la crea, desarrolla sensibilidad espiritual, pasión por Cristo y su obra, también acciones y prácticas concretas. Lleva a comprender la causa de Cristo como única instancia de transformación y a creer en Jesucristo como factor de cambio radical de las personas.

Por estas razones el líder emerge como representante de ese cuerpo articulado, estableciendo una relación de mutua dependencia entre obreros, ya que no hay liderazgo sin un conjunto de discípulos ni tampoco discípulos que extienden el reino sin liderazgo.
Este conjunto de discípulos no delega su voluntad en el líder, por el contrario lo condiciona, lo evalúa, le exige periódica rendición de cuentas, aporta sus reflexiones en el marco de un debatir y un actuar en el ámbito del cuerpo de Cristo, la iglesia.

ü La gran tarea del liderazgo

En una época en la que las personas tienden a separarse, aún dentro del pueblo de Cristo se vislumbra un estilo de vida individualista ¿cómo es posible reunirlas bajo un mismo liderazgo y un mismo plan? ¿Cuáles son las operaciones espirituales que dan lugar a tal unidad? Es, justamente, la tarea de liderazgo la que permite realizar esta tarea de unificación. Por tanto la gran tarea del líder cristiano consiste en la articulación de un plan, la reunión de discípulos que de por sí permanecían dispersos, en torno a un conjunto de prácticas, ideas y objetivos en común. No existe líder sin seguidores.







miércoles, 24 de abril de 2013

EL MAESTRO Y SU PLAN Robert Coleman





La vida tiene un plan:

¿Cuál es el plan de su vida? 

Todo el mundo tiene que vivir de acuerdo con algún plan. El plan es el organizador en torno al cual se persigue el objetivo de la vida. No podemos estar conscientes del plan en cada una de nuestras acciones, ni siquiera quizá saber que tenemos un plan, pero, con todo, nuestras acciones no dejan de manifestar una especie de pauta básica. 
Cuando nos ponemos a tratar de descubrir nuestro objetivo y ver qué hacemos para conseguirlo, lo que descubrimos quizá no sea del todo satisfactorio. Pero una evaluación sincera debería hacernos procurar más por el llamamiento recibido, por lo menos en el caso de la persona que cree que el camino de Jesús es la norma según la cual todas las acciones deberían examinarse. 
Quizá haya que modificar algunos planes propios que queremos mucho, o quizá haya que abandonarlos por completo. También puede resultar angustiosa la adaptación de la congregación a la idea del ministerio que el Maestro nos ha dejado. Es más que probable que todo nuestro concepto del éxito tendrá que ser reevaluado. Sin embargo, los principios de Jesúsdeberían entenderse como guía para la acción. Sólo cuando se aplican a la obra diaria de la vida tienen significado.

Los métodos variarán: 

 Todos nosotros deberíamos, pues, buscar alguna forma de incorporar la sabiduría de la estrategia de Jesús a nuestro método preferido de evangelización. No todos querrán adoptar el mismo ritual u organización, ni tampoco deberíamos querer que todos se ajusten a un mismo molde. El universo es variado en su misma estructura, y cualquier método que Dios quiera usar es bueno, si bien esto no excluye la posibilidad de mejoría en nuestra forma de utilizarlo. 
El Maestro nos da un esquema a seguir, pero espera que elaboremos los detalles según las circunstancias locales. Esto exige poner en juego todos los recursos disponibles. Enfoques nuevos y valientes tendrán que ser puestos a prueba a medida que las situaciones cambien, y no todo lo que se experimente servirá. El que no quiere equivocarse en la búsqueda de formas nuevas de llevar a cabo la obra nunca comenzará, ni progresará tampoco mucho el que tenga miedo de probar una y otra vez. 

Los hombres son primero: 

Pero cualquiera que sea la forma especifica que adopte nuestro método, la vida de Jesús nos enseña que encontrar y preparar a hombres para que ganen a otros hombres ocupa el primer puesto. Las multitudes no pueden conocer el evangelio a no ser que tengan un testigo vivo. Darles sólo una explicación no bastará. 
Las masas desorientadas del mundo deben tener una demostración de qué creer, deben tener a un hombre que en medio de ellos les diga, “seguidme, yo conozco el camino”. En esto, pues, deben centrarse todos los nuestros planes. Por espiritual que fuera nuestro enfoque, la importancia duradera de todo lo que hagamos dependerá de lo bien que se cumpla esta misión. 
Con todo, debemos darnos cuenta de que la clase de hombres que Cristo necesita no se consigue por casualidad. Para ello se necesitan planificación premeditada y esfuerzo concentrado. Sí queremos preparar hombres, debemos trabajar para ellos. Debemos buscarlos. Debemos ganarlos. Sobre todo debemos orar por ellos. 
Algunos ya están ocupando puestos importantes en la iglesia. Otros todavía están entre aquellos que esperan recibir la invitación para llegar a Cristo. Pero dondequiera que estén, han de ser ganados y preparados para que lleguen a ser discípulos eficaces de nuestro Señor. 

Comenzar con pocos: 

No deberíamos esperar comenzar con muchos, ni deberíamos desearlo. Las obras mejores siempre se comienzan con pocos. Es mejor dedicar más o menos un año a uno o dos hombres que aprendan qué significa conquistar para Cristo, que pasar toda la vida con una congregación que se limite a hacer que camine el programa. No importa lo pequeño o desfavorable que sea el comienzo; lo que cuenta es que aquellos a los que damos preferencia en nuestra vida aprendan a entregarse. 

Permanecer juntos: 

La única forma realista de conseguir esto es estando juntos. Si nuestros seguidores han de ver en nosotros lo que van a ser, debemos estar con ellos, Esta es la esencia del plan: dejar que nos vean en acción, de modo que perciban nuestra visión y vean qué relación tiene con la experiencia diaria. De este modo, la evangelización se convierte para ellos en algo íntimo y práctico que se extiende a todo lo demás. Se ve como una forma de vida, no como dogma teológico. 

Darles tiempo: 

Un plan como este, desde luego, toma tiempo. Todo lo que vale la pena demanda tiempo. Pero con un poco de previsión podemos planear hacer muchas cosas juntos que, de todos modos, tendríamos que hacer: visitar, ir a reuniones tomar recreos e incluso compartir el momento devocional. De este modo, el tiempo que toma el estar juntos no tiene por qué ser abrumador. 
Asimismo, si estamos al tanto, nuestros discípulos podrían estar con nosotros la mayor parte del tiempo mientras servimos a otros y, de ayudándonos en nuestras obras de mayor alcance. 

Reuniones de grupo: 

Sin embargo, a fin de dar algo de estabilidad a este sistema, quizá sea necesario preparar momentos especiales en que el grupo, o parte del mismo, pueda reunirse con nosotros. Durante estas reuniones informales podemos estudiar la Biblia, orar, y en general compartir unos con otros nuestras preocupaciones y deseos más hondos. No es necesario propalar lo que se hace, ni siquiera al principio decirle al grupo cuál es nuestro plan, sino basta dejar que las reuniones vayan tomando forma según la necesidad común de compartir. 
El grupo, a su vez, puede elaborar su propia disciplina dentro del cuadro general de la iglesia. Esta idea del grupo actualmente se está volviendo a descubrir en muchos lugares. Como tal, probablemente represente una de las señales más esperanzadoras de avivamiento en el horizonte actual. En todas las esferas de la vida y en toda clase de ambiente eclesiástico están surgiendo pequeños organismos espirituales, algunos de ellos todavía en busca de dirección algunos fuera de órbita, pero en conjunto, este hecho manifiesta un anhelo profundo en el corazón del hombre por las realidades de la experiencia cristiana. Como no están ligados por la tradición, ni hay normas fijas impuestas desde afuera, es natural que estas células tomen formas y enfoques muy diferentes; pero el principio de comunicación íntima y de disciplina dentro del grupo es común a la mayoría. Es este principio básico el que hace que este método lleve al crecimiento, y por esta razón todos nosotros haríamos bien en utilizarlo en nuestro ministerio con los hombres. 
“Creo que una de las primeras cosas que se debería hacer es conseguirse un pequeño grupo de ocho, diez, o doce hombres que se reunieran con un líder todas las semanas y pagaran el precio. Les costaría algo en función de tiempo y esfuerzo. Compartirla con ellos por el tiempo que sea necesario. Entonces se tendría a doce ministros entre los laicos quienes a su vez podrían tomar otros, diez o doce más para enseñarles. Cristo, sentó el precedente. Pasó la mayor parto del tiempo con doce hombres. No dedicó mucho tiempo a las multitudes. De hecho, cada vez que se encontró con una gran multitud, me parece que los resultados no fueron muchos. Los grandes resultados, creo, vinieron de sus contactos personales y del tiempo que dedicó a los doce.” 

Esperar algo de ellos: 

Pero no basta solamente vincular a ciertas personas a algún grupo del que la iglesia no es más que su expresión más extensa. Se les debe dar la oportunidad de expresar lo que han aprendido. De no ser así, el grupo puede estancarse en autocomplacencía, y con el tiempo fosilizarse en una simple sociedad de admiración mutua. Debemos tener bien claro nuestro propósito. Los momentos en que nos apartamos del mundo no son para aislarnos de los conflictos, sino sólo una maniobra estratégica para adquirir más fuerza para el ataque. 
Nuestra responsabilidad, pues, es procurar que los que estén con nosotros tengan algo que hacer que les exija utilizar sus mejores recursos. Todo el mundo sabe hacer algo. Las primeras responsabilidades podrían ser tareas normales, rutinarias, como enviar cartas, ocuparse de preparar el local para reuniones, hacerse responsables de organizar una reunión en su casa. Pero poco a poco estas responsabilidades pueden aumentarse a medida que vayan aprendiendo más. 
Los que tienen el don de enseñar lo podrían utilizar en la escuela sabática. Al cabo de un tiempo se les podría asignarles algún trabajo pastoral adecuado para su capacidad. Casi la mayoría puede visitar a los enfermos. A algunos se les podría estimular para que acepten invitaciones para hablar en público o predicar en iglesias vecinas. Y, desde luego todos necesitan que se les dé algún trabajo especifico de evangelización personal. 
Probablemente no haya contribución más esencial al ministerio de la iglesia que la que se haga en el campo de la consolidación de los nuevos cristianos. En esto los lideres pueden representar un papel indispensable del ministerio, reuniéndose con los que son todavía niños en Cristo y guiándolos en la misma disciplina y forma en que a ellos se les enseñó. Aquellos a los que queremos preparar para esta labor se convierten, pues, en la clave para la conservación de los esfuerzos evangelizadores de la iglesia, y en la garantía de un alcance cada vez mayor. 

Mantenerlos en movimiento 

Todo esto va a requerir mucha supervisión, tanto en el desarrollo personal de estos hombres como en su obra con los demás. Deberemos acostumbrarnos a reuniones con ellos para escuchar cómo van las cosas. Esto significará buscarlos donde estén o aconsejarlos mientras nos acompañen en otras actividades. Las preguntas que se hayan planteado durante sus experiencias deben contestarse mientras las circunstancias que produjeron el problema están todavía frescas en su memoria. Las actitudes y reacciones carnales hay que descubrirlas pronto para atacarlas en forma decidida, al igual que los hábitos personales molestos, los prejuicios infundados, y cualquier otra cosa que sea obstáculo .para su sacerdocio con Dios y el hombre. 
Lo principal es ayudarlos a que crezcan en gracia y conocimiento. Sería prudente, prepararnos.. un programa de lo que tenemos que hacer en el curso de la preparación, y luego mantener un registro del progreso a fin de aseguramos de que no olvidamos nada. Esto es especialmente necesario en el caso de que estemos trabajando con varios al mismo tiempo, si cada uno de ellos se halla en una etapa diferente de experiencia. Necesitaremos ejercitar la paciencia, porque su desarrollo es muy probable que sea lento y con retrocesos. Pero mientras busquen sinceramente conocer la verdad y estén dispuestos a seguirla, llegarán un día a la madurez en Cristo.

Ayudarles a llevar la carga: 

Lo que quizá resulte más difícil en todo el proceso de preparaci6n es que debemos prever sus problemas y prepararlos para lo que les espera. Esto es muy difícil de hacer, y puede llegar a ser exasperante Significa que muy raras veces podemos dejar de pensar en ellos. Incluso cuando estemos en meditación y estudio privados, nuestros discípulos seguirán presentes en nuestras oraciones y sueños. Pero ¿acaso el padre que ama a su hijo querría que no fuera así? Hemos de aceptar la carga de su inmadurez hasta que sean capaces de hacer las cosas por si mismos. Dar por sentado, al menos en las primeras etapas de su desarrollo, que se pueden valer por completo por si mismos, sea lo que fuere que se presente, es abrir la puerta al desastre. 
Debemos ser razonables. Como custodios y consejeros suyos somos responsables de enseñar a nuestros hijos espirituales cómo vivir para el Maestro.

Dejarlos a su propia iniciativa: 

Todo debería conducir a estos elegidos al día en que sumirán por sí mismos un ministerio en su propia esfera de influencia. A medida que se acerque ese tiempo, cada uno de ellos debería estar más y más adelantado en el programa de preparación para aquellos que ganó para Cristo por medio de su testimonio o que le han sido asignados en la obra de consolidación. Nuestra estrategia, pues, sin que ellos lo sepan, se habrá ya infundido en su practica. Sin embargo, para que no queden confusiones, antes de suspender nuestra supervisión deberíamos explicarles con claridad cuál ha sido nuestro plan desde el comienzo. Necesitan tenerlo bien presente a fin de que puedan evaluar sus vidas. 

Sobre todo experiencia espiritual: 

Lo crucial, desde luego es su propia experiencia espiritual. Antes de que salgan de nuestra esfera de influencia necesitan estar sólidamente basados en la fe que triunfa sobre el mundo. El diablo, con la ayuda de todos los demonios del infierno, tratará de derrotarlos por todos los medios arteros en su mano. El mundo a1 que van está bajo su Influencia. Será una batalla constante. Cada pulgada de progreso tendrá que ser ganada con esfuerzo, porque el enemigo nunca se rendirá. Sólo la plenitud del Espíritu de Cristo bastará para salir airosos. A no ser que vivan en comunión con é1 y salgan armados de su pureza y poder, es muy fácil que se vean dominados por las fuerzas confabuladas contra ellos, y entonces todo nuestro trabajo acabará en la nada. 
Todo lo que hemos hecho, pues, depende de la fidelidad de estos hombres. No importa cuántos reclutemos para la causa, sino cuántos conquisten ellos para Cristo. Por esto hemos insistido todo el tiempo en la calidad de vida. Si conseguimos la calidad adecuada do liderazgo, lo demás seguirá; si no la conseguimos, nada habrá en lo demás que valga la pena seguir. 

El precio del triunfo es elevado: 

Expectativas tan altas son costosas, claro está. Es probable que muchos de aquellos con los que comenzamos pensarán que es demasiado y se perderán por el camino. Es mejor que nos demos cuenta de ello desde ahora. El servicio cristiano es exigente, y si los hombres le han de servir en algo a Dios, deben aprender a buscar primero el reino. 
Sí, habrá desengaños. Pero para aquellos que salgan adelante más allá de todo cálculo, para proyectar nuestra vida en los campos listos para la cosecha, habrá un gozo cada vez mayor a medida que el tiempo vaya pasando. No vivimos sobre todo para el presente. Nuestra satisfacción radica en saber que en generaciones venideras nuestro testimonio de Cristo todavía dará fruto por medio de ellos en un ámbito cada vez más amplio de reproducción, hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos.

¿Es ésta nuestra visión? 

El mundo busca desesperadamente a quién seguir. Que seguirán a alguien es seguro, pero ¿será alguien que conoce el camino de Cristo, o alguien como ellos mismos que lo conduzca a tinieblas cada vez mayores? 
Este es el problema decisivo de nuestro plan de vida. La importancia de todo lo que hacemos espera su veredicto y, a su vez, el destino de las multitudes está sobre la balanza.

martes, 23 de abril de 2013

"...DE REUNIR TODAS LAS COSAS EN CRISTO" Rubén Chacón





“Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir (anakefalaiosasthai) todas las cosas en Cristo…”


Anakefalaiosasthai

Esta palabra que parece un trabalenguas, es el verbo griego que aparece en la carta de Pablo a los efesios en el 1:10 y que se traduce como “reunir” en la Biblia Reina-Valera 1960 y 1995.

“Anakefalaiosasthai” es la palabra clave en la carta a la hora de entender el misterio de la voluntad de Dios: “Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir (anakefalaiosasthai) todas las cosas en Cristo…”. El Interlineal prefiere traducir como “recapitular” y otras versiones como “resumir”.
Lo que pasa con el término “anakefalaiosasthai” es que su significado no puede ser contenido en una sola palabra. Tanto “reunir” como “recapitular” quedan cortas a la hora de expresar su significado. Veamos. Desde el punto de vista etimológico “anakefalaiosasthai” es una palabra compuesta por la preposición “ana” y el término “kefalaion”. Esta última se deriva de la palabra griega “kefalé” que significa “cabeza”. El prefijo “ana”, por su parte, describe la dirección que tiene la acción del verbo: De abajo hacia arriba. Por lo tanto, la idea central de la etimología del verbo “anakefalaiosasthai” es “poner por cabeza” o “levantar como cabeza”. En definitiva, “anakefalaiosasthai” es de aquellos términos que es mejor traducir con una frase que con una sola palabra. De hecho, así lo hacen las versiones más modernas: La versión “Dios llega al hombre” traduce así: “Y este designio consiste en que Dios ha querido unir bajo el mando de Cristo todas las cosas…”. La Biblia Jerusalén dice así: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza. La NVI “El camino a la luz” lo dice de la siguiente manera: para unirtodas las cosas en el cielo y en la tierra bajo una cabeza, Cristo”.

Pero, ¿Qué significa que todas las cosas tengan a Cristo por cabeza? A la luz de la revelación que aporta la carta de Pablo a los Colosenses, escrita en el mismo tiempo y paralela a la carta a los Efesios, podemos entender aún más cabalmente el significado de la palabra “anakefalaiosasthai”. 

En efecto, para el apóstol Pablo el propósito de Dios no consiste solamente en que todas las cosas queden bajo la autoridad de Cristo, sino que, de manera más gloriosa todavía, Cristo sea el todo y en todos (Col. 3:11). En otras palabras, “reunir todas las cosas en Cristo” significa en su sentido pleno que “todas las cosas” finalmente llegarán a ser Cristo para la iglesia. 

El apóstol Pedro en su segunda carta dice que todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder” (1:3). Luego, menciona, en una especie de escala de crecimiento, algunas de estas cosas: Fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor (1:5-7). Pues bien, según Pablo, el propósito de Dios es que todas estas cosas lleguen a ser finalmente para la iglesia, no cosas o dones de Cristo, sino Cristo mismo. La fe no es una cosa, sino una Persona: Cristo; Él, es nuestra virtud, conocimiento, paciencia, etc. Él es el todo del hombre; él es “todas las cosas” para su iglesia (Juan 14:6; 11:25; 6:35; 8:12; 1Co. 1:30; Col. 3:4; 1Tm. 1:1). Este era el misterio de su voluntad.

Desde esta perspectiva, los verbos “recapitular” y “resumir” se pueden aceptar si se entienden de la siguiente manera: Lo que Pablo quiere decir con la palabra “anakefalaiosasthai” es que Dios se había propuesto que todas las cosas en el cielo y en la tierra, se “sinteticen” y se “resuman” en una persona, Cristo. “Todas las cosas”, resumidas en una sola palabra, son Cristo. Él es la suma de todas las cosas. Amén.

lunes, 22 de abril de 2013

LA FE DE LOS HUMANISTAS Francis A. Schaeffer





¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?
Porque vosotros sois el templo del Dios viviente…

                                                                                  2 Corintios 6,16

 Dos columnas

Dos columnas distinguían a la Iglesia cristiana primitiva de cualquier otro sistema religioso.
La primera concernía al fundamental problema de la autoridad. En dicha Iglesia sólo existía una autoridad final: la Biblia, la Sagrada Escritura. Esto se desprende claramente de la enseñanza de Jesús, de Pablo y de la totalidad del Nuevo Testamento. Entre los lectores del presente tratado, muchos creerán que la Iglesia primitiva estaba en lo cierto sustentando este concepto de la Escritura; pero incluso quien no lo comparta debería comprender que tal fue su concepto para así entender intelectualmente a la misma.
Los primeros cristianos creían que la Sagrada Escritura les daba autoridad externa al ámbito del relativista, mutable, limitado pensamiento humano. Así, con esta visión de la Palabra tenían lo que consideraban una autoridad no humanista.

La otra columna de la Iglesia primitiva que la diferenciaba de todos los demás sistemas religiosos era su respuesta a la pregunta: ¿Cómo allegarse a Dios? Si Dios existe y es santo, perfectamente santo, vivimos en un universo moral. Si Dios no existe o si es amoral o imperfecto, vivimos al fin en un universo relativo en cuanto a la moral. Por otra parte, si Dios es perfecto, y mantiene su total perfección, entonces, como es obvio que ningún hombre es moralmente perfecto, todos ellos estarán condenados. Lo único que resolvería este dilema, verdaderamente básico, acerca de su el universo es moral o amoral, sería la enseñanza de la Biblia y la Iglesia primitiva. Tal enseñanza fue que Dios nunca hace descender el nivel de sus normas, que exige perfección y que por tanto es completamente moral; pero que en el amor de Dios vino Jesucristo como Salvador, y llevó a cabo una obra infinita y definitiva en la cruz, de manera que el hombre ya puede acercarse al Dios totalmente santo y perfecto, apoyado en esta obra perfecta y consumada, por la fe y sin obras humanas relativas. Estamos tan acostumbrados a hablar de esto dentro de un contexto religioso, que olvidamos las implicaciones intelectuales. Diremos de nuevo que, tanto si se cree lo que la primitiva Iglesia y la Biblia enseñaron, como si no se cree, debe entenderse este punto que estamos tratando, o no se podrá comprender a tal Iglesia ni su carácter distintivo.
Una vez se enseña la exigencia por parte de Dios de perfección total, se mantiene la existencia de un universo moral; y al enseñar la obra perfecta del Salvador, se sigue que no necesariamente se condenan todos los hombres. Así, cualquier elemento humanista y egoísta es destruido. Incluso, si el cristianismo no fuese verdad, y nosotros creemos que sí, ésta sería una respuesta titánica; jamás ningún otro sistema —ya religioso, ya filosófico—ha dado respuesta semejante.

Así pues, las dos columnas distintivas de la primitiva Iglesia eran un combinado y completo golpe para el humanismo. La autoridad quedaba fuera de la mutable jurisdicción humana, y así el acceso personal de cada individuo al Dios enteramente santo se basaba, no en los relativos actos morales o religiosos del hombre, sino en la absoluta y definitiva obra y por ser Él Dios, infinita) de Jesucristo. Todo esto hacía que el hombre fuera arrancado del centro del universo donde había intentado situarse a sí mismo cuando se rebeló contra Dios en la histórica caída en el Edén, y destruía al humanismo atacándolo en el mismísimo corazón.

Un cambio

Un cambio acaeció en tiempos del emperador Constantino. Éste hizo la paz con la Iglesia, pero empezó a entrometerse en ella. Este cambio de dirección progresó lentamente al principio, y luego con creciente velocidad. Habiendo empezado con Constantino, fue orientado en su dirección definitiva en la época de Gregorio el Grande; y no concernía a cuestiones incidentales, sino al concepto básico. Tal cambio de dirección destruyó las dos únicas columnas a que nos hemos referido más arriba. La Iglesia venía a ser el centro de la autoridad en lugar la Palabra de Dios. Aquí es reintroducido el elemento humanista.
En cuanto concierne a la segunda columna, hallamos que la salvación, en lugar de descansar solamente sobre la completa obra de Cristo —es decir, su obra consumada en el espacio y el tiempo, en la historia—, se sustenta también en las obras humanas. En el sistema católico-romano, estas obras se hallan en tres importantes ámbitos. El primero es el de la misa. No se considera ya, en la misa católico-romana, que Jesucristo acabó su obra en el espacio de tiempo histórico en que murió en la cruz, sino que se considera que Jesús está sufriendo constantemente. Él sufre de nuevo, en el sacrificio no sangriento, cada vez que se celebra una misa. Pero hay más todavía: se considera que quienes participan en la misa están ofreciendo a Cristo en sentido activo. Basta con leer el misal católico-romano para
darse cuenta de la fuerza de esto. Cristo es ofrecido por el oficiante, pero quien participa de la misa participa en el ofrecimiento activo de Cristo.
Hallamos el segundo elemento humanista en el ámbito de la penitencia. Ésta es el sufrimiento en la vida actual, sea en lo religioso, sea de una manera general, para compensar la ausencia de buenas obras positivas. Así, el sufrimiento tiene valor práctico.
El tercer elemento humanista concierne al ámbito del purgatorio, en el que el valor del sufrimiento se proyecta al futuro. Se sufre hasta merecer el mérito de Cristo.
Claro está, que de esta manera de destruyen totalmente las dos columnas básicas de la Iglesia primitiva, y así encontramos en el sistema católico-romano un retorno a lo que está específicamente relacionado con los demás sistemas humanistas. Los críticos de arte
Los críticos de arte, literatura, etc., entienden estas cosas y las exponen con notable claridad. En una publicación de Skira sobre Botticelli, Giulio Carlo Argan, italiano, crítico de arte, escribe: “El hecho es, desde luego, que en los planos político y religioso había un
gran futuro para este sincretismo de arte y cultura, una vez que aquél hubo sido incorporado al programa humanista progresivamente establecido por la Iglesia después del cese del Cisma de Occidente (1378-1417), ya que ese programa facilitaba al cabo una justificación
histórica de la fe cristiana, admitiendo la Antigüedad clásica como suya y mostrándola arrogantemente como la filosofía natural del hombre, el preludio providencial a la revelación de la verdad absoluta por Jesucristo. Pero esta grandiosa, sistemática síntesis de
historia, naturaleza y fe, que iba a constituir la base ideológica del clasicismo de Rafael…”
En lo expuesto resume y explica Argan el humanismo básico de la Iglesia Católico Romana.
Nótense tres cosas:
I.— Dice que se trata de un programa humanista.
II.— Dice la justificación histórica de la fe cristiana —justificación ante quienes representan la cultura humanista circundante, ante los hombres que están fuera de la Iglesia— , fue proporcionada por una síntesis sistemática.
III.— Pone de relieve que con esta síntesis se traza una línea ininterrumpida entre la Antigüedad y la verdad revelada en Jesucristo.
Todo esto está escrito, desde luego, en una Historia del Arte, y desde el punto de vista del arte; pero lo que dice el autor es verdad de modo general. El catolicismo romano constituye un intento de síntesis entre las nociones humanistas circundantes y las no humanistas de la Escritura.
La pintura del Renacimiento hace esto sumamente claro. Rafael planeaba pintar cuatro habitaciones en el Vaticano. Pintó dos, y sus discípulos las otras dos. Una de las habitaciones pintadas por el mismo Rafael, nos proporciona una clarísima prueba de lo que describe Argan como “la base ideológica del clasicismo de Rafael”. En una pared de esta habitación pintó la Iglesia, tal como la veía en su forma católico-romana, y en la opuesta, “La escuela de Atenas”. Esto no fue por casualidad, ya que lo hizo así a propósito. Se trata
de una expresión artística del intento católico-romano de síntesis entre la filosofía humanista, y la no humanista de la Palabra de Dios.
En el tiempo en que Rafael trabajaba en el Vaticano, Miguel Angel pintaba los frescos de la Capilla Sextina. Deben considerarse dos aspectos de su obra en la misma. Primero, las pinturas del techo; luego, las de la pared del fondo.
En el abovedado techo pintó una serie de figuras colocadas dando la impresión de sostener la sección central del mismo. Estas figuras corresponden alternativamente a un hombre y una mujer. Puso el correspondiente nombre bajo todas ellas, de modo que no puede haber equívoco en cuanto a lo que estaba diciendo. Los hombres representan los profetas del Antiguo Testamento. Las mujeres, las antiguas sibilas. Pone a todos alternativamente como iguales. He aquí su manera de decir lo que decía Rafael con sus frescos en el Vaticano. En la bóveda así sostenida, hallamos la representación pictórica del cristianismo. Así, Miguel Angel entiende y expone claramente cómo en su tiempo la Iglesia Católico Romana se esforzaba en la realizar la síntesis entre el antiguo humanismo y el cristianismo bíblico.
El fresco de la pared del fondo de la Sixtina nos dice lo mismo. Representa el Juicio Final, y cuando se contempla por vez primera, se piensa que, excepto por el lugar central de María, es una escena bíblica. Pero luego se observa la existencia de una barca hacia la parte baja de la derecha, y se advierte que nos hallamos ante la barca en que los muertos eran conducidos a través de la laguna Estigia, según la mitología pagana. Uno se da cuenta entonces de que la escena no procede de la Biblia, sino del Dante, quien trabajó ya sobre la base de la mencionada síntesis.

El más importante teólogo

El más importante teólogo de la Iglesia Católica Romana es Tomás de Aquino. La lectura de su Summa pone de manifiesto claramente el énfasis en la mencionada síntesis. Así, lo que venimos diciendo no es desconocido en la presentación de la misma Iglesia Católico Romana. Tanto en su arte como en su teología, el catolicismo romano está edificado específica y centralmente sobre el intento de síntesis entre los pensamientos humanista y bíblico.
Este elemento humanista del catolicismo romano explica el desarrollo de la mariología.
María representa al mismo. Tú, hombre, individualmente no alcanzas la victoria, pero María sí, María ha vencido. Y de este modo tenemos un triunfo vicario del hombre. Del mismo modo, los santos católico-romanos representan también a una vicaria, victoriosa humanidad. El hombre ha triunfado.
Siguiendo el actual énfasis común, que intenta borrar las diferencias entre las diversas religiones, se dice a menudo, incluso por evangélicos, pero afectados por esta tendencia, que el catolicismo romano adora al menos, con toda seguridad, al mismo Dios que la Iglesia primitiva y la Reforma. Desgraciadamente la respuesta es: no. El catolicismo romano no adora al mismo Dios. La entrada del elemento humanista en el sistema católico-romano hace que Dios sea considerado como un Dios distinto al representado en la Biblia.
El Dios bíblico es enteramente santo. El no puede aceptar ni la menor imperfección moral.
Si el Dios totalmente santo quisiera tratar con algún hombre, después de la rebelión de éste, sobre cualquier elemento de la obra moral humana, sólo podría condenarlo. Por eso, en el sistema bíblico, Dios permanece enteramente santo, y nosotros vivimos en un universo absolutamente moral. En el sistema católico-romano, Dios no es totalmente santo, ya que acepta la imperfección. Dicho sistema afirma que somos salvos por el mérito de Jesucristo, pero introduciendo el elemento humanista, porque el hombre debe merecer el mérito de Jesucristo.
La salida definitiva del purgatorio se basa en el merecimiento. Éste se obtiene:
1) Por las buenas obras en esta vida, tanto religiosas como morales; 2) por el valor de los sufrimiento experimentados en la vida presente, que compensan lo que ha faltado en cuanto a las buenas obras; 3) por el valor del sufrimiento que se experimenta en el purgatorio, el cual compensa lo que ha faltado en los sufrimientos en la vida de la tierra. Cuando se ha alcanzado esto, se ha merecido el mérito de Cristo. Todo ello significa que el hombre ha triunfado. Pero quiere decir también que se adora a un Dios que no es completamente santo.
Desde el punto de vista bíblico todo esto es, naturalmente, trágico; pero para alcanzar una comprensión intelectual de ello, debe entenderse también que significa que el intento de conseguir una síntesis entre el humanismo y el cristianismo bíblico conduce finalmente, en realidad, a un Dios humanista, no absoluto. Con pesadumbre, pero con una finalidad definida, se debe entender y afirmar que el Dios del sistema católico-romano no es de la Sagrada Escritura. Ese Dios es imperfecto; y el universo no es, por lo tanto, absolutamente moral.

Nada nuevo

Nada nuevo enseñó ni reconoció la Reforma. Es decir, nada nuevo en referencia a la enseñanza de la Iglesia primitiva. La Reforma volvió sencillamente a las dos columnas básicas a que nos referimos más arriba. La Palabra de Dios era la única autoridad, y la salvación tenía como base única la obra definitiva del Señor Jesucristo, consumada en la cruz. Todo eso significaba la remoción de los elementos humanistas. La Reforma fue revolucionaria por cuanto se apartó tanto del humanismo católico-romano como del secular.
Para entender lo que sucedió después, hay que darse cuenta de que, hace unos 250 años, el humanismo se introdujo en Alemania, y esta vez en las iglesias que habían surgido de la Reforma misma. Esto fue el nacimiento de lo que en la actualidad se llama usualmente liberalismo o modernismo protestante. La alta crítica alemana y cuanto ha brotado de ella hasta nuestra generación, es simplemente la entrada del pensamiento humanista en la Iglesia protestante después de la Reforma, exactamente igual como, desde la época de Constantino en adelante, el humanismo entró en la corriente de la Iglesia primitiva. Nunca se enfatizará suficientemente que la alta crítica no sobrevino porque ciertos hechos le hicieran necesaria, sino porque la filosofía humanista sobrevino primero. Se aceptó en primer lugar la filosofía humanista, y luego fueron añadidos “hechos” que parecían poder proveer una base conforme a la perspectiva humanista. La alta crítica no fue la causa, sino el resultado. Los teólogos protestantes de dicha época permitieron la entrada del concepto humanista en la Iglesia protestante. Las dos columnas básicas no humanistas de la Iglesia fueron destruidas de nuevo. Lo que debemos entender ahora es que, en nuestra propia generación, tanto el humanismo del sistema católico-romano como el del protestantismo liberal no disminuye, sino que es cada vez más fuerte en ambos.

Tal vez la mayor revolución
Tal vez la mayor revolución de nuestra generación sea el cambio acontecido en el catolicismo romano. Algunos pueden decir que en realidad no ha cambiado, y que eso es sólo una estratagema; pero sería difícil estar completamente seguro de si efectivamente es ése el caso. El aumento de la humanista en la Iglesia Católica Romana, en nuestra generación, se muestra en dos ámbitos.
En primer lugar, es un hecho que hasta hace muy pocos años Roma había insistido en que los tres primeros capítulos del Génesis debían ser interpretados literalmente. Hoy día, cuando los científicos católico-romanos se reúnen con los seculares, esto es echado a un lado. Estos hombres de ciencia romano-católicos no son seglares, sino miembros de las diversas órdenes religiosas. Se afirma, en los círculos católico-romanos liberales actuales, que todo lo que debemos aprender de los tres primeros capítulos del Génesis es que, en el proceso evolutivo de animal a hombre, lo único que se necesitó es que Dios introdujera en cierto momento un alma racional. Esto es totalmente revolucionario en relación con lo que Roma había enseñado aun en nuestra propia generación, y significa un definido fortalecimiento de lo humanista.
En segundo lugar, Roma ha cambiado radicalmente en la cuestión de quién se salva. En el pasado, el catolicismo romano ensañaba, como todavía lo hace en España o en el sur de Italia, por ejemplo, que no había salvación posible fuera de la Iglesia Católica Romana.
Hoy en día, el énfasis recae en que todos los hombres sinceros de buena voluntad son salvos. En la Iglesia primitiva y en la Reforma se enfatizó la enseñanza bíblica de que quien no esté en la Iglesia de Cristo (quien no haya tomado a Jesucristo como Salvador) está perdido. Según el antiguo sistema católico-romano, aquellos que permanecían fuera de la organización de la Iglesia Católica Romana estaban perdidos. En ambos casos, nos encontramos con que había alguien que estaba perdido. En la nueva enseñanza católicaromana, con su acrecentado humanismo, es muy difícil saber quién está perdido; y con respecto a los círculos católico-romanos más pronunciadamente liberales, no se puede estar seguro de si alguien se pierde.
Así, nos hallamos ente el viejo humanismo, que comenzó en la época de Constantino, de la Iglesia Católica Romana, pero aumentado ahora con el humanismo del moderno católico-romano.
Debe notarse, por consiguiente, que el nuevo concepto liberal católico-romano no constituye un rompimiento absoluto con el antiguo catolicismo romano, ya que éste mismo ha sido siempre humanista. Constituye sencillamente una confluencia de las diversas
corrientes de un mismo canal. Debe notarse, también, que un hombre como Teilhard de Chardin, tan popular en Europa y América, corresponde exactamente a esta circunstancia.

Al mismo tiempo

Al mismo tiempo, el protestantismo humanista, que se inició con la irrupción de la alta crítica alemana, está moviéndose, por su parte, cada vez más en la misma dirección. Existe un notable paralelo entre lo que sucede en el campo liberal católico-romano, y lo que pasa en el protestantismo. Así como el antiguo catolicismo romano humanista se está transformando en el humanismo aun más abierto del catolicismo romano liberal, también el antiguo protestantismo liberal está desarrollando un nuevo liberalismo. Desde la aparición de la teología kierkegaardiana, es decir, la llamada neortodoxia, se utiliza más la palabra “Dios”, así como otros términos religiosos, pero significa menos. En el viejo protestantismo, las cosas eran, al menos, ciertas o falsas —en el espacio, el tiempo y la historia— , de un modo que cualquiera podía entender. En el nuevo protestantismo liberal, la vaguedad que se puede notar en las obras de Teilhard de Chardin, es igualmente aparente. Las afirmaciones del obispo Pike, de California, han de ser entendidas en este contexto teológico. Él ha llevado sencillamente el nuevo liberalismo de Kierkegaard, Barth, Brunner y Niebuhr a sus conclusiones lógicas, pero hablando en lenguaje claro exento de tecnicismos, de manera que la fuerza completa del mítico nuevo mundo religioso del liberalismo puede ser percibida por el no especialista. Bultmann y Tillich han hecho lo mismo, conduciendo el pensamiento de Kierkegaard a sus lógicas conclusiones; y en el caso de Tillich parece probable que se ha ido más adelante todavía que en el caso de Pike, pero sus obras están escritas con una terminología tan elevada que sólo los que la entienden han podido darse cuenta de la fuerza de lo dicho.

En todos estos casos, la palabra “Dios” ha venido significando cada vez menos, hasta el extremo de que uno debe preguntarse asombrado si en esa teología hay algún Dios. Ésta es exactamente la dirección que sigue el catolicismo romano humanista en su nueva forma liberal, mostrada por Teilhard de Chardin. Debemos afirmar nuevamente, esta vez refiriéndonos al protestantismo liberal, que su Dios no es el bíblico.

En el pensamiento oriental, la “justificación de la vida” es la meditación. Esto no significa que meditando se encuentre algo necesariamente, sino que la meditación como tal da a la vida humana un aparente propósito y significado. En el nuevo liberalismo se encuentra la fe, desde Kierkegaard, como un paso en las tinieblas, como la justificación de la vida. Esto está más en consonancia con la mente occidental que la meditación, porque el paso en las tinieblas incumbe a la acción y por tanto a la voluntad de sufrir por la propia acción.
Pero básicamente es lo mismo: el paso en las tinieblas deviene la justificación de la vida, y la terminología religiosa viene siendo usada cada vez más para que parezca dar un propósito a la vida. Pero nunca se está seguro de si en ella hay realmente algún significado, y la misma palabra “Dios” deviene más y más vaga, hasta desaparecer incluso la distinción entre un Dios personal o impersonal. En este punto, el catolicismo romano y el protestantismo liberal humanistas, ambos en su nueva forma, están cerca de unirse; y en términos de humanismo, ambos están relacionados con el concepto clásico griego de ideas e ideales, así como con los conceptos orientales.
Es significativo Es significativo que “El fenómeno del hombre”, obra de Teilhard de Chardin, publicada después de su muerte, muestre la impronta de esta unión. Teilhard de Chardin era jesuita.
Julian Huxley, ateo, escribió la introducción del libro. Y tanto en Europa como en América, son los protestantes liberales quienes lo recomiendan. Todo ello no es sino el desarrollo del antiguo catolicismo romano humanista deviniendo nuevo catolicismo romano liberal; y el viejo liberalismo humanista protestante moviéndose progresivamente en la misma dirección, en el liberalismo nuevo de la neortodoxia. Así, en nuestros días, la diferencia entre la Roma humanista y el nuevo protestantismo liberal, el neortodoxo, es de detalle, y no básica.

Conclusiones

Esto nos conduce a percatarnos, como primera conclusión, de que no existe una verdadera razón para que no haya un movimiento hacia la unión entre el catolicismo romano y el protestantismo liberal. Cuando el arzobispo de Canterbury visitó al Papa, dijo: “Ya no hay necesidad de estorbarnos el uno al otro. Pues si no estamos ya el uno contra el otro, estamos el uno por el otro, y así podemos ser gloriosamente libres de estar juntos por Jesucristo y por la verdadera unidad de la Iglesia. Yo digo expresamente «unidad» y no «unión», porque la unión o re-unión se basa en una reconciliación de jurisdicciones y autoridades. Pero la unidad es sólo del espíritu, y en ese espíritu... pueden entrar las iglesias fácilmente, e incluso están ya entrando en la actualidad.”
Esto es sencillamente un ejemplo de lo que hemos estado diciendo. El catolicismo romano y el nuevo protestantismo liberal descansan sobre la misma base, y no existe ninguna razón en absoluto, excepto en cuanto a detalles, para que no se unan. Cualquier concepto de verdad absoluta ha periclitado en ambos campos.
Los escritos de un hombre como el jesuita norteamericano John Courtney Murria deben entenderse en ese entramado. Él y sus colegas están instando a que los EE.UU., y también los países del Norte de Europa de tradición reformada, comiencen a desenvolverse sobre la base del concepto católico-romano de “ley natural”. Los católico-romanos instan a esto porque afirman, con bastante razón, que los EE.UU. (al igual que toda la cultura norteuropea) no tienen ya una base, o consenso, sobre el que obrar en los dominios de la moral social, del derecho, del gobierno, etc. En esto tiene razón quien piense como Murria; pero el motivo por el cual los EE.UU. y demás países mencionados no tienen ya una base o consenso para obrar, es que, habiendo renunciado a los que enseñó la Reforma, han devenido abrumadoramente humanistas, y no tienen absoluto al que referirse, o sobre el que fundamentar sus acciones.
Pero el concepto católico-romano de ley natural es igualmente humanista y sin un absoluto en relación al cual obrar. Hemos visto que el humanismo entró en el sistema católico-romano a partir de Constantino, y especialmente que el catolicismo romano liberal moderno es abrumadoramente humanista. El mismo J. C. Murria reconoce todo esto cuando dice que la noción de ley natural es precristiana, anterior ya a los antiguos griegos, y que fue Tomás de Aquino quien perfiló y pulió este concepto. Esto está específicamente
relacionado con los frescos de Rafael y Miguel Angel en el Vaticano. Forma parte del intento católico-romano para lograr la síntesis entre el pensamiento humanista y el bíblico; y en el ámbito del gobierno, el derecho y la moral social, debe finalmente dar como resultado siempre conclusiones humanistas, y por lo tanto relativas. Así por ejemplo, la revista “Time”, de fecha 12 de diciembre de 1960, tratando sobre el concepto de ley natural que sustenta John C. Murria, dice: “El criterio de lo bueno y lo malo ha de hallarse en la naturaleza del hombre; el hombre es —de manera natural— un ser social; y por eso el bien de la sociedad es el del hombre. El robo, por ejemplo, es malo porque subvierte la base de la vida social, ya que hace algún mal, en el terreno privado, a otro. Cuando hay conflicto entre la satisfacción de dos necesidades naturales, lo racional (y por eso legal) es subordinar la más baja a la más alta. Así, la autoconservación es algo bueno; pero la oposición a arriesgar la propia vida cuando lo exige el bien de la sociedad, es algo malo.”
Desde el punto de vista bíblico, el pecado es tal porque es contra Dios, no porque sea contra la sociedad. Cuando perjudicamos a uno o varios hombres es pecado, no porque les hayamos dañado, sino porque ocasionarles daño contradice a la existencia, carácter y ley de
Dios.

Así pues, el sistema bíblico no es humanista, es absoluto. Pero el sistema católico-romano es humanista y relativo, primero en su teología —incluso en su visión de Dios—, y luego en su aplicación práctica de la ley natural.

El concepto católico-romano de ley natural es parte de la “sistemática síntesis” de que habla Argan cuando trata del arte de Rafael.
En la teología católico-romana hallamos una línea ininterrumpida entre el hombre tal como fue creado, el hombre pecador, y el hombre redimido. En el pensamiento católico-romano la caída del hombre no fue realmente total; y la salvación consiste únicamente en la adición de una justicia infusa en el individuo. Esta línea ininterrumpida es la base de su concepto de ley natural. La enseñanza bíblica es radicalmente diferente: existe un rompimiento total en la caída del hombre, y otra vez lo mismo en la justificación. A causa de dicha caída, el hombre quedó verdaderamente muerto. En la justificación, éste pasa del estado de verdadera muerte al de vida real. Según la Sagrada Escritura, el hombre, después de su caída, todavía es verdaderamente “imagen” de Dios, en el sentido de que permanece como criatura moral y racional. Ser una criatura moral y racional después de la caída quiere decir, según la Biblia, tres cosas:
I.— El hombre no redimido todavía puede desear significancia porque se halla aún en el universo para el cual fue creado, es todavía moral y racional. El pintor no redimido todavía puede pintar, el que ama puede aún amar, etc.
II.— Como dice Rom 1,19-20. el hecho de que el hombre permanezca como ser moral y racional le condena, porque dentro de sí en su conciencia, y en la creación que le rodea, tiene testigos que le dicen que vivimos en un universo moral-personal y que hay un Creador. El hecho de que el hombre no redimido tenga una conciencia que le condena, está relacionado con el de que sigue siendo un ser moral. El hecho de que debiera ser capaz de pensar y saber, a causa de la creación que le rodea, que hay un Dios, está relacionado con el de que sigue siendo un ser racional. Que tenga todavía una conciencia, que siga amando, que siga anhelando y buscando la belleza, le condena, porque estas cosas le indican y deberían llevarle en una dirección exactamente opuesta a la que constituye la conclusión lógica de toda creencia no cristiana. La conclusión lógica de todas ellas es que el universo es impersonal y amoral.
III.— Que el hombre sea todavía un ser moral y racional y, por lo tanto, no una máquina, establece una situación en que puede oír el Evangelio, y empezar a reflexionar.
Pero en la caída, el hombre murió. La fuerza del existencialismo secular consiste en que reconoce y afirma que el hombre está muerto. Los existencialistas están de acuerdo con la Biblia en este básico punto. Sin embargo, ésta nos dice por qué se halla el hombre en esa condición, y nos da el remedio para la misma.

El hombre fue creado con el propósito de que amase a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y habiéndose rebelado, es culpable, y está muerto y sin propósito. Después de la caída histórica en el Edén, la culpabilidad del hombre le separa totalmente de Dios, y todas las relaciones secundarias están pervertidas —las relaciones del hombre consigo mismo, con los demás, y con la creación.

—. La noción bíblica es absolutamente diferente de la opinión de que existe una línea ininterrumpida, a través de la caída, desde la creación hasta la salvación. El hombre, en su rebelión contra Dios, ha destruído el propósito primario para el que fue creado, y por lo tanto, todas las cosas están pervertidas. De acuerdo con la noción bíblica, el hombre deviene en la salvación, sobre la base de la obra consumada de Cristo, una nueva criatura en Él, y, aunque no de modo perfecto en esta vida, pero real sin embargo, todas las relaciones secundarias ocupan así su lugar propio. En otras palabras: según la mente de la Escritura, un humanismo irregenerado no alcanza a ser humano y conducirá a lo infrahumano en todos los aspectos de la vida, incluyendo un consenso para la moral, el derecho o el punto de vista social. Así pues, edificar sobre el concepto católico-romano de ley natural, o sobre cualquier otro concepto humanista irregenerado, es construir sobre lo que conducirá a algo que está por debajo de la verdadera humanidad, y que reduce progresivamente al hombre a la condición de máquina o animal.
O, para decirlo de otro modo; siendo la Iglesia Católico Romana básicamente humanista, debe tratar siempre con lo relativo, es decir, es lo opuesto al guardián de lo Absoluto, sea en el entendimiento, sea en la moral.

En la noción bíblica, todos los elementos humanistas están eliminados. En la del catolicismo romano, todos los elementos humanistas básicos están presentes.

El hombre vive hoy en un vacío total, busca desesperadamente una base, y el catolicismo romano le está recomendando que acepte como tal su concepto de ley natural. Éste posee un atractivo especial para los intelectuales, pero cuando es examinado, se ve que no es una base absoluta en ninguna manera, y que en realidad está relacionado con todas las demás formas de humanismo que nos asedian. Existe el humanismo protestante liberal, el común norteamericano, y el más reciente, el socialista, elaborado por el polaco Adam Schaff. Este último es la nueva variedad comunista de humanismo. El humanismo católico-romano es sólo una parte de este cuadro, y no provee solución alguna —todas estas voces juntas se hallan en el ámbito de un retorno del mundo humanista gentil a lo que existía antes de Jesucristo, pero tanto más grave cuanto que sus componentes son universales.
Existe poca posibilidad de revolución, y no hay lugar a donde ir.

La segunda conclusión

La segunda conclusión es, por consiguiente, que el catolicismo romano no difiere básicamente, en cuanto al consenso de ley natural que está ofreciendo al hombre en su dilema, de las otras formas humanistas —al igual que su teología tampoco difiere en lo básico de las demás concepciones humanistas, siendo la base de todo eso el hecho de que el catolicismo romano adora a un Dios imperfecto—. Aceptar el concepto católico-romano de ley natural es vivir sin base absoluta, y eso puede acarrear tan sólo como resultado que la arbitraria voz de la iglesia venga a ser la norma, como ocurrió antes de la Reforma.
Trasladarse del vacío del pensamiento general de nuestro siglo al pensamiento católicoromano, en cuanto concierne al gobierno, el derecho, la sociedad, etc., es, finalmente, pasar sólo del vacío a otro vacío, siendo la norma la arbitraria y totalitaria voz de la iglesia.
La Iglesia primitiva y la Reforma, como hemos visto, descansaban sobre dos columnas no humanistas, y en la Reforma —cuando un número suficiente de hombres creía estas cosas—, ellas proveían una base absoluta para la sociedad, el gobierno, el derecho, etc.
Pero ahora que el mundo occidental postcristiano no cree ya en estas cosas, no existe una base, y el camino que se sigue conduce al caos, o al totalitarismo en cualquiera de sus manifestaciones. Es decir, se sigue ese camino, a menos que Jesucristo vuelva, o que de nuevo haya un número suficiente de hombres que crean y actúen en y sobre las dos columnas no humanistas tantas veces mencionadas, y detengan esa marcha.

La tercera conclusión

La tercera conclusión es que los verdaderos evangélicos debemos permanecer sobre la base de las dos columnas no humanistas sin vacilar, aunque ello signifique permanecer solos.

De otro modo, no constituiremos una ayuda real en la salvación de almas, y no seremos útiles en la oscuridad mental del siglo XX, cuando el hombre deviene progresivamente menos humano, tanto en la vida privada como en la pública, a ambos lados del Telón de Acero.
El cristianismo tiene algo que decir en el siglo XX en lo que concierne al derecho, el gobierno, la vida social, las artes, etc.; pero no puede decirlo si compromete las dos columnas no humanistas. Todo eso significa permanecer tan claramente apartado del llamamiento católico-romano hacia la ley natural, o del llamamiento de las conclusiones sociológicas neortodoxas en las personas de Brunner, Niebuhr, etc., como del humanismo socialista del comunista polaco Adam Schaff, o del humanismo popular norteamericano. Esto no puede hacerse en la carne, sino que debe ser hecho en el poder del Espíritu Santo, tomando acrecentada fuerza en el Señor conforme nuestro complejo religioso-cultural deviene cada vez más como el que circundaba a la Iglesia primitiva. Pero cualquier cosa que sea menos que lo indicado, será finalmente la negación de nuestra herencia de las dos exclusivas columnas no humanistas, y nos hará ineficaces para ayudar tanto a las personas individualmente como a la sociedad.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...