jueves, 28 de febrero de 2013

QUÉ HEMOS HECHO CON EL ESPÍRITU SANTO Marcos Moraes



    

(Traducción y transcripción adaptada de un mensaje dado por Marcos de Moraes, de una serie de mensajes en un Retiro de pastores y líderes, en Porto Alegre, junio de 2010.)

Introducción

En estos días hemos procurado hablar sobre lo que recibimos en el principio, hace 30 o 35 años atrás, atentos a aquellas cosas que Dios desea que revisemos. Mirando las cosas que entendemos y practicamos, hemos visto cómo los paradigmas dificultan mucho este caminar. Debemos estar atentos para tener una mente libre de paradigmas.

El asunto que Dios me indica para esta mañana, es un tema que yo no quería hablar. Yo decía: “Dios, no me mandes hablar de esto”. Pero tengo que hacerlo. Tengo 6 páginas aquí y voy a explicar por qué. El tema que tengo que hablar es con referencia a qué hemos hecho con el Espíritu Santo de Dios. Algunos de los puntos que mencionaré son fruto de las conversaciones con mis compañeros en los últimos años.

Vamos a tratar este asunto porque creo que está lleno de paradigmas. Lo quiero hacer con mucho cuidado, y con la paz de que estoy en medio de los hermanos. Lo que voy a decir no es con respecto a tal o cual ministerio, a esta u otra ciudad, sino que estoy hablando de cosas que noto en todos lados.

Voy a abordar tres puntos, y quiero en cada punto dejar primero bien claro lo que no estoy diciendo, para luego poder decir lo que quiero decir.

Estos tres puntos son tres equivocaciones muy visibles en nuestro medio con relación al Espíritu Santo. Estos tres errores estorban y limitan la obra del Espíritu Santo.


1º) Cuál es el lugar que el Espíritu Santo tiene en la Iglesia. Cuál es el alcance de su ministerio

Lo que no estoy diciendo:
  • que no creo en milagros;
  • que no debemos buscar los dones del Espíritu;
  • que no es necesaria la unción del Espíritu;
  • que el Espíritu Santo es una cuestión secundaria.

No es esto lo que pienso, lo que creo o lo que quiero afirmar.

Un hermano considerado como apóstol en Brasil, estaba dando apoyo a unos hermanos de EE.UU. Él quería que estos hermanos se vincularan con él. Pero no fue así. Después de un tiempo, estos hermanos pidieron relacionarse con nosotros. Entonces este hermano fue allá a hablar con los presbíteros, y les dijo: “La Iglesia de Uds. necesita la cobertura de dos ministerios”. Luego les dijo el por qué: “Ellos tienen la Palabra, y nosotros tenemos la unción del Espíritu”, refiriéndose a nuestro ministerio y al suyo respectivamente. Les aclaró diciendo: “Si Uds. reciben solo a estos hermanos, van a tener la Palabra pero se van a quedar sin la unción del Espíritu”.

Cuando yo me enteré, me quedé pensando: “¿Qué visión es esa? ¿Es posible estar lleno de la Palabra sin la unción del Espíritu?”. Enfáticamente, no. Hablan así porque piensan que la unción es otra cosa, totalmente separada de la Palabra. Esto es un grave error.

¿Cómo pueden decir que no tenemos la unción, siendo que hablo en lenguas todos los días, y hace años recibí una sanidad por el don de fe que actúa en mí? ¿Cómo pueden decir esto, siendo que hemos multiplicado discípulos en los 5 continentes? ¿Con qué poder lo hacemos? No piensen por favor que me estoy defendiendo a mí o a mis compañeros. Yo solo quiero defender la verdad, y quiero defender aquellas cosas que entiendo que tengo que decir. El primer error serio que yo veo es en relación al alcance de la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia.

Si conseguís un libro sobre el Espíritu Santo, seguramente va a hablar de milagros y de cosas sobrenaturales. Sucede que al hablar del Espíritu Santo se enfatizan los dones, los milagros y las cosas sobrenaturales, cosas visibles a los ojos.

Con este énfasis, hemos convertido al Espíritu Santo en un fabricante de espectáculos, debilitando la comprensión de su inmensa importancia. Con este énfasis, hacemos del Espíritu Santo un refugio para aquellos que aman lo sobrenatural, pero esquivan el andar en obediencia, humildad y sujeción al Cuerpo de Cristo.

Esto sucede a causa de tener paradigmas errados. Creer que cada vez que interviene el Espíritu Santo debe haber milagros y cosas sobrenaturales, es un error.

¿Cuál es la verdad acerca del Espíritu Santo? Es muy simple. Todas, absolutamente todas las cosas en la Iglesia son realizadas por el Espíritu Santo. Él está presente en todas las dimensiones de nuestra vida personal y de nuestra vida como Iglesia.

El Espíritu Santo es el agente de la Trinidad. El Padre determina, el Padre quiere exaltar al Hijo, pero el Espíritu Santo es el que “se arremanga” y lo viene a hacer. Jesús estuvo en la Tierra durante 33 años, pero el Espíritu Santo hace más de 2.000 años que se encuentra obrando en la Tierra. El Espíritu Santo está con nosotros, en nosotros, sobre nosotros.

El Espíritu Santo es nuestro Maestro, es quien nos enseña las palabras de Cristo. Es el que nos trae vida, porque es el que aplica la palabra de Cristo a nuestro corazón.

El Espíritu Santo es el que nos consuela. Todos hemos recibido consolación del Espíritu en medio de pruebas, problemas, flaquezas, frustraciones, incomprensiones, calumnias, desánimos, depresiones. En todas estas cosas somos más que vencedores porque el Espíritu Santo nos ha consolado. Si no fuera por el Espíritu Santo, ya hubiéramos desistido de este Camino hace mucho tiempo.

Es más: el Espíritu Santo es el que unge nuestros ojos, es el que nos da el conocimiento de Dios. Pablo oraba pidiendo espíritu de revelación. ¿Qué es esto? ¿Es un espíritu llamado Revelación? No, es la obra de revelación que realiza el Espíritu Santo. Jesús nos es revelado por el Espíritu Santo. Participamos de Cristo aunque no le vemos, por la obra del Espíritu: ¿Alguien sabe la altura de Jesús? ¿Cómo es su nariz? ¿Cómo puede ser que vivamos todos los días con una persona que nunca hemos visto? Esto sucede porque el Espíritu Santo hace que Jesús sea la cosa más real de nuestra vida. Debemos proclamar: “El Espíritu Santo está en mí, y me muestra a mi Señor todos los días”.

El Espíritu Santo es el mejor regalo, el mejor tesoro que podemos haber recibido. Por eso no tengo envidia de Abraham o de Moisés. Tengo lástima de ellos, pues ellos no lo tuvieron.

El Espíritu Santo no solo nos revela a Cristo, sino que trae a Cristo para que more dentro de nosotros. Cristo vive en nosotros. ¿Cómo es esto, si Él está sentado a la diestra del Padre? Por el Espíritu Santo, que trae al Padre y al Hijo para que habiten en nosotros.

Dijo Jesús a los discípulos: “El Espíritu Santo está con vosotros, y estará en vosotros”. ¿Cómo dice “está con vosotros”? Ellos no lo habían percibido, pero el Espíritu Santo había habitado con ellos durante tres años, porque el Espíritu estaba en Jesús. Al estar con Jesús, estaban con el Espíritu Santo. Cada vez que veían a Jesús, estaban en contacto con el Espíritu Santo. Dicen las Escrituras:“Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder, y cómo anduvo haciendo bienes”. Jesús nos dice que eso mismo sucederá con nosotros, pues el Espíritu estará en nosotros. También dijo: “No los voy a dejar solos, les enviaré el Consolador”. Cuando ellos entendieron esto, quedaron pasmados. Juan en su carta dice: “En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros, al enviar su Hijo al mundo, para que nosotros vivamos por medio de Él” ¿Cómo podemos vivir nosotros por medio de Jesús? Por el Espíritu Santo que habita en nosotros.

El alcance de la obra del Espíritu Santo es aún mayor. Es solo andando en el Espíritu que vamos a vencer las concupiscencias de la carne. Esto es más importante que los milagros. Entonces, ¿por qué toda vez que leemos un libro acerca del Espíritu Santo habla de dones y milagros? Debemos enfatizar el llamado a andar en el Espíritu para no satisfacer los deseos de la carne.

El Espíritu Santo hace más todavía: trae la presencia de Cristo a nuestro medio. Cuando nos unimos, Cristo está en medio nuestro, y eso es una obra del Espíritu Santo.
Es el que manifiesta los dones; más aún, es el que nos ayuda a orar, porque ni eso sabemos.

Para ser testigos, necesitamos al Espíritu Santo. Muchos apilan libros que hablan del poder sobrenatural del Espíritu Santo, pero no los veo hacer discípulos. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué cosa rara es esta?

Pero no termina ahí. Si el Espíritu Santo solamente te da poder para que te pares delante de una persona y hables, no va a pasar nada, nadie se va a convertir. También tiene que ir y convencer al sujeto de que lo que vos le estás diciendo es verdad. Él tiene que hacer todo.

No podemos imaginar ni una circunstancia en la Iglesia donde el Espíritu Santo no sea el agente poderoso y amoroso que hace las cosas.

Sin embargo, Él no quiere que pongamos la atención sobre sí. El Espíritu Santo no quiere destacarse. Su tarea, su función, es revelar a Jesús. El Espíritu Santo no quiere que pongamos nuestros ojos en Él, sino en Jesús. No hay ni un versículo en toda la Biblia que nos induzca a poner nuestros ojos en el Espíritu Santo. No obstante, hay libros dando vueltas por ahí, que están estableciendo paradigmas al respecto.

Ni siquiera en el Padre debemos poner los ojos. Al ver al Hijo, vemos al Padre. El Padre es igual al Hijo. Debemos mirar a Jesús. ¿Por qué invertir la orden de Dios? ¿Cuál es el sentido? ¿Cuál es la razón para hacer osadas aseveraciones que no están escritas en la Palabra de Dios? Hay muchos que hablan del Espíritu y de la Unción, pero nunca apuntan a Cristo. Son pobres al anunciar a Jesús. Yo me pregunto: ¿Para qué sirve esta unción?

Una unción que no está a disposición de la gloria de Cristo Jesús, no es unción.

Esto es lo que yo veo en las Escrituras.

Debemos convencernos: cuanto más nos definamos y decidamos a poner nuestros ojos en Cristo, más el Espíritu Santo va a operar en nuestras vidas.

Esto es así porque lo que más quiere el Espíritu Santo es llevarnos a amar a Cristo. Es su función principal. En el A.T. hay una analogía de lo que estamos hablando. En Gén. 24 relata que Abraham quiere una novia para Isaac. Abraham es aquí un tipo del Padre. Isaac es un tipo del Hijo. Rebeca es un tipo de la Iglesia. ¿Está cerrado el cuadro? No, falta el Espíritu Santo, que está representado por Eliezer, el siervo, el cual lleva tesoros para la familia de Rebeca, para conquistarla a ella y a los padres también. Lo hace para mostrar las riquezas de Isaac. Vemos aquí el servicio de Eliezer. Es una figura de la obra del Espíritu al servicio de la revelación de Jesús.

¡La Trinidad es maravillosa! Jesús se humilló y luego fue exaltado. El Espíritu Santo no se despojó, pero está obrando para exaltar a Cristo. Entre ellos no hay competencia. No hay disputas en el seno de la Trinidad. Cada uno cumple su función feliz, en plenitud, en gozo.


2º) Fórmulas que eliminan la dependencia del Espíritu.

Veamos primero lo que no estoy diciendo:
- no digo que Dios no dio a la Iglesia autoridad sobre las enfermedades, los espíritus malignos, etc.
- no estoy diciendo que no debemos, o que no podemos, ordenar a las enfermedades que salgan de las personas.
- no digo que la oración no deba ser revestida de fe y osadía.

Si no tienes fe y osadía para orar, ni ores, deja a otro que lo haga. Yo hago eso, no me siento obligado a tener fe todas las veces.

Hay una gran diferencia entre hablar por fórmulas, y hablar inducido por el Espíritu Santo.

No debemos dar una orden sobre una enfermedad o una situación sin antes oír la voz del Espíritu diciéndonos: “Habla, porque yo voy a actuar”.

No importa si son muchas o pocas las veces que escuchamos esta “voz del Espíritu”, pero podemos tener la certeza de que cada vez que suceda, la orden que demos se va a cumplir.

No vemos que Jesús haya dado órdenes y que las cosas no ocurrieran. Ni Pablo, ni Pedro. Cuando ellos daban una orden, se cumplía. ¿Por qué sucedía? Porque para ellos la orden no era una fórmula a repetir todas las veces, en todas las oraciones.

Yo no concibo una oración dando una orden sobre una enfermedad, y que la persona no se sane. Sin embargo, en la gran mayoría de las ocasiones, se ordena sobre las enfermedades y no sucede nada.

Quizás pueda suceder alguna vez que nada pase, pero debería ser la excepción. Tal vez a Pedro le pasó alguna vez que dio una orden y no se produjo el milagro, pero no era lo común.

Nosotros transformamos en una fórmula el dar órdenes en las oraciones. Pero muchas veces no sucede nada, y no nos preocupamos por eso.

Al actuar así, estamos banalizando la actuación poderosa del Espíritu Santo en medio de la Iglesia.

¿Por qué no podemos simplemente rogar, suplicar humildemente al Señor por las situaciones, dejando esa autoridad para aquellos momentos en que el Espíritu Santo dice con toda claridad que demos la orden, porque va a suceder lo que Él nos indica?

¿Por qué no hacemos así? Yo creo que es así como Jesús hacía. Entró en el estanque de Siloé, y sanó a uno. Estaba lleno de gente, pero sanó a uno solo ¿Por qué no oró por los otros? Jesús estaba siendo guiado por el Espíritu. Él esperaba oír su voz.
Yo no estoy hablando de tener más fe solamente, sino que quiero enfatizar que el Espíritu Santo tiene una forma de actuar, y nosotros debemos oír y sujetarnos a la forma de actuar que Él tiene. El Espíritu Santo nos quiere guiar.


3º) La manifestación del Espíritu Santo en las reuniones de los santos.

Cuando nos reunimos, ¿cómo se manifiesta el Espíritu?

Vamos a mirar primero lo que no estoy diciendo:
  1. - que no debe haber predicaciones en nuestras reuniones.
  2. - que no debe haber alabanzas.
  3. - que la música no es importante en nuestra relación con Dios.
  4. - que la alabanza no tiene un lugar importante en la vida de los discípulos.

Siento gratitud a Dios por la adoración que tenemos en la Casa de Dios, y por los amados que nos han dado tantos cánticos a través de estos años.

Quiero aclarar que no se debe interpretar con todo lo que voy a decir que nosotros no queremos saber nada con la alabanza y la adoración en las reuniones. No es así.

Vamos a la fuente. Lo que no proviene de la fuente, que es la Palabra de Dios, no lo debemos abrazar.

(1Cor 14.26)
¿Qué hay entre vosotros hermanos cuando os reunís? Uno hace la apertura. Uno o dos dirigen la alabanza. Después uno predica. Alguien da los anuncios al terminar”.
¿Así está escrito en este pasaje? Por supuesto que no.

Yo quiero abrir mi corazón sabiendo que estoy en confianza con los hermanos. Tengo una gran carga por lo que estoy viendo. A veces voy a reuniones, reuniones grandes, y me siento un loco, porque no entiendo la dinámica que lleva la reunión, y me digo: “¿Cómo puede ser que la reunión sea así?”. Todo el mundo está feliz, contento con la reunión, y yo estoy triste por la reunión. Esto me sucede porque pienso en este texto de 1Corintios: 
¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación.” 

¿De qué habla el texto? Habla de diversidad de manifestaciones. De todo tipo de manifestaciones. De múltiples participantes. Uno, otro, otro, otro, otro, etc. El texto deja claro una viva y dinámica dirección del Espíritu Santo en la reunión de la Iglesia, el énfasis en la libertad de cualquier forma de liturgia.

Decimos que somos “carismáticos”, pero nos estructuramos de tal manera que terminamos limitando la libertad del Espíritu para dirigirnos en las reuniones. Yo entiendo que debe haber un orden, pero entiendo que también debe haber una apertura a la obra del Espíritu. Si no es así, esa búsqueda de orden se termina convirtiendo en una regla de cómo deben ser las reuniones.

Cuando estábamos bajo una denominación muy tradicional, la reunión era un “velorio”. Luego, entramos en una nueva dinámica. Era visible. Los cánticos ya no eran aburridos. Comenzó la efusividad, la espontaneidad, la alabanza, la alegría. Cantamos, saltamos, y ahora la predicación era de una hora, ya no de veinte minutos.
Así fue: parece que salimos de un “estado de infancia”, en el que la reunión era un velorio, entramos en una “bendita adolescencia”, pero creo que nunca llegamos a la madurez que Pablo propone en este pasaje. Yo pido perdón, pero quiero creer en lo que dice este pasaje. Lo veo tan claramente expresado que no puedo dejar de incomodarme.

La liturgia rígida está cada vez más establecida, y respaldada por apóstoles de renombre. Y yo no lo puedo aceptar. Voy a retiros de pastores, y me siento como un pez fuera del agua. A veces pienso que estoy loco. Veo a todo el mundo contento, y yo no me siento bien. Todos dicen que están viendo la Gloria de Dios en la reunión, y yo no la veo.

Si alguno de mis mayores me dice que estoy equivocado en lo que veo en cuanto a este pasaje, voy a tener paz y me voy a sujetar. Al preguntar a mis mayores, me han dicho que lo que estoy viendo tiene su raíz nada más y nada menos que en la Palabra de Dios, y que por lo tanto, no estoy equivocado en lo que pienso.

Me han dicho también que este pasaje está orientado a pequeños grupos y no a grandes grupos, como una congregación. Pero yo no pienso así, y es más: si hay una reunión en la que, por ser grande, no podemos aplicar esto, entonces no deberíamos tener tal reunión.

Yo creo que si hay orden y madurez, se puede realizar esta práctica. Es verdad que si la reunión es muy grande, de miles, se complica. Por eso debemos encontrar una dinámica de reunión correcta, como dividir la Iglesia en sectores por ejemplo, para facilitar la participación. Entonces, con sectores, con algunos cientos de personas, ya se puede poner en práctica 1Corintios 14:26.

Lo que sucede es que hay que animarse a hacer los cambios necesarios para permitir las dinámicas correctas.

Muchos dirán:“Ya dijiste lo que no te gusta pero, ¿cuál es tu propuesta concretamente?”. Les voy a decir algunas cosas de nuestro testimonio en todo esto. Luchar contra este paradigma en nuestras reuniones, es luchar contra una corriente poderosísima. Es una costumbre que impera en todo lugar. Este tipo de liturgia está presente en toda la Tierra. Por eso son muy difíciles los cambios.

Alguno me ha criticado, diciendo que yo solo creo en un único tipo de reunión. Y me siento mal juzgado por esta afirmación, porque es justamente lo contrario. Porque contra lo que me estoy revelando es justamente que a todo lugar que he ido durante 30 años, lo único que he visto es un solo tipo de reuniónNo entiendo por qué me dicen a mí que creo en un solo tipo de reunión, cuando son ellos los que creen esto.

Vamos a la propuesta:
  1. Yo propongo las Escrituras. Propongo que ante todo se enseñe insistentemente la importancia de la profecía en la Iglesia.
Antes de entrar en lo que dice 1Cor 14:26, Pablo habló mucho acerca de la profecía. Pablo deja bien en claro que la profecía es el principal de los dones, y pedía “sobre todo que profeticéis.” Las profecías deben tener el lugar número uno en nuestras reuniones, por causa de lo que está escrito en 1Cor 14:1.
Sin embargo, menos del uno por ciento de los hermanos profetiza en las reuniones.

Una reunión llena de profecía es una reunión rica, y una reunión sin profecía es una reunión pobre.

¿Por qué profecía? Sencillo: “el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación.”. ¿Cuál es el nombre del Espíritu Santo? El Consolador. Debemos entender que cada uno de nosotros necesita permanentemente de consuelo, y lo que va a traer ese consuelo es la profecía.
La profecía es mucho más importante que una sanidad. Si alguien se sana en una reunión, todos están maravillados. Pero cuando alguien profetiza, a veces no damos valor a esas palabras. Cuando alguien es sanado, es curado en un cuerpo que luego va a morir, y que solo va a servir para abonar la tierra. En cambio, la profecía edifica a Cristo para la eternidad en la vida de los oyentes. Yo propongo que se dé el valor que merece la profecía, tal cual Pablo le da.

Que se enseñe a los hermanos la sencillez de la profecía. No hay nada más simple que profetizar. El Espíritu Santo aquí, allí, allá, va poniendo impresiones en los corazones de los hermanos.

El problema es que los hermanos no están siendo enseñados a exponer con libertad y sencillez esas impresiones que el Espíritu imparte.

La participación de los hermanos es lo que la palabra de Dios enseña. La participación de todos, el sacerdocio de todos los santos es la voluntad de Dios. Debemos procurar esto: aún si la reunión es grande, debemos intentar que suceda. Debemos luchar para que la reunión se amolde al patrón bíblico. Ahora, requiere visión y convicción.

  1. Yo propongo hermanos, que el silencio no nos incomode. Les cuento un testimonio hermoso: Estuve en una reunión donde había 1.500 hermanos reunidos, todos orando con reverencia. En un momento se levanta un hermano, da una palabra y luego se sienta. La Iglesia permanece toda en silencio, meditando esta palabra. ¿Qué les parece? ¡Hermoso! Sin embargo, para nosotros silencio es sinónimo de “falta de Espíritu Santo”. Cuando hay un espacio de silencio en una reunión, alguien enseguida mete alguna cosa, nos desesperamos y comenzamos a decir:“toma el micrófono, toca esa guitarra, ¡haz algo!”. Nos incomodan los espacios vacíos.

Yo propongo hermanos, que el silencio no nos incomode.

Que en nuestro corazón nos humillemos. Llegar un día a la congregación y dar libertad para que no haya estructura (primero esto, segundo aquello, tercero lo otro, etc.).

  1. Propongo que los músicos, cuando deban tocar una canción, al terminar, paren y dejen entrar al silencio, dando lugar a la meditación y a la participación. Que los músicos dejen en manos del Espíritu Santo la reunión de la congregación. Yo estoy hablando de una reunión donde hay gente madura, como lo es generalmente.

Por nuestros paradigmas, por nuestra liturgia, el máximo grado de participación que logramos es cuando los músicos siguen tocando y todos balbucean una oración. Pero nadie levanta la voz en oración, nadie tiene una profecía, ninguno propone una canción.
Ese tipo de reunión es un paradigma, y está instalada como si viniera de parte de Dios. Pero yo no creo que sea la voluntad de Dios.
Si queremos entrar en aquello que Dios nos propone, debemos revisar y asegurarnos de lo que estamos haciendo.

Años atrás, cuando quisimos procurar esta libertad, hubo reuniones en que no pasó nada. Las reuniones eran un desastre, y cuando volvía en el auto a mi casa yo estaba triste. Pero el Espíritu me dijo: “¿Por qué vos estás triste si yo estoy feliz? Yo decía: “¿Feliz con esta reunión?”. Dios me dijo: “Sí, estoy feliz con esta reunión porque yo estoy contento con el corazón de Uds. Estoy feliz con el deseo de obediencia de Uds.”

En un retiro de pascua, éramos 1.800 personas. Llamamos a un hermano de Argentina para que nos comparta. Durante la reunión este hermano estaba sorprendido y nos decía: “En 30 años que llevo de convertido, nunca vi una reunión así”. Poco a poco fuimos aprendiendo a no fabricar nuestras reuniones.

Una vez fui invitado a estar con los hermanos de San Pablo. La primera reunión fue pura música, canciones y canciones, fue un barullo. Luego di la palabra y les hablé largamente acerca de la profecía. Hablamos del impacto de cuando hablamos o leemos lo que Dios nos pone en el corazón, y la diferencia que se produce cuando lo hacemos simplemente como una formalidad. Hay un impacto que la profecía causa. Hay una fe que se manifiesta en ese momento.

Después de instruir a los hermanos, a la noche, en la siguiente reunión dijeron:“Ahora vamos a practicar”. Entonces les pedimos a los músicos que se coloquen en un costado, y les dijimos que si alguien cantaba una canción ellos acompañaran, pero que no tomaran el frente en la reunión. La reunión fue muy mala. Fue un desaliento total. Yo me quedé sentado mirando para abajo sin hacer nada. Para ser sinceros, el retiro entero fue un desastre.

Al terminar, un hermano muy hermoso se acercó y me dijo: “Muchas gracias hermano por esto, porque pudimos ver cuál era nuestra verdadera realidad. Ahora sabemos cuál es la realidad de nuestra Iglesia. Los hermanos no tienen nada para decir. El Espíritu Santo no está actuando en los hermanos. Si ponemos música y les pedimos que levanten las manos y canten, lo hacen; y nos jactamos de las grandes cosas que está haciendo el Espíritu entre nosotros. Pero ahora entiendo que no es verdad”.

Amados, yo creo que hay mucho para aprender con relación a esto. Lo que más frustra mi corazón es el sentimiento de estar solo en esto.

Debemos luchar contra nuestros propios paradigmas y nuestras propias comodidades. Porque es así, es mucho más fácil que alguien agarre la guitarra, empiece a tocar y listo. Alabar así es fácil, oír la voz del Espíritu Santo es otra historia.
Debemos luchar porque a veces conseguimos algo, pero con el tiempo tiende a caerse, y los paradigmas vuelven a levantarse. Debemos estar atentos.

Yo creo que si damos lugar a Dios, y buscamos sujetarnos a Él, vamos a ir aprendiendo cómo hacerlo.

Repito: No estoy diciendo que no debe haber predicaciones en las reuniones, que no debe haber alabanza, o que la música no es importante.

Lo que más me anima es la certeza de que, tanto las reuniones más pobres como las más efusivas, serán procurando agradar al Señor y dar el primer lugar al Espíritu Santo.

Yo propongo una liturgia: La liturgia del Espíritu Santo. La liturgia de esperar al Espíritu Santo. Propongo un corazón que diga: “No sé cómo tiene que ser la reunión. Por favor ayúdanos, Espíritu Santo”.

miércoles, 27 de febrero de 2013

ALCANCES DEL EJERCICIO DE AUTORIDAD ESPIRITUAL Comunidad Cristiana



Situaciones específicas en las que se ejerce la autoridad espiritual:

• En la comunicación de las enseñanzas de Jesucristo y de los apóstoles; en la vigilancia de su cumplimiento (Efesios 4:17; 2 Tesalonicenses 3:6,12).
• En la toma de decisiones sobre la marcha de la iglesia (2 Timoteo 4:9-12).
• En la aplicación de disciplina en la iglesia (2 Tesalonicenses 3:12; 1 Corintios 5:1-13).
• En la determinación de la manera de aplicar los principios bíblicos a las circunstancias contemporáneas. (La enseñanza apostólica, por ejemplo, no hace mención en cuanto al consumo de drogas o a los cigarrillos, en lo tocante al aborto, etc. Sin embargo, sobre la base de los principios bíblicos, los pastores pueden pronunciarse concretamente al respecto.)

FRUTOS DE LA SUJECIÓN

• Paz, orden y armonía en el cuerpo de Cristo.
• Edificación y formación de vidas.
• Unidad y salud dentro de la iglesia.
• Cobertura y protección espiritual.
Nota sobre el abuso de autoridad
Somos conscientes de que se puede caer en abusos o aplicaciones indebidas al ejercer autoridad. Como, por ejemplo, dar orientación arbitraria, exigir por caprichos personales, hacer demandas impropias, querer imponer la personalidad de uno sobre la de otros, ser coercitivo, obrar conforme a la vieja naturaleza, etc. Todo esto contraría una conducta acorde con el espíritu y las enseñanzas del Señor.
Resulta conveniente recordar entonces que todo hermano que ejerce autoridad espiritual lo hace en el nombre de Cristo. Esto significa que lo hace en el espíritu de Cristo y de parte de Cristo. Por lo tanto, no debe dejarse guiar por sus propias opiniones, sino por la voluntad del Señor.
Atribuir a Dios nuestro propio parecer es una ofensa grave y puede causar mucho daño a otras personas.
El trato de Cristo con sus discípulos es un ejemplo rector para la iglesia. El ejerció autoridad sobre ellos sin ser coercitivo. A través de sus enseñanzas procuró formarlos, de modo que pudieran desarrollar buen criterio y dominio propio. Una parte importantísima del entrenamiento en el discipulado cristiano es ayudar a los discípulos a desarrollar buen criterio, a fin de que se capaciten para evaluar y juzgar las circunstancias y situaciones específicas y puedan adoptar una decisión o conducta adecuada.

La autoridad siempre debe ser ejercida dentro de un marco de pluralidad, donde las decisiones o juicios de uno puedan ser ratificadas o rectificadas por los demás hermanos.

Además, esta clase de relación plural permite a cualquiera con dudas o conflictos legítimos el recurso de tener a quienes apelar. Así como no puede existir anarquía dentro del pueblo de Dios, tampoco debe haber imposiciones arbitrarias. Es necesario que todo el que ejerza autoridad esté, a su vez, bajo autoridad, para que haya ciertas garantías y supervisión.

viernes, 22 de febrero de 2013

EVANGELIZACIÓN EN LA IGLESIA PRIMITIVA 2° Edición Michael Green




Un esclarecedor texto sobre evangelización en la iglesia primitiva

Michael Green, quien ha ejercido el pastorado y la docencia universitaria  por muchos años, y actualmente está al frente de un programa de evangelización de la Iglesia Anglicana en las Islas Británicas, escribió en 1970 un libro muy detallado y bien documentado titulado "La evangelización en la iglesia primitiva" (Nueva Creación,1997), que debiera ser tomado seriamente como fuente de reflexión sobre la actual tarea de evangelización.

Transcribimos a continuación el epílogo de este libro, que Green utiliza a manera de resumen y conclusión.
No es posible establecer con seguridad hasta dónde el proceso evangelizador dirigido por la iglesia primitiva tuvo éxito. En primer lugar, no tenemos manera de comparar sus “éxitos” con sus “fracasos”. Por otro lado, la medida de Dios en cuanto al éxito puede diferir en gran manera de la nuestra y, de acuerdo con lo visto a través del libro, la evangelización es, antes que nada, la obra de Dios en la vida de hombres y mujeres, para lo cual necesita la cooperación humana. Tampoco es posible extraer de un estudio sobre la evangelización en la antigüedad las respuestas a nuestros problemas contemporáneos en la comunicación del evangelio. De cualquier manera, algunos aspectos de su acercamiento son muy significativos e importantes para que la iglesia los tome en cuenta en cualquier época que sea. Esa importancia no es menor en nuestra propia época, en vista de nuestro éxito limitado al compartir la fe cristiana con aquellos que no creen.

Una de las características más llamativas de la evangelización en aquellos primeros tiempos era la gente que se comprometía en ella. La comunicación de la fe no era la tarea de los más celosos o del evangelista designado oficialmente.

La evangelización era la prerrogativa y la tarea de cada miembro de la iglesia.

Hemos visto a apóstoles y profetas errantes, nobles y pobres, intelectuales y pescadores, todos tomando parte con entusiasmo en esta primera tarea encomendada por Cristo a su iglesia. La gente común de la iglesia la veía como su tarea: el cristianismo era, antes que nada, un movimiento laico que se extendió por medio de misioneros informales. El clero de la iglesia la veía también como su propia responsabilidad: obispos y presbíteros, junto con doctores como Orígenes y Clemente, y filósofos como Justino y Taciano, consideraban que la propagación del evangelio era su responsabilidad principal. Aparentemente, no dejaron que otras tareas como la enseñanza, el cuidado y la administración los mantuvieran demasiado ocupados como para conducir a personas y grupos de la incredulidad a la fe. Este movimiento espontáneo de la totalidad de la comunidad cristiana le dio a la obra un inmenso ímpetu desde sus mismos comienzos.

Y lo que resulta más notable aún es que este entusiasmo contagioso de parte de gente tan diversa, con distintas edades, orígenes, sexos y culturas, estaba respaldado por la calidad de su vida. Su amor, su alegría, el cambio en sus costumbres y sus caracteres transformados progresivamente, le daban gran peso a lo que tenían que decir. Su vida en comunidad, aunque lejos de ser perfecta, según la queja constante de los escritores cristianos, era, sin embargo, lo suficientemente diferente como para llamar la atención, despertar la curiosidad e inspirar al discipulado en una época tan hedonística, materialista y carente de propósitos serios como la nuestra. El paganismo vio en el cristianismo primitivo una calidad de vida, y también de muerte, que no podía encontrarse en ninguna parte.

A menos que haya una transformación en la vida de la iglesia contemporánea para que una vez más se vea la tarea de evangelizar como de incumbencia de cada cristiano bautizado y esté respaldada por una calidad de vida que brilla lo mejor posible delante de los incrédulos, no adelantaremos mucho en nuestras técnicas de evangelización. La gente no creerá que los cristianos tienen buenas nuevas para compartir hasta que se den cuenta de que obispos y panaderos, profesores universitarios y amas de casa, choferes de colectivos y predicadores ambulantes están deseosos de compartir, no importa cuán distintos sean los métodos empleados. Y la gente seguirá creyendo que la iglesia es una sociedad introvertida, formada por gente “respetable” y dedicada a su preservación, a menos que vean en los grupos de la iglesia y en los individuos cristianos el cuidado por los demás, la alegría, la comunión, el auto-sacrificio y la apertura que caracterizaban a la iglesia primitiva en sus mejores momentos.

Junto con este entusiasmo de parte de los miembros laicos comunes de la iglesia, así como de sus ministros ordenados, de compartir las buenas nuevas con aquellos que nunca las habían escuchado, había un sentido profundo acerca de la seriedad de la situación de los incrédulos.

Creían realmente que aquellos que estaban sin Cristo iban a sufrir una pérdida eterna e irreparable, y este pensamiento los llevaba a hacer lo imposible para presentarles el evangelio. No había la menor señal de universalismo en la iglesia primitiva, y cuando algo semejante apareció en los últimos escritos de Orígenes, se lo acusó de herético y, a pesar de su vida santa y de sus hercúleos esfuerzos por la fe, nunca se lo canonizó. El pensamiento de que ese evangelio estaba velado para los incrédulos, ya que estaban cegados en su mente por el diablo, impulsó a otros misioneros, además de Pablo, a decir: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús” (2 Co. 4.4s.), en la esperanza de que Dios, en su bondad, iluminara sus corazones y les revelara a Jesucristo. Estos primeros misioneros estaban muy conscientes de su responsabilidad de buscar la aprobación del Señor en todo lo que hacían. Debían rendirle cuentas, pues él los había enviado a proclamar las buenas nuevas a todo el mundo. ¿Cómo iban a enfrentarlo sin vergüenza si no cumplían su último mandato?

Otro factor significativo era la escatología de los evangelistas primitivos. Era clara y fuerte. El Dios que había creado, que había intervenido para reconciliar consigo mismo a toda la humanidad, un día pondría el sello sobre su obra redentora a través de la parusía.

En el capítulo 10 examinamos el papel que desempeñó la escatología en la extensión del evangelio. No es exagerado decir que sin una escatología coherente no es posible hacer una evangelización efectiva. El mensaje de salvación no sólo debe estar relacionado con el individuo, la iglesia y el Señor, sino también con el propósito total de Dios para este mundo. Es extraño que en un siglo en que los eruditos del Nuevo Testamento han reconocido como nunca la centralidad de la escatología en el kerigma primitivo, un siglo que está tan profundamente preocupado por el significado de la historia, la evangelización contemporánea guarde tanto silencio o sea tan literalista respecto al tema. Tanto el comunismo como el humanismo han definido claramente sus metas escatológicas.
Los cristianos tienen una con mayor sentido que ambos, pero permanecen mudos acerca de ella.’ No podría decirse lo mismo de la iglesia primitiva. Tenían en Jesucristo, y lo proclamaban sin temor, un punto firme de referencia para la evaluación de toda la historia, y la promesa segura de una escatología realista. Su mensaje estaba relacionado con estos grandes temas y no los evadí. La moderna declinación de la creencia en el cielo y el infierno, o aun en la vida posterior a la tumba, entre muchos cristianos profesantes, es una barrera insuperable para una evangelización dinámica. Cuando ya no nos vemos como personas mortales que predican a otras personas mortales, el carácter absoluto del mandato a evangelizar pierde su fuerza y retrocedemos frente a una tarea que, aun en las mejores épocas, es difícil, delicada y muy exigente.
Hemos visto que los primeros cristianos tenían un claro entendimiento de las buenas nuevas que proclamaban. Su kerigma no era de una monotonía aburrida, sino algo esplendoroso. Sus contenidos precisos y la manera en que se lo presentaba dependían, en mucho, de la habilidad del evangelista para traducir las palabras e ideas en términos fácilmente comprensibles para sus oyentes, y de los antecedentes y circunstancias de éstos. Hemos visto una gran variedad en el evangelio predicado a griegos y a judíos, a intelectuales y a iletrados, una variedad vinculada a las diversas visiones de los diferentes aspectos de la verdad cristiana presentes en diferentes sectores de la iglesia. Pero una cosa era constante: su mensaje era absolutamente cristocéntrico. El contenido de su proclamación no era otro que la persona de Cristo. Utilizaban todos los senderos culturales e intelectuales que podían facilitar la recepción de su mensaje. Intensamente sensibles a las necesidades sentidas de los oyentes, al mundo de las ideas en que se movían, al lenguaje que tocaría la nota más clara en su mente, el propósito, sin embargo, siempre permanecía simple y directo a la vez: presentar a Cristo Jesús a los demás. Da lo mismo escuchar al apóstol Pablo sobre la Colina de Marte o al monje Macario en los desiertos egipcios. Todos son igualmente claros en la necesidad de retornar a Cristo en arrepentimiento, fe y bautismo; de continuar en la enseñanza apostólica a través del estudio fiel y la obediencia a las Escrituras; y de reunirse con la comunidad apostólica, participando en la vida común de la iglesia por medio de la oración, el servicio y la eucaristía. Creyendo, como creían, en el señorío de Cristo, vivían de acuerdo con esta convicción; y al invitar a otros a convertirse se veían a sí mismos participando y ayudando al cumplimiento del propósito de Dios para toda su creación.
Este Cristo de quien testificaban no era una abstracción teológica ni una figura redentora similar a los modelos gnósticos. Los primeros cristianos no hacían una distinción radical entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. Como hemos visto, tomaban en cuenta las palabras y hechos del Jesús histórico como tan vitales para su proclamación del Señor exaltado que utilizaban perícopas de los Evangelios en la evangelización. Más aún, su Cristo no era una figura eclesiástica interesada solamente en el alma de la gente. Era el Cristo cósmico, autor, sustentador y meta final del universo. De acuerdo con ello, muchos de los primeros evangelistas eran lo suficientemente osados como para proclamar todas las verdades, en todo lugar, como verdades cristianas; lo que Platón y los poetas habían establecido como la verdad, surgía, en última instancia, del Señor a quien adoraban los cristianos. Cualquiera fuera la percepción de los asuntos humanos que estos cristianos manejaran, ella servía para profundizar su comprensión y aprecio por su Señor. El cargo de oscurantismo, que algunas veces se ha levantado contra evangelistas de épocas posteriores, jamás podría sostenerse en contra de ellos. La verdad era una unidad y derivaba de la realidad última, personalizada en el que era el camino, la verdad y la vida. Esta era la convicción que los impulsaba a predicar al Absoluto en un mundo dominado por lo relativo, tanto en su moral y religión como en sus conceptos de la historia; y generalmente lo hacían sin temores y sin espíritu de crítica. Su evangelio era lo suficientemente amplio como para abrazar la tierra y el cielo, esta vida y la que vendrá. Se preocupaban por las relaciones laborales, la esclavitud, el casamiento y la familia, los riesgos que corrían los niños, la crueldad en los anfiteatros y la obscenidad en el teatro; poco a poco fueron viendo que el evangelio también tenía consecuencias políticas.
Pero esto nunca les impidió mantener una fuerte perspectiva de lo trascendental. Para estas personas que tenían un concepto unitario de la verdad no había dicotomía entre un evangelio social y un evangelio espiritual. En lugar de tener su mente tan en el cielo que no podían hacer nada bueno en la tierra, demostraron que aquellos que piensan genuinamente en el cielo son los que más profundamente se comprometen a hacer la voluntad de Dios sobre la tierra. No hace falta decir, sin embargo, que no siempre se preservó el delicado equilibrio entre lo social y lo espiritual, este mundo y el próximo. Hubo épocas en que la iglesia cayó en tal sincretismo como el que Pablo encontró en la iglesia de Colosas, o en el rigorismo de un Tertuliano; su comprensión de la naturaleza inclusiva del evangelio era a menudo imperfecta. Sin embargo, en general la iglesia cristiana primitiva parece haberse desempeñado mejor que los cristianos de épocas posteriores en mantener unidos los aspectos de “este mundo” y el “otro mundo” de su fe. Esto significa que estaban preocupados por esta vida sin sentir que dejarla era el mayor de todos los males, y una actitud semejante es lo suficientemente rara en cualquier época como para llamar la atención.
La misma firmeza de convicción que muchos de los primeros cristianos tenían respecto a los elementos esenciales de su fe trajo consigo dos peligros. Por un lado, abrió la puerta al gnosticismo, como si las personas fueran salvas por el conocimiento que tenían del Dios verdadero y las proposiciones correctas que sostenían sobre su naturaleza y actividad. Por otro lado, alentó una codificación de la verdad cristiana en fórmulas doctrinales que se utilizaron más como una prueba de ortodoxia o como argumentos apologéticos que como indicadores de lo que Dios había hecho en Cristo por la raza humana. Como vimos en el capítulo 4, éste era el caso especialmente en el enfrentamiento entre el cristianismo y el judaísmo, en el que los clérigos dejaron de ser los mensajeros portadores de buenas noticias y, desafortunadamente, se volvieron arrogantes y argumentadores. Parece que habían abandonado toda esperanza de ganar a los judíos para su Mesías, y se concentraron, en cambio, en tratar de establecer los conceptos cristianos que estaban en oposición a los de Israel. Hay un mundo de diferencia entre la apologética de esta clase y la evangelización.

Si nos detenemos sobre los métodos utilizados en la evangelización, no nos encontramos con grandes sorpresas. Tomando como punto de partida que la verdad final respecto a Dios y a la humanidad se había revelado en Jesús, y que la alienación básica entre Dios y el ser humano se había resuelto a través de Jesús, era natural que utilizaran todos los medios para compartir este descubrimiento con otros. Hemos visto que las reuniones caseras de los más variados tipos y las conversiones personales entre individuos desempeñaron un papel muy prominente en el progreso del evangelio en tiempos antiguos. La hospitalidad y aun la decoración de sus casas, sus conversaciones ocasionales, en casa o al aire libre, la visitación, la predicación pública, los discursos en la iglesia y en la sinagoga, las discusiones en el mercado y la escuela filosófica, el testimonio personal, la redacción de cartas y la explicación de las Escrituras, todo se utilizó con el propósito supremo que estos primeros cristianos compartían: hacer que otros conocieran a Cristo. Cuando las personas tienen la voluntad de hablar de su Señor, no encuentran obstáculos en su camino para hacerlo. Más aún, la motivación de estos hombres y mujeres nos impresiona más que sus métodos. Su conmovedora lealtad a Dios, su hondo sentido de descubrimiento, su profunda preocupación por los que no creían en Cristo los llevó a un incesante servicio en la causa del evangelio.
La evangelización de nuestros días se asocia a menudo con las grandes reuniones públicas. Es notable destacar que la iglesia primitiva parece haber hecho muy poco uso de este método de compartir el evangelio. La razón debe haber sido, pero sólo parcialmente, la situación histórica en que nació el cristianismo. Las asociaciones públicas de gran tamaño estaban prohibidas por edicto imperial durante la mayor parte del período bajo consideración. Aparte de las grandes reuniones en Jerusalén (y esa ciudad siempre fue vista como un caso especial por los gobernadores romanos, sensibles como eran a los intensos sentimientos nacionalistas) registradas en los primeros capítulos de los Hechos, no tenemos noticias de nada semejante hasta la extensión del cristianismo en el norte de África hacia el final del siglo 2, antes de que Tertuliano escribiese. Siempre era impopular y potencialmente peligroso organizar una gran reunión pública: esto invitaba a la acción policial. Naturalmente, por lo tanto, se puso el énfasis en la evangelización hogareña y personal, y estos métodos tienen una importancia permanente para aquellas iglesias que quieren crecer.

Pero puede haber habido otra razón que llevó a los primeros cristianos a evitar generalmente la evangelización masiva. ¿Acaso se dieron cuenta de los peligros que entrañaba una siembra poco profunda, extensa de la semilla? Tan pronto como escuchamos acerca de movimientos masivos, también escuchamos de la adopción, por parte del cristianismo, de ideas extrañas y costumbres paganas. Tertuliano se quejaba de ello en el África; Anne Ross ha demostrado recientemente lo que sucedió en Bretaña. En efecto, sucedió en todo el Imperio tan pronto como se adoptó el cristianismo como religión oficial bajo Constantino. Pero un siglo antes, Gregorio Taumaturgo se había encontrado con el mismo problema en Ponto, donde había sido prominente en la extensión y la evangelización en gran escala.

Después de la persecución (la de Decio, a mitad del siglo 3), cuando ya era posible dedicarse a la adoración cristiana con celo irrestricto, Gregorio volvió a la ciudad y, viajando a través de toda la zona circundante, aumentó el ardor de la gente por la adoración en todas las iglesias, llevando a cabo una conmemoración solemne en honor de aquellos que habían luchado por su fe. Uno aquí trajo cuerpos de mártires, otro allá. Fueron tantos que las reuniones siguieron durante un año y la gente comenzó a regocijarse en la celebración de fiestas en honor de los mártires.
Esto también fue una prueba de su gran sabiduría, ya que mientras había alterado completamente la dirección de la vida diaria de cada uno en su propia época, llevándolos a un curso completamente distinto y atándolos firmemente a la fe y al conocimiento de Dios, fue menguando ligeramente la carga sobre aquellos que habían aceptado el yugo de la fe, para permitirles disfrutar una vida alegre. Al ver que la multitud ignorante se adhería a los ídolos para obtener placeres corporales, permitió a la gente, a fin de asegurar los asuntos más vitales (es decir, la dirección de sus corazones hacia Dios en lugar de una adoración vana), disfrutar y regocijarse en la conmemoración de los santos mártires, ya que naturalmente, la vida se pondría más seria y honesta en poco tiempo, a medida que la fe cristiana tomara más control de ella.

Esta era la teoría del asunto. En la práctica no siempre resultó así. En lugar de ello, el paganismo comenzó a florecer, disfrazado de cristianismo. Este peligro, siempre presente, se acentuó en la evangelización masiva. Quizás ésta sea la razón por la que se utilizó tan poco en el avance del cristianismo primitivo.
En estos dos primeros siglos (o más) de la existencia de la iglesia encontramos muchas faltas, mucho que deshonra el nombre que los cristianos profesaban. Pero también encontramos celo y esfuerzo evangelizador, sostenido por todo el espectro de la comunidad cristiana, para traer a otros a los pies del Señor exaltado y a la comunión con sus sumisos siervos. Este es un recuerdo permanente de la tarea prioritaria de la iglesia. Para los primeros cristianos la evangelización era como la circulación de la sangre en el cuerpo. Por eso leemos que “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Podría suceder otra vez, si la iglesia estuviera dispuesta a pagar el precio.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...