EL LLAMADO INELUDIBLE Kenneth Strachan





Algunas consideraciones tomadas del Libro “El llamado ineludible” de Kenneth Strachan.

El discípulo en su vida diaria

Los hermanos deben llegar a experimentar un sentido de misión específica, considerarse esenciales en la obra de Dios. En cierto modo hace falta comunicar una visión de lo que cada cristiano está llamado a hacer.
El requisito que califica al hombre para ser testigo del Señor es haber sido salvo por la gracia redentora de Cristo, “creí por lo cual hablé”.
Nada capacita tanto a un hombre para hablar a otro hombre como el hecho de ser hombre. Un hombre puede hablar a otros por las experiencias de la vida humana con todas sus luchas y necesidades, esperanzas y temores. Como hombres de pasiones semejantes-gente común con sus limitaciones, porque en el mundo predomina la gente corriente como nosotros-dando testimonio de Cristo.
Luego de la experiencia de la gracia, nada es tan importante para el testimonio como el recuerdo constante de nuestra humanidad. Es este el punto de contacto, no la experiencia cristiana ni la personalidad, sino el vínculo de una condición humana común ¡Cuánto necesitamos recordar esto!
El potencial de la misión comienza a percibirse cuando uno cae en la cuenta de que este cuerpo nuestro, con todos sus puntos fuertes y sus debilidades, es el instrumento de que él quiere servirse para la realización de su voluntad.

El lugar concreto donde Dios nos ha colocado

Otra verdad que hay que comprender es que Dios ha colocado a cada cristiano en una situación específica en la que viene a ser la clave del testimonio concreto para un grupo determinado. Su vecindario, lugar de trabajo, parentela, etc. La aceptación de nuestra situación y la conciencia de las posibilidades que esto encierra constituyen valiosos elementos que capacitan al discípulo para el testimonio que está llamado a dar. La mujer samaritana fue el instrumento clave para la redención de todo su pueblo.
Hay un sitio específico donde Dios nos ha colocado, no perdamos ese privilegio, necesitamos abrir los ojos. La cordialidad y el discernimiento para una comunicación eficaz se combinan para llevar a cabo un ministerio único y maravilloso.

El grupo más descuidado

Quizá el grupo más descuidado es el de nuestros amigos y vecinos con quienes estamos en contacto constante año tras año. Nuestro trato con ellos es cuando mejor irregular y fugaz. Nos parece más fácil dedicarnos a un programa de actividades organizadas en nuestra iglesia, los cuales nos llevan el tiempo y las energías y nos aislan de aquellos que están más próximos a nosotros. Cristo le dijo al gadareno una vez libre “Vete a ti casa, con tus parientes, y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo, y como ha tenido compasión de ti”.
Posiblemente la razón de descuidar a los que están más próximos a nosotros (y esto a menudo incluye a los miembros de nuestra propia familia) es que el darles testimonio nos exige mucho más tiempo y más dedicación. Implica ganarse el derecho de hablar, el esfuerzo por comunicarse y la voluntad de tener en cuenta las diferencias y los problemas relacionados con la fe.
Pero Cristo quiere que comencemos en nuestra propia Jerusalén y que descubramos el gozo y la recompensa de una vida plena y satisfactoria de testimonio que se dirige en forma consciente y se ocupa de modo continuo, por amor a Jesucristo, de aquellos que nos rodean.