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LA COMUNIDAD QUE JESÚS FUNDÓ 2da. Edición Oscar Gómez




   Uno de los principales aportes que hizo a la Iglesia el movimiento de renovación y restauración de los años 60 fue volver a los fundamentos de los apóstoles y profetas. Este movimiento comenzó a ver un modelo a seguir en la iglesia del libro de los Hechos.
   Necesitamos ir un poco más atrás de los Hechos, retornar a los cuatro evangelios a fin de descubrir la persona, el ejemplo, la obra y el estilo de Jesús, ahí nos encontraremos con “la Comunidad de Jesús”.
   En una casa comúnmente hay varios espejos, también en la obra espiritual. Podemos reflejarnos en distintos modelos, pero y ¿a cuál recurriremos? Necesitamos mirar una vez más y con mucha atención a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que nos muestran la persona de Jesús y la comunidad que fundó.  Los cuatro evangelios deben ser un manantial de donde hoy la iglesia saque como en sus días más puros su propia inspiración.
    Hugo O. Martínez, pensador cristiano contemporáneo, expresa: “¿Por qué Jesús llama a dos parejas de hermanos para iniciar su ministerio? A nuestro de entender tendría una doble función, en primer lugar por la misión se ejerce en comunidad y para la comunidad. Es decir que los discípulos van acompañados, y Jesús mismo quiere dar el ejemplo no haciendo ninguna actividad pastoral, por decirlo así, si no es cuando constituye un grupo” 1.
   Comunidad fue lo primero que hizo Jesús. Fue desde esa comunidad que formó doce apóstoles, realizó sus prodigios, predicó y desde ella hizo la voluntad de su Padre.
  
   “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”

                                                     1° Juan 2:6

¿Cuáles eran las características de esta comunidad que Jesús estableció? A través de un estudio a conciencia de los evangelios podemos destacar algunas particularidades de este grupo.

   Radicalidad

   La comunidad de Jesús fue revolucionaria, pero entiéndase revolución no en términos bélicos sino como cambio o transformación profunda y radical con respecto al pasado inmediato.
   Jesús, su líder, confrontaba sin miedo a los religiosos de su época. ¿Qué denunciaba? ¿De qué los acusaba? Que sus tradiciones y costumbres habían invalidado la Palabra de Dios. Que decían y no hacían colocando pesadas cargas en las personas que ni ellos mismos llevaban. Les llamaba hipócritas, guías ciegos, sepulcros blanqueados. Ruben Dri en su libro titulado “La utopía de Jesús” asevera: “Tenemos la idea de un Jesús tan manso que es incapaz de un acto de violencia como el que protagonizó en el templo; es tan dulce que es inconcebible que pronuncie reprensiones fuertes, que no es amante del sufrimiento, que nunca participó en problemas, con un mensaje completamente ajeno a las ideologías de su época” 2.
    Jesús fue “la voz cantante” de este grupo en los primeros tiempos, un verdadero iconoclasta, término que indica cualquier persona que objeta dogmas o convenciones establecidas. Esta circunstancia de confrontación hizo que la comunidad de Jesús fuera perseguida, rechazada y despreciada. El escándalo público era una constante donde este grupo se encontraba.
    En términos generales, salvo honrosas excepciones, la denuncia profética y la confrontación con la verdad no es un rasgo distintivo de la iglesia. La radicalidad del mensaje nunca debe perderse si es que en realidad anhelamos un porvenir mejor que el pasado.

   Pasión por el reino de Dios

   El mensaje central de la comunidad que Jesús fundó fue el reino de Dios, pregonaban un nuevo gobierno, el de Dios, les decían a sus contemporáneos: “No mandamos más nuestras vidas, ahora Dios quiere ser el centro  y máxima autoridad”. Anunciaban que el arrepentimiento era el primer requisito para estar bajo ese nuevo gobierno. Para ellos el reino de Dios no era el lema de un retiro o  una hermosa y colorida pancarta, estaban enajenados y saturados con él.
   Hermanos: una vez más comprendamos que el reino de Dios es todo, no algo. Tener como centro de todas las áreas de nuestra vida este reino a fin que pueda cumplirse el propósito supremo. Lo que sostiene la iglesia garantizando su consolidación y avance es una clara comprensión del gobierno de Dios, del señorío de Jesucristo y el arrepentimiento como condición fundamental para ser parte de la comunidad de cristianos.
   
   Manifestación de milagros

   Los cuatro evangelios están saturados de experiencias carismáticas por parte Jesús y su grupo. Hubo sanidades, milagros creativos y restaurativos, resurrecciones, maravillas, señales, prodigios y expulsión de espíritus inmundos.
   Estas operaciones sobrenaturales se daban en las calles, los caminos, junto al mar, no estaba limitada a un recinto, tampoco necesitaban provocar de un “clima especial” o un teclado de fondo. La misericordia y la necesidad de la gente eran la motivación para sanar y hacer bienes. 
   Actuemos con fe y en fe, el Señor respaldará nuestras obras con su poder cuando como iglesia nos dispongamos a creer que él es poderoso para hacer más abundantemente de lo que pedimos o entendemos. Sin intervenciones sobrenaturales la iglesia no difiere en nada del resto de las organizaciones humanas.

   Atracción

   “Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él”

            San Juan 12:19

   Historiadores eminentes comentan que diariamente unas veinte mil personas seguían a Jesús, lo buscaban, querían recibir su toque, estar cerca de él, verlo y escuchar sus enseñanzas. No cabe duda que era una comunidad atractiva.
   La gracia de Dios derramada sobre la iglesia es lo que hará que las personas sean atraídas hacia ella. La mayor atracción no la ejercerá por sus luces, música o suntuosos edificios sino por la presencia de Jesús en medio de ella.

   Prácticidad

   Era una comunidad activa no conferencista. Palabra y poder acompañaban la obra. Los discípulos aprendían preguntando a Jesús por las cosas que había hecho; primero estaba la acción y después de la charla. Como destacamos en el capítulo anterior ellos hacían las obras y luego venía la instrucción.
   La enseñanza era a manera de diálogo, había interrupciones, preguntas, enfados y aceptaciones de la verdad; no era el típico sermón donde no está la posibilidad de preguntar u objetar al que habla. No tenían formalidad alguna. En el esquema actual tratar de interrumpir al predicador para preguntar o hacer un aporte es visto como una insolencia, una irreverencia, el resultado es que los oyentes generalmente se van con más dudas que claridad.
  
   Un erudito lo expresa así: “La proclamación original del mensaje cristiano era una conversación de doble vía pero cuando las escuelas de oratoria del mundo occidental se apoderaron del mensaje cristiano convirtieron a la prédica cristiana en algo enormemente diferente. La oratoria ocupó el lugar de la conversación. La grandeza del orador tomó el lugar Jesucristo. Y el diálogo entre el orador y el oyente pasó a ser un monólogo. En resumen, el sermón grecorromano reemplazó el profetizar, el compartir abiertamente y la enseñanza inspirada por el Espíritu. El sermón pasó a ser el privilegio elitista de los oficiales de la iglesia, especialmente los obispos. Estas personas debían ser educadas en las escuelas de retórica para aprender a hablar. Sin esta clase de educación, no se le permitía a un cristiano hablar al pueblo de Dios. Ya en el tercer siglo los cristianos llamaban a sus sermones con el mismo nombre que los oradores griegos denominaban sus discursos. Los llamaban homilías. Hoy uno puede tomar un curso de seminario llamado homilética para aprender a predicar. Se considera a la homilética como “una ciencia que aplica las reglas de la retórica, que tienen su origen en Grecia y Roma”. Expresado de otra manera, ni las homilías (los sermones) ni la homilética (el arte de dar un sermón) tienen un origen cristiano. Fueron tomados de los paganos”

   Sin embargo Jesús predicaba en lugares donde la gente pescaba, trabajaba y recogía agua. Dio algunas charlas en sinagogas, pero el mayor contacto se daba “in situ”, en los lugares donde la gente vivía o desarrollaba sus quehaceres.
  
   Por favor algún lector intente responder estas preguntas: ¿Dónde estaba el púlpito de Jesús? Hace poco se publicó que los arqueólogos encontraron unos clavos oxidados en unas excavaciones realizadas en las afueras de Jerusalén pero el púlpito no apareció. ¿Dónde estaba su templo, su salón de conferencias? ¿En qué dirección? ¿A qué hora se reunían? ¿Dónde estaba el coro? ¿Dónde los músicos? ¿Y su seminario? Si la comunidad de Jesús no necesitó estas cosas todavía no entiendo por qué las consideramos imprescindibles?
  
   Exigencia

   Bajo nuestra perspectiva moderna, humanista, hedonista e individualista podemos catalogar a la comunidad de Jesús como exigente al extremo. ¿Por qué? Para ser parte de esta comunidad había que reunir tres condiciones básicas: renunciamiento a ligaduras familiares, a nuestra propia vida y a los bienes materiales.


“Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: 26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. 33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

                                 Lucas 14:25 al 27 y 33
  
Estas tres condiciones pueden resultar vitales para unos o mortales para otros. Si los aplicamos tendremos vida, pero sufriremos las consecuencias si los despreciamos.

   Vínculos  estrechos

   Estaban tan juntos que no necesitaban preguntarse ¿cómo andas? Jesús, el líder, los llamó a “estar con él” demostrando así los beneficios de tener relaciones firmes.
   Simbiosis del griego “convivir” son las relaciones de mutualidad en las que todos los distintos organismos salen beneficiados. La simbiosis  de los santos es lo que produce la verdadera edificación.
   La característica predominante en la comunidad de Jesús eran las relaciones en amor.
   Cuando los envió “dos en dos” quiso que aprendieran los beneficios y privilegios de trabajar juntos, en equipo, relacionados, unidos como coyunturas y ligamentos, que se compadecieran de sus debilidades y apreciaran sus virtudes, que se conocieran tal como eran.
   Si fallan las uniones de los discípulos lo demás no puede sostenerse en el tiempo. Para formar comunidad hay que “sentir lo mismo, tener el mismo amor, ser unánimes, sentir la misma cosa” (Fil. 2:2). En una comunidad tenemos que estar todos “armados del mismo pensamiento” (1P. 4:1).

   Si la iglesia practica la fe como lo hizo la comunidad de Jesús será fructífera lo único que al final del camino le espera una cruz, en la cúspide no habrá aplausos o agradecimientos sino cruz. Ellos padecieron afrenta, contradicción y persecución hasta el último momento. Sin persecución la iglesia es absorbida por el medio, mueren los profetas, la fuente de vida se seca y los fieles viven una fe de segunda mano lapidando e continuo a sus enviados.
   Los cuatro evangelios debe ser vistos en términos de una comunidad cristiana modelo no como descripciones individuales acerca de Jesús y los apóstoles.

   El verdadero análisis de la iglesia lo encontramos en los evangelios como sustancia, espejo y arquetipo de Comunidad. Si Jesús hubiese tenido la intención de establecer un programa de actividades, forma de culto, edificar un templo o hacer otras cosas tuvo tres años para implementarlo pero no lo hizo y tampoco dejó recomendaciones para que a futuro se realizara. La sencillez fue la característica fundamental de su comunidad.
   ¡Esa comunidad era la semilla de mostaza que con el tiempo iba a crecer para convertirse en árbol donde pudieran anidar las aves!
 













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