JESÚS ES SEÑOR Rainero Cantalamessa




   Esa expresión divide realmente dos mundos. Decir "¡Jesús es el Señor!" significa entrar libremente en el ámbito de su dominio. Es como decir: Jesucristo es "mi" Señor; él es la razón de mi vida; yo vivo "para" él, y ya no "para mí". "Ninguno de nosotros -escribía Pablo a los Romanos— vive para sí mismo y ninguno muere para si mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor" (Rom 14,7-8). La suprema contradicción que el hombre experimenta desde siempre —la contradicción entre la vida y la muerte— ya ha sido superada. Ahora la contradicción más radical no se da entre el vivir y el morir, sino entre el vivir "para el Señor" y el vivir "para sí mismos". Vivir para sí mismos es el nuevo nombre de la muerte.

La proclamación "Jesús es el Señor!" ocupó, después de Pascua, el lugar que en la predicación de Jesús había tenido el anuncio "¡Ha llegado a vosotros el reino de Dios!" Antes de que existiesen los evangelios y antes de que existiese el proyecto de escribirlos, existía ya esta noticia: "Jesús ha resucitado. Él es el Mesías. ¡El es el Señor!" Todo empezó con esto. En esta noticia que nació con la Pascua estaba encerrada ya, como en una semilla, toda la fuerza de la predicación evangélica. La catequesis y la teología de la Iglesia son como un árbol majestuoso que brotó de esa semilla. Pero ésta —como ocurre con la semilla natural—, con el paso del tiempo, quedó sepultada bajo la planta que produjo. El kerigma, en nuestra conciencia actual, es una de las verdades de la fe, un punto, aun cuando sea importante, de la catequesis y de la predicación. No es algo que esté aparte, en el origen de la fe.
Mi primera reacción ante un texto de la Escritura es siempre la de ir a buscar las resonancias que ese texto ha tenido en la Tradición, es decir en los Padres y en los Doctores de la Iglesia, en la liturgia, en los santos. Y lo normal es que se agolpen los testimonios en la mente. Pero cuando intenté hacerlo con la expresión "¡Jesús es el Señor!", comprobé con sorpresa que la Tradición era casi muda. En el siglo III d. C., el título de Señor ya no conserva su significado original y se lo considera inferior al título de Maestro. Se lo conceptúa como título característico de los que siguen siendo "siervos" y todavía no han llegado a ser "amigos", y por lo tanto es propio del estadio del "temor" (Cf ORÍGENES, Comentario al evangelio de Juan, 1, 29 (Sch 120.p.158).. Sin embargo, ya sabemos que es algo muy distinto.
Para una nueva evangelización del mundo, necesitamos volver a sacar a la luz aquella semilla, en la que se encuentra condensada, aún intacta, toda la fuerza del mensaje evangélico.

Necesitamos desenterrar "la espada del Espíritu", que es el anuncio apasionado de Jesús como Señor.

En una célebre obra épica del medioevo cristiano, se habla de un mundo en el que todo languidece y se vuelve confuso porque nadie plantea la cuestión fundamental y nadie pronuncia la palabra crucial —la del Santo Grial—, pero que vuelve a florecer cuando se pronuncia de nuevo esa palabra y cuando se atrae la atención sobre lo que tiene que estar por encima de los pensamientos de todos. Algo así ocurre, creo yo, con la palabra del kerigma: "Jesús es el Señor!" Todo languidece y carece de vigor donde ya no se pronuncia esa palabra, o ya no se coloca en el centro, o ya no se pone "en el Espíritu". Y todo se reanima y se vuelve a inflamar donde esa palabra se pone en toda su pureza, en la fe. Aparentemente, nada nos es tan familiar como la palabra "Señor". Es parte del nombre con que invocamos a Cristo al final de todas las oraciones litúrgicas. Pero una cosa es decir "Nuestro Señor Jesucristo" y otra decir "¡Jesucristo es nuestro Señor!" Durante siglos, y puede decirse que hasta nuestros días, la misma proclamación "Jesús es el Señor" con que se cierra el himno de la carta a los Filipenses ha quedado escondida bajo una traducción errónea. En efecto, la Vulgata traducía "Toda lengua proclame que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" —Omnis lingua confiteatur quia Dominus Jesus Christus in gloria est Dei Patris—, mientras que -como ahora sabemos— el sentido de esa frase no es que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre, sino que Jesús es el Señor, ¡y que lo es para gloria de Dios Padre!

Pero no basta con que la lengua proclame que Jesucristo es el Señor; es preciso además que "toda rodilla se doble". No son dos cosas separadas, sino una sola cosa. Quien proclama a Jesús como Señor tiene que hacerlo doblando la rodilla, es decir sometiéndose con amor a esa realidad, doblando la propia inteligencia en obediencia a la fe. Se trata de renunciar a ese tipo de fuerza y de seguridad que proviene de la "sabiduría", es decir de la capacidad para afrontar al mundo incrédulo y soberbio con sus mismas armas, que son la dialéctica, la discusión, los razonamientos sin fin, cosas todas que nos permiten "estar siempre buscando sin nunca encontrar" (cf 2 Tm 3,7), y por tanto sin sentimos nunca obligados a tener que obedecer a la verdad una vez que la hemos encontrado. El kerigma no da explicaciones, sino que exige obediencia, porque en él actúa la autoridad del mismo Dios. "Después" y "al lado" de él, hay lugar para todas las razones y demostraciones, pero no "dentro" de él. La luz del sol brilla por sí misma y no puede ser esclarecida con otras luces, sino que es ella la que lo esclarece todo. Quien dice que no la ve, lo único que hace es proclamar que él mismo es ciego.
Es preciso aceptar la "debilidad" y la "necedad" del kerigma —lo cual significa también la propia debilidad, humillación y derrota—, para que la fuerza y la sabiduría de Dios puedan salir victoriosamente a la luz y seguir actuando. "Las armas con que luchamos —dice Pablo— no son humanas, sino divinas, y tienen poder para destruir fortalezas. Deshacemos sofismas y cualquier clase de altanería que se levante contra el conocimiento de Dios. Estamos también dispuestos a someter a Cristo todo pensamiento" (2 Co 10,4-5). En otras palabras, es necesario estar en la cruz, porque la fuerza del señorío de Cristo brota toda ella de la cruz.
Debemos estar atentos a no avergonzarnos del kerigma. La tentación de avergonzarnos de él es fuerte. También lo fue para el apóstol Pablo, que sintió la necesidad de gritarse a sí mismo: "¡Yo no me avergüenzo del Evangelio!" (Rm 1,16). Y lo sigue siendo aún más en nuestros días. ¿Qué sentido tiene —nos insinúa una parte de nosotros mismos— hablar de que Cristo ha resucitado y de que es el Señor, mientras a nuestro alrededor existen tantos problemas concretos que acosan al hombre: el hambre, la injusticia, la guerra...? Al hombre le gusta que se hable de él —aunque se hable mal—bastante más que oír hablar de Dios. En tiempos de Pablo una parte del mundo pedía milagros y otra parte pedía sabiduría. Hoy una parte del mundo (la que vive bajo regímenes capitalistas) pide justicia, y otra parte (la que vive bajo regímenes totalitarios comunistas) pide libertad. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado y resucitado (cf 1 Co 1,23), porque estamos convencidos de que en él tienen su fundamento la verdadera justicia y la verdadera libertad.
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