LA FE DE LOS HUMANISTAS Francis A. Schaeffer





¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?
Porque vosotros sois el templo del Dios viviente…

                                                                                  2 Corintios 6,16

 Dos columnas

Dos columnas distinguían a la Iglesia cristiana primitiva de cualquier otro sistema religioso.
La primera concernía al fundamental problema de la autoridad. En dicha Iglesia sólo existía una autoridad final: la Biblia, la Sagrada Escritura. Esto se desprende claramente de la enseñanza de Jesús, de Pablo y de la totalidad del Nuevo Testamento. Entre los lectores del presente tratado, muchos creerán que la Iglesia primitiva estaba en lo cierto sustentando este concepto de la Escritura; pero incluso quien no lo comparta debería comprender que tal fue su concepto para así entender intelectualmente a la misma.
Los primeros cristianos creían que la Sagrada Escritura les daba autoridad externa al ámbito del relativista, mutable, limitado pensamiento humano. Así, con esta visión de la Palabra tenían lo que consideraban una autoridad no humanista.

La otra columna de la Iglesia primitiva que la diferenciaba de todos los demás sistemas religiosos era su respuesta a la pregunta: ¿Cómo allegarse a Dios? Si Dios existe y es santo, perfectamente santo, vivimos en un universo moral. Si Dios no existe o si es amoral o imperfecto, vivimos al fin en un universo relativo en cuanto a la moral. Por otra parte, si Dios es perfecto, y mantiene su total perfección, entonces, como es obvio que ningún hombre es moralmente perfecto, todos ellos estarán condenados. Lo único que resolvería este dilema, verdaderamente básico, acerca de su el universo es moral o amoral, sería la enseñanza de la Biblia y la Iglesia primitiva. Tal enseñanza fue que Dios nunca hace descender el nivel de sus normas, que exige perfección y que por tanto es completamente moral; pero que en el amor de Dios vino Jesucristo como Salvador, y llevó a cabo una obra infinita y definitiva en la cruz, de manera que el hombre ya puede acercarse al Dios totalmente santo y perfecto, apoyado en esta obra perfecta y consumada, por la fe y sin obras humanas relativas. Estamos tan acostumbrados a hablar de esto dentro de un contexto religioso, que olvidamos las implicaciones intelectuales. Diremos de nuevo que, tanto si se cree lo que la primitiva Iglesia y la Biblia enseñaron, como si no se cree, debe entenderse este punto que estamos tratando, o no se podrá comprender a tal Iglesia ni su carácter distintivo.
Una vez se enseña la exigencia por parte de Dios de perfección total, se mantiene la existencia de un universo moral; y al enseñar la obra perfecta del Salvador, se sigue que no necesariamente se condenan todos los hombres. Así, cualquier elemento humanista y egoísta es destruido. Incluso, si el cristianismo no fuese verdad, y nosotros creemos que sí, ésta sería una respuesta titánica; jamás ningún otro sistema —ya religioso, ya filosófico—ha dado respuesta semejante.

Así pues, las dos columnas distintivas de la primitiva Iglesia eran un combinado y completo golpe para el humanismo. La autoridad quedaba fuera de la mutable jurisdicción humana, y así el acceso personal de cada individuo al Dios enteramente santo se basaba, no en los relativos actos morales o religiosos del hombre, sino en la absoluta y definitiva obra y por ser Él Dios, infinita) de Jesucristo. Todo esto hacía que el hombre fuera arrancado del centro del universo donde había intentado situarse a sí mismo cuando se rebeló contra Dios en la histórica caída en el Edén, y destruía al humanismo atacándolo en el mismísimo corazón.

Un cambio

Un cambio acaeció en tiempos del emperador Constantino. Éste hizo la paz con la Iglesia, pero empezó a entrometerse en ella. Este cambio de dirección progresó lentamente al principio, y luego con creciente velocidad. Habiendo empezado con Constantino, fue orientado en su dirección definitiva en la época de Gregorio el Grande; y no concernía a cuestiones incidentales, sino al concepto básico. Tal cambio de dirección destruyó las dos únicas columnas a que nos hemos referido más arriba. La Iglesia venía a ser el centro de la autoridad en lugar la Palabra de Dios. Aquí es reintroducido el elemento humanista.
En cuanto concierne a la segunda columna, hallamos que la salvación, en lugar de descansar solamente sobre la completa obra de Cristo —es decir, su obra consumada en el espacio y el tiempo, en la historia—, se sustenta también en las obras humanas. En el sistema católico-romano, estas obras se hallan en tres importantes ámbitos. El primero es el de la misa. No se considera ya, en la misa católico-romana, que Jesucristo acabó su obra en el espacio de tiempo histórico en que murió en la cruz, sino que se considera que Jesús está sufriendo constantemente. Él sufre de nuevo, en el sacrificio no sangriento, cada vez que se celebra una misa. Pero hay más todavía: se considera que quienes participan en la misa están ofreciendo a Cristo en sentido activo. Basta con leer el misal católico-romano para
darse cuenta de la fuerza de esto. Cristo es ofrecido por el oficiante, pero quien participa de la misa participa en el ofrecimiento activo de Cristo.
Hallamos el segundo elemento humanista en el ámbito de la penitencia. Ésta es el sufrimiento en la vida actual, sea en lo religioso, sea de una manera general, para compensar la ausencia de buenas obras positivas. Así, el sufrimiento tiene valor práctico.
El tercer elemento humanista concierne al ámbito del purgatorio, en el que el valor del sufrimiento se proyecta al futuro. Se sufre hasta merecer el mérito de Cristo.
Claro está, que de esta manera de destruyen totalmente las dos columnas básicas de la Iglesia primitiva, y así encontramos en el sistema católico-romano un retorno a lo que está específicamente relacionado con los demás sistemas humanistas. Los críticos de arte
Los críticos de arte, literatura, etc., entienden estas cosas y las exponen con notable claridad. En una publicación de Skira sobre Botticelli, Giulio Carlo Argan, italiano, crítico de arte, escribe: “El hecho es, desde luego, que en los planos político y religioso había un
gran futuro para este sincretismo de arte y cultura, una vez que aquél hubo sido incorporado al programa humanista progresivamente establecido por la Iglesia después del cese del Cisma de Occidente (1378-1417), ya que ese programa facilitaba al cabo una justificación
histórica de la fe cristiana, admitiendo la Antigüedad clásica como suya y mostrándola arrogantemente como la filosofía natural del hombre, el preludio providencial a la revelación de la verdad absoluta por Jesucristo. Pero esta grandiosa, sistemática síntesis de
historia, naturaleza y fe, que iba a constituir la base ideológica del clasicismo de Rafael…”
En lo expuesto resume y explica Argan el humanismo básico de la Iglesia Católico Romana.
Nótense tres cosas:
I.— Dice que se trata de un programa humanista.
II.— Dice la justificación histórica de la fe cristiana —justificación ante quienes representan la cultura humanista circundante, ante los hombres que están fuera de la Iglesia— , fue proporcionada por una síntesis sistemática.
III.— Pone de relieve que con esta síntesis se traza una línea ininterrumpida entre la Antigüedad y la verdad revelada en Jesucristo.
Todo esto está escrito, desde luego, en una Historia del Arte, y desde el punto de vista del arte; pero lo que dice el autor es verdad de modo general. El catolicismo romano constituye un intento de síntesis entre las nociones humanistas circundantes y las no humanistas de la Escritura.
La pintura del Renacimiento hace esto sumamente claro. Rafael planeaba pintar cuatro habitaciones en el Vaticano. Pintó dos, y sus discípulos las otras dos. Una de las habitaciones pintadas por el mismo Rafael, nos proporciona una clarísima prueba de lo que describe Argan como “la base ideológica del clasicismo de Rafael”. En una pared de esta habitación pintó la Iglesia, tal como la veía en su forma católico-romana, y en la opuesta, “La escuela de Atenas”. Esto no fue por casualidad, ya que lo hizo así a propósito. Se trata
de una expresión artística del intento católico-romano de síntesis entre la filosofía humanista, y la no humanista de la Palabra de Dios.
En el tiempo en que Rafael trabajaba en el Vaticano, Miguel Angel pintaba los frescos de la Capilla Sextina. Deben considerarse dos aspectos de su obra en la misma. Primero, las pinturas del techo; luego, las de la pared del fondo.
En el abovedado techo pintó una serie de figuras colocadas dando la impresión de sostener la sección central del mismo. Estas figuras corresponden alternativamente a un hombre y una mujer. Puso el correspondiente nombre bajo todas ellas, de modo que no puede haber equívoco en cuanto a lo que estaba diciendo. Los hombres representan los profetas del Antiguo Testamento. Las mujeres, las antiguas sibilas. Pone a todos alternativamente como iguales. He aquí su manera de decir lo que decía Rafael con sus frescos en el Vaticano. En la bóveda así sostenida, hallamos la representación pictórica del cristianismo. Así, Miguel Angel entiende y expone claramente cómo en su tiempo la Iglesia Católico Romana se esforzaba en la realizar la síntesis entre el antiguo humanismo y el cristianismo bíblico.
El fresco de la pared del fondo de la Sixtina nos dice lo mismo. Representa el Juicio Final, y cuando se contempla por vez primera, se piensa que, excepto por el lugar central de María, es una escena bíblica. Pero luego se observa la existencia de una barca hacia la parte baja de la derecha, y se advierte que nos hallamos ante la barca en que los muertos eran conducidos a través de la laguna Estigia, según la mitología pagana. Uno se da cuenta entonces de que la escena no procede de la Biblia, sino del Dante, quien trabajó ya sobre la base de la mencionada síntesis.

El más importante teólogo

El más importante teólogo de la Iglesia Católica Romana es Tomás de Aquino. La lectura de su Summa pone de manifiesto claramente el énfasis en la mencionada síntesis. Así, lo que venimos diciendo no es desconocido en la presentación de la misma Iglesia Católico Romana. Tanto en su arte como en su teología, el catolicismo romano está edificado específica y centralmente sobre el intento de síntesis entre los pensamientos humanista y bíblico.
Este elemento humanista del catolicismo romano explica el desarrollo de la mariología.
María representa al mismo. Tú, hombre, individualmente no alcanzas la victoria, pero María sí, María ha vencido. Y de este modo tenemos un triunfo vicario del hombre. Del mismo modo, los santos católico-romanos representan también a una vicaria, victoriosa humanidad. El hombre ha triunfado.
Siguiendo el actual énfasis común, que intenta borrar las diferencias entre las diversas religiones, se dice a menudo, incluso por evangélicos, pero afectados por esta tendencia, que el catolicismo romano adora al menos, con toda seguridad, al mismo Dios que la Iglesia primitiva y la Reforma. Desgraciadamente la respuesta es: no. El catolicismo romano no adora al mismo Dios. La entrada del elemento humanista en el sistema católico-romano hace que Dios sea considerado como un Dios distinto al representado en la Biblia.
El Dios bíblico es enteramente santo. El no puede aceptar ni la menor imperfección moral.
Si el Dios totalmente santo quisiera tratar con algún hombre, después de la rebelión de éste, sobre cualquier elemento de la obra moral humana, sólo podría condenarlo. Por eso, en el sistema bíblico, Dios permanece enteramente santo, y nosotros vivimos en un universo absolutamente moral. En el sistema católico-romano, Dios no es totalmente santo, ya que acepta la imperfección. Dicho sistema afirma que somos salvos por el mérito de Jesucristo, pero introduciendo el elemento humanista, porque el hombre debe merecer el mérito de Jesucristo.
La salida definitiva del purgatorio se basa en el merecimiento. Éste se obtiene:
1) Por las buenas obras en esta vida, tanto religiosas como morales; 2) por el valor de los sufrimiento experimentados en la vida presente, que compensan lo que ha faltado en cuanto a las buenas obras; 3) por el valor del sufrimiento que se experimenta en el purgatorio, el cual compensa lo que ha faltado en los sufrimientos en la vida de la tierra. Cuando se ha alcanzado esto, se ha merecido el mérito de Cristo. Todo ello significa que el hombre ha triunfado. Pero quiere decir también que se adora a un Dios que no es completamente santo.
Desde el punto de vista bíblico todo esto es, naturalmente, trágico; pero para alcanzar una comprensión intelectual de ello, debe entenderse también que significa que el intento de conseguir una síntesis entre el humanismo y el cristianismo bíblico conduce finalmente, en realidad, a un Dios humanista, no absoluto. Con pesadumbre, pero con una finalidad definida, se debe entender y afirmar que el Dios del sistema católico-romano no es de la Sagrada Escritura. Ese Dios es imperfecto; y el universo no es, por lo tanto, absolutamente moral.

Nada nuevo

Nada nuevo enseñó ni reconoció la Reforma. Es decir, nada nuevo en referencia a la enseñanza de la Iglesia primitiva. La Reforma volvió sencillamente a las dos columnas básicas a que nos referimos más arriba. La Palabra de Dios era la única autoridad, y la salvación tenía como base única la obra definitiva del Señor Jesucristo, consumada en la cruz. Todo eso significaba la remoción de los elementos humanistas. La Reforma fue revolucionaria por cuanto se apartó tanto del humanismo católico-romano como del secular.
Para entender lo que sucedió después, hay que darse cuenta de que, hace unos 250 años, el humanismo se introdujo en Alemania, y esta vez en las iglesias que habían surgido de la Reforma misma. Esto fue el nacimiento de lo que en la actualidad se llama usualmente liberalismo o modernismo protestante. La alta crítica alemana y cuanto ha brotado de ella hasta nuestra generación, es simplemente la entrada del pensamiento humanista en la Iglesia protestante después de la Reforma, exactamente igual como, desde la época de Constantino en adelante, el humanismo entró en la corriente de la Iglesia primitiva. Nunca se enfatizará suficientemente que la alta crítica no sobrevino porque ciertos hechos le hicieran necesaria, sino porque la filosofía humanista sobrevino primero. Se aceptó en primer lugar la filosofía humanista, y luego fueron añadidos “hechos” que parecían poder proveer una base conforme a la perspectiva humanista. La alta crítica no fue la causa, sino el resultado. Los teólogos protestantes de dicha época permitieron la entrada del concepto humanista en la Iglesia protestante. Las dos columnas básicas no humanistas de la Iglesia fueron destruidas de nuevo. Lo que debemos entender ahora es que, en nuestra propia generación, tanto el humanismo del sistema católico-romano como el del protestantismo liberal no disminuye, sino que es cada vez más fuerte en ambos.

Tal vez la mayor revolución
Tal vez la mayor revolución de nuestra generación sea el cambio acontecido en el catolicismo romano. Algunos pueden decir que en realidad no ha cambiado, y que eso es sólo una estratagema; pero sería difícil estar completamente seguro de si efectivamente es ése el caso. El aumento de la humanista en la Iglesia Católica Romana, en nuestra generación, se muestra en dos ámbitos.
En primer lugar, es un hecho que hasta hace muy pocos años Roma había insistido en que los tres primeros capítulos del Génesis debían ser interpretados literalmente. Hoy día, cuando los científicos católico-romanos se reúnen con los seculares, esto es echado a un lado. Estos hombres de ciencia romano-católicos no son seglares, sino miembros de las diversas órdenes religiosas. Se afirma, en los círculos católico-romanos liberales actuales, que todo lo que debemos aprender de los tres primeros capítulos del Génesis es que, en el proceso evolutivo de animal a hombre, lo único que se necesitó es que Dios introdujera en cierto momento un alma racional. Esto es totalmente revolucionario en relación con lo que Roma había enseñado aun en nuestra propia generación, y significa un definido fortalecimiento de lo humanista.
En segundo lugar, Roma ha cambiado radicalmente en la cuestión de quién se salva. En el pasado, el catolicismo romano ensañaba, como todavía lo hace en España o en el sur de Italia, por ejemplo, que no había salvación posible fuera de la Iglesia Católica Romana.
Hoy en día, el énfasis recae en que todos los hombres sinceros de buena voluntad son salvos. En la Iglesia primitiva y en la Reforma se enfatizó la enseñanza bíblica de que quien no esté en la Iglesia de Cristo (quien no haya tomado a Jesucristo como Salvador) está perdido. Según el antiguo sistema católico-romano, aquellos que permanecían fuera de la organización de la Iglesia Católica Romana estaban perdidos. En ambos casos, nos encontramos con que había alguien que estaba perdido. En la nueva enseñanza católicaromana, con su acrecentado humanismo, es muy difícil saber quién está perdido; y con respecto a los círculos católico-romanos más pronunciadamente liberales, no se puede estar seguro de si alguien se pierde.
Así, nos hallamos ente el viejo humanismo, que comenzó en la época de Constantino, de la Iglesia Católica Romana, pero aumentado ahora con el humanismo del moderno católico-romano.
Debe notarse, por consiguiente, que el nuevo concepto liberal católico-romano no constituye un rompimiento absoluto con el antiguo catolicismo romano, ya que éste mismo ha sido siempre humanista. Constituye sencillamente una confluencia de las diversas
corrientes de un mismo canal. Debe notarse, también, que un hombre como Teilhard de Chardin, tan popular en Europa y América, corresponde exactamente a esta circunstancia.

Al mismo tiempo

Al mismo tiempo, el protestantismo humanista, que se inició con la irrupción de la alta crítica alemana, está moviéndose, por su parte, cada vez más en la misma dirección. Existe un notable paralelo entre lo que sucede en el campo liberal católico-romano, y lo que pasa en el protestantismo. Así como el antiguo catolicismo romano humanista se está transformando en el humanismo aun más abierto del catolicismo romano liberal, también el antiguo protestantismo liberal está desarrollando un nuevo liberalismo. Desde la aparición de la teología kierkegaardiana, es decir, la llamada neortodoxia, se utiliza más la palabra “Dios”, así como otros términos religiosos, pero significa menos. En el viejo protestantismo, las cosas eran, al menos, ciertas o falsas —en el espacio, el tiempo y la historia— , de un modo que cualquiera podía entender. En el nuevo protestantismo liberal, la vaguedad que se puede notar en las obras de Teilhard de Chardin, es igualmente aparente. Las afirmaciones del obispo Pike, de California, han de ser entendidas en este contexto teológico. Él ha llevado sencillamente el nuevo liberalismo de Kierkegaard, Barth, Brunner y Niebuhr a sus conclusiones lógicas, pero hablando en lenguaje claro exento de tecnicismos, de manera que la fuerza completa del mítico nuevo mundo religioso del liberalismo puede ser percibida por el no especialista. Bultmann y Tillich han hecho lo mismo, conduciendo el pensamiento de Kierkegaard a sus lógicas conclusiones; y en el caso de Tillich parece probable que se ha ido más adelante todavía que en el caso de Pike, pero sus obras están escritas con una terminología tan elevada que sólo los que la entienden han podido darse cuenta de la fuerza de lo dicho.

En todos estos casos, la palabra “Dios” ha venido significando cada vez menos, hasta el extremo de que uno debe preguntarse asombrado si en esa teología hay algún Dios. Ésta es exactamente la dirección que sigue el catolicismo romano humanista en su nueva forma liberal, mostrada por Teilhard de Chardin. Debemos afirmar nuevamente, esta vez refiriéndonos al protestantismo liberal, que su Dios no es el bíblico.

En el pensamiento oriental, la “justificación de la vida” es la meditación. Esto no significa que meditando se encuentre algo necesariamente, sino que la meditación como tal da a la vida humana un aparente propósito y significado. En el nuevo liberalismo se encuentra la fe, desde Kierkegaard, como un paso en las tinieblas, como la justificación de la vida. Esto está más en consonancia con la mente occidental que la meditación, porque el paso en las tinieblas incumbe a la acción y por tanto a la voluntad de sufrir por la propia acción.
Pero básicamente es lo mismo: el paso en las tinieblas deviene la justificación de la vida, y la terminología religiosa viene siendo usada cada vez más para que parezca dar un propósito a la vida. Pero nunca se está seguro de si en ella hay realmente algún significado, y la misma palabra “Dios” deviene más y más vaga, hasta desaparecer incluso la distinción entre un Dios personal o impersonal. En este punto, el catolicismo romano y el protestantismo liberal humanistas, ambos en su nueva forma, están cerca de unirse; y en términos de humanismo, ambos están relacionados con el concepto clásico griego de ideas e ideales, así como con los conceptos orientales.
Es significativo Es significativo que “El fenómeno del hombre”, obra de Teilhard de Chardin, publicada después de su muerte, muestre la impronta de esta unión. Teilhard de Chardin era jesuita.
Julian Huxley, ateo, escribió la introducción del libro. Y tanto en Europa como en América, son los protestantes liberales quienes lo recomiendan. Todo ello no es sino el desarrollo del antiguo catolicismo romano humanista deviniendo nuevo catolicismo romano liberal; y el viejo liberalismo humanista protestante moviéndose progresivamente en la misma dirección, en el liberalismo nuevo de la neortodoxia. Así, en nuestros días, la diferencia entre la Roma humanista y el nuevo protestantismo liberal, el neortodoxo, es de detalle, y no básica.

Conclusiones

Esto nos conduce a percatarnos, como primera conclusión, de que no existe una verdadera razón para que no haya un movimiento hacia la unión entre el catolicismo romano y el protestantismo liberal. Cuando el arzobispo de Canterbury visitó al Papa, dijo: “Ya no hay necesidad de estorbarnos el uno al otro. Pues si no estamos ya el uno contra el otro, estamos el uno por el otro, y así podemos ser gloriosamente libres de estar juntos por Jesucristo y por la verdadera unidad de la Iglesia. Yo digo expresamente «unidad» y no «unión», porque la unión o re-unión se basa en una reconciliación de jurisdicciones y autoridades. Pero la unidad es sólo del espíritu, y en ese espíritu... pueden entrar las iglesias fácilmente, e incluso están ya entrando en la actualidad.”
Esto es sencillamente un ejemplo de lo que hemos estado diciendo. El catolicismo romano y el nuevo protestantismo liberal descansan sobre la misma base, y no existe ninguna razón en absoluto, excepto en cuanto a detalles, para que no se unan. Cualquier concepto de verdad absoluta ha periclitado en ambos campos.
Los escritos de un hombre como el jesuita norteamericano John Courtney Murria deben entenderse en ese entramado. Él y sus colegas están instando a que los EE.UU., y también los países del Norte de Europa de tradición reformada, comiencen a desenvolverse sobre la base del concepto católico-romano de “ley natural”. Los católico-romanos instan a esto porque afirman, con bastante razón, que los EE.UU. (al igual que toda la cultura norteuropea) no tienen ya una base, o consenso, sobre el que obrar en los dominios de la moral social, del derecho, del gobierno, etc. En esto tiene razón quien piense como Murria; pero el motivo por el cual los EE.UU. y demás países mencionados no tienen ya una base o consenso para obrar, es que, habiendo renunciado a los que enseñó la Reforma, han devenido abrumadoramente humanistas, y no tienen absoluto al que referirse, o sobre el que fundamentar sus acciones.
Pero el concepto católico-romano de ley natural es igualmente humanista y sin un absoluto en relación al cual obrar. Hemos visto que el humanismo entró en el sistema católico-romano a partir de Constantino, y especialmente que el catolicismo romano liberal moderno es abrumadoramente humanista. El mismo J. C. Murria reconoce todo esto cuando dice que la noción de ley natural es precristiana, anterior ya a los antiguos griegos, y que fue Tomás de Aquino quien perfiló y pulió este concepto. Esto está específicamente
relacionado con los frescos de Rafael y Miguel Angel en el Vaticano. Forma parte del intento católico-romano para lograr la síntesis entre el pensamiento humanista y el bíblico; y en el ámbito del gobierno, el derecho y la moral social, debe finalmente dar como resultado siempre conclusiones humanistas, y por lo tanto relativas. Así por ejemplo, la revista “Time”, de fecha 12 de diciembre de 1960, tratando sobre el concepto de ley natural que sustenta John C. Murria, dice: “El criterio de lo bueno y lo malo ha de hallarse en la naturaleza del hombre; el hombre es —de manera natural— un ser social; y por eso el bien de la sociedad es el del hombre. El robo, por ejemplo, es malo porque subvierte la base de la vida social, ya que hace algún mal, en el terreno privado, a otro. Cuando hay conflicto entre la satisfacción de dos necesidades naturales, lo racional (y por eso legal) es subordinar la más baja a la más alta. Así, la autoconservación es algo bueno; pero la oposición a arriesgar la propia vida cuando lo exige el bien de la sociedad, es algo malo.”
Desde el punto de vista bíblico, el pecado es tal porque es contra Dios, no porque sea contra la sociedad. Cuando perjudicamos a uno o varios hombres es pecado, no porque les hayamos dañado, sino porque ocasionarles daño contradice a la existencia, carácter y ley de
Dios.

Así pues, el sistema bíblico no es humanista, es absoluto. Pero el sistema católico-romano es humanista y relativo, primero en su teología —incluso en su visión de Dios—, y luego en su aplicación práctica de la ley natural.

El concepto católico-romano de ley natural es parte de la “sistemática síntesis” de que habla Argan cuando trata del arte de Rafael.
En la teología católico-romana hallamos una línea ininterrumpida entre el hombre tal como fue creado, el hombre pecador, y el hombre redimido. En el pensamiento católico-romano la caída del hombre no fue realmente total; y la salvación consiste únicamente en la adición de una justicia infusa en el individuo. Esta línea ininterrumpida es la base de su concepto de ley natural. La enseñanza bíblica es radicalmente diferente: existe un rompimiento total en la caída del hombre, y otra vez lo mismo en la justificación. A causa de dicha caída, el hombre quedó verdaderamente muerto. En la justificación, éste pasa del estado de verdadera muerte al de vida real. Según la Sagrada Escritura, el hombre, después de su caída, todavía es verdaderamente “imagen” de Dios, en el sentido de que permanece como criatura moral y racional. Ser una criatura moral y racional después de la caída quiere decir, según la Biblia, tres cosas:
I.— El hombre no redimido todavía puede desear significancia porque se halla aún en el universo para el cual fue creado, es todavía moral y racional. El pintor no redimido todavía puede pintar, el que ama puede aún amar, etc.
II.— Como dice Rom 1,19-20. el hecho de que el hombre permanezca como ser moral y racional le condena, porque dentro de sí en su conciencia, y en la creación que le rodea, tiene testigos que le dicen que vivimos en un universo moral-personal y que hay un Creador. El hecho de que el hombre no redimido tenga una conciencia que le condena, está relacionado con el de que sigue siendo un ser moral. El hecho de que debiera ser capaz de pensar y saber, a causa de la creación que le rodea, que hay un Dios, está relacionado con el de que sigue siendo un ser racional. Que tenga todavía una conciencia, que siga amando, que siga anhelando y buscando la belleza, le condena, porque estas cosas le indican y deberían llevarle en una dirección exactamente opuesta a la que constituye la conclusión lógica de toda creencia no cristiana. La conclusión lógica de todas ellas es que el universo es impersonal y amoral.
III.— Que el hombre sea todavía un ser moral y racional y, por lo tanto, no una máquina, establece una situación en que puede oír el Evangelio, y empezar a reflexionar.
Pero en la caída, el hombre murió. La fuerza del existencialismo secular consiste en que reconoce y afirma que el hombre está muerto. Los existencialistas están de acuerdo con la Biblia en este básico punto. Sin embargo, ésta nos dice por qué se halla el hombre en esa condición, y nos da el remedio para la misma.

El hombre fue creado con el propósito de que amase a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y habiéndose rebelado, es culpable, y está muerto y sin propósito. Después de la caída histórica en el Edén, la culpabilidad del hombre le separa totalmente de Dios, y todas las relaciones secundarias están pervertidas —las relaciones del hombre consigo mismo, con los demás, y con la creación.

—. La noción bíblica es absolutamente diferente de la opinión de que existe una línea ininterrumpida, a través de la caída, desde la creación hasta la salvación. El hombre, en su rebelión contra Dios, ha destruído el propósito primario para el que fue creado, y por lo tanto, todas las cosas están pervertidas. De acuerdo con la noción bíblica, el hombre deviene en la salvación, sobre la base de la obra consumada de Cristo, una nueva criatura en Él, y, aunque no de modo perfecto en esta vida, pero real sin embargo, todas las relaciones secundarias ocupan así su lugar propio. En otras palabras: según la mente de la Escritura, un humanismo irregenerado no alcanza a ser humano y conducirá a lo infrahumano en todos los aspectos de la vida, incluyendo un consenso para la moral, el derecho o el punto de vista social. Así pues, edificar sobre el concepto católico-romano de ley natural, o sobre cualquier otro concepto humanista irregenerado, es construir sobre lo que conducirá a algo que está por debajo de la verdadera humanidad, y que reduce progresivamente al hombre a la condición de máquina o animal.
O, para decirlo de otro modo; siendo la Iglesia Católico Romana básicamente humanista, debe tratar siempre con lo relativo, es decir, es lo opuesto al guardián de lo Absoluto, sea en el entendimiento, sea en la moral.

En la noción bíblica, todos los elementos humanistas están eliminados. En la del catolicismo romano, todos los elementos humanistas básicos están presentes.

El hombre vive hoy en un vacío total, busca desesperadamente una base, y el catolicismo romano le está recomendando que acepte como tal su concepto de ley natural. Éste posee un atractivo especial para los intelectuales, pero cuando es examinado, se ve que no es una base absoluta en ninguna manera, y que en realidad está relacionado con todas las demás formas de humanismo que nos asedian. Existe el humanismo protestante liberal, el común norteamericano, y el más reciente, el socialista, elaborado por el polaco Adam Schaff. Este último es la nueva variedad comunista de humanismo. El humanismo católico-romano es sólo una parte de este cuadro, y no provee solución alguna —todas estas voces juntas se hallan en el ámbito de un retorno del mundo humanista gentil a lo que existía antes de Jesucristo, pero tanto más grave cuanto que sus componentes son universales.
Existe poca posibilidad de revolución, y no hay lugar a donde ir.

La segunda conclusión

La segunda conclusión es, por consiguiente, que el catolicismo romano no difiere básicamente, en cuanto al consenso de ley natural que está ofreciendo al hombre en su dilema, de las otras formas humanistas —al igual que su teología tampoco difiere en lo básico de las demás concepciones humanistas, siendo la base de todo eso el hecho de que el catolicismo romano adora a un Dios imperfecto—. Aceptar el concepto católico-romano de ley natural es vivir sin base absoluta, y eso puede acarrear tan sólo como resultado que la arbitraria voz de la iglesia venga a ser la norma, como ocurrió antes de la Reforma.
Trasladarse del vacío del pensamiento general de nuestro siglo al pensamiento católicoromano, en cuanto concierne al gobierno, el derecho, la sociedad, etc., es, finalmente, pasar sólo del vacío a otro vacío, siendo la norma la arbitraria y totalitaria voz de la iglesia.
La Iglesia primitiva y la Reforma, como hemos visto, descansaban sobre dos columnas no humanistas, y en la Reforma —cuando un número suficiente de hombres creía estas cosas—, ellas proveían una base absoluta para la sociedad, el gobierno, el derecho, etc.
Pero ahora que el mundo occidental postcristiano no cree ya en estas cosas, no existe una base, y el camino que se sigue conduce al caos, o al totalitarismo en cualquiera de sus manifestaciones. Es decir, se sigue ese camino, a menos que Jesucristo vuelva, o que de nuevo haya un número suficiente de hombres que crean y actúen en y sobre las dos columnas no humanistas tantas veces mencionadas, y detengan esa marcha.

La tercera conclusión

La tercera conclusión es que los verdaderos evangélicos debemos permanecer sobre la base de las dos columnas no humanistas sin vacilar, aunque ello signifique permanecer solos.

De otro modo, no constituiremos una ayuda real en la salvación de almas, y no seremos útiles en la oscuridad mental del siglo XX, cuando el hombre deviene progresivamente menos humano, tanto en la vida privada como en la pública, a ambos lados del Telón de Acero.
El cristianismo tiene algo que decir en el siglo XX en lo que concierne al derecho, el gobierno, la vida social, las artes, etc.; pero no puede decirlo si compromete las dos columnas no humanistas. Todo eso significa permanecer tan claramente apartado del llamamiento católico-romano hacia la ley natural, o del llamamiento de las conclusiones sociológicas neortodoxas en las personas de Brunner, Niebuhr, etc., como del humanismo socialista del comunista polaco Adam Schaff, o del humanismo popular norteamericano. Esto no puede hacerse en la carne, sino que debe ser hecho en el poder del Espíritu Santo, tomando acrecentada fuerza en el Señor conforme nuestro complejo religioso-cultural deviene cada vez más como el que circundaba a la Iglesia primitiva. Pero cualquier cosa que sea menos que lo indicado, será finalmente la negación de nuestra herencia de las dos exclusivas columnas no humanistas, y nos hará ineficaces para ayudar tanto a las personas individualmente como a la sociedad.

Entradas populares de este blog

LOS MONTES EN LA BIBLIA- OSCAR GÓMEZ

EL SIGNIFICADO DE LOS BARCOS EN LA BIBLIA Oscar Gómez

9 BENEFICIOS DEL ESPÍRITU SANTO- OSCAR GÓMEZ