EL MAESTRO Y SU PLAN Robert Coleman





La vida tiene un plan:

¿Cuál es el plan de su vida? 

Todo el mundo tiene que vivir de acuerdo con algún plan. El plan es el organizador en torno al cual se persigue el objetivo de la vida. No podemos estar conscientes del plan en cada una de nuestras acciones, ni siquiera quizá saber que tenemos un plan, pero, con todo, nuestras acciones no dejan de manifestar una especie de pauta básica. 
Cuando nos ponemos a tratar de descubrir nuestro objetivo y ver qué hacemos para conseguirlo, lo que descubrimos quizá no sea del todo satisfactorio. Pero una evaluación sincera debería hacernos procurar más por el llamamiento recibido, por lo menos en el caso de la persona que cree que el camino de Jesús es la norma según la cual todas las acciones deberían examinarse. 
Quizá haya que modificar algunos planes propios que queremos mucho, o quizá haya que abandonarlos por completo. También puede resultar angustiosa la adaptación de la congregación a la idea del ministerio que el Maestro nos ha dejado. Es más que probable que todo nuestro concepto del éxito tendrá que ser reevaluado. Sin embargo, los principios de Jesúsdeberían entenderse como guía para la acción. Sólo cuando se aplican a la obra diaria de la vida tienen significado.

Los métodos variarán: 

 Todos nosotros deberíamos, pues, buscar alguna forma de incorporar la sabiduría de la estrategia de Jesús a nuestro método preferido de evangelización. No todos querrán adoptar el mismo ritual u organización, ni tampoco deberíamos querer que todos se ajusten a un mismo molde. El universo es variado en su misma estructura, y cualquier método que Dios quiera usar es bueno, si bien esto no excluye la posibilidad de mejoría en nuestra forma de utilizarlo. 
El Maestro nos da un esquema a seguir, pero espera que elaboremos los detalles según las circunstancias locales. Esto exige poner en juego todos los recursos disponibles. Enfoques nuevos y valientes tendrán que ser puestos a prueba a medida que las situaciones cambien, y no todo lo que se experimente servirá. El que no quiere equivocarse en la búsqueda de formas nuevas de llevar a cabo la obra nunca comenzará, ni progresará tampoco mucho el que tenga miedo de probar una y otra vez. 

Los hombres son primero: 

Pero cualquiera que sea la forma especifica que adopte nuestro método, la vida de Jesús nos enseña que encontrar y preparar a hombres para que ganen a otros hombres ocupa el primer puesto. Las multitudes no pueden conocer el evangelio a no ser que tengan un testigo vivo. Darles sólo una explicación no bastará. 
Las masas desorientadas del mundo deben tener una demostración de qué creer, deben tener a un hombre que en medio de ellos les diga, “seguidme, yo conozco el camino”. En esto, pues, deben centrarse todos los nuestros planes. Por espiritual que fuera nuestro enfoque, la importancia duradera de todo lo que hagamos dependerá de lo bien que se cumpla esta misión. 
Con todo, debemos darnos cuenta de que la clase de hombres que Cristo necesita no se consigue por casualidad. Para ello se necesitan planificación premeditada y esfuerzo concentrado. Sí queremos preparar hombres, debemos trabajar para ellos. Debemos buscarlos. Debemos ganarlos. Sobre todo debemos orar por ellos. 
Algunos ya están ocupando puestos importantes en la iglesia. Otros todavía están entre aquellos que esperan recibir la invitación para llegar a Cristo. Pero dondequiera que estén, han de ser ganados y preparados para que lleguen a ser discípulos eficaces de nuestro Señor. 

Comenzar con pocos: 

No deberíamos esperar comenzar con muchos, ni deberíamos desearlo. Las obras mejores siempre se comienzan con pocos. Es mejor dedicar más o menos un año a uno o dos hombres que aprendan qué significa conquistar para Cristo, que pasar toda la vida con una congregación que se limite a hacer que camine el programa. No importa lo pequeño o desfavorable que sea el comienzo; lo que cuenta es que aquellos a los que damos preferencia en nuestra vida aprendan a entregarse. 

Permanecer juntos: 

La única forma realista de conseguir esto es estando juntos. Si nuestros seguidores han de ver en nosotros lo que van a ser, debemos estar con ellos, Esta es la esencia del plan: dejar que nos vean en acción, de modo que perciban nuestra visión y vean qué relación tiene con la experiencia diaria. De este modo, la evangelización se convierte para ellos en algo íntimo y práctico que se extiende a todo lo demás. Se ve como una forma de vida, no como dogma teológico. 

Darles tiempo: 

Un plan como este, desde luego, toma tiempo. Todo lo que vale la pena demanda tiempo. Pero con un poco de previsión podemos planear hacer muchas cosas juntos que, de todos modos, tendríamos que hacer: visitar, ir a reuniones tomar recreos e incluso compartir el momento devocional. De este modo, el tiempo que toma el estar juntos no tiene por qué ser abrumador. 
Asimismo, si estamos al tanto, nuestros discípulos podrían estar con nosotros la mayor parte del tiempo mientras servimos a otros y, de ayudándonos en nuestras obras de mayor alcance. 

Reuniones de grupo: 

Sin embargo, a fin de dar algo de estabilidad a este sistema, quizá sea necesario preparar momentos especiales en que el grupo, o parte del mismo, pueda reunirse con nosotros. Durante estas reuniones informales podemos estudiar la Biblia, orar, y en general compartir unos con otros nuestras preocupaciones y deseos más hondos. No es necesario propalar lo que se hace, ni siquiera al principio decirle al grupo cuál es nuestro plan, sino basta dejar que las reuniones vayan tomando forma según la necesidad común de compartir. 
El grupo, a su vez, puede elaborar su propia disciplina dentro del cuadro general de la iglesia. Esta idea del grupo actualmente se está volviendo a descubrir en muchos lugares. Como tal, probablemente represente una de las señales más esperanzadoras de avivamiento en el horizonte actual. En todas las esferas de la vida y en toda clase de ambiente eclesiástico están surgiendo pequeños organismos espirituales, algunos de ellos todavía en busca de dirección algunos fuera de órbita, pero en conjunto, este hecho manifiesta un anhelo profundo en el corazón del hombre por las realidades de la experiencia cristiana. Como no están ligados por la tradición, ni hay normas fijas impuestas desde afuera, es natural que estas células tomen formas y enfoques muy diferentes; pero el principio de comunicación íntima y de disciplina dentro del grupo es común a la mayoría. Es este principio básico el que hace que este método lleve al crecimiento, y por esta razón todos nosotros haríamos bien en utilizarlo en nuestro ministerio con los hombres. 
“Creo que una de las primeras cosas que se debería hacer es conseguirse un pequeño grupo de ocho, diez, o doce hombres que se reunieran con un líder todas las semanas y pagaran el precio. Les costaría algo en función de tiempo y esfuerzo. Compartirla con ellos por el tiempo que sea necesario. Entonces se tendría a doce ministros entre los laicos quienes a su vez podrían tomar otros, diez o doce más para enseñarles. Cristo, sentó el precedente. Pasó la mayor parto del tiempo con doce hombres. No dedicó mucho tiempo a las multitudes. De hecho, cada vez que se encontró con una gran multitud, me parece que los resultados no fueron muchos. Los grandes resultados, creo, vinieron de sus contactos personales y del tiempo que dedicó a los doce.” 

Esperar algo de ellos: 

Pero no basta solamente vincular a ciertas personas a algún grupo del que la iglesia no es más que su expresión más extensa. Se les debe dar la oportunidad de expresar lo que han aprendido. De no ser así, el grupo puede estancarse en autocomplacencía, y con el tiempo fosilizarse en una simple sociedad de admiración mutua. Debemos tener bien claro nuestro propósito. Los momentos en que nos apartamos del mundo no son para aislarnos de los conflictos, sino sólo una maniobra estratégica para adquirir más fuerza para el ataque. 
Nuestra responsabilidad, pues, es procurar que los que estén con nosotros tengan algo que hacer que les exija utilizar sus mejores recursos. Todo el mundo sabe hacer algo. Las primeras responsabilidades podrían ser tareas normales, rutinarias, como enviar cartas, ocuparse de preparar el local para reuniones, hacerse responsables de organizar una reunión en su casa. Pero poco a poco estas responsabilidades pueden aumentarse a medida que vayan aprendiendo más. 
Los que tienen el don de enseñar lo podrían utilizar en la escuela sabática. Al cabo de un tiempo se les podría asignarles algún trabajo pastoral adecuado para su capacidad. Casi la mayoría puede visitar a los enfermos. A algunos se les podría estimular para que acepten invitaciones para hablar en público o predicar en iglesias vecinas. Y, desde luego todos necesitan que se les dé algún trabajo especifico de evangelización personal. 
Probablemente no haya contribución más esencial al ministerio de la iglesia que la que se haga en el campo de la consolidación de los nuevos cristianos. En esto los lideres pueden representar un papel indispensable del ministerio, reuniéndose con los que son todavía niños en Cristo y guiándolos en la misma disciplina y forma en que a ellos se les enseñó. Aquellos a los que queremos preparar para esta labor se convierten, pues, en la clave para la conservación de los esfuerzos evangelizadores de la iglesia, y en la garantía de un alcance cada vez mayor. 

Mantenerlos en movimiento 

Todo esto va a requerir mucha supervisión, tanto en el desarrollo personal de estos hombres como en su obra con los demás. Deberemos acostumbrarnos a reuniones con ellos para escuchar cómo van las cosas. Esto significará buscarlos donde estén o aconsejarlos mientras nos acompañen en otras actividades. Las preguntas que se hayan planteado durante sus experiencias deben contestarse mientras las circunstancias que produjeron el problema están todavía frescas en su memoria. Las actitudes y reacciones carnales hay que descubrirlas pronto para atacarlas en forma decidida, al igual que los hábitos personales molestos, los prejuicios infundados, y cualquier otra cosa que sea obstáculo .para su sacerdocio con Dios y el hombre. 
Lo principal es ayudarlos a que crezcan en gracia y conocimiento. Sería prudente, prepararnos.. un programa de lo que tenemos que hacer en el curso de la preparación, y luego mantener un registro del progreso a fin de aseguramos de que no olvidamos nada. Esto es especialmente necesario en el caso de que estemos trabajando con varios al mismo tiempo, si cada uno de ellos se halla en una etapa diferente de experiencia. Necesitaremos ejercitar la paciencia, porque su desarrollo es muy probable que sea lento y con retrocesos. Pero mientras busquen sinceramente conocer la verdad y estén dispuestos a seguirla, llegarán un día a la madurez en Cristo.

Ayudarles a llevar la carga: 

Lo que quizá resulte más difícil en todo el proceso de preparaci6n es que debemos prever sus problemas y prepararlos para lo que les espera. Esto es muy difícil de hacer, y puede llegar a ser exasperante Significa que muy raras veces podemos dejar de pensar en ellos. Incluso cuando estemos en meditación y estudio privados, nuestros discípulos seguirán presentes en nuestras oraciones y sueños. Pero ¿acaso el padre que ama a su hijo querría que no fuera así? Hemos de aceptar la carga de su inmadurez hasta que sean capaces de hacer las cosas por si mismos. Dar por sentado, al menos en las primeras etapas de su desarrollo, que se pueden valer por completo por si mismos, sea lo que fuere que se presente, es abrir la puerta al desastre. 
Debemos ser razonables. Como custodios y consejeros suyos somos responsables de enseñar a nuestros hijos espirituales cómo vivir para el Maestro.

Dejarlos a su propia iniciativa: 

Todo debería conducir a estos elegidos al día en que sumirán por sí mismos un ministerio en su propia esfera de influencia. A medida que se acerque ese tiempo, cada uno de ellos debería estar más y más adelantado en el programa de preparación para aquellos que ganó para Cristo por medio de su testimonio o que le han sido asignados en la obra de consolidación. Nuestra estrategia, pues, sin que ellos lo sepan, se habrá ya infundido en su practica. Sin embargo, para que no queden confusiones, antes de suspender nuestra supervisión deberíamos explicarles con claridad cuál ha sido nuestro plan desde el comienzo. Necesitan tenerlo bien presente a fin de que puedan evaluar sus vidas. 

Sobre todo experiencia espiritual: 

Lo crucial, desde luego es su propia experiencia espiritual. Antes de que salgan de nuestra esfera de influencia necesitan estar sólidamente basados en la fe que triunfa sobre el mundo. El diablo, con la ayuda de todos los demonios del infierno, tratará de derrotarlos por todos los medios arteros en su mano. El mundo a1 que van está bajo su Influencia. Será una batalla constante. Cada pulgada de progreso tendrá que ser ganada con esfuerzo, porque el enemigo nunca se rendirá. Sólo la plenitud del Espíritu de Cristo bastará para salir airosos. A no ser que vivan en comunión con é1 y salgan armados de su pureza y poder, es muy fácil que se vean dominados por las fuerzas confabuladas contra ellos, y entonces todo nuestro trabajo acabará en la nada. 
Todo lo que hemos hecho, pues, depende de la fidelidad de estos hombres. No importa cuántos reclutemos para la causa, sino cuántos conquisten ellos para Cristo. Por esto hemos insistido todo el tiempo en la calidad de vida. Si conseguimos la calidad adecuada do liderazgo, lo demás seguirá; si no la conseguimos, nada habrá en lo demás que valga la pena seguir. 

El precio del triunfo es elevado: 

Expectativas tan altas son costosas, claro está. Es probable que muchos de aquellos con los que comenzamos pensarán que es demasiado y se perderán por el camino. Es mejor que nos demos cuenta de ello desde ahora. El servicio cristiano es exigente, y si los hombres le han de servir en algo a Dios, deben aprender a buscar primero el reino. 
Sí, habrá desengaños. Pero para aquellos que salgan adelante más allá de todo cálculo, para proyectar nuestra vida en los campos listos para la cosecha, habrá un gozo cada vez mayor a medida que el tiempo vaya pasando. No vivimos sobre todo para el presente. Nuestra satisfacción radica en saber que en generaciones venideras nuestro testimonio de Cristo todavía dará fruto por medio de ellos en un ámbito cada vez más amplio de reproducción, hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos.

¿Es ésta nuestra visión? 

El mundo busca desesperadamente a quién seguir. Que seguirán a alguien es seguro, pero ¿será alguien que conoce el camino de Cristo, o alguien como ellos mismos que lo conduzca a tinieblas cada vez mayores? 
Este es el problema decisivo de nuestro plan de vida. La importancia de todo lo que hacemos espera su veredicto y, a su vez, el destino de las multitudes está sobre la balanza.