EL LÍDER CRISTIANO Oscar Gómez




ü La esfera de autoridad del líder.

El líder cristiano ejerce autoridad espiritual siendo ejemplo de los hermanos, en la comunicación de las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles, en la vigilancia de su cumplimiento, y en la toma de decisiones sobre la marcha de la iglesia. La sujeción siempre trae como fruto paz, orden, armonía en el cuerpo de Cristo, edificación, formación de vidas, capacidad de extensión, unidad, salud dentro de la iglesia y protección espiritual.
Todo aquel que ejerce autoridad espiritual lo hace en el nombre de Cristo, es decir que lo hace en el espíritu de Cristo y de parte de Cristo. Por lo tanto, no debe dejarse guiar por sus propias opiniones, sino por la voluntad de Dios.
Atribuir a Dios nuestro propio parecer es una ofensa grave y causa mucho daño a otras personas.

ü Jesús, el líder modelo

Cristo, es un ejemplo de líder para la iglesia. El ejerció autoridad sobre ellos sin ser coercitivo. A través de sus enseñanzas intentó formarlos para que pudieran desarrollar buen criterio y dominio propio. Una parte importante en la tarea de hacer discípulos es ayudar a los hermanos a desarrollar buen criterio, a fin de que se capaciten para evaluar, juzgar las circunstancias y situaciones específicas adoptando una decisión o conducta adecuada.


             Jesús les exigió obediencia a sus discípulos.

Jesús, como líder espiritual, no les pidió que fueran inteligentes, pero tenían que ser fieles y leales. Esto se convirtió en la característica que los distinguía.

Nadie sigue a una persona en la que no confía, ni da con sinceridad el paso de fe a no ser que esté dispuesto a obedecer lo que el líder dice.

Seguir a Jesús pareció fácil al principio porque no lo habían seguido muy lejos, al cabo de un tiempo se dieron cuenta que ser discípulo de Cristo implicaba más que una aceptación gozosa y una experiencia emocional, nadie podía seguir a Jesús a menos que se separara definitivamente del mundo. “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:33).
Obedecer es aprender. La obediencia a Cristo fue el vehículo por el cual los que lo acompañaban fueron aprendiendo cada vez más. Jesús no urgió a sus discípulos a que se comprometieran con una doctrina, sino a una persona que era doctrina, él mismo. La obediencia fue la prueba del amor de ellos hacia su líder.

ü Reconocimiento de autoridad

Este es el quid de la cuestión que estamos tratando. Nos vemos en la necesidad de decir que todo trabajo que hagamos en beneficio de la obra de Cristo, que sea genuino y duradero, será realizado por aquel líder cuyos discípulos estén dentro su esfera de autoridad y la reconozcan.
Son los hijos espirituales que demostraron interés y compromiso con los objetivos del líder los que serán útiles para la gran tarea de extensión, esto hay que tenerlo bien en claro. Pensemos por un momento quienes son los que guardan estas condiciones y aboquémonos a ellos. Sin reconocimiento de autoridad espiritual no hay verdadero desarrollo ni extensión del reino de Dios.

ü El líder y la militancia

El líder cristiano debe ser un militante y promover la militancia, motor de toda transformación, se le exige lo que no se le exige a cualquiera. Debe asumir la causa de Cristo, persistir por ella y en ella participando en la construcción de relaciones en la comunidad y empujando día a día hacia el mañana que Dios anhela de cara al cumplimiento del propósito eterno.
Si bien el tiempo siempre es presente, la materia del líder debe ser el futuro, siempre hacia adelante. La única manera de predecir el futuro es crearlo. Para crear el futuro, no basta con enunciarlo, articularlo verbalmente, para luego marchar plácidamente a casa, el futuro solo podrá cristalizarse a condición de servir al Señor, de conocer el tiempo, de reconocer y atravesar el fango por el que se transita hasta llegar a la meta.

Para el líder la preparación se torna obligación, y por eso, en su recorrido, fiel a su vocación, debe transformarse en alguien que asume en su acción todo el peso de su tiempo, en alguien que lee la realidad y actúa en consecuencia, para marchar siempre en el rumbo marcado por Dios.

La militancia es más que necesaria, es una urgencia en el líder porque lo ayuda a considerar el sentido profundo de la misión ya que constituye el corazón y la esencia misma de la acción. Debe prepararse lo mejor posible, dado que en su actuar se condensan relaciones, y de su comprensión y consecuente acción dependerá el avance o el retroceso de la obra. Se prepara para el momento en que confluyen la preparación y la oportunidad convirtiendo en realidad los sueños y las esperanzas.

ü El líder como factor de unidad

El líder  encarna el compromiso de transformar la realidad, tiene que construir, contrarrestar la tendencia a la fragmentación y disgregación de los discípulos, que es un freno al pleno despliegue de la iglesia. Construir es recomponer aquello que el enemigo tiende a disolver: los lazos y las relaciones en el cuerpo de Cristo.

Cuando discípulos o familias que permanecían dispersas logran identificarse con un liderazgo, una misma esfera de autoridad y articular en torno a él un conjunto común de prácticas, ideas y objetivos entonces hay liderazgo genuino.

El hecho de que un conjunto de personas comparta un mismo camino, no significa que todos sean idénticos. No solo cada uno posee distintas particularidades, sino que dentro de un plan espiritual cada uno desempeña un rol distinto.
El líder es aquel que representa el plan trazado y posibilita así su articulación y realización, produce unidad en un contexto de dispersión. Aquí su autoridad deviene del reconocimiento de sus acciones y palabras.
En su carácter de líder, nunca en lo que dice o hace se refiere a él como individuo, sino al grupo que representa en su conjunto. Su liderazgo no tiene que ver con  individuos aislados, sino con un grupo y un plan en común.
Antes del líder no hay unidad, es él quién la produce  generando nuevas relaciones por la obra del Espíritu de Santo. Aquí hacemos referencia a un líder solo, pero es posible —y existen numerosos ejemplos— de grupos liderados por un conjunto de obreros (pluralidad). En este punto lo decisivo no es tanto el número, sino que sean, trabajen y sean vistos como una unidad, de otro modo será contraproducente, es decir si hay disensión y división el plan se aborta y el reino se detiene ya que los discípulos no saben hacia donde deben ir ni a quién hacerle caso.
El líder recompone los lazos hermanables y traza objetivos de crecimiento y extensión.
(Nota: En todos los casos nos referimos “plan” en singular, dado que debemos tener un solo plan y avanzar hacia él, tener muchos planes y cambiarlos periódicamente no nos conduce a nada, al cabo de unos años veremos la falta de frutos y de dirección)
El liderazgo presenta dos aspectos fundamentales e interrelacionados: la hegemonía y la legitimidad.
La hegemonía es autoridad reconocida, esfera o ámbito de autoridad. Esta definición no tiene nada que ver con autoritarismo, coerción o imposición. Es una relación basada en el amor de Cristo, en el reconocimiento y en servicio de unos a otros, siendo el líder el principal servidor, No se obedece al líder por temor, sino porque se reconoce su autoridad para conducir a los hermanos.
La legitimidad significa que el líder está autorizado, legitimado para dirigir porque también está bajo autoridad, no es una persona que se auto-nombró o auto-designó. La legitimidad es la base en la que se apoya su autoridad espiritual.

No hay líder sin seguidores, pero tampoco hay unidad sin un punto de referencia hegemónico, es decir sin liderazgo.

Sintetizando, un líder cristiano no refiere como usualmente se interpreta a aquel que piensa por nosotros y viene a resolver todos nuestros problemas. El liderazgo (que puede ser un obrero, un grupo o una organización), es ante todo un proceso de construcción “colectiva” del reino de Dios que permite articular a un conjunto de personas que por sí solos se encontraban aislados en el marco del propósito eterno de Dios
¿Qué entendemos por esto último? El líder espiritual debe lograr plasmar una causa común en función de la cual luchar, impulsa la tendencia hacia ese objetivo y lo hace posible.
Liderar en tiempos de fragmentación es todo un reto, su tarea debe ser generar unidad; así como la carnalidad y el diablo desunen, el liderazgo une; los enemigos restan y desarticulan, el líder suma e integra siendo su objetivo central encauzar a los hermanos en la misión.

El liderazgo no es producto de la unidad, sino que es liderazgo justamente porque la crea, desarrolla sensibilidad espiritual, pasión por Cristo y su obra, también acciones y prácticas concretas. Lleva a comprender la causa de Cristo como única instancia de transformación y a creer en Jesucristo como factor de cambio radical de las personas.

Por estas razones el líder emerge como representante de ese cuerpo articulado, estableciendo una relación de mutua dependencia entre obreros, ya que no hay liderazgo sin un conjunto de discípulos ni tampoco discípulos que extienden el reino sin liderazgo.
Este conjunto de discípulos no delega su voluntad en el líder, por el contrario lo condiciona, lo evalúa, le exige periódica rendición de cuentas, aporta sus reflexiones en el marco de un debatir y un actuar en el ámbito del cuerpo de Cristo, la iglesia.

ü La gran tarea del liderazgo

En una época en la que las personas tienden a separarse, aún dentro del pueblo de Cristo se vislumbra un estilo de vida individualista ¿cómo es posible reunirlas bajo un mismo liderazgo y un mismo plan? ¿Cuáles son las operaciones espirituales que dan lugar a tal unidad? Es, justamente, la tarea de liderazgo la que permite realizar esta tarea de unificación. Por tanto la gran tarea del líder cristiano consiste en la articulación de un plan, la reunión de discípulos que de por sí permanecían dispersos, en torno a un conjunto de prácticas, ideas y objetivos en común. No existe líder sin seguidores.