EL SACERDOCIO UNIVERSAL DE LOS FIELES


Todos los fieles comparten el sacerdocio de Cristo.

Cristo Señor, pontífice tomado de entre los hombres (cf. Heb 5,1-5), de su nuevo pueblo "hizo un reino y sacerdotes para Dios, su Padre" (Ap. 1,6; cf. 5,9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo.
Vaticano II, Lumen Gentium, Nº 10
Esto tiene enormes consecuencias para las mujeres:
  1. Cristo ha abolido el sacerdocio del Antiguo Testamento basado en la sacralización (=presunta santidad) del tiempo, lugares, objetos de culto, de la casta sacerdotal.
  2. Cristo ha instituido un sacerdocio donde todos los bautizados comparten la dignidad fundamental.
En consecuencia, esto implica que hombres y mujeres, a la vez pueden compartir el sacerdocio ministerial de Cristo. Podemos denominarlo con justa razón la intención implícita de Cristo.
1. Cristo abolió el sacerdocio del Antiguo Testamento basado sobre supuestas realidades ‘sagradas’. Jesús no fue un reformador social, aunque sus principios religiosos pudieran entrañar enormes implicaciones sociales. El no desencadenó directamente una revolución social. No se puede decir lo mismo de su compromiso religioso. Aunque no atacó directamente las estructuras sociales de su tiempo, fue intolerante de cara a las estructuras religiosas anticuadas e inadecuadas. En este ámbito su actitud difícilmente podría ser más contundente. Él abolió completamente el sacerdocio tal y como fue comprendido según las concepciones del Antiguo Testamento.
Para comprender todas las consecuencias de la actitud de Jesús en este ámbito, debemos recordar que el sacerdocio del Antiguo Testamento se basaba en una filosofía que establece una distinción entre lo sagrado y lo profano. Ciertas realidades concretas como las casas, el rebaño, comer y dormir, atender los negocios, etc. eran consideradas como ordinarias o ‘profanas’. Dios no se encontraba presente de modo directo en estas realidades. Otras realidades de nuestro mundo eran consideradas como penetradas de la presencia de Dios y eran por tanto consideradas ‘sagradas’. Este es el origen de los días ‘sagrados’ (el sábado y las fiestas), los lugares ‘santos’ (principalmente el templo), los objetos ‘sagrados’ (p.e. los vasos utilizados para la liturgia) y las personas ‘sagradas’ (los sacerdotes) que estaban consagrados a Dios. El sacerdote del Antiguo Testamento era separado de los demás hombres de la misma forma que el sábado era considerado más santo que el lunes , o el templo más sagrado que la piscina de Betsaida. El sacerdote era la encarnación de una presencia divina en medio de un mundo profano.
Antes que sustituir las nuevas realidades sacrales a las antiguas, Cristo fue más lejos. Él ha abrogado radicalmente la distinción entre lo sagrado y lo profano. Esto corre el riesgo de impresionar a algunos creyentes que continúan pensando inconscientemente en la linea del Antiguo Testamento. Se imaginan que el Nuevo Testamento es una versión puesta al día del Antiguo. Piensan que nuestras iglesias toman el lugar del templo de Jerusalén, que nuestro domingo sustituye al sábado, que nuestros cálices corresponden a los utensilios del templo y que el sacerdote del Nuevo Testamento es una versión mejorada del mismo en el Antiguo Testamento. La causa de esta confusión se debe en parte a las evoluciones en el seno de la Iglesia en el curso de su historia, en parte como deferencia a la necesidad humana de tener realidades cuasi-sagradas como iglesias que forman parte de una religión establecida. Pero, fundamentalmente, pegarse a realidades ‘sagradas’ es una regresión, contraria a las enseñanzas del Nuevo Testamento.
Tomando el ejemplo del lugar sagrado. Los judíos no podían ofrecer sacrificios más que en el templo (Dt 12,1-14), e incluso en el recinto del templo, el entorno se volvía más sagrado a medida que se aproximaba a su centro. Sólo el sumo sacerdote podía entrar en el habitáculo interior del santuario, llamado ‘Santo de los Santos’, y aun más, sólo una vez al año (Heb 9,7). Cristo no atribuye más importancia a los lugares santos. El santifica todos los lugares. En su reino, el culto puede ser rendido no sólo en Jerusalen o sobre una montaña santa, sino en todo lugar con tal de que sea "en espíritu y en verdad" (Jn 4,20-24). De hecho, su propio cuerpo es el nuevo templo que puede reemplazar al antiguo en cualquier parte del mundo (Jn 2,21). Cuando Cristo celebró la misa por primera vez en la Ultima Cena, lo hizo en la habitación superior de una vivienda común (Mc 14,12-16). Para coronar todo, el lugar que él escogió para ofrecer su único sacrificio al mundo entero no estaba en el corazón del templo sino en una lúgubre colina donde se ejecutaba a los condenados (Heb 13,12). Cuando Cristo murió, la distinción entre sagrado y profano fue barrida de una vez por todas. Los evangelios reportan que el velo del templo que escondía el "Santo de los Santos" se rasgó en dos, de arriba abajo (Mc 15,37). La Iglesia de los primeros tiempos comprendió esto. No tenía ni templos, ni iglesias, ni capillas. Los primeros cristianos celebraban la oración común, la eucaristía en todas partes donde se reunían como comunidad. Esto es todavía básicamente verdad para la Iglesia de hoy. Aunque la costumbre de reservar ciertos lugares para la oración es loable en sí, esto fue introducido furtivamente a partir del siglo cuarto, resurgimiento del sistema religioso antiguo.
Lo mismo puede ser dicho sobre los días sagrados. Para los judíos, el sábado era un día consagrado a Dios durante el cual, nadie podía trabajar para su provecho. Jesús estuvo a menudo en conflicto con los fariseos porque rechazaba suspender su apostolado el sábado. Los conflictos surgieron cuando los discípulos arrancaban espigas de trigo (Mt 12,1-8) cuando Jesús curó a un hombre con la mano paralizada (Mc 3,6), cuando Jesús curó a un hidrópico (Lc 14,1-6) y cuando devolvió la vista a un ciego en Siloé (Jn 9,1-16). En el curso de la discusión, la afirmación más revolucionaria de Jesús fue: "el sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2, 27). En otros términos, el sábado no tiene valor en sí mismo porque sea un tiempo sagrado de un tipo u otro, sino porque responde a una necesidad humana.
Mientras que los sacerdotes del Antiguo Testamento debían ofrecer frecuentes sacrificios a momentos sagrados muy específicos, Cristo ha santificado el tiempo en su totalidad por su sacrificio ofrecido una vez por todas (Heb 9,25-28). Con la muerte de Jesús, el sábado y todos los tiempos sagrados pierden su sentido (Gal 4,8-11). En adelante, cada día, cada hora es adecuada para orar y celebrar el culto. La costumbre cristiana de celebrar la eucaristía en "el primer día de la semana" porque él resucitó ese día (Jn 20,1) ha llevado a la celebración semanal de la misa en domingo. Toda vez que el domingo, no es un nuevo ‘sábado’ para los cristianos. Es aun por un infelíz retorno a la manera de pensar del Antiguo Testamento por lo que cristianos de siglos ulteriores, particularmente los cristianos de iglesias protestantes, han vuelto a una observancia del domingo copiada del modelo farisaico.
Después de haber examinado la actitud de Cristo con respecto a los lugares y tiempos sagrados, no nos sorprenderemos de observar la misma actitud con respecto al sacerdocio sagrado. Él abolió el sacerdocio en cuanto institución sagrada. Él mismo no pertenecía al sacerdocio de Aarón. Como representante de todos los seres humanos, abolió el hecho de que la dignidad sacerdotal se transmita por la filiación carnal. Ha establecido un nuevo sacerdocio construido sobre "el poder de una vida indestructible" (Heb 7,16).
Las nociones del Antiguo Testamento son tan ajenas a Cristo que nunca le vemos aplicar el término sacerdote a sí mismo ni a sus discípulos. De hecho, solamente en la carta a los Hebreos el ’sacerdocio’ de Cristo es discutido en términos precisos y comparado al sacerdocio del Antiguo Testamento (ver en particular Heb 5,1–4; 7,26-28). Claro es que Cristo ha confiado una tarea específica a sus apóstoles y sus sucesores, pero no habría estado de acuerdo con que este ministerio fuera considerado como atendido por un nuevo grupo de ministros sagrados apartados como fue el caso en la época del Antiguo Testamento. Las evoluciones ulteriores de la Iglesia que han favorecido esa separación (con las vestimentas ’sagradas’, las dignidades eclesiásticas y las prerrogativas ligadas a un determinado estado) le habrían, seguramente, seriamente preocupado y entristecido.

2. Cristo instituyó un sacerdocio donde todos los bautizados comparten la dignidad fundamental

Cristo ejerció su sacerdocio predicando y ofreciéndose él mismo en el Calvario. Para continuar estos dos ministerios, todo discípulo debe llevar su cruz (Mt 16,24), algún de sus discípulos debe rendirle testimonio, bajo amenaza de persecución o de muerte (Mt 10,16-22). Todos los cristianos tienen parte en consecuencia, en el sacerdocio real de Cristo (1Pe 2,5-9). Todos pueden ser llamados "sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap 1,6) "Sacerdotes de Dios y de Cristo" (Ap 20,6). Todos juntos forman "para nuestro Dios, un reino de sacerdotes" (Ap.5,10).
El sacerdocio común viene dado por el sacramento del bautismo. Hace falta remarcar que este bautismo es exactamente el mismo para todos. No hay absolutamente ninguna diferencia entre el bautismo conferido a las mujeres y el mismo administrado a los hombres. San Pablo afirma que el bautismo de Cristo trasciende y borra todas las diferencias sociales que se encuentran en la humanidad. "Porque todos sois por la fe, hijos de Dios, en Cristo. Sí, todos los que habéis sido bautizados en Cristo, estáis revestidos de Cristo. Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer porque todos sois uno en Cristo Jesús" (Gal 3,26-28).

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