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LA RELACIÓN MATRIMONIAL Serie La Familia




    

     No hay nada más hermoso que la intimidad matrimonial, cuando los esposos se aman y respetan con todo su ser. Cuando cada uno está dispuesto a dar su vida por el otro. Cuando fluye entre ellos un entendimiento que trasciende las palabras. Y cuando esa íntima confianza se refleja en las otras esferas de la vida y produce una armonía profunda y perdurable. Una relación de esta naturaleza fortalece y prepara para enfrentar los grandes embates de la vida, pues desata en el interior de cada cónyuge un vigor, ánimo y fe que lo hacen sentir casi invencible.
Bien lo expresaba el sabio Salomón:
Grábame como un sello sobre tu corazón; llévame como una marca sobre tu brazo. Fuerte es el amor, como la muerte, y tenaz la pasión, como el sepulcro. Como llama divina es el fuego ardiente del amor. Ni las muchas aguas pueden apagarlo, ni los ríos pueden extinguirlo. Si alguien ofreciera todas sus riquezas a cambio del amor, sólo conseguiría el desprecio” Cantares 8:6-7
Pero con la misma convicción podríamos decir que casi no hay nada tan horrible como la intimidad matrimonial cuando la relación se deteriora.
Cuando la dulzura se torna en amargura y la devoción en abuso o egoísmo.
Cuando el menosprecio toma el lugar de la estima. Cuando los sueños se convierten en pesadillas y la convivencia se vuelve insoportable.

La intimidad es sumamente vulnerable y delicada. Si se rodea de respeto y delicadeza, se sostiene con amor y cuidado y se desarrolla con madurez, brinda felicidad a los que la comparten, en un clima de paz y seguridad que los renueva y alegra siempre.

Justamente por la gran virtud y poder que posee, corre serios riesgos.
En la convivencia sexual esos dos seres unidos en matrimonio se van conociendo más y más, y ese conocimiento íntimo les da la capacidad de hacerse bien o mal mutuamente. Cuando no se abren y exponen completamente el uno al otro, no pueden conocer el gozo y la fortaleza que brinda la intimidad. Pero si lo hacen, se vuelven vulnerables y la persona que en un momento los satisface plenamente, en otro puede hacerles un daño profundo.
En la consideración del tema trataremos estos dos aspectos: 1) la unión sexual, y 2) la armonía dentro del matrimonio. Nos impulsa el sincero deseo de encontrar en la sana enseñanza de las Sagradas Escrituras la orientación que nos lleve a vivir un matrimonio feliz, capaz de crear el ambiente hogareño de amor y paz que Dios quiere que disfrutemos.

LA UNIÓN SEXUAL

Para algunos resulta algo sorprendente descubrir que la Biblia hace muchas referencias a la relación sexual. Están acostumbrados a escuchar conversaciones livianas o chistes obscenos que denigran esta hermosa relación y la convierten en objeto de las pasiones más bajas, o la consideran como algo sumamente apetecible dentro de un marco libre de compromisos morales o matrimoniales. Esa forma de tratar el tema atenta contra la integridad y estabilidad del matrimonio legítimo.
Los que hemos asumido un compromiso serio con Cristo como
Señor y dueño de la vida deseamos vivir de acuerdo con sus enseñanzas.
Estamos convencidos de que él siempre nos conduce a lo mejor, a lo más hermoso, a fin de que la vida se deslice por carriles sanos y santos y alcance su desarrollo pleno. Consideremos, entonces, lo que dice la palabra sobre la unión sexual.

Dios es el autor del sexo

Dios creó al hombre y a la mujer. Por lo tanto, es el autor del sexo y de la relación sexual. El determinó las diferencias entre varón y mujer y estableció la atracción mutua. Pero reservó la experiencia sexual para el estado de matrimonio única y exclusivamente. Para poder llevar a cabo el propósito divino a través del acto sexual, es absolutamente imprescindible que el compromiso sea total y la entrega y dedicación del uno al otro sin reservas. Esta situación solo puede darse dentro del estado matrimonial.
El que dos seres se amen entrañablemente no hace legítimo un derecho a mantener relaciones sexuales, ya que ellas constituyen la más íntima expresión del amor conyugal. Esta expresión amorosa solo puede alcanzar su realización plena dentro del matrimonio, que le ofrece garantías y seguridad ante los riesgos que tal intimidad significa y las consecuencias que pudiera acarrear.
Consideremos algunos textos bíblicos pertinentes. Notemos la referencia que se hace del primer matrimonio cuando aún se hallaba en estado de inocencia bienaventurada. El texto señala que la intimidad entre los dos era total, incluyendo lo físico:
Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a
su mujer, y los dos se funden en un solo ser. En ese tiempo el hombre y la mujer estaban desnudos, pero ninguno de los dos sentía vergüenza” Génesis 2:24-25
En dos de sus epístolas el apóstol Pablo advierte contra la unión sexual ilegítima y da una breve orientación con respecto a la relación amorosa en el matrimonio. Insiste en que esta se desarrolle en santidad y honor, es decir, con respeto mutuo y con el deseo de hacerse bien el uno al otro:
Cada hombre debe tener su propia esposa, y cada mujer su propio esposo. El hombre debe cumplir su deber conyugal con su esposa, e igualmente la mujer con su esposo. La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se nieguen el uno al otro, a no ser de común acuerdo, y sólo por un tiempo, para dedicarse a la oración. No tarden en volver a unirse nuevamente; de lo contrario, pueden caer en tentación de Satanás, por falta de dominio propio” 1° Corintios 7:2-5

La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa, sin dejarse llevar por los malos deseos como hacen los paganos, que no conocen a Dios” 1° Tesalonicenses 4:3-5

Otro texto enfoca el tema de un modo similar, pero más escuetamente:

Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal, porque Dios juzgará a los adúlteros y a todos los que cometen inmoralidades sexuales” Hebreos 13:4

Después de instruir a las esposas sobre sus deberes para con sus maridos (vv. 1-6), Pedro exhorta a los maridos a ser considerados y respetuosos con ellas:
De igual manera, ustedes esposos, sean comprensivos en su
vida conyugal, tratando cada uno a su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada, y ambos son herederos del grato don de la vida. Así nada estorbará las oraciones de ustedes. 1 Pedro 3:7
También encontramos en un bello pasaje poético de Proverbios esta referencia a la pureza y delicias del amor conyugal:
“Bebe el agua de tu propio pozo, el agua que fluye de tu propio manantial. ¿Habrán de derramarse tus fuentes por las calles tus corrientes de aguas por las plazas públicas? Son tuyas, solamente tuyas, y no para que las compartas con extraños. ¡Bendita sea tu fuente! ¡Goza con la esposa de tu juventud! Es una gacela amorosa, es una cervatilla encantadora. ¡Que sus pechos te satisfagan siempre! ¡Que su amor te cautive todo el tiempo!” Proverbios 5:15-19

Finalmente, entre los preceptos de la ley de Moisés hallamos esta curiosa palabra acerca de los recién casados:
“No envíes a la guerra a ningún hombre recién casado, ni le impongas ningún otro deber. Tendrá libre todo un año para atender su casa y hacer feliz a la mujer que tomó por esposa” Deuteronomio 24:5
Las Sagradas Escrituras señalan ciertas características propias de la relación sexual, que la experiencia de los matrimonios cristianos felices corrobora:
• Es una relación santa, pura y hermosa dentro del marco diseñado por Dios. Une al matrimonio en una experiencia exclusiva y especial.
• Resulta un aporte positivo y muy valioso para el matrimonio, como fruto de la atracción mutua y de la satisfacción que proporciona él amor.
• Aun la ciencia la considera una relación saludable, no sólo en el plano físico, sino también en el emocional y mental. Relaja las tensiones, calma los nervios, alivia las cargas y eleva los sentimientos.
No obstante, la experiencia de muchos matrimonios dista de ser placentera y útil para contribuir positivamente a la felicidad y buen desarrollo de la pareja. Debemos realizar los ajustes mentales necesarios para adecuamos a la sana orientación de la palabra de Dios. Entonces podremos dedicarnos a procurar lograr una relación sexual feliz, pura y santa con nuestro cónyuge.

Propósito de la relación sexual

Por ser una relación tan fuerte y atractiva, es importante que entendamos el propósito con que Dios la instituyó.
• En primer lugar, para sellar la unión matrimonial
En un estudio anterior vimos que el matrimonio legítimo consta de tres elementos imprescindibles: 1) el compromiso solemne entre un hombre y una mujer hecho para toda la vida y afirmado por el pacto y los votos; 2) el testimonio ante la sociedad con la concurrencia de testigos competentes, ya que se trata de un estado civil público; y 3) la unión física de los dos en el lecho matrimonial. La relación sexual concreta y consuma el matrimonio.
• Para la procreación de la raza
Esto resulta por demás obvio, aunque no todo acto sexual se realice con ese fin. Dios dotó a la mujer de la capacidad fisiológica de concebir solo unos pocos días de cada mes, lo que implica que no es su propósito que toda relación sexual resulte en procreación.
Entre quienes ignoran la voluntad de Dios se observan dos tendencias extremas y erróneas:
• el intentar evitar la procreación por motivos egoístas; y
• el procrear muchos hijos irresponsablemente, sin tomar en cuenta las posibilidades con que se cuenta para su crianza o la salud de la esposa.
Tener hijos es normal, hermoso y constituye una bendición de Dios. Debemos considerar a los hijos como una expresión del favor de Dios (Salmo 127:3-5; 1 Timoteo 2:15). Todos los matrimonios debemos procurar tener hijos y criarlos responsablemente, teniendo en consideración la salud de su madre.
• Para experimentar la más acabada expresión de intimidad, amor y felicidad en la pareja.
Además de lo físico, el acto matrimonial involucra lo mental, emocional y espiritual. Ayuda a superar desencuentros, alivia tensiones nerviosas y contribuye a la buena salud. La relación sexual es un regalo de Dios que bendice al matrimonio. Dios nos ama y procura nuestra felicidad. El hizo la relación conyugal placentera y agradable, para que disfrutáramos de ella.

Normas a tener en cuenta

• En todo acto sexual cada uno debe procurar la felicidad del cónyuge. No debe convertirse en un acto egoísta. Mucho menos en un atropello a los sentimientos del otro.
• Ninguno debe negarse a los requerimientos de su cónyuge. Tampoco imponerse o abusar del otro. Han de tenerse en cuenta las situaciones especiales que se presentan en distintos momentos. Es preciso respetar al cónyuge cuando se niega por una causa justificada. En términos generales, el matrimonio funciona mejor cuando la mujer se predispone a ser accesible a su marido, y cuando el hombre trata con delicadeza y afecto a su mujer.
• Conviene tener presente que la conducta y el trato durante el día deben condecir con el acto sexual. Para la mujer, la relación no comienza en la cama sino que es la culminación de un trato amoroso previo.
• La vida íntima debe ser pura. No se pueden agredir la sensibilidad ni el pudor del cónyuge. Por supuesto, queda descartada toda perversión o anormalidad en la relación sexual (véanse 1 Tesalonicenses 4:4-5; Hebreos 13:4).

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