EL ALCANCE DE NUESTRA MISIÓN Claudio Lancioni y GustavoLeegstra





(Tomado del apunte "Nuestra Misión")

“Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” Hechos 1:7-8

  En el final del evangelio de Lucas y la continuación en su segundo tratado, o sea el libro de los Hechos, el Cristo resucitado les dice a sus discípulos que antes de comenzar a laborar en los negocios del Padre, deben recibir la Promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu -condición indispensable para estar plenamente capacitado para realizar la obra de Dios-. Y una vez recibido este regalo, nuestra misión es ser testigos de Jesucristo, desde ese instante, y para toda nuestra vida, desde el lugar de nuestro llamamiento y hasta donde el Señor nos lleve según su santa voluntad.
  El Señor no nos da un mandato frío, sino que nos dice que para poder cumplir su misión nos llena con el Espíritu Santo, quien es nuestro ayudador, nuestro consolador, el que nos guía a toda verdad, el que nos capacita para ser santos, y para hacer morir las obras de la carne. También nos equipa para ser testigos completos de Jesucristo.

  Jesús, al encomendarnos la misión, que es continuación de la suya, nos manda no sólo a nuestra localidad, sino que nos hace partícipes de la evangelización regional, nacional y en otras naciones. Y esta tiene que ser nuestra pasión. No nos podemos circunscribir a nuestra localidad. Jesús es nuestro punto de referencia. Él recorría cada pueblo y aldea. Nosotros, por lo tanto, tenemos que ensanchar nuestra perspectiva. Abrámonos a Dios con pasión, y Él abrirá puertas en pueblos,  ciudades vecinas, y aún más allá. Y llamará a algunos a otras provincias, regiones y, por qué no, a otros países. ¡Bendita sea la obra del Señor!



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