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LOS DOS LLAMADOS DE PEDRO Dietrich Bonhoeffer



                                           Pr. Dietrich Bonhoeffer



(Tomado del Libro "EL PRECIO DE LA GRACIA")

Dos veces escuchó Pedro la llamada: «Sígueme». Fue la primera y la última palabra dirigida por Jesús a su discípulo (Mc 1, 17; Jn 21, 22). Toda su vida se encuentra comprendida entre estas dos llamadas.
La primera vez, al borde del lago de Genesaret, Pedro, al escuchar el llamamiento de Jesús, había abandonado sus redes, su profesión, y le había seguido confiando en su palabra.
La última vez, el resucitado vuelve a encontrar a Pedro al borde del lago de Genesaret, ejerciendo su antigua profesión, y le repite: «Sígueme».
Entre ambas se desarrolla toda una vida de seguimiento de Cristo. En el centro se halla la confesión en la que Pedro reconoce a Jesús como el Cristo de Dios. Tres veces, al principio, al fin y en Cesarea de Filipo, Pedro ha oído anunciar la misma cosa: Cristo es su Señor y su Dios. Es la misma gracia de Cristo la que le llama: «Sígueme», y que se revela en su confesión del Hijo de Dios.
Tres veces se ha detenido en el camino de Pedro la gracia, la única gracia anunciada de tres formas diferentes; así quedaba claro que era la gracia propia de Cristo, y no una gracia que el discípulo se habría atribuido personalmente. Fue la misma gracia de Cristo la que triunfó sobre el discípulo, llevándole a abandonar todo a causa del seguimiento, la que suscitó en él la confesión que debía parecer blasfema al mundo; fue la misma gracia la que llamó
al infiel Pedro a entrar en la comunión definitiva del martirio, perdonándole así todos sus pecados.

En la vida de Pedro, la gracia y el seguimiento están indisolublemente ligados.

Él había recibido la gracia cara.
Con la extensión del cristianismo y la secularización creciente de la Iglesia, la noción de gracia cara se perdió gradualmente. El mundo estaba cristianizado y la gracia se había convertido en el bien común de un mundo cristiano. Se la podía adquirir muy barata.
Y, sin embargo, la Iglesia romana conservó un resto de esta noción primera. Fue de enorme importancia que el monaquismo no se separase de la Iglesia y que la prudencia de la Iglesia soportase al monaquismo (La palabra mónachos (único, solo) tiene una larga historia que se remonta a Platón. En el ámbito cristiano el término tiene un carácter filosófico. Probablemente surgió también por aquel tiempo en las comunidades de Siria una denominación del mismo significado para designar a los ascetas).
En este lugar, en la periferia de la Iglesia, se mantuvo la idea de que la gracia es cara, de que la gracia implica el seguimiento.
Unos hombres, por amor a Cristo, perdían todo lo que tenían e intentaban seguir en la práctica diaria los severos preceptos de Jesús. La vida monacal se convirtió en una protesta viva contra la secularización del cristianismo y el abaratamiento de la gracia.
Pero la Iglesia, soportando esta protesta y no dejándola desarrollarse hasta sus últimas consecuencias, la relativizó; más aún, sacó de ella misma la justificación de su propia vida secularizada; porque ahora la vida monacal se convirtió en la proeza aislada de unos pocos, a la que no podía obligarse a la masa del pueblo de la Iglesia.

La funesta limitación de la validez de los preceptos de Jesús para un grupo de hombres especialmente cualificados condujo a distinguir un nivel superior y otro inferior en la obediencia cristiana.

Con esto, en todos los ataques posteriores contra la mundanización de la Iglesia, podía indicarse la posibilidad de seguir el camino del monaquismo en el interior de la Iglesia, del cual estaba perfectamente justificada la eventualidad de otro camino más fácil.
De este modo, la referencia a la concepción cristiana de la gracia cara, tal como debería haberla mantenido el monaquismo en la Iglesia de Roma, se convirtió de forma paradójica en la justificación última de la secularización de la Iglesia.
En todo esto, el error del monaquismo, prescindiendo de todas las falsas interpretaciones de la voluntad de Jesús, no consistió en recorrer el camino de la gracia en un seguimiento estricto; más bien, se alejó de lo cristiano al dejar que su camino se convirtiese en la proeza aislada y libre de unos pocos y al reivindicar para esta conducta un carácter meritorio particular.


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