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LA PALABRA "SEÑOR" Juan Carlos Ortíz




En nuestro idioma castellano, sucede algo interesante con la palabra “Señor”. Usamos esta palabra para dirigirnos tanto a un ser humano como a Jesús. Decimos: Señor Pérez, Señor Fernández y Señor Jesús. La palabra Señor, Kirios en el Nuevo Testamento, significa ‘dueño, amo, autoridad máxima, el preeminente, el que está por encima de los todos los demás’. No tiene el mismo significado que cuando decimos Señor Pérez, que es solo un término de respeto. En el Imperio Romano, se usaba la palabra señor para el Emperador, porque le asignaban divinidad, y era el Amo. Los esclavos usaban esta palabra para referirse a sus amos. El amo era un kirios, pero el emperador era El Kirios. Él era “El Señor”.
Los funcionarios de estado y los soldados se saludaban diciendo: “i César es el Señor!”. Y la respuesta habitual era: “¡Sí, César es el Señor!”.
Kirios significa ‘Amo, Dueño, Primera autoridad’. Esta falta de distinción entre “Señor Pérez” y “Señor Jesucristo” ha hecho que perdiéramos el verdadero concepto o significado de la palabra Señor. En inglés, en cambio, la palabra señor para una persona es Mista, pero para Jesús es Lord.
Sin embargo, también se les da el título de Lord y Lady a personas de la aristocracia inglesa, por lo que ya se ha vulgarizado; en inglés también ha perdido su verdadero sentido.
Los creyentes comprendían bien el significado de la palabra Kirios, y Jesucristo era su Kirios o Señor; el César no era El Señor para ellos. Cuando un soldado les decía: “César es el Señor”, el creyente le contestaba: “No, Jesucristo es el Señor”.

Por supuesto, esto les creaba dificultades y persecución oficial. César sabía que los cristianos estaban totalmente comprometidos con otra autoridad y que si tenían que elegir, optaban sin dudas por Jesús, aunque les costara la vida. Para los creyentes, Jesucristo era más que su padre, su madre, su esposa, sus hijos, sus casas, sus tierras, antes que sí mismos y, por supuesto, antes que el propio César. Su actitud decía: “César, tú puedes contar con nosotros, pero cuando lo que nos mandas está en contra de lo que manda Jesús, obedeceremos a Él y no a ti.
Él nos libró del pecado y de Satanás, y nos trasladó a su reino, por lo tanto le debemos nuestras vidas. Él es el primero, es El Señor, es Dios y es nuestra máxima autoridad”. No es de extrañarse entonces que el celoso César hiciera perseguir a los cristianos. No los obligaba a cambiar de religión, sino a ¡negar a Jesús! César permitía otras religiones en su imperio, pero los creyentes no tenían una religión, sino una adhesión a la persona de Jesús, quien era su verdadero emperador o Rey. César tenía celos de Cristo.

El evangelio del reino de Dios nos enseña que Cristo es el Rey, que en este momento es la autoridad máxima. Jesús es el eje de nuestra redención sobre el cual gira toda nuestra vida en el reino. Él es nuestra cabeza, nuestro esposo, la piedra angular del edificio de la salvación.

El evangelio es una buena noticia basada en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios nuestro Padre y la comunión del Espíritu Santo. El Padre Dios le dio al Hijo la autoridad máxima, hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. Sin embargo, más que nunca, en estos últimos tiempos,
hemos venido bebiendo otro evangelio, más centrado en nosotros que  en Jesús. Un evangelio que lo presenta como salvador, sanador, prosperador, pero no como Señor. La gente se acerca entonces a ver qué le puede sacar a Jesús, qué va a recibir de Él, en vez de acercarse para poner toda su vida en sus manos. De esta manera, Jesús es nuestro siervo y tiene que darnos y hacer todo lo que le pedimos. Nosotros somos los señores, y Él es nuestro siervo. Decimos: “Señor dame esto, dame aquello, bendÍceme, sáname, prospérame, dame un mejor trabajo, haz que me aumenten el sueldo, etc.”. Basta ir a un culto de oración y escuchar las oraciones con sus largas listas de pedidos para darse cuenta de que tratamos a Jesús como si fuera nuestro sirviente. Nuestro evangelio o buenas noticias que damos a la gente dice: “El Señor te va a dar esto y aquello”. Anunciamos un evangelio de ofertas. El predicador dice: “Señores, acepten a Jesús como salvador, sanador”.
En realidad, el llamado no debería ser aceptar a jesús, sino entregarse a Jesús, darle sus vidas. Porque el que pierde su vida en Cristo es el que la halla y no al revés. No es tanto que nosotros aceptemos a Jesús, sino que es Él quien nos acepta a nosotros. No somos nosotros que lo elegimos a Él, sino que Él nos eligió a nosotros. Algunos hasta dan la idea de que si se hacen cristianos, le están haciendo un favor a Jesús o al pastor.
A veces para que la gente acepte a Jesús, les prometemos el oro y el moro. Apelamos a sus intereses y no a los del reino de Dios. Si presentamos a Jesús solo como salvador, sanador, solucionador de todos nuestros problemas y el que nos va a llevar el cielo cuando muramos, entonces no es el evangelio del reino de Dios, sino de nuestro reino. En nuestras reuniones, se puede notar quién es el centro. La disposición del mobiliario -bancos, púlpito, parlantes, programa- es para el hombre. Muchos sermones están preparados no tanto para decirnos la voluntad de Dios, sino para suplir las necesidades del ser humano. No es que Dios no quiera suplir nuestras necesidades, pero Jesús dijo:
“Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas”
(Mateo 6:33).
Es precisamente al revés de como lo hacemos nosotros. Nosotros ponemos los caballos detrás del carro. Si nos entregamos totalmente a Cristo para amarlo, servirlo, adorarlo, agradarle y anunciarlo a los perdidos, olvidémonos de nuestras necesidades, Él las suplirá por añadidura. y con nuestros himnos ocurre lo mismo. Me acuerdo que cantábamos: “Oh, Cristo mío”. ¡Somos nosotros los que somos de Él! “Mándanos lluvias copiosas, Dios, manda tu gran poder”. “Y todos unidos en la fiesta, es Cristo quien va a servir”. Gracias a Dios que con el movimiento carismático de los años 60 y 70, se suplantaron muchos himnos centrados en nosotros, y aparecieron muchas doxologías; en vez de pedir, comenzamos a darle alabanza y adoración. Sin embargo, todavía no hemos descubierto cabalmente que “… de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas” (Romanos 11:36 RVR). Quizás si estuviéramos más centrados en Dios y sus intereses, las necesidades de esta vida nos serían suplidas sin que las prediquemos ni las pidamos.
¡Y qué decir de nuestras oraciones! “Señor, bendice mi hogar, bendice a mi esposo, bendice a mi hijo, mi gatito por amor a Jesús, amén”. Esa oración es por ¡amor a nosotros! A veces usamos las palabras apropiadas, pero con una actitud equivocada. Tratamos a Jesús como la lámpara de Aladino de Las mil y una noches; pensamos que si lo frotamos recibiremos lo que queremos. No es de extrañarse que Kart Marx llamara a la religión el opio de los pueblos. Percibía que nuestro evangelio con frecuencia promete una vía de escape de los dolores y de las necesidades. Pero Jesucristo no es un opio. Él es el Señor. Debemos venir a Él y entregarnos de alma y cuerpo a hacer su voluntad. Es así como nos salvamos de nosotros mismos.
Si Él es el Señor, nosotros somos sus siervos. Si Él es el Señor, cuando nos habla, le obedecemos. Él nos ordenó “hacer todo lo que él nos ha mandado”. Si nuestros pastores hubieran sido amenazados por la policía y por el sumo sacerdote tal como ocurrió con los apóstoles, que les prohibieron hablar de Jesús so pena de ser encarcelados, nosotros hubiéramos orado así: “Oh, Padre, ten misericordia de nosotros. Ayúdanos, Señor. Ten piedad de Pedro y de Juan.  
No permitas que los soldados nos hagan algún mal. Por favor danos una vía de escape. No permitas que suframos. Oh, Señor, mira lo que nos están haciendo. ¡Detenlos, no dejes que nos hagan daño!”. El centro de gravedad de nuestras oraciones: nosotros, Pedro y Juan, que no nos hagan daño, que no suframos…
Pero cuando leemos la oración que hicieron los primitivos cristianos cuando fueron amenazados de persecución, en el capítulo cuatro de los Hechos, no oraron así. Fíjese cuántas veces los apóstoles dijeron tú, en vez de nosotros. Al enterarse de la persecución prometida por las autoridades, oraron así: “y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay: que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra Cristo. Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. y ahora, Señor; mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en el que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo”
 (Hechos 4:24-31 RVR)

No es cuestión de semántica, sino de actitud. Nuestras oraciones son “cuídanos, ayúdanos, protéjenos”. No es suficiente cambiar el vocabulario; debemos pedir que Dios tome nuestro cerebro, que lo lave con detergente, que lo cepille bien fuerte y que nos lo vuelva a colocar en una manera distinta de su posición previa. Todo nuestro sistema de valores tiene que ser cambiado. ¿Quién es el Señor? ¿Quiénes son los siervos? Y ¿quién le da las órdenes a quién? ¿Cuál es el centro de gravitación de nuestras oraciones, nosotros o Dios? ¿Dios existe para nosotros o nosotros para Dios?
En la Edad Media, la gente creía que la tierra era el centro del universo y que el sol giraba alrededor de ella. Así nosotros pensamos que somos el centro y que Dios, Jesucristo y los ángeles giran alrededor nuestro para darnos lo que les pedimos.
¡Cuán equivocados estamos! Dios es el centro, nosotros somos sus siervos. Nuestro centro de gravedad debe cambiar. Él es el sol, y nosotros debemos hacer su voluntad, no Él la nuestra.

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