LA AUTORIDAD Y LA SUMISIÓN Equipo Apostólico de Argentina




Dios está uniendo a su pueblo hoy. Llegaremos a ser como una ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder. Queremos estar juntos, nos amamos, sentimos que somos hermanos y deseamos servirnos unos a otros. Para que todo esto se vuelva cada vez más efectivo, es indispensable tener una gracia especial: la gracia de un espíritu sumiso y sujeto.
Aprendemos así de nuestro Señor Jesús. La médula de su enseñanza al respecto la encontramos en las palabras: «Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece» (Mateo 5:3).
Toda la enseñanza y los mandatos de Cristo que siguen presuponen un espíritu dócil, humilde y sumiso.
La llegada del reino de Dios a nuestras vidas pone fin al individualismo y la independencia egoístas. Por ende, apunta a acabar con la anarquía.
El pueblo de Dios debe ser una comunidad bien coordinada y unida entre sí, en la cual todo vestigio de anarquía desaparece y es remplazado por una sumisión gozosa a la voluntad del Señor.
El hecho de encontrarnos en el reino de Dios indica que ya hemos dado pasos concretos en la vida de sumisión. Hemos tomado su yugo, nos hemos bautizado y queremos, por lo tanto, ser confirmados en esta gracia para poder relacionarnos con toda la hermandad en el espíritu de Cristo.
¡Cuán hermosa es la iglesia cuando se despoja de todo rastro de altivez y rebeldía para vestirse de mansedumbre y sujeción! «Así como la iglesia se somete a Cristo...una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección» (Efesios 5:24-27).
Toda esfera de la vida de la iglesia tiene que caracterizarse por un espíritu sumiso.
El apóstol Pedro lo señala así en su primera epístola:
A los ancianos que están entre ustedes, yo, que soy anciano
como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe con ellos de la gloria que se ha de revelar, les ruego esto: cuiden como pastores el rebaño de Dios que está a su cargo, no por obligación ni por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere. No sean tiranos con los que están a su cuidado, sino sean ejemplos para el rebaño. Así, cuando aparezca el, Pastor supremo, ustedes recibirán la inmarcesible corona de gloria. Así mismo, jóvenes, sométanse a los ancianos. Revístanse todos de humildad en su trato mutuo, porque «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes». Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo. Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes. Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo, manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos en todo el mundo están soportando la misma clase de sufrimientos. Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables. A él sea el poder por los siglos de los siglos. Amén
(1 Pedro 5:1-11)
En este pasaje Pedro exhorta primeramente a los pastores a ser ejemplo y a no actuar como si tuviesen señorío sobre la grey. También señala que los jóvenes deben estar sujetos a los ancianos indefectiblemente, sean estos pastores o no. Y luego remarca: «Revístanse todos de humildad en su trato mutuo». La sumisión rige para todos y entre todos. ¡Qué diferente al mundo es la iglesia!

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