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EL PURÉ DE PAPAS Juan Carlos Ortíz


JUAN CARLOS ORTÍZ


Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos”  (Juan 1 7:26).

El amor en lo que podríamos considerar como la tercera faz, es un amor que va más allá del que se menciona tanto en el viejo como en el nuevo mandamiento. Este amor es el que reina entre los miembros de la Trinidad.
¿Es posible imaginarse el amor que existe entre la Trinidad? ¿Puede pensar cómo el Padre ama al Hijo? ¿De qué modo el Hijo ama al Padre? ¿Cómo el Espíritu Santo ama al Hijo? ¿De qué manera el Espíritu ama al Padre? ¿Cómo el Padre ama al Espíritu? ¿De qué manera el Hijo ama al Espíritu? Realmente es algo que nuestras mentes finitas no pueden explicárselo.
El amor que reina entre ellos no tiene fin, es amor, eterno. Es el amor de seres que han alcanzado la madurez. Es la clase de amor que da por descontado que nunca surgirán desavenencias entre ellos. En las páginas del Antiguo Testamento leemos cómo el Padre hizo milagros y señales; levantó muertos y sanó enfermos. Luego vino el Hijo a la tierra e hizo lo mismo. El Padre no dio muestras de celos sino que se mostró complacido (Mateo 17:5). Luego de¡ ascenso de Jesús descendió el Espíritu Santo y también hizo lo mismo. Seguía existiendo una total unidad. El amor que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu es de una madurez tan grande que nada les ofende.
Es este amor que existe entre ellos que hace que los tres sean uno. Dos, más amor eterno, suman uno. Tres, más amor eterno, hacen uno. Cuatro, más amor eterno, también equivalen a uno.
Y cien cristianos, más amor eterno, también son uno. En esta matemática divina con cualquier número siempre se obtiene el mismo resultado.
En la oración que Jesús elevó al Padre poco antes de su arresto, pidió para que ese amor que existía entre ellos pudiera también reinar entre sus seguidores, es decir, entre nosotros.
Recuerdo una ocasión cuando niño que el maestro de la Escuela Dominical en una lección nos explicó cómo nosotros estamos en Cristo. Lo comprendí perfectamente.
Pero otro domingo nos habló de que Cristo está en nosotros. Yo le dije: -Me parece que está equivocado. Si nosotros estamos en Cristo, ¿cómo puede ser que Cristo esté en nosotros al mismo tiempo? Si una cosa está dentro de otra, la más grande no puede estar metida dentro de la más pequeña al mismo tiempo.
Ahora esto ya no es más un enigma para mi. Si yo estoy en el corazón de mi hermano y él está en mi corazón, ambos estamos uno en el otro. El amor hace que seamos uno.
Es obvio que hoy día no somos uno. Nos hemos dividido en muchos grupos; Metodistas, Presbiterianos, Pentecostales de diversas extracciones, Nazarenos, Salvacionistas, Episcopales, Hermanos Libres, Bautistas de distintos grupos y muchos otros.
Y ahora Dios ha comenzado a volvernos a agrupar. Sin embargo El no se vale de las divisiones hechas por nosotros. El tiene solamente dos grupos: los que se aman unos a otros y los que no se aman.
Por lo tanto si usted me pregunta: -Hermano Ortíz, ¿de qué grupo es usted? - Soy del grupo de los que se aman unos a otros, -yo le voy a responder.
Podríamos definir de ese modo la diferencia que existe entre las ovejas y los cabritos a que se refirió Jesús y que leemos en el capítulo 25 de Mateo. En Argentina hay muchísimas ovejas y es interesante ver qué pasa cuando se quiere hacer marchar un rebaño de ovejas. Todas van en la misma dirección, se hacen un cuerpo.
Pero si se quisiera hacer lo mismo con las cabras, sería imposible. Mientras andan se van dando cornadas unas a otras.
Es por ello que resulta fácil distinguir entre una oveja y una cabra. No hace falta el don de interpretación o discernimiento o nada por el estilo. Es suficiente hablar con la persona por uno o dos minutos para saberlo. Si topa, es una cabra. Sí ama, es una oveja.
¿Cómo separó Jesús a las ovejas de los cabritos? Lo hizo en base a la forma en que ' habían actuado: si habían dado agua a los sedientos, comida a los hambrientos, si habían visitado a los enfermos y a los que estaban en la cárcel y demás. A los que habían demostrado amor a sus hermanos les dijo: "Benditos de mi Padre" (versículo 34). A los otros en cambio no los llamó benditos sino todo lo contrario. Estos eran "malditos" (versículo 41).
Note que Dios está haciendo algo más que volver a agrupar a su pueblo. Lo está uniendo. Y lo voy a ilustrar con algo que -todos conocernos: las papas. Cada planta de papas tiene tres, cuatro o cinco tubérculos. Y cada tubérculo pertenece a una u otra planta.
Llegado el momento de la cosecha, la persona encargada de la recolección hace un pozo en la tierra, las saca y las va poniendo en una bolsa. Podríamos decir que las está agrupando. Puede que estas papas muy alborozadas exclamen: - ¡Gloria al Señor, ¡ahora todas estamos en una misma bolsa!- Pero aunque estén todas en un mismo saco, aún no son una.
Llega el momento en que el ama de casa las compra. Ella las lava y las pela. Las papas piensan que ahora sí están más unidas. - ¡Qué maravilloso es este amor que existe entre nosotras!
Eso no es todo. Luego de mondadas son cortadas en trozos y mezcladas unas con otras. Para entonces han perdido bastante de su identidad. Lo cierto es que piensan que ya están listas para el Maestro.
Pero lo que Dios quiere es puré de papas. No muchas papas sueltas, sino puré de papas. Cuando son reducidas a puré ninguna podrá levantarse y exclamar: -Miren, ¡ésta soy Yo!- La palabra tiene que ser nosotros. Es por esa razón que el Padre nuestro comienza con estas palabras: "Padre nuestro que estás en los cielos..... De lo contrario diría "Padre mío que estás en los cielos...
Con la mayor reverencia quiero decirle que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres papas hechas puré. Jesús tiene hambre. Ansía puré de papas. Lo va a tener. Ya está haciendo cosas muy profundas en el seno de su Iglesia.
¿'Quiere que le diga algo? Dentro de poco, si empezamos a amarnos con este grado de madurez, la palabra hermano no tendrá cabida en nuestro vocabulario. Como estamos ahora tenemos que ¡¡amarnos hermanos porque no vivimos como hermanos. En mi casa me llamaban Flaco. Nadie tenia que probar nada llamándome hermano Juan Carlos; todos sabían que yo era hermano de ellos.
En la iglesia decimos Pastor Fernández o hermano Ortíz porque no tenemos relación. Queremos aparentar que sí, pero en realidad es no.
Recuerdo la vez que me encontraba de visita en una iglesia tradicional y el Pastor dijo: -Señor González, ¿podría guiarnos en una oración? Yo pensé para mis adentros: "¡Qué mundanos son! Ni siquiera dicen hermano González" '
Pero después comprendí que la relación entre los "señores" en aquella iglesia era la misma que la que existía entre los "hermanos" en mi congregación. Con las palabras lo único que conseguimos es engañarnos a nosotros mismos.
Toda vez que hablemos respecto de¡ amor debemos tener presente sus dos dimensiones: la mística y la pragmática. El místico dice: -Oh, mi hermano, cuanto amorrrr siento por ti, -en tanto que el otro pregunta-: Hermano, ¿qué es lo que te hace falta?
Hace algún tiempo estuve en una convención en la Provincia de Córdoba y cuando llegó el momento de celebrar la Cena del Señor los hermanos que tenían a su cargo la reunión dijeron: -Hoy no vamos a predicar. Vamos a reservar ese tiempo para la Cena del Señor. Hemos comprado unos diez kilos de pan. La Biblia no especifica de qué tamaño tienen ser los trozos de pan a servir, por lo tanto vamos a entregar un pan a un grupo de cuatro para que lo compartan entre sí como quieran.
Por espacio de más de una hora estuvimos en el gran salón comiendo pan. Nos abrazábamos, llorábamos y después de un rato comenzó a compartiese el dinero con los que no tenían; era el amor expresado en aquella Cena del Señor que suplía necesidades prácticas.
El amor es un mandamiento. El amor es el oxígeno del Reino. El amor es vida.


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