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EL PROPOSITO DE DIOS AL CREAR AL HOMBRE Leegstra-Lancioni


(Tomado del cuadernillo "El Propósito de Dios y como alcanzarlo")


     Este es un asunto fundamental. Debemos abrir nuestros corazones para que Dios nos hable sobre su propósito. No puede ser sólo un estudio de un cuadernillo. Este asunto debe tomar toda nuestra mente y corazón. El conocimiento de gloria que hay en el propósito de Dios debe tomar todo nuestro ser. Su propósito, objetivo, blanco o meta debe direccionar nuestras vidas.
   Toda nuestra vida, nuestra manera de vivir, nuestro comportamiento, nuestro trabajo y esfuerzo, es dirigido por un objetivo, por la meta que tenemos. Por eso, el Propósito de Dios debe volverse nuestro propósito, nuestro blanco.
   Si queremos cooperar con Dios debemos conocer sus deseos, su corazón, su propósito. Todo lo que hagamos tendrá valor eterno en la medida que colaboremos con el propósito de Dios.


Un error muy común


   Muchos de nosotros vivimos por años sin conocer  el propósito de Dios para nuestras vidas. Creíamos, erróneamente, que nuestra meta como cristianos era llegar al cielo. Nosotros veíamos la Biblia desde un enfoque humanista (el hombre es el centro de todo), y concluíamos que el propósito era la salvación del hombre. Todo girando alrededor del hombre y de sus necesidades.
   Esta visión ocurría porque siempre veíamos el propósito de Dios a partir de la caída del hombre. Siendo así, y como el hombre está perdido, la salvación del hombre se volvió el centro del propósito eterno de Dios. Aquí estaba el error y en ese punto debía ser hecha la corrección.
   Es claro que Dios quiere que todos los hombres se salven. Lo vemos claramente en los siguientes textos: 1 Tim. 2:3-4; 2 Pedro 3:9 y Juan 3:16. Pero nosotros no debemos confundir aquello que Dios desea con aquello que es su propósito. El Propósito de Dios no surgió desde la caída del hombre. Es algo que ya estaba en su corazón desde antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4,11)



                               El propósito de Dios no comenzó con la
                         caída del hombre. Es algo que ya estaba en
                         su corazón antes de la fundación del mundo



“...según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Ef. 1:4)

    Pensemos  un momento en la siguiente argumentación: Si antes de la fundación del mundo, Dios tenía el propósito de salvar al hombre, entonces Dios es cómplice del pecado, porque necesitaba que el hombre pecase para así poder cumplir su propósito. Cuando Dios dice: “no comas de este fruto”, en verdad quería que el hombre comiera y pecase, quedando perdido y en tinieblas. De este modo Dios podía cumplir su propósito y salvar al hombre y mostrar así su gran amor.
   Ahora, ¡Todo esto es muy confuso! ¡Dios jamás quiso que el hombre pecara! La salvación no era el propósito del corazón de Dios. La redención fue necesaria por causa de la caída. La caída no fue “programada” para que hubiese salvación. Necesitamos conocer cuál era la primera intención de Dios, cual era el propósito que Dios tenía en su corazón cuando creó al hombre.


¿Cuál era el propósito de Dios al crear al hombre?


“ Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...” (Gen. 1:26)

  Cuando hizo al hombre, Él quería tener hijos con su imagen, con su naturaleza y con su vida. Dios quería tener una gran familia que expresase sobre la tierra su gloria y su autoridad.




                          Cuando Dios creó al hombre, Él quería una
                              familia de hombres semejantes a Él
                 
 

“  Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.   Y los bendijo Dios,  y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla”  (Gen 1:27-28)

    Por eso, Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios. Sabemos que cada ser vivo se reproduce según su especie. Entonces, cuando Adán y Eva se multiplicasen, reproducirían hijos a la imagen de Dios. Esta sería la familia de Dios. Una familia de hombres y mujeres santos y perfectos como Dios. ¡Qué glorioso

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