EL PERDÓN ES UN ACTO INNATURAL Philip Yancey



                                           Philip Yancey

La falta de perdón hace su obra de manera silenciosa y letal, como un gas venenoso e indetectable. Un padre muere sin ser perdonado por su hija, una madre que una vez llevó a un hijo en su propio seno y durante la mitad de la vida de ese hijo no ha hablado con él.
La toxina va haciendo su daño de generación en generación. Un misionero le preguntó a unos aldeanos del Líbano que opinaban acerca de la parábola del hijo perdido, ellos dijeron que al reclamar la herencia antes de tiempo le estaban diciendo al Padre ¡Quisiera que estuvieses muerto! También refirieron cuando el padre corrió para recibir al hijo ya que en el oriente medio los hombres de posición caminan con lentitud y solemne dignidad, nunca corren. Pero en este relato el padre corre. El perdón es injusto y esta es una de las cosas más difíciles con respecto a esta virtud.
Hay cosas que no son razonables en el perdón. Una persona que echaron injustamente de su trabajo, una hija que la abandonaron, un padre ignorado en su vejez. Sin embargo el perdón no tiene nada que ver con la equidad. Lo que decimos de familias, también lo podemos decir de tribus, razas y naciones. El que no puede perdonar a otro rompe el puente que deberá pasar el mismo.
En la historia del mundo hay relatos que abarcan siglos de falta de perdón. Si preguntamos a los adolescentes de Irlanda del norte por qué ponen bombas, por qué matan tal vez no lo sepan. Irlanda busca vengarse de la atrocidades de Oliver Cromwell cometidas en el siglo XVII.
La falta de perdón hace que se resquebraje la unión de una nación con otra, de una madre con una hija, padre e hijo, hermano y hermana. Esas grietas si no se atienden se ensanchan y para las distancias que esto produce solo existe un remedio: El perdón.

¡El perdón es dolorosamente difícil! ¡El perdón es un acto innatural! ¡El perdón es una escandalosa injusticia! 

José convocó a sus hermanos y les pidió perdón en forma dramática. Los hermanos que José luchaba por perdonar eran los mismos que lo habían atropellado, perpetrado planes para asesinarlo y lo habían vendido como esclavo, por culpa de ellos había pasado los mejores años de su juventud en una cárcel egipcia. Cuando la gracia por fin logró abrirse paso hasta José, su angustia resonó en el todo el palacio. Era el sonido de un hombre que estaba perdonando. Detrás de cada acto de perdón se halla la herida de una traición y el dolor que deja una traición no se desvanece con facilidad.

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