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COMO ALCANZAR LA META Daniel Divano



                                            Pr. DANIEL DIVANO



Los que han construido sus casas saben que antes de poder edificar es necesario tener un plano aprobado de la obra que se quiere realizar. Pero aun disponiendo del plano, faltan los planos de otros rubros específicos, como de electricidad, gas y obras sanitarias. Estos planos son consultados continuamente; no son elementos decorativos. Si uno visita la obra cuando ya se está terminando, ve esos planos bien gastados, doblados y manchados, porque han sido examinados continuamente, a fin de hacer las cosas de acuerdo con lo establecido en ellos. De esa manera se levanta una construcción coherente.
Es fácil imaginar el caos que sobrevendrá si un grupo de personas quiere edificar una casa y no tiene planos. Alguien levanta una pared donde el otro considera que tiene que ir una abertura; otro cava una zanja donde tendría que ir la sala principal. Cuando cada uno termina con lo suyo el terreno parecerá más un campo minado que una casa en construcción. De allí no sale nada útil.
Para vivir bien necesitamos objetivos definidos. De la misma manera, la iglesia necesita tener claridad en cuanto al plano de Dios. Los cristianos entendemos que Dios tiene un plan, un propósito soberano para nuestras vidas, revelado en las Sagradas Escrituras. Es nuestra responsabilidad conocerlo para edificar todo de acuerdo a su voluntad.

CON CRISTO ALGO COMIENZA

Escribiendo a los cristianos en Filipos, Pablo se refirió a este propósito de Dios en la vida del discípulo cristiano:

“El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”
Filipenses 1: 6

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”
Filipenses 3: 12-14

En ambos pasajes el apóstol hace referencia al mismo tema, avanzar hacia la perfección, procurar el objetivo determinado por Dios. Señala que cuando alguien entra al reino de Dios, cuando entrega su vida a Cristo, entonces ALGO COMIENZA. Es el inicio de un proceso; no es el fin.
Aparentemente, algunos cristianos han pensado que cuando una persona levanta la mano, hace profesión pública de su fe, y es bautizada, ya no hay más nada que hacer. ¡Ya está adentro y no hay por qué preocuparse más por ella! Pero el apóstol parece tener otra visión de las cosas; él creía que en ese momento algo había comenzado a suceder e iría evolucionando y perfeccionando con el correr del tiempo.
Pensemos por un momento en un matrimonio que está nueve meses esperando ansioso a su bebé. Por fin, llega el día. Se dirigen al hospital, presurosos, y nace la criatura. ¿Podemos imaginar a la esposa diciéndole luego a su marido: “Bueno, querido, ¡ya está! Ahora vamos a casa”, dejando el bebé allí para que alguien se haga cargo de él? ¡De ninguna manera! ¡Recién empieza un largo proceso!
Así sucede con el que se arrepiente y entra al reino de Dios. No podemos decir: “¡Ya está! ¡Que el Señor te bendiga!” Tenemos que ser conscientes de que el proceso recién se inicia. Es un bebé espiritual que tendrá que ir desarrollándose de acuerdo con el objetivo, el plan que Dios tiene para su vida. Por eso decía Pablo: “El que comenzó en vosotros la buena obra……”. Algo empezó en esa vida, e irá perfeccionándose hasta el día de Jesucristo.
¿Por qué enfatizamos el hecho de que se trata de un proceso que requiere tiempo? Pues, estamos conscientes de que si hacemos de la salvación del alma el fin absoluto, todo lo que procuremos agregar a esa vida estará desfasado de la realidad. Cuando la salvación sólo se enfoca como pasaporte para ir al cielo, y no tiene objetivos inmediatos, la vida cristiana aquí en la tierra se convierte en una cosa insulsa y aburrida.

EL PROPÓSITO DE DIOS

Observemos lo que escribió el apóstol Pablo a algunas de las comunidades cristiana acerca del propósito de Dios:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”
Efesios 1: 3-5

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Romanos 8: 28-29

Desde la eternidad nuestro Dios quería ser padre, quería tener muchos hijos que se le parecieran. Cuando él puso en el huerto de Edén a Adán y a Eva, hechos a su misma imagen, les dio una orden que expresaba ese anhelo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra….” (Génesis 1: 28). Cuando la desobediencia del hombre atentó contra ese propósito, Dios tuvo que actuar.
La respuesta de Dios era Jesucristo. Él vino como segundo hombre y postrer Adán, para restaurar el propósito de Dios en el hombre. Para eso, Cristo tuvo que morir por la raza, pagando la deuda que pesaba sobre ella, para redimirla del poder del pecado. De esta manera, hizo posible que tuviéramos, de nuevo, la hoja en blanco, a fin de que el padre pudiera esbozar en ella la imagen de su Hijo.
Pero Cristo no vino sólo para morir; vino, también, para revelarnos al Padre, para mostrarnos su voluntad. Vino para reflejar la gloria de Dios entre los hombres: “El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria” (Juan 1: 14). En Jesucristo Dios nos presenta el modelo para que nosotros sepamos cómo él quiere que seamos. Él nos confronta con su Hijo, y luego nos dice: “Así quiero que sea cada uno”. Esa es la meta que tenemos por delante: ser como Jesús.

JESÚS, EL MODELO PERFECTO

Miremos una situación típica en el ministerio de Jesús:

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies”.
Mateo 9: 35-38

“Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia”.
Mateo 10: 1

Cuando Jesús veía las multitudes por las calles y por las plazas, Mateo nos dice que sintió compasión por ellas. ¿Por qué esa compasión del Señor? ¿Qué veía Jesús en esas multitudes? ¿Solamente almas que se iban al infierno y que se perdían el cielo? ¡No! La Biblia no dice eso. Más bien, dice que tuvo compasión de ellas porque las veía “como ovejas sin pastor”. Él veía que necesitaban algo más que una simple salvación de la condenación. Necesitaban una salvación integral, una acción soberana y poderosa del Espíritu que formase en ellas la imagen de Dios.
La vida de Jesús era un modelo para sus discípulos. Sus enseñanzas no configuraban una teoría abstracta; fueron llevadas a la práctica en su propia vida. Aquellos que él salvaba no solo necesitaban  ser formados con la enseñanza, sino también con el ejemplo. 
Su compasión hacia ellos se mostraba en que los llamaba “para que estuvieran con él”. Quería mostrarles íntimamente su vida para que ellos vivieran así. Precisamente, de aquel grupo de seguidores más allegados, eligió a los doce.

Jesús sabía que para restablecer el plan de Dios tenía que levantar a hombres, discípulos fieles, obreros idóneos que pudieran transmitir lo que él les iba a dar; pastores que, actuando conforme al corazón de Dios, se ocupasen de los problemas del pueblo; maestros que enseñasen todo el consejo de Dios en las situaciones familiares, sociales, económicas, espirituales. Frente a esta tremenda necesidad, Jesús dijo a los suyos: “Rogad al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies”.
Si relacionamos el texto referido con el pasaje paralelo de Lucas, capítulo 6, notaremos lo que pasó a continuación de este relato: “En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lucas 6: 12, 13).
De modo que Jesús, al ver las multitudes como ovejas sin pastor, sin nadie que las formase, que las llevara a la perfección, no solo exhorta a los suyos para que oren por obreros, sino que él mismo pasó toda la noche rogando al Padre por ellos. Y después de haber estado derramando su alma en su presencia, se levantó y llamó a los doce. Creo que esa noche el Padre y el Hijo elaboraron el plan divino para esta elección.
Para que las multitudes fueran formadas a la imagen de Cristo, se requería un paso previo; había que preparar hombres idóneos para realizar la tarea. Los apóstoles, a su vez, prepararían a otros hombres. Así, en un crecimiento continuo, no sólo en Palestina, sino en todo el mundo se extendería el reino de Dios. Esos doce discípulos serían los encargados de echar a andar la rueda que seguiría funcionando a través de los siglos. Gracias a ese plan de Dios, hoy estamos gozando de la salvación en Cristo. 

Esos primeros discípulos despiertan en nosotros una profunda gratitud, pero también, apelan a nuestro sentido de responsabilidad de ser “colaboradores de Dios”, a fin de llevar a cabo su plan.

LA META A NUESTRO ALCANCE

Al decir el apóstol Pablo, “prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”, muestra que está consciente de que Dios le alcanzó con un propósito específico. Sabe, además, que esta no es una meta inalcanzable, una utopía de Dios, sino un objetivo perfectamente accesible para todos los hijos de Dios. Cuando Dios nos ordena algo, nos da los recursos de su gracia, puestos a nuestra disposición para que hagamos su voluntad. Cristo Jesús no solo murió y resucitó por nosotros, sino también nos dio su misma vida y todos los recursos necesarios para conformarnos a su imagen. Nadie puede decir a Dios: “señor, me pusiste una meta tan alta que no la puedo alcanzar”. Pablo afirma: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8: 32).

De modo que la meta no es inalcanzable. Dios ha hecho todas las provisiones para que nos desarrollemos a la imagen de su Hijo. No nos debe extrañar, por lo tanto, cuando las Escrituras nos hablan de ser “perfectos” como nuestro Padre es perfecto. A nada menos está llamando Dios a su pueblo.
Vivir con una meta definida nos ayuda a hacer la voluntad de Dios. Consideremos lo que Pablo escribió a los corintios:

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”.
1 Corintios 9: 24-27

Aquí Pablo manifiesta claramente que él corre hacia un objetivo perfectamente definido. Uno de los grandes beneficios de percibir con claridad la meta que Dios nos propone es que nos marca un rumbo claro para la vida.
Esto puede ilustrarse de la siguiente manera: Si estoy en la Plaza de San Martín y quiero ir a Chacarita, tengo que moverme de acuerdo con mi objetivo. Aunque hace mucho frío, y está lloviznando, no me muevo de la parada porque tengo algo definido que hacer. Para lograrlo, necesariamente debo esperar el colectivo (autobús) correspondiente.
Viene el de la línea, lleno de pasajeros. No lo puedo tomar. Más tarde viene otro, también lleno; no puedo subir. Tengo que seguir allí teniendo frío, esperando que aparezca algún otro colectivo.
De pronto se para delante de mí un colectivo de otra línea; uno de esos micros nuevos de servicio diferencial –con vidrios polarizados, ambiente climatizado, música funcional, asientos reclinables-  que va casi vacío. Arriba tiene un cartel grande que dice: A LINIERS. Pues, yo no tengo que agarrarme del poste de la parada diciendo: Señor, dame fuerzas para no tomar este colectivo, porque va a Liniers y yo tengo que ir a Chacarita”. ¡Para nada! Sigo en la parada sin alterarme porque la meta que tengo es diferente de la de ese colectivo último modelo.
Del mismo modo, Pablo dijo: “No golpeo el aire; no corro a la ventura. Me abstengo de todo con tal de alcanzar aquello para lo cual fui alcanzado por Cristo”. Vivir todos los días conscientes de la meta que Dios nos ha propuesto, conscientes de que la imagen de Cristo tiene que verse reflejada en nosotros, nos ayudará a tomar con toda naturalidad decisiones firmes en el trabajo, en la casa, en el colegio, en todas las esferas de nuestra actividad cotidiana. La base de las mismas estará en relación con la meta que tenemos por delante: si nos ayudan a alcanzarla, o si significan una traba.

NO CONFUNDAMOS LOS MEDIOS CON EL FIN

Ampliando un poco más el ejemplo que estamos considerando, digamos que si pudiéramos evitar tomar el colectivo para llegar al lugar adonde nos dirigimos, lo haríamos. ¡Ojalá yo pudiese llegar a Chacarita sin depender del colectivo de la línea!  Tenemos bien definido que la meta no es viajar en colectivo sino llegar al lugar determinado.
Ahora bien, en la consideración de los aspectos espirituales, este criterio nos libra de dar un énfasis desmedido a los medios, de modo de no convertirlos en el fin. Esto nos libra de caer en errores que pueden ser fatales: en tradicionalismo, en cuidar las formas antes que el fondo de las cosas, en sectarismos, en celos desmedidos por factores que hacen más a nuestros hábitos que a los principios del reino de Dios.
Por ejemplo, muchos nos hemos acostumbrado a poner las sillas en círculo para celebrar nuestras reuniones. Imaginemos que dentro de unos años, cuando ya no estén más los pastores que nos enseñaron y presidieron durante años, se levanten unos hermanos que consideren que la reunión tendría que hacerse poniendo las sillas a lo largo, ¡y se produce un cisma en la iglesia por esta razón! “¿Cómo vamos a hacer la reunión a lo largo –dirán algunos- si aquellos que nos presidieron nos dijeron que pusiéramos las sillas en círculo? Hermanos, colocar las sillas a lo largo es falsa doctrina”.
Si nosotros, en lugar de remarcar los medios destacamos la meta y enseñamos a las futuras generaciones que el propósito eterno de Dios al llamarnos es el de formarnos a la imagen de su Hijo, no vamos a tener problemas con los cambios estructurales que fueren necesarios en algún momento, y no caeremos en errores que nos desvíen del objetivo.

LA META NOS LIBRA DEL INDIVIDUALISMO

Me permito destacar, siguiendo el mismo ejemplo, otro aspecto fundamental de la vida cristiana. Si alguien desea llegar al barrio de Chacarita y se encuentra en la Plaza de San Martín sin saber qué colectivo tomar, lo mejor que puede hacer es preguntar; no le queda más remedio que depender de otros. Del mismo modo, en la vida espiritual dependemos, en muchos aspectos de otros hermanos de la comunidad. Nadie se imagine que va a alcanzar la meta que Dios nos ha propuesto a solas en su casa, sin mantener una estrecha comunión con el pueblo de Dios.
El material impreso, los cassettes, las Escrituras, son todos elementos de gran ayuda, pero no pueden suplir el elemento fundamental de la comunión. Dios se ha propuesto salvarnos como pueblo suyo, no como a individuos aislados.
Él hizo las cosas de tal manera que nos necesitamos el uno al otro; avanzamos hacia el objetivo en la medida que damos y recibimos ayuda. No podemos desarrollarnos solos. Para eso Dios ha puesto en la iglesia a los diferentes ministerios, como dice Pablo a los efesios: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros “…….a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio” (Efesios 4: 11, 12).
¿Cómo debemos conducirnos en medio de esa comunidad donde Dios nos ha insertado para hacernos crecer hacia el objetivo? Pues, con humildad, confesando nuestras deficiencias; preguntando cuando estemos desorientados; permitiendo que nos señalen nuestros errores, a fin de superarlos; disponiéndonos a recibir ayuda y orientación; deponiendo todo orgullo que impida el abrirnos a nuestros hermanos; y en especial, sujetándonos a alguien específicamente que vele por nosotros en amor, dispuestos a recibir orientación y corrección. Dios nos creó para vivir en comunidad. Cuando, respetando este principio, nos integramos plenamente con los demás cristianos en una verdadera comunidad, rápidamente nos iremos acercando hacia el objetivo fundamental y eterno que él nos puso como meta.

ALGUNOS MEDIOS QUE NOS AYUDARAN A LLEGAR A LA META

Otro de los aspectos que deseo señalar apunta a alcanzar el objetivo por el camino más corto. Siguiendo el ejemplo anterior, si estamos en San Martin y queremos dirigirnos al barrio de Chacarita, no vamos a dirigirnos en dirección opuesta a Ballester, para tomar de allí el tren hasta Retiro, y luego el subterráneo a Plaza Constitución, para volver de allí a Chacarita. Sería absurdo. Por simple lógica, procuramos llegar a nuestro objetivo por el camino más rápido.
Deseo mencionar algunos de los medios que Dios pone a nuestro alcance a fin de que, evitando los rodeos, podamos dirigirnos por el camino más rápido a nuestro destino.
Uno de ellos es la lectura de las Sagradas Escrituras. Pablo señaló la gran importancia del texto sagrado a su discípulo y colega Timoteo:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.
2 Timoteo 3: 16, 17

Estudiar las Escrituras, saber por medio de ellas como actuó el Señor Jesús, cómo se movieron los apóstoles, cuáles son los principios establecidos por Dios para nuestra vida, nos ayudará a tomar decisiones correctas, y nos evitará dar grandes rodeos a causa de equivocaciones que inevitablemente habríamos de cometer. Una buena medida es levantarnos todos los días para tener un contacto temprano –quince a veinte minutos- con la palabra de Dios; considerar algún pasaje y dejar que ella nos examine a fondo, nos redarguya, nos corrija y enderece nuestra vida en los caminos de Dios.
Otro de los medios es trabajar para el Señor para poder llevar fruto. Mantener una actitud constante de servicio preserva la propia vida del que sirve. Cuando estamos ocupados en la obra de Dios, ayudando a otros para que alcancen la meta, los más bendecidos somos nosotros. Y en muchas oportunidades el Espíritu Santo nos guarda de caer en pecado trayéndonos la imagen de aquellas personas a quienes tenemos que servir de ejemplo.
Otro elemento que nos ayuda son las pruebas, las circunstancias difíciles. En Romanos 8: 28 leemos que “a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien”. Esa parte del texto todos la conocemos bien, pero Pablo sigue diciendo: “…..a los que conforme a su propósito son llamados”. Es decir, todo ayuda a bien a aquel que tiene como meta el ser conformado a la imagen de Cristo.
Aun cuando somos tratados injustamente por otros, necesitamos entender que la mano de Dios está haciendo una obra en nuestras vidas a través de ellos. Las dificultades sirven dentro del plan de Dios para conformarnos a la imagen de Cristo. Cuando uno se ve apremiado y tiene que luchar y pedir socorro, cuanto más toma conciencia de su debilidad, tanto más se apoya y busca su fortaleza en el Señor, el cual tiene la oportunidad en esos momentos de modelarlo de acuerdo a su voluntad.
Por fin, no podemos dejar de mencionar un elemento formativo muy importante: la necesidad de ejercer paciencia para lograr el objetivo. Me permito mencionar de nuevo el ejemplo del colectivo. Si hemos tomado el colectivo correcto y nos estamos dirigiendo hacia nuestro objetivo, resultaría absurdo bajar a las diez cuadras porque nos parece que va demasiado lento. Hasta tanto el chofer no anuncie que hemos llegado debemos tener paciencia y aguantar barreras del ferrocarril, semáforos y embotellamientos de tránsito, y todo lo demás. De igual manera, en la vida cristiana no podemos pretender alcanzar la meta de un momento para otro; hay un proceso al cual debemos ser sometidos y para el cual necesitamos revestirnos de paciencia.
Sin embargo, hay una situación donde debemos realmente preocuparnos. Eso es cuando, después de estar media hora dando vueltas con el colectivo, nos encontramos en el mismo lugar donde lo tomamos. Si uno nota que en su vida espiritual no hay evolución, si su carácter no está siendo modificado por el Espíritu, si el trato con los hermanos no evidencia un progreso, sí tendría que preocuparse. Pero cuando hay avances, aun cuando no sean demasiados rápidos, debemos tener paciencia, porque Dios está cumpliendo su propósito en nosotros de conducirnos a la meta. No nos bajemos del colectivo.
Remarco esto, porque hemos visto a algunos que se han frustrado al no ver rápidamente la imagen de Cristo reflejada en sus vidas. Si pretendemos subir una escalera tendremos que hacerlo escalón por escalón. Si miramos todo lo que tenemos que subir podemos desanimarnos, pero si hacemos lo que Dios nos manda ahora – subir los próximos veinte centímetros hasta el primer peldaño- en su momento alcanzaremos el objetivo. Tenemos que tener paciencia.

Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16: 18). ¡Esa es nuestra confianza! Aquel que resucitó, venció y reina para siempre es quien se ha propuesto edificar la iglesia, y aunque todo el infierno está luchando contra el propósito de Dios, él está levantando una comunidad de hombres y mujeres que tiene como ejemplo y modelo la vida de Cristo.

Señor, mi anhelo es ser como tú; tú eres el Siervo; hazme así. Estoy ya dispuesto a que obres en mí; transforma mi vida, mi meta eres tú.

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