LAS SANIDADES NO CESARON John Wimber




(Extracto del libro "SANIDAD PODEROSA" de John Wimber)

CONTRACORRIENTES TEOLÓGICAS

Hay una gran tradición de pensamiento teológico que cree que los milagros ya no suceden. La mayoría de quienes apoyan esta tradición proponen que las Escrituras enseñan la cesación de sanidades en la iglesia primitiva. Dependiendo del teólogo que interpretan, dicen que las sanidades (así como las señales y prodigios en general) cesaron después de que se estableció la autoridad de los apóstoles (el fin de la era apostólica) o después de que la iglesia se estableció con amplitud y se aprobó oficialmente (en relación con lo último, el propósito de las señales y prodigios era validar la autenticidad del mensaje cristiano. Muchos teólogos afirmaron que estas señales y prodigios ya no eran necesarios una vez que la iglesia fue oficializada y establecida ampliamente, después del concilio de Cartago en el año 397 d.C, en que los obispos se reunieron y definieron claramente el contenido del Nuevo Testamento).
Los dispensacionalistas (cristianos que resaltaban diferentes «dispensaciones» o eras de la obra de Dios en la historia) eran los más apasionados defensores de la posición  cesacionista.
La Biblia de referencia Scofield, en la que la teología dispensacional se enlaza a través de las Escrituras en cientos de notas de pie de página, popularizó la teoría de la cesación entre millones de angloparlantes fundamentalistas y evangélicos.
Muchos cristianos reformados y luteranos también enseñan la teoría de la cesación de los dones. Tanto Calvino como Lutero (este último cambió de parecer al final de su vida) pensaban que los dones carismáticos cesaron después del primer siglo (Calvino y Lutero vivieron casi doscientos años antes del Iluminismo. Negaron la sanidad divina al rechazar la veneración católica de los santos yal aceptar la teología católica del sufrimiento).
Calvino escribió en sus Instituciones de la religi6n cristiana: [El] don de la sanidad, como el resto de los milagros, que el Señor legó para ser entregado por un tiempo, ha desaparecido con el fin de hacer para siempre la maravillosa prédica del evangelio ... [La sanidad] ahora no tiene nada qué hacer entre nosotros, a quienes no se nos ha comisionado la administración de tales poderes. Lutero, en “Los sermones en el Evangelio de San Juan”, escribe que los milagros se restringían a la iglesia primitiva y que «los apóstoles predicaron la Palabra y legaron sus escritos; nada más de lo que escribieron permanece para ser revelado; ninguna nueva revelación o milagro es necesario».
Se debe observar que Lutero confirmó en sus últimos escritos una creencia en los milagros contemporáneos.
En contraste con muchas teologías protestantes, la católica romana afirma la posibilidad de milagros modernos. Francis MacNutt escribe: “A decir verdad, la sanidad es quizá más fácil de entender para los católicos que para los protestantes, puesto que hemos crecido con una tradición de santos bendecidos con extraordinarios dones, entre ellos la sanidad, el único que aún se exige como examen para la canonización. Por consiguiente para la mayoría de los católicos no es difícil creer en la sanidad divina.
Los cristianos evangélicos que niegan la sanidad divina se ajustan a la Biblia en un sentido: celosamente defienden el ministerio de sanidad de Cristo/ aunque por teológicas razones niegan las modernas señales y prodigios. En relación a esto, sus creencias los conducen a ver las señales y prodigios más como racionalistas y materialistas modernos que como cristianos históricos. Enseñan que ya no es necesaria la fe en Cristo basada en un milagro contemporáneo o en una experiencia de sanidad, puesto que tenemos el Nuevo Testamento.
Su teología se motiva en parte para acomodarse al racionalismo y al materialismo, aunque nieguen estos fondos teológicos.
En realidad algunos cristianos ven los milagros como peligrosos ya que Jesús advirtió: «Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos. Más vosotros mirad; os lo he dicho todo antes» (Marcos 13.22-23). ¡Interpretan este pasaje como una advertencia contra todos los milagros!

Este entendimiento de la sanidad (que cumplió su propósito en la iglesia primitiva y que tan sólo puede engañar a los cristianos de hoy día) tiene efectos desalentadores en la transparencia de los cristianos para orar por los enfermos.

La mayoría de cristianos que niegan la sanidad divina malinterpretan este propósito, el cual generalmente limitan para probar el evangelio y los testigos de los mensajeros del primer Siglo. Dicen que una vez establecida la iglesia no había necesidad para la sanidad y otros milagros, así que Dios retiró los dones carismáticos.

Aunque la autenticación del evangelio y el establecimiento de la iglesia eran (y aún son) dos de los propósitos de la sanidad divina, existen otros que hay que tener en cuenta:
• Demostrar la compasión y misericordia de Cristo (Mateo
14.14; 20.34; Marcos 1.41);
• Llevar a los testigos a la verdad de las afirmaciones de
Cristo acerca de sí mismo (Mateo 8.14-17; Lucas 5.1826);
• Demostrar que el reino de Dios ha llegado (Mateo 4.23);
• Mostrar que Jesús es quien fue prometido por el Padre
(Mateo 11.1-6);
• Ilustrar en el nivel físico lo que espiritualmente Dios quiere hacer por nosotros (Mateo 9.1-8);
• Llevar a las Personas a arrepentirse (Lucas 10.8-12); y
• Mostrar que el evangelio está destinado tanto a los gentiles como a los judíos (Lucas 7.1-10).

Sin embargo, la mayoría de cristianos que se oponen a la sanidad divina sobre bases teológicas validan dos aspectos relacionados con los milagros. Primero, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento enseñan que los milagros tienen una utilidad limitada. Los milagros no siempre crean fe en los testigos debido a la dureza de corazón de hombres y mujeres.
Por ejemplo, una y otra vez Cristo realizó milagros frente a los fariseos sólo para ver que ellos endurecían sus corazones (Lucas 6.6-11; Mateo 12.9-14). En una ocasión Él se negó a hacer un milagro para ellos debido a que eran una «generación mala y adúltera» (Mateo 16.1-4).
Segundo, los milagros son subordinados e inferiores a la fe en Cristo. Señalan a Cristo, pero en ellos mismos no hay fe. Por tanto, los milagros modernos son útiles para la fe en Cristo, aunque no necesarios.
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Jesús declaró: "Y estas señales seguirán a los que creen: en mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos sanarán, tomarán cosa mortífera y nos les hará daño"


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