SANIDAD DIVINA John Wimber



Pr.JOHN WIMBER


Tomado del Libro "SANIDAD PODEROSA" de John Wimber

¿Por qué sana Jesús?
Una soleada tarde de junio de 1964, mi hijo Sean de tres años se escapó de nuestra casa en Yorba Linda, California. Cuando mi esposa, Carol, notó que el niño se había perdido no se preocupó demasiado, ya que nuestro vecindario era tranquilo y bien protegido, rodeado de árboles de eucalipto y algunas de las plantaciones de naranja que le habían dado el nombre al condado: Orange County. Los naranjales proveían también un ambiente ideal para las abejas. Los patios en la mayoría de los barrios estaban salpicados de cajones blancos que guardaban colonias de abejas y sus generosos panales.
Sin embargo, cuando Carol salió al jardín del frente en busca de Sean, escuchó gritos que venían de un patio calle abajo. Como solo una madre puede discernir, Carol supo instantáneamente que Sean estaba en serias dificultades. Me pidió ayuda y como flechas nos dirigimos hacia él.
Carol y yo encontramos al pequeño Sean que caminaba desorientado cuesta abajo del patio de un vecino, aterrorizado y manoteando a las ponzoñosas abejas. Había llegado hasta los colmenares de un vecino, molestando a un enjambre de abejas.
Levantamos a Sean, le sacudimos las abejas y con prisa lo llevamos a casa. En el camino pude ver que le salían horribles ronchas rojas en todo el cuerpo. Con el corazón en la boca, corrí por varios jardines, entré por la puerta y llegué al dormitorio, donde acosté a Sean en nuestra cama. Por el momento él estaba tranquilo, quizás debido a que Carol y yo lo sosteníamos, pero tal vez más porque se encontraba en estado de choque.
Cuando le quité la camisa vi más de esas feas ronchas rojas.
Después del impacto inicial de ver a Sean en tan malas condiciones, recobré la compostura y empecé a orar por su salud. ¿Pero cómo, pensé, debería orar? Recientemente un pastor me había advertido sobre lo que el llamaba los peligros de los dones carismáticos como la sanidad y el hablar en lenguas. «Son disociativos», me dijo. «El diablo los falsifica. Es mejor mantenerse alejado de ellos. Lo que necesitas es sana doctrina, no excesos como esos dones». ¿Qué debía pensar?
Aún era un joven cristiano y no quería caer en el error. Pero la presente condición de mi hijo echó a un lado sus argumentos. Empecé a orar por la sanidad de Sean, pero no sabía cómo hacerlo. Buscaba desesperadamente las palabras cuando comencé a hablar en un lenguaje que no entendía. Mis «lenguas» se acentuaron con intermitentes «sánalo, Jesús, sánalo». Mientras más oraba, más confianza y poder manaba dentro de mí. Pude sentir salir de mí fe para sanar (aunque en ese tiempo no sabía cómo llamarla).
A medida que oraba podía ver cómo las ronchas de Sean desaparecían. En cuestión de cinco minutos, el niño dormía en paz y yo estaba un poco confundido con lo que había ocurrido. Cuando despertó unas horas después, Sean tenía sólo un pequeño chichón rojo en su cuerpo. Estaba sano.

CRECIENTE INCERTIDUMBRE

Al principio Carol y yo estábamos encantados con la sanidad de Sean. Pero poco después llegaron influencias a nuestras vidas que crearon dudas acerca de la sanidad divina.
Cuando sucedió, yo creí que Dios lo había sanado milagrosamente.
Pero a medida que escuchaba enseñanzas que niegan que Dios sana milagrosamente hoy, perdí la confianza. Me volví pasivo con el tema. Pensaba: «¿Quién sabe en realidad? Quizás existe la sanidad, quizás no. Tal vez Sean fue sanado.
Lo más probable es que se curó naturalmente. Quizás estaba inmunizado contra las picadas de abejas». (Descartamos esta idea cuando Sean pisó una abeja y su pie se hinchó tanto que no cabía en el zapato.)
En esa época nos invitaron a Carol y a mí a asistir a un estudio bíblico carismático. La mayoría de los asistentes eran miembros de iglesias protestantes tradicionales. En el estudio bíblico alguien habló en lenguas y dio una interpretación (ver 1 Corintios 14.26-28). No sabíamos cómo responder a esta nueva experiencia. La interpretación empezaba: «Así dice el Señor», y estaba dirigida a los que estaban en la reunión. Carol se sintió incómoda (no recuerdo los detalles de la interpretación).
Carol decidió investigar más a fondo las lenguas. Algo no le parecía bien. Buscó todo pasaje bíblico relacionado con las lenguas y su interpretación y descubrió que ellas eran siempre para alabanza y exaltación de Dios, y que Él nunca las usaba para hablar a las personas, o darnos instrucciones. «Las lenguas y la interpretación», pensó Carol, «no pueden haber sido del Señor». ¡Sacó como conclusión que nos habían embaucado! Debe haber un demonio poderoso obrando en el movimiento carismático, posiblemente, el mismo anticristo. Me habló de su descubrimiento y también me convencí de que la reunión a la que asistimos no era de Dios.
Usamos esa experiencia para evaluar todos los dones carismáticos, incluyendo la sanidad, y sacamos como conclusión que no nos fiaríamos de ellos. En consecuencia ya no estuvimos receptivos a los dones carismáticos.
Al recordar nuestro primer encuentro carismático de oración, ahora me doy cuenta que fuimos culpables de generalizar precipitadamente. Dábamos por sentado que si una doctrina o práctica en un movimiento está mal, todo el movimiento es falso.
Por supuesto, hay casos en que el error en una doctrina, como la resurrección o el nacimiento virginal, sumerge a todo un movimiento en la herejía. ¡Pero en este caso equiparamos las lenguas y su interpretación con el error en la enseñanza de una doctrina tal como la expiación! Sacamos además como conclusión que si las lenguas y la interpretación eran falsas, todos los dones carismáticos, incluso la sanidad divina, también lo eran.
Lo que Carol y yo experimentamos es un ejemplo de la lucha que muchos cristianos tienen con la aceptación de la sanidad divina.

DEFINAMOS LOS TÉRMINOS

Muchos cristianos vacilan en cuanto a la sanidad porque temen que pueda estar asociada con graves errores o hasta con prácticas ocultas. Esta preocupación está bien fundamentada.
Los movimientos de la Nueva Era, y muchos aspectos de la medicina holística se han vuelto populares en el occidente, y con ellas vienen religiones orientales, especialmente el panteismo (la creencia de que toda la creación es Dios). J. Sidlow Baxter, en su libro Divine Healing of the Body [La sanidad divina del cuerpo], describe cuatro términos generalmente asociados con la sanidad cristiana: sanidad divina, sanidad milagrosa, fe sanadora y sanidad sobrenatural.
Al describir la sanidad cristiana encuentro más útil usar el término «sanidad divina». Lo que entiendo por esta no se debe confundir con las enseñanzas de Mary Baker Eddy sobre la sanidad. La Ciencia Cristiana no acepta la idea de un Dios personal; por el contrario, el cristianismo enseña que Cristo es Dios, la Segunda Persona de la Trinidad (totalmente Dios y totalmente hombre). Jesús tampoco es como el impersonal «Porque en El [Cristo] habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad», escribe Pablo en Colosenses 2.9 (véase también Hebreos 1.24).
Baxter escribe: “Cuando hablamos de "sanidad divina", queremos decir siempre sanidad por la intervención directa del único y verdadero Dios, el Dios viviente y personal revelado en las Sagradas Escrituras y elevado a lo máximo en nuestro Señor Jesucristo”
La sanidad milagrosa: La debilidad de esta expresión es que Satanás y los demonios también efectúan milagros (véase Deuteronomio 13.1-3; Hechos 8.9-25; Apocalipsis 13.13; 16.14; 19.20). Por lo tanto, la sanidad milagrosa puede ser divina o no.
La fe sanadora: Los que leen esta expresión pueden deducir que la fuente de la sanidad es la fe de una persona y no Jesús mismo. Aunque la fe es importante para la sanidad, prefiero una expresión como «sanidad divina», que resalta la centralidad de la acción de Dios, no las respuestas del hombre.
La sanidad sobrenatural: Baxter dice: «Cuando hablamos de "sanidad sobrenatural" nos referimos a un milagro que es científicamente inexplicable. Es posible que a veces no nos estemos refiriendo a la sanidad divina, porque sobrenatural no es sinónimo de divino. Satanás y sus ángeles auxiliares y demonios cómplices son seres sobrenaturales; ellos pueden efectuar obras sobrenaturales».
La sanidad síquica: Esta clase de sanidad incluye prácticas ocultistas como la sicometría (diagnosticar al sostener un objeto que pertenece a la persona), el diagnóstico espiritista o a través de un médium llevado a cabo mediante espíritus guías, y los fenómenos extrasensoriales. Estas prácticas están estrictamente prohibidas en las Escrituras (Deuteronomio 18.9-13).
Linda Coleman escribe en un artículo titulado «¿Es real la sanidad cristiana?»:
John Stott declara que «toda sanidad es divina, sea que use medios físicos, sicológicos o quirúrgicos o que no los use». Aunque la observación de Stott es válida en su contexto, preferimos restringir el uso de la expresión «sanidad divina» a los casos en los cuales Dios interviene directamente, sin pasar por los procesos naturales del cuerpo y las habilidades de médicos y enfermeras.
Entiendo la sanidad cristiana y específicamente la expresión «sanidad divina» de la misma manera. Estoy escribiendo sobre la sanidad divina desde una definida perspectiva cristiana que abarca tanto la tradición católica como la protestante.
Muchos grupos derivados de religiones orientales, como la meditación trascendental y Eckankar, informan que regularmente sanan a los enfermos. Los cristianos no deben descartar sus afirmaciones; es posible que en muchos casos las personas sanen. Lo que se debe rechazar es la fuente de esas sanidades, que no viene de Dios. En la Biblia existen sanidades que no son de Dios. Por ejemplo, vea los sabios y hechiceros de Egipto en Éxodo 7.8-13.
Lo que sostengo es que podemos reconocer que las sanidades sobrenaturales ocurren en contextos no cristianos sin negar la sanidad divina. Sin embargo, con frecuencia se rechazan las afirmaciones de sanidad sobrenatural de los incrédulos y de los cristianos. Esto se debe a que tanto los cristianos como los más escépticos seculares asumen erróneamente que hoy día esos milagros no se producen.
BIas Pascal escribió en el siglo diecisiete con relación a este problema: "Me ha parecido que la causa real (de que existen muchos milagros falsos, revelaciones falsas, etc.) es que hay otros que son verdaderos, porque no sería posible que hubiera muchos falsos milagros a menos que existieran los verdaderos, ni muchas falsas religiones a menos que no existiera una verdadera. Por tanto, en vez de concluir que no hay milagros verdaderos puesto que hay muchos falsos, debemos por el contrario decir que hay milagros verdaderos puesto que hay muchos falsos, y que los falsos milagros existen hoy día porque también existen los verdaderos; de igual manera que hay falsas religiones porque hay una verdadera"

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