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LA IGLESIA SE COMPONE DE FAMILIAS Orville Swindoll




Hace años leí el comentario de un estudioso del crecimiento de las iglesias que tuvo la oportunidad de formular algunas preguntas a uno de los líderes de un prominente movimiento budista en Japón. Cuando le preguntó cuántos adeptos tenía el movimiento el budista le respondió con la cantidad de familias integrantes. Esto le llamó la atención y le preguntó por qué contaba a los adeptos por familias y no en forma individual. A lo cual le explicó que no consideraba a una persona realmente integrada si no fuera acompañada por su familia.
Ese testimonio me hizo pensar mucho en la falacia de mantener las estadísticas en las iglesias casi siempre en términos del número de las personas que son miembros, cuando en realidad la fuerza de la iglesia proviene de las familias que la componen.

Al volver a escudriñar las Escrituras descubrí que, por lo general, la historia de la salvación es una historia de la obra de Dios con familias.

Raramente se contempla a Adán sin considerar a Eva y los hijos. Noé era hombre de familia y todos participaron en su acción de fe. La figura de Abraham como padre de familia se destaca, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos. Isaac, Jacob y José aprendieron junto a su familia a caminar con Dios. Algunos de los héroes de fe perderían su brillo si no conociéramos detalles de
la familia de la cual procedieron como, por ejemplo, Josué, Rut, Samuel y David. Y en el Nuevo Testamento los autores bíblicos relatan datos sobre la familia de José y María, Pedro y Andrés, Juan y Jacobo, Zaqueo, el centurión romano de Hechos 10, el carcelero de Filipos y Lidia y su familia.
Evidentemente, el cuadro familiar tiene mucho que ver con el desarrollo de la fe y con las relaciones dentro de la iglesia.
Lucas 10:1 relata la forma en que Jesús envió a setenta y dos discípulos de dos en dos «delante de él a todo pueblo y lugar a donde él pensaba ir». Les instruyó a permanecer en la casa que se les abriera, que comunicaran allí la paz de Dios, que sanaran a los enfermos de la familia y que los instruyeran en los principios del reino de Dios.
Es obvio que a Jesús le interesaba establecer una base firme en esas casas para que la luz de la verdad y la salvación pudiera extenderse a todo el barrio. Conseguir el compromiso de toda una familia con el reino de Dios asegura que cuando menos habrá un común acuerdo y una acción de fe conjunta en la familia. Cualquiera de nosotros puede imaginar cuán diferente sería el cuadro de nuestra propia familia si no contáramos con el acuerdo y el apoyo de los demás miembros de la familia. O en el caso de aquellos que participan en la vida de la iglesia sin contar con el apoyo del resto de la familia, ya saben que es difícil y que todo sería diferente si los demás compartieran la misma fe y el ánimo suyo.
Cuando el apóstol Pablo comenzó a predicar el evangelio en la ciudad de Corinto menciona que «Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia» (Hch 18:8).
Al escribir la primera epístola a los Corintios mencionó también haber
bautizado allí a Estéfanas y su familia. Y al terminar la misma epístola hace referencia al matrimonio Aquila y Priscila y «la iglesia que se reúne en la casa de ellos» (1Cor 16:19).
Al iniciar Pablo y Silas la obra del evangelio en Filipos, Lucas cuenta que cuando estos siervos de Dios se reunieron a la orilla del río para conversar con unas damas, una mujer llamada Lidia escuchaba con mucho interés. Luego Lucas nos informa que «el Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo». Y sigue diciendo:
«Cuando fue bautizada con su familia» les invitó a Pablo y Silas a hospedarse en su casa (Hch 16:15).
Más notable todavía fue la situación en torno a la conversión del carcelero de Filipos, que se relata más adelante en el mismo capítulo de Hechos. Después del terremoto que desarticuló la prisión y dejó libres a Pablo y Silas, el carcelero se les presentó con el ruego: «Señores, ¿qué tengo que hacer para ser salvo?»
Le contestaron los apóstoles: «Cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia serán salvos». Y Lucas nos dice que: «Luego les expusieron la palabra de Dios a él y a todos los demás que estaban en su casa. A esas horas de la noche, el carcelero se los llevó y les lavó las heridas; en seguida fueron bautizados él y toda su familia» (16:30–33). Finaliza Lucas el relato con esta nota:
«El carcelero los llevó a su casa, les sirvió comida y se alegró mucho junto con toda su familia por haber creído en Dios» (16:34).
Tiempo más tarde, Pablo inició su epístola a los Filipenses con esta expresión de fe y gozo: «Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús» (Fil 1:6).
Me parece obvio que el énfasis en la predicación del evangelio tiene que estar en la conversión de familias enteras. Y si es así, debemos orientar nuestra acción evangelística en ese sentido.
Quiero, por lo tanto, mencionar tres pautas que debemos incorporar en nuestra acción de fe como congregación:
Oremos definitivamente por la conversión a Cristo de los miembros de nuestra propia familia que aún no abrazaron el evangelio. Elevemos ante el trono de gracia todos los días esta plegaria con fe y confiemos en que el Espíritu Santo los va a tocar en lo más profundo de su ser. Recuerdo una madre que oró por su hijo en la universidad para que no se contaminara con ideas anti-cristianas y que se rindiera al Señor. El hijo pidió a su madre que no orara más por él pero ella no aflojó. Hoy él con toda su familia están sirviendo al Señor de corazón.
En el caso de los que contamos con familias creyentes, roguemos al Señor que nos haga brillar en el barrio donde vivimos para que los vecinos se abran al evangelio. He escuchado testimonios maravillosos de la conversión de familias enteras por el vibrante testimonio de una familia cristiana en el barrio. Dejemos que nuestra luz brille por Cristo en el hogar y desde nuestro hogar para otros que están cerca.

Comprendamos que la vida cristiana que vivimos en casa es la realidad. Si la forma de actuar en la calle o aun en las reuniones cristianas es diferente de la que caracteriza el hogar, algo hay que corregir.

La fe que se vive en casa es la que anima y determina la vida en público y frente a otras personas.
Recordemos, entonces, que Dios está formando un pueblo muy grande y que ese pueblo está compuesto de familias. Todos vivimos en familia y nos relacionamos como familias. Enfoquemos nuestro testimonio a partir de la fe que vivimos en familia para que podamos envolver a otras familias con el mismo amor y la misma verdad que han transformado a nosotros.

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